PROPIO INFINITO

Publicado en El Norte de Castilla el 23 de septiembre de 2010

Ya está aquí la exposición que conmemora el centenario del nacimiento de Francisco Pino. Vengo de asomarme al pozo de su poesía y de sumergirme en los agujeros del poeta y todavía tiemblo de asombro. La exposición, instalada en el Museo de Pasión, se presenta bajo el título ‘Propio infinito’ y nos regala más de mil documentos entre poeturas, ediciones de autor, fotos, cuadros y revistas, además de la posibilidad de que el público pueda zambullirse en alguno de los poemas de Pino. No es una exageración. Ni siquiera una metáfora. Un par de instalaciones arquitectónicas recrean dos de sus libros objeto: ‘Hombre canción’ y ‘Ventana oda’. Un juego fantástico que seguro que habría entusiasmado al creador más vanguardista de la poesía española. Conocíamos sus mundos de agujeros, de ventanas abiertas, de libros taladrados de silencio, acribillados de poesía en vuelo, emborrachados de vacío. Nunca, hasta ahora, habíamos pensado en colarnos en uno de ellos, en recorrer sus páginas, en asomarnos a sus ventanas. Es una de las propuestas fascinantes que nos obsequia Pino desde su particular propio infinito. Pero hay más: danzas heréticas de la letra O, arpas de Dios, poemas fotografiados, piedras martirizadas para que crezcan, conciertos para vírgenes viejas, poemas escritos en la cárcel durante la Guerra Civil (con la hoja quemada por la vela que le alumbraba), un vía crucis surrealista y, sobre todo, un silencio que te transporta hasta el alba. Tenemos fotos del poeta, ediciones únicas y un puñado de manuscritos que, para los fetichistas literarios, constituyen una delicia. La Fundación Jorge Guillén ya nos había adelantado parte del tesoro con la edición de su poesía en nueve tomos (93 poemarios; 55 de ellos inéditos). Saborear y disfrutar esos cuadernos que con tanto mimo el poeta preparaba, diseñaba y escribía constituye un manjar único. El perderse este tesoro es un pecado imperdonable. Una forma más de olvido. El que durante tanto tiempo envolvió al poeta por excelencia. Un poeta comprometido con las soledades, un poeta casi invisible («creo que apenas se me ve; que sólo queda lo iluso, el cristal de la vidriera que nada retiene»), un poeta transparente cuyo autoexilio en el Pinar de Antequera le privó, probablemente, del Nobel. Nunca es tarde para descubrir su poesía.

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El Norte de Castilla

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