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Vicente Álvarez

EL FARO DE AQUALUNG

ARQUITECTURAS DEL INGENIO FINGIDAS

Publicado en “El Norte de Castilla”, en el suplemento literario “La sombra del ciprés”, el 15 de enero de 2010

A las puertas del año 1500, en Salamanca aparece asesinado, dentro de una tinaja, un estudiante con las manos amputadas. Es el principio de una serie de brutales crímenes que asolan la ciudad castellana. El maestrescuela de la Universidad, encargado de hacer cumplir las normas universitarias, confía la investigación a Fernando de Rojas. El autor de “La Celestina” se convierte, así, en el héroe detectivesco de una novela de intriga. No es la primera vez. Luis García Jambrina ya utilizó a Fernando de Rojas como particular Sherlock Holmes en “El manuscrito de piedra”, que algunos leímos bajo el interesante proyecto “Territorio eBook”. La original idea de convertir a Rojas en una especie de detective de novela negra es uno de los muchos aciertos de esta novela. De estas novelas. Y no sólo me refiero a “El manuscrito de piedra” y a “El manuscrito de nieve”. El autor amenaza con regalarnos una tetralogía de manuscritos con los cuatro elementos como protagonistas. Faltarían el fuego y el aire… Desde ya, los esperamos con impaciencia.

La verdad es que la figura de Fernando de Rojas, enigmática y rodeada de misterios, controversias y lagunas, constituye un inmejorable caldo de cultivo para los que amamos los juegos literarios. Jambrina, gran amante de los enigmas literarios, se da en “El manuscrito de nieve” un auténtico festín con licencias de todo tipo. Una de los más acertadas es la de convertir a Lázaro de Tormes en coprotagonista de la novela. Literatura dentro de la literatura. Juego de espejos. Cadena borgiana con indudable atractivo. Pero no sólo es eso. Como en toda buena saga de género, se repiten personajes de la primera entrega. Y, por supuesto, aparecen otros nuevos. A Fernando de Rojas le ayuda en su investigación su amigo fray Antonio de Zamora, el herbolario del convento de San Esteban, que sueña con ir a América en una de las expediciones que prepara Cristóbal Colón. Es uno más de los personajes inolvidables que pueblan la novela, algunos históricos y otros fruto de la fértil imaginación del autor. Por “El manuscrito de nieve” aparecen desde la reina Isabel la Católica hasta el futuro santo Juan de Sahagún, pasando por el arzobispo de Santiago, don Alonso de Fonseca, o la obstinada y atractiva Lucía de Medrano. De todas formas, la protagonista vuelve a ser la ciudad de Salamanca. Como en la primera entrega. Entonces, lo fantástico y legendario, la Salamanca oculta, tomó la rienda. Ahora, Jambrina se centra más en la Salamanca de la picaresca y los garitos de juego. Una Salamanca, todo hay que decirlo, condicionada por el momento. Estamos a la puerta del año 1500, una época de transición, crisis y miedo por un hipotético fin del mundo. En “El manuscrito de nieve” lo tenemos todo. Una intriga apasionante, un atinado retrato de la sociedad de la época y una catarata de detalles metaliterarios, especialmente centrados en el estimulante epílogo de la novela donde se nos habla de cómo Fernando de Rojas logró completar la Comedia de Calisto y Melibea y de cómo Lázaro González se convierte en abogado y, tal vez, protagonista de una obra inolvidable….

Tirso de Molina aseguraba que la buena narración consistía en “fabricar sobre cimientos de personas verdaderas, arquitecturas del ingenio fingidas”. Luis G. Jambrina lo sabe bien. La única piedra que se va a encontrar por el camino va a ser la de los que piensan que la literatura “popular”, la literatura de género representada en este caso por el híbrido novela histórica/novela negra, no forma parte de la Alta Literatura. También la de los gustos personales de cada lector. Los hay que valoran más la aportación del erudito que la del novelista, los que prefieren los detalles históricos a los meramente novelescos. Yo soy de los que pienso que la novela histórica, antes que histórica, debe ser novela. Por muchos personajes históricos conocidos que se den cita a lo largo de la narración, siempre debe primar la ficción. En caso contrario, no hablaríamos de novela. Cuando en “El manuscrito de nieve” el erudito se impone a la acción, la novela se resiente. Se da, sobre todo, en los detalles farragosos que rodean los enfrentamientos entre los bandos de San Benito y Santo Tomé, así como en la habitual aparición de intermediarios que intentan explicarnos costumbres y frases de la época. Son, como digo, defectos que afectan sobre todo al gusto personal de cada cual. Es el peligro de la novela histórica, una auténtica fagocitadora de géneros donde cabe casi de todo. He leído en algún sitio que las obras de Jambrina son históricas por obligación y negras por devoción. Desde luego, “El manuscrito de nieve” es novela negra de finales del siglo XV. Todos nos acordamos de “El nombre de la rosa”. La figura de Guillermo de Baskerville sobrevuela la obra. No es una crítica. Todo lo contrario. Seguir la senda de la memorable novela de Umberto Eco no es tarea fácil. Muchos lo han intentado. Pocos lo han logrado de una forma tan acertada como Jambrina. “Los libros nacen de otros libros siempre. Lo que importa es lo que haces tú con esa herencia”, ha declarado el autor de manera certera y brillante en alguna ocasión. Bendita herencia y benditos sus dignos herederos.

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Sobre el autor

Escribe novelas y cosas así. Sus detractores dicen que los millones de libros que ha vendido se deben a su cara bonita y a su cuerpo escultural. Y no les falta razón.


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