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Vicente Álvarez

EL FARO DE AQUALUNG

EL ASESINO DE LA CARRETERA

“Lo quiero muerto porque está explotando aquello en lo que más creo para dar satisfacción a su propio ego. Lo quiero muerto porque ahora ya no me pregunto por qué. Ahora sencillamente lo sé: el mal existe”.

“El asesino de la carretera” (Killer on the road) se publicó originalmente en EEUU como “Silent Terror” el lejano año de 1986. Por entonces James Ellroy andaba ya liado con la trilogía del sargento Lloyd Hopkins y, por supuesto, no había parido aún el “Cuarteto de Los Ángeles” que le catapultaría a la fama con novelas tan asombrosas como “L.A.Confidencial” o “La Dalia Negra”. La traducción de “El asesino de la carretera” llegó a España 22 años después, en 2008, así que resulta extraño, después de leer la monumental “Trilogía Americana”, sumergirse en esta obra primeriza de Ellroy. Se adivinan idénticas obsesiones, la estructura de la novela ya es puramente “ellroyana” (intercalando la narración principal con noticias tomadas de revistas y periódicos, de informes policiales, de diarios personales) pero el estilo empleado es muy distinto. El Ellroy que amamos de la frase telegráfica que escupe su máquina de escribir como un puñetazo todavía no está presente. Aun así, aunque quede lejos de sus obras maestra, “El asesino de la carretera” es una espléndida novela.

Martin Plunkett es la oscura combinación de un intelecto privilegiado, un alma despiadada y un corazón maligno. Su infancia se vio sacudida por terribles sueños y fantasías. Pronto descubre el alivio que le supone la visión, el sabor y el tacto de la sangre fresca. Así, sin motivo aparente, traza un sangriento reguero de sangre a lo largo de las carreteras de Estados Unidos, y es que Martin Plunkett mata sólo por placer. Ahora, el propio asesino de la carretera confesará en sus memorias autobiográficas todo el horror que habita en su mente.

Con esta recurrente excusa, James Ellroy nos prepara un cóctel exquisito y terrible en el que encontramos una historia de amor-atracción con tintes sadomasoquistas protagonizada por dos asesinos en serie, un memorable encuentro con el mismísimo Charles Manson, un exhaustivo catálogo que nos muestra lo peor de lo que el hombre es capaz de hacer, una historia profundamente amoral de alguien que sólo se siente vivo asesinando, apariciones periódicas del mentor imaginario del asesino que no es otro que un supervillano, la Sombra Sigilosa, que el protagonista leía en su infancia y, en fin,un retrato excepcional de las interioridades de un monstruo que, a lomos de su furgoneta (bautizada como “Muertemóvil”) rebanaba gargantas a autoestopistas y reventaba cuerpos con su 357 Smith and Wesson a lo largo y ancho de todos los Estados Unidos. Una joya no apta para todos los paladares y una novela imprescindible para conocer los comienzos del que probablemente sea el novelista más fascinante y tóxico de la actualidad.

“Si como sugiere el doctor Seidman, Plunkett y Anderson son homosexuales sádicos, su mutua pasión no se basa en el amor, sino en el reconocimiento del mal por parte de un mal equivalente. Mamá, papá, reverendo Hilliker, Calvino, teníais razón. Por más que me pese, os la concedo”.

Sobre el autor

Escribe novelas y cosas así. Sus detractores dicen que los millones de libros que ha vendido se deben a su cara bonita y a su cuerpo escultural. Y no les falta razón.


julio 2014
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