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Vicente Álvarez

EL FARO DE AQUALUNG

LA SECTA DE DALILA

La novela negra española estaba en los quioscos antes de que la inauguraran oficialmente Vázquez Montalbán y González Ledesma. Eso sostienen algunos frikis que apuntan, además, que Peter Debry es el verdadero padre de la novela negra española. Lo cierto es que, cuantas más cosas leo del ignorado maestro, más me convenzo de ello.

Peter Debry era el principal seudónimo de Pedro Víctor Debrigode Dugi aunque en su faceta de autor de novelas de aventuras utilizó preferentemente el de Arnaldo Visconti. Tanto en la novela negra como en la de aventuras, Debrigode era, fue, es, un auténtico maestro. Durante los años cuarenta, cincuenta y sesenta del anterior siglo gozó de merecida fama. Su pecado fue que sus novelas se vendían (y cambiaban) en los quioscos formando parte de ediciones baratas y con papel de poca calidad. El pulp hispano, vaya. Ya sabemos que estos autores estaban obligados a unos plazos de entrega verdaderamente estajanovistas, y que no había tiempo ni siquiera para correcciones, pero autores como Debrigode muestran tal genialidad y maestría que eso casi ni se nota. Ya hemos hablado de Debrigode con anterioridad. Pasemos a hablar algo de “La secta de Dalila”.

Britt Milton, excombatiente de Vietnam, escolta y detective privado, malvive como una especie de Bufalo Bill de pacotilla en ferias baratas gracias a su habilidad en el tiro al pichón. A la vez corteja a una vedette (Melba Cortez) que es la chica de un mafioso, el cual le ha amenazado para que deje de visitarla. Milton quiere montar un negocio con un compañero de Vietnam, Kent Farrar: adquirir una lancha con licencia para transporte de turistas entre los Rivers del Hudson. Kent Farrar trabaja en la agencia de detectives que lleva Georgia Baxter y su jefa le encarga que aparte al hijo de un millonario de la vedette Melba Cortez, de la que se ha encaprichado.

Este es el principio de una adrenalítica novela que podría haber firmado el mejor Hammett. Una obra redactada con precisión, poblada de personajes inolvidables y provista de una acción que parece estar secuenciada al modo y manera de las películas de cine negro clásicas, eso sin olvidar una forma de escribir que tan pronto recuerda a James Ellroy como, sobre todo en ciertas acotaciones asombrosamente poéticas, a Valle-Inclán. En fin, una auténtica joya esta novela de título tan sugestivo que recuerda las teorías psiconalíticas de algún siquiatra de la época que dividía a las mujeres en dos grandes clases: la femenina y maternal por un lado y la temible secta de las Dalilas, las mujeres destructoras, las Evas aniquiladoras que entontecen a los hombres (y ya sabemos lo que le ocurrió a Sansón cuando se cruzó con Dalila). Vamos, en términos de novela negra, la femme fatale. Y aquí, en “La secta de Dalila” hay alguna que otra.

Temas

Debrigode

Sobre el autor

Escribe novelas y cosas así. Sus detractores dicen que los millones de libros que ha vendido se deben a su cara bonita y a su cuerpo escultural. Y no les falta razón.


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