Publicado en El Norte de Castilla el 11 de noviembre de 2016
Regresa el poeta. Quizá por última vez. Leonard Cohen. 82 años. Lo hace con la voz más grave y cavernosa que nunca y con un disco de apenas 35 minutos que grabó en la casa de su hija entre dolores y angustias, con la certeza de que se estaba despidiendo y postrado en una silla anatómica especialmente diseñada para él. Hace poco declaró que “estaba preparado para morir”. Incluso publicó una carta tras el fallecimiento de la musa que le inspiró “So long, Marianne” en la que decía: “pienso que te seguiré muy pronto”. “Estoy listo, mi señor”, susurra en el réquiem que abre el disco. Un álbum espiritual, una obra elegiaca llena de imágenes bellas y crípticas, con su habitual voz sepulcral que remueve conciencias sólo con un gruñido. “Luché por algunos demonios, pero eran de la clase media y domesticados. No sabía que tenía permiso para mutilar y asesinar”. Sus letras huelen a despedida en este disco con portada en blanco y negro protagonizada por el bardo canadiense con un cigarrillo en la mano. Un órgano celestial, un coro de sinagoga, un violín que parece llorar, un bouzouki que nos lleva hacia la luz de la isla griega de Hydra (hacia los amores y tiempos pasados), un bajo serpenteante y unos coros femeninos suaves y envolventes arropan al poeta del rock. “Si eres tú quien reparte las cartas, déjame salir de este juego”. En otra canción regresa la misma imagen, la de la vida concebida como un juego de cartas que llega a su final: “No necesito perdón, no queda nadie a quien culpar, me voy de la mesa, dejo la partida”. En este oscuro, espartano e irresistible disco reconocemos al Leonard Cohen de siempre, el que se lamenta porque al dar la espalda al diablo se la dio a un ángel también, el que reconoce que es demasiado tarde para poner la otra mejilla, el que ha renunciado al tú y yo, el que dirige su camino a través de las ruinas del altar, a través de las fábulas de la Creación y la Caída y más allá de los Palacios, el que sabe que el viaje está terminando y que llega tarde porque el bar va a cerrar. El tiempo inexorable haciendo mella en el cuerpo y en el alma. La llama que se apaga. “Si lo quieres más oscuro, apagamos la llama”. O, mejor aún, “no necesito un amante, la bestia está domada, así que apaga la llama”. Algo sagrado nos estremece en estos poemas. Bendito Cohen.