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Vicente Álvarez

EL FARO DE AQUALUNG

EL DORSAL 261

Era un frío y húmedo día de abril de 1967. Jim Morrison ha comenzado a volar con los Doors, Aretha Franklin ha convertido Respect en un himno y, apenas una semana antes, 10.000 personas se han manifestado en San Francisco contra la guerra de Vietnam. Mientras tanto, Kathy Switzer se ha puesto una sudadera y unos pantalones largos, ha clavado el dorsal 261 en su pecho y ha comenzado la maratón de Boston, la más antigua y la más prestigiosa. Una carrera, por supuesto, sólo reservada para los hombres. Por entonces, se consideraba que una mujer era incapaz de hacer más de cinco kilómetros sin que le creciesen las piernas, le saliese bigote y se le cayese el útero. Kathy le echó valor y se inscribió. Lo hizo con el nombre K.V.Switzer y le dieron el dorsal 261. Al principio, otros corredores la animaban pero al tercer kilómetro apareció en escena uno de los organizadores y, enfurecido, salió corriendo tras ella gritando “sal de mi carrera” y “devuélveme el dorsal”. El novio de Kathy le empujó y, custodiada por otros corredores y completamente aterrorizada, consiguió terminar la carrera. Al llegar a meta, fue descalificada y decidieron prohibir expresamente la participación de mujeres en carreras populares. En aquella misma prueba también participó Bobbi Gibb. Ella no se había inscrito ni llevaba dorsal. Bobbi, como el año anterior, se había parapetado tras una sudadera con capucha para poder salir escondida entre el resto de corredores. A ambas se les reconocería su participación y sus marcas muchos años después. Por cierto, hubo que esperar hasta 1984 para que las mujeres pudiesen participar en una maratón olímpica. Todo esto no sucedió en la Edad Media. Esto fue antes de ayer. Esta misma semana hemos celebrado el Día Internacional de la Mujer. Es evidente que hemos avanzado pero aún queda mucho camino por recorrer. Todavía hay gente que cuestiona que exista un Día dedicado a ellas. Este Día dejará de existir cuando no exista brecha salarial, cuando las mujeres puedan ir por la calle sin miedo, cuando no las critiquen por sus relaciones o por no querer ser madres, cuando no sean consideradas inferiores, cuando no las maten por ser mujeres. Y un larguísimo etcétera. Eso en los países del primer mundo. Si hablamos de otros países directamente se nos debería de caer la cara de vergüenza.

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Sobre el autor

Vicente Álvarez, que a veces es Ariel Conceiro, otras veces Delaviuda, e incluso de vez en cuando el 50% de Jazz Negroponte, escribe novelas y cosas así. Nació con Modesty Blaise, con Rayuela, con Charada, con La Pantera Rosa. Murió un par de veces. Y, sin embargo, aquí está. Contando historias. delaviuda.wordpress.com


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