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Vicente Álvarez

EL FARO DE AQUALUNG

UNO PARA TODOS

unoparatodosPublicado en El Norte de Castilla el 29 de diciembre de 2017

En los salones parisinos los detractores de Alejandro Dumas (al que no perdonaban el monumental éxito de sus novelas) gozaban riéndose de sus orígenes. En fin, querido maestro, le decían con sorna y mala baba, usted debe saber mucho sobre los negros. A lo que Dumas contestaba, imperturbable, orondo y lirondo, “pues claro, mi padre era también mulato, mi abuelo era negro y mi tatarabuelo un mono. Ya ve, señor, mi familia comienza donde la suya finaliza”. Genio y figura. Ese era Dumas, el pantagruélico escritor que nos regaló dos de las diez mejores novelas de toda la historia (“Los tres mosqueteros” y “El conde de Montecristo”) y el que lo discuta se las verá conmigo en un duelo a capa y espada. Tal vez por eso no sé me ocurre mejor forma de terminar el año que visitar a mis amigos los mosqueteros. En esta ocasión en una de sus últimas apariciones cinematográficas (la película de 1998 “El hombre de la máscara de hierro”), basada en la tercera parte de la trilogía de los mosqueteros (“El vizconde de Bragelonne”) y centrándose en una folletinesca historia con un fondo muy real. Y es que cuando los ciudadanos amotinados de Francia destruyeron la Bastilla, encontraron entre sus restos esta misteriosa descripción: Prisionero 64389000, el hombre de la máscara de hierro. El resto lo puso la imaginación de Alejandro Dumas. Qué envidia la de otras cinematografías que respetan a sus héroes populares y son capaces de montar grandes superproducciones para reivindicarlos. Aquí, con Malkovich, Jeromy Irons, Di Caprio o Depardieu entre otros muchos. Inimaginable el hacer algo parecido con nuestros héroes populares. Bueno, aquí ni siquiera se les respeta e incluso han sido borrados del mapa. Pues eso, que cierro el año con D’Artagnan (más torturado que nunca y enamorado locamente de la vallisoletana reina de Francia) y con unos viejos y achacosos Athos, Porthos y Aramis protagonizando una aventura de capa y espada crepuscular. Lo hago regresando a mi infancia a golpe de acción, espadachines, honor, traiciones, conspiraciones, engaños, romances versallescos y puritito regocijo. Qué más se puede pedir. Bueno, sí, que vuelvan los mosqueteros, siempre los mosqueteros, con su famoso juramento de unión y auxilio mutuo, uno para todos y todos para uno, lección  única, sublime y memorable de solidaridad que tan bien nos vendría en estos tiempos convulsos y esquizofrénicos.

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Sobre el autor

Escribe novelas y cosas así. Sus detractores dicen que los millones de libros que ha vendido se deben a su cara bonita y a su cuerpo escultural. Y no les falta razón.

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