EL HOMBRE SUBMARINO

el-hombre-submarinoPublicado en El Norte de Castilla el 28 de septiembre de 2018

Sucedió en el octavo mes del año 1602. Valladolid era entonces la capital del mundo. El gran teatro de la España del siglo XVII. Una ciudad flordelisada de mascaradas, desfiles, danzas, celebraciones cortesanas y eventos festivos de todo tipo que culminarían con la llegada del séquito del conde de Nottingham para firmar el tratado de paz con Inglaterra y, por supuesto, con los fastos del bautizo del futuro Felipe IV. Por el río Pisuerga, junto al desaparecido Palacio de la Ribera, palacete de recreo rodeado de jardines y obras de arte, navegaban galeras y góndolas exquisitamente emperifolladas con aparatosos estandartes y fastuosas velas. Desde una de esas galeras, recién bautizada y pintada en oro y azul, el rey Felipe III, junto a buena parte de la corte y centenares de vallisoletanos, fue testigo de un acontecimiento histórico, de una hazaña sin parangón. Uno imagina que por allí estarían también Lope, Cervantes, Quevedo y seguramente la pequeña Ana de Austria, bastante antes de bailar con D’Artagnan y de convertirse en la mujer más poderosa de la tierra. Aquel caluroso día de agosto tuvo lugar la primera inmersión prolongada de un buzo en el mundo. Un hombre, ataviado con un extrañísimo traje, se sumergió en las frías aguas del Pisuerga y permaneció allí durante una hora. Justo hasta que el rey le mandó salir, a pesar de que el buzo insistió que podía permanecer sumergido mucho más tiempo, todo lo que el frío y el hambre le permitiese. El sueño de Leonardo da Vinci de permanecer bajo el agua fue posible por primera vez en la historia. Y lo fue gracias a un hombre único, un genio desconocido, Jerónimo de Ayanz. Militar, pintor, cosmógrafo, músico, cantante, rejoneador y, por encima de todo, inventor. Consiguió abortar una conjura francesa para asesinar a Felipe II en Lisboa, fue nombrado caballero de la Orden de Calatrava y patentó hasta 48 inventos, desde el traje de buceo a la primera máquina de vapor moderna, pasando por bombas de riego, balanzas de precisión o un sistema de aire acondicionado. Dicen las crónicas que su laboratorio de la calle Cadena estaba lleno de artilugios que parecían cosa de magia. Como la de conseguir que un hombre permaneciese bajo el agua. Eso sucedió en Valladolid por primera vez. El pasado domingo muchos asistimos a una recreación de aquel acontecimiento. Todo sea por conocer nuestra historia. Y estar orgulloso de ella.

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