LA PAJA Y LA VIGA

pajaPublicado en El Norte de Castilla el 12 de octubre de 2018

Aquel día Manuel entró en el bar muy cabreado. Acababan de multarle por cruzar montado en su bici el túnel del Arco de Ladrillo aunque lo había hecho con toda la prudencia del mundo, casi parado y sin molestar a nadie. En el bar estaba su amigo Ricardo charlando con Chema, el dueño del bar. Cuando les contó lo que le había pasado, ante su sorpresa, los dos celebraron la multa con entusiasmo. A Manuel le habría gustado decirles que él se jugaba la vida todos los días en la bici y que ya había tenido más de un susto, que aun así él siempre iba por la calzada o por el carril bici y las escasísimas veces que se subía por la acera lo hacía con extrema precaución y en aceras lo suficientemente anchas y poco transitadas por peatones. También que nos habíamos vuelto intransigentes y nos quejábamos por todo, pero prefirió marcharse. Chema y Ricardo no entendieron su enfado. Las normas están para cumplirlas, ¿no? Para olvidar el malentendido, y como no había nadie en el bar, encendieron un Farias. Ricardo había llegado al bar en su viejo R-19, que echaba un humo más negro que el carbón y que siempre dejaba aparcado en doble fila. Ricardo se salta las señales de stop con facilidad pasmosa, no sabe lo que es utilizar la luz intermitente, en las rotondas se cuela por la izquierda, no respeta nunca el límite de velocidad de 50 y, mucho menos, el de 30 en los ciclocarriles. Tira las colillas al suelo, baja la basura de la comida por las mañanas y lanza unos gargajos que, por su intenso color verde, probablemente tenga propiedades radioactivas. Chema no cruza la mitad de las veces por los pasos de peatones y cuando lo hace nunca espera a que se ponga en verde. Su bar tiene varias multas por contaminación acústica, utiliza bolsas de plástico para todo, tira las toallitas húmedas por el inodoro, el aceite usado por el fregadero, no recicla la basura y tiene un extractor de humos que es más ruidoso que efectivo. Esa misma noche, en fin, Manuel se encontró con Ricardo. Le estaban multando por llevar suelto a su doberman. Sonrió tristemente mientras esperaba a un amigo a quien iba a vender la bici. A tomar por culo la movilidad sostenible. Volvería a usar el coche y a contaminar como un señor. A Ricardo no le quiso decir nada. Era muy mayor para recordarle aquello de la paja en el ojo ajeno y la viga en el propio.

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