DESENTERRANDO SAD HILL

sadhill22Publicado en El Norte de Castilla el 19 de octubre de 2018

Durante un tiempo fue denostada por la crítica casposa. Hoy todos la ensalzan y para genios como Scorsese o Tarantino está en lo más alto. En los años sesenta Sergio Leone revolucionó el western con su Trilogía del dólar culminada gloriosamente con “El bueno, el feo y el malo”. Parte de esta mítica película se rodó en tierras burgalesas. El Monasterio de San Pedro de Arlanza (Misión de San Antonio), el pueblo de Carazo (fuerte de Betterville), el río Arlanza (río Grande) y, por supuesto, el cementerio de Sad Hill donde tiene lugar la secuencia final del duelo a tres bandas y que es el punto álgido de un film memorable. Aquel cementerio, situado en un valle entre Silos y Contreras, fue erigido con la ayuda de 250 soldados españoles que cavaron cinco mil tumbas. Tras el fin del rodaje, todo se abandonó. Los decorados se dejaron allí, incluidas tumbas y cruces. Tras medio siglo abandonado y cubierto de vegetación, unos cuantos entusiastas han recuperado Sad Hill. Todo ello lo cuenta un documental que ha triunfado ya en Sitges y que nos regala una impagable historia de amor por el cine y por una tierra sagrada para los cinéfilos que está cerca de ser declarada Bien de Interés Cultural. En él aparecen Clint Eastwood (a quien la idea de desenterrar el cementerio le parece magnífica), Ennio Morricone o fans locos de la película como Alex de la Iglesia o el cantante de Metallica, banda que siempre empieza sus conciertos con los acordes de “El éxtasis del oro”. Esa es, precisamente, la música que acompaña la secuencia en el cementerio de Sad Hill, una melodía apabullante y desgarradora con los muertos removiéndose en sus tumbas y asistiendo en primera fila a la lucha entre los tres protagonistas por hacerse con el botín. Allí donde el Bueno le dice al Feo aquello de “el mundo se divide en dos categorías: los que tienen el revolver cargado y los que cavan. Tú cavas”. En fin, el cine te permite viajar a lugares imposibles. Pero, a veces, esos lugares existen y podemos visitar el territorio mítico de nuestros sueños. El cine como religión. Una experiencia sagrada. La búsqueda de los dioses. De la eternidad. Una peregrinación especial. La certeza de que aquella película que nos enamoró en las tardes de sábado de nuestra infancia no es un sueño. No es una ficción. Existió. Y está al lado de nuestra casa.

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