EL QUIJOTE DEL ROCK

jethro-tull-thick-as-a-brickPublicado en La sombra del ciprés, suplemento literario de El Norte de Castilla, el 17 de noviembre de 2018.

A Ian Anderson, flautista-juglar de Jethro Tull, le zumbaban las pelotas cada vez que le insinuaban que “Aqualung” era un disco conceptual. Estamos a principios de los años 70 y el rock progresivo y los discos conceptuales arrasaban. ¿Queréis un álbum conceptual?, preguntó el flautista de Hamelin. Pues vais a tener la madre de todos los álbumes conceptuales. Así surgió “Thick as a brick”. Lo hizo desde la parodia, desde el humor, recorriendo el mismo camino que Cervantes casi cuatro siglos antes. Para ello, Ian Anderson se inventó la figura de Gerald Bostock, un niño de ocho años que, supuestamente, había escrito un épico poema en el que criticaba la hipocresía de una sociedad empeñada en marginar y devorar a los individuos que se negaban a ser manipulados. Muchos se creyeron la historia de que Anderson había decidido poner música a aquel poema. Para darle más veracidad, Jethro Tull se sacó de la manga una carpeta espectacular que no era otra cosa que un periódico doblado con sus correspondientes secciones de actualidad, sucesos, anuncios, pasatiempos, deportes y con un titular en el que aparecía el niño Bostock recogiendo su premio a la vez que se anunciaba su descalificación por haber dejado embarazada a una niña de 14 años (en su lugar había sido premiado un poema con el escalofriante título de “Él murió para salvar a los niños pequeños”). El juego y la osadía no se paraban ahí. Anderson decidió que el disco iba a tener una sola canción. Una canción de 43 minutos vomitada desde el mismo infierno mientras “las aceras están vacías, los desagües llevan líquido rojo y el loco brinda por su dios en el cielo”. ¡Una canción de 43 minutos! Aquello era demasiado y, sin embargo, la cosa funcionó. Tal vez porque nadie mejor que Ian Anderson para mezclar explosivamente melodías imposiblemente hermosas que llegaban desde las orillas del rock, de la música medieval, del folk, de la música clásica o del blues.  “Thick as a brick” es un prodigio musical y un prodigio literario, un poema lleno de leyendas que yacen acunadas en la llamada de las gaviotas, un cóctel memorable de lirismo y surrealismo anudados bajo oraciones blasfemas, un compendio herético de malos sueños (“soy un mal sueño que justo tuve hoy”), comunicación imposible (“mis palabras no son más que un susurro, tu sordera un grito”) y manipulación programada (“le enseñaremos a ser un hombre sabio, a saber engañar a los demás”) además de la certeza de que “la hora del juicio se acerca”. Un derroche de creatividad que nos regala momentos épicos a cada instante. Una mezcla de los “Conciertos de Brandemburgo” y “Poeta en Nueva York”. El bueno de Aqualung profanando la Abadía de Westminster. Los Monty Python pasados por la túrmix de un concerto barroco. Regresamos a la parodia. Al humor. A Cervantes. El mismo que decidió escribir el Quijote como una parodia de los libros de caballerías y el resultado fue la mejor novela de caballerías de la historia. Consiguió, además, poner el punto final a todo el género y alumbrar la mejor novela de todos los tiempos. Con “Thick as a brick” Ian Anderson compuso el Quijote de los discos conceptuales. No certificó la defunción del género progresivo pero sí que escribió el mejor álbum progresivo de la historia y, para algunos, también el mejor disco de toda la historia del rock.

 

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