LA CASA DEL POEMA

guadalajaraPublicado en El Norte de Castilla el 30 de noviembre de 2018

Nos ha dejado con el corazón durmiendo en el cráter de un volcán. Solos, desamparados, desconcertados, en fuera de juego. José Manuel de la Huerga, poeta de raza y hacedor de sueños y de salmos como cuchillos, voló a la casa del poema hace unos días. Lo hizo en silencio, de forma callada y tímida, por sorpresa. Robando al mundo el viento y las mariposas. Aquel viento del que hablaba él en sus versos y al que tiraba piedras, tal vez las mismas piedras que llevaba de una esquina a otra en la casa del poema. Compañero de generación, de mesas redondas, de presentaciones, de sueños, de cenas entre camaradas, de vinos furtivos, José Manuel era un tipo generoso que alguna vez me invitaba a dar charlas a alumnos y a profesores a pesar de mi reticencia (quizá porque confiaba mucho más en mí de lo que lo hago yo mismo);  alguien que, en su discurso cuando recogió el Premio de la Crítica de Castilla y León por su memorable novela de revoluciones y cofradías “Pasos en la piedra”, tuvo el espléndido detalle de acordarse de Ariel Conceiro (“que lee mucho e investiga mejor”, así fue como describió al detective de libros), al que citó como alumno transfigurado junto a Ulises, Pedro Páramo, Ismael el arponero o Sara de Ur. De todas formas, al recordar a José Manuel, queda en mi corazón para siempre un viaje mágico y alucinante por México, con la Feria Internacional del libro de Guadalajara como excusa y unas buenas micheladas en bandolera. El recuerdo de nuestras andanzas juntos, al lado del compadre Carlos Fidalgo, los tres desnudando el imperio azteca y sentándonos en la silla eléctrica del DF con el fervor y la alegría de los tres mosqueteros. En fin, que se nos ha ido demasiado pronto dejándonos en el corazón del bosque triste. Nos queda su voz, nos quedan sus libros, sus versos que robaban la luz a la noche cada noche y su corazón abierto como un blues en llamas. “¿Qué se llevan los muertos en el viaje”, se preguntaba en uno de sus versos. Nadie lo sabe. Sólo que nos quedamos solos con lo muertos, con los que nunca más regresarán. Sabemos, eso sí, que una ausencia nos acariciará todos los días. También que el recuerdo acostumbra a cicatrizar como los párpados de los poetas locos. Ahora ya sólo nos queda doblar las lágrimas y guardarlas en maletas, tal y como nos enseñan los viejos manuales de orfebrería de la tristeza.

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