UN SÁBADO EN EL HOSPITAL

urgenciasPublicado en El Norte de Castilla el 7 de diciembre de 2018

Voici l’histoire de un sábado en el hospital. La sala de espera de Urgencias llena de gente bullanguera y, en medio del inapropiado guirigay, una enfermera busca a un paciente. Al fin, le encuentra. Está con su novia. Una pareja de poligoneros, chiquitan chiquititan tan tan que tun pan pan que tun pan que tepe tepe, seguramente muy españoles y mucho españoles, al modo y manera ecsta si, ecsta no, esta me gusta, me la como yo. La enfermera le dice que lleva dos horas buscándole, que le han llamado cinco veces por megafonía. El tipo comenta que se había ido a visitar a unos amigos que viven no muy lejos del hospital. La enfermera le recuerda que a allí se va por casos urgentes y no a visitar a amigos, y se marcha cabreada. El chico se queda refunfuñando, quejándose de la tardanza y del sursuncorda, antes de soltar que los moros (palabreja escupida con mala baba y desprecio) acostumbran a tirarse al suelo en los hospitales y a simular convulsiones para que les atiendan los primeros. Mucha gente le da la razón. Un impresentable, incluso, comienza a criticar a los trabajadores del hospital, que si se quejan de mucho curro, de tener que doblar turnos y, a la hora de la verdad, nunca aparecen. Con el transcurso de las horas, me doy cuenta de que el 50 % (y me quedo corto) está allí sin necesitarlo. Hay un cachondeo generalizado, gente de palique o compartiendo videos en el móvil, risas continuas. Los carteles avisan de que las Urgencias están para tratar problemas de salud de aparición brusca y grave y que no deben usarse ni para adelantar citas, ni para realizar pruebas complementarias ni por comodidad. También insisten en que se hable en voz baja y no se utilice el teléfono móvil además de otras indicaciones que la peña se salta por el arco del triunfo. Para terminar el show aparece de repente una familia extensísima que podría haber formado parte de cualquier antología del cine quinqui español y protagoniza una performance inenarrable, chillando, montando bronca e intentando entrar con violencia en los boxes de los enfermos. Al poco surgen policías como en mitad de un Boca-River. Una vergüenza, en fin. Al irme de allí, pasada la medianoche, pienso en todo lo que he visto. Incultura, ignorancia, odio, egoísmo, maldad, estupidez, miseria moral. Falta de empatía, de decencia, de respeto, de solidaridad, de principios. Empezamos así y acabamos votando a Vox. La selva, o sea.

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