Publicado en El Norte de Castilla el 4 de enero de 2019
No podía ser de otra forma. El gran acontecimiento cultural del 2019 será el quinto centenario de la muerte del homo universalis, del superhombre, del considerado el genio más creativo de la humanidad. Leonardo da Vinci, pintor, inventor, científico, arquitecto, anatomista, escultor, filósofo, geólogo, matemático, músico, escritor, ingeniero y un etcétera infinito, murió en el castillo de Amboise el año 1519, así que el mundo entero se volcará en recordar a un hombre que sigue despertando una mezcla de curiosidad y fascinación cinco siglos después. Las primeras ciudades han sido Florencia y Madrid. En la galería Uffizi se expone el Codex Leicester, el gran tratado sobre el agua de Da Vinci, propiedad de Bill Gates que lo compró en 1994 por 30 millones de dólares. En España tenemos, por un lado, la exposición “Los rostros del genio” con el reclamo principal de la Tavola Lucana, cuadro descubierto hace diez años y que algunos consideran el verdadero autorretrato del maestro florentino. Por otro lado, en la Biblioteca Nacional se muestran los Códices Madrid I y Madrid II, dos de los mejores y más memorables manuscritos de los 23 que se conservan del genio de Vinci. Su proverbial curiosidad hizo que se pasara más tiempo llenando hojas con ilustraciones, proyectos y esbozos de extraños artilugios que terminando las obras que había iniciado. Y como Leonardo pensaba y veía el mundo en imágenes, acabó escribiendo sus notas como si fuesen un jeroglífico, encriptando sus cuadernos (siempre llevaba uno encima) con escritura especular, y haciéndose todavía más hermético y misterioso. Leonardo era un universo. Era el universo. De él dijo Freud que se despertó demasiado temprano de la oscuridad de su época. Su visionaria mente estaba, desde luego, muy avanzada para su época. Se estima que debió de llegar a escribir 30.000 páginas de las que sólo conocemos, a día de hoy, 7.000. Alguna de esas páginas perdidas quizá permitiría que comprendiéramos el enigma Blade Runner. No hay que olvidar que el mundo que presentaba la película de Ridley Scott estaba ambientado precisamente en el año 2019, un mundo con robots parecidos a humanos o con automóviles voladores. Solo Leonardo nos podría aclarar la confusión y explicarnos con detalle qué año es en el que veremos realmente atacar naves en llamas más allá de Orión y brillar rayos-C en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser.