Carter es un asesino a sueldo. Tras cuatro meses de búsqueda mata en Sao Paulo a Morgan, un peligroso espía internacional que había conseguido los planos de unos proyectiles orbitales y estaba dispuesto a venderlos a los rusos. Desde Washington quieren recuperarlos a toda costa. Morgan trabajaba con su hija y sospechan que ella tiene los planos así que comienza la búsqueda a contrarreloj de Mara Morgan. El problema es que no conocen su aspecto físico y lo único que saben es que tiene una pequeña quemadura en la parte interior de su muslo derecho.
Chris recibe órdenes de su jefe, Olson, de trasladarse a Sao Paulo y entrar en la casa de Morgan. Allí, tras una larga búsqueda encuentra dentro de un libro un cabello rubio y un dibujo a lápiz de una mujer rubia de unos veinte años. Supone que es Mara. En ese instante, alguien le ataca y le golpea. Poco después le tiran a un pozo, en realidad el famoso serpentario de Butantan, atestado de serpientes venenosas. Está atado, no se puede mover y a él se acercan algunas de ellas. Cuando cree que va a morir escucha un disparo con silenciador. Una joven rubia le acababa de salvar. No le quiere decir su nombre pero Chris sabe que es Mara Morgan. Al despedirse ella le confiesa que marcha en dirección a Río. Chris informa a Olsen de sus intenciones de dirigirse a Río de Janeiro pero los espías neutralizan el comunicado. Carter y otros dos compinches se dirigen también a Río. Los espías no tardan en localizarla. Uno llega hasta su habitación pero Mara se defiende y le tira por la ventana. Los otros dos llegan y la secuestran. Es el principio de un macabro juego entre espías de uno y otro bando con Mara Morgan en medio. El desenlace se sitúa en Nueva York donde está escondida la joven trabajando de incógnito como bibliotecaria en la Biblioteca Pública aunque ni siquiera allí estará a salvo. Como tampoco lo estarán los lectores de esta novelita ya que, fiel a su estilo, Silver Kane les zarandeará de uno a otro lado y pondrá en práctica la sagrada máxima de que las cosas (ni las personas) nunca son lo que parecen. Otra pequeña joya, en fin, del gran Silver Kane.