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Vicente Álvarez

EL FARO DE AQUALUNG

LUCRECIA BORGIA, LA HIJA DEL PAPA

Cuando en 2014 supimos que Darío Fo había escrito, con 88 años, su primera novela, protagonizada además por Lucrecia Borgia, los amantes de la Italia del Renacimiento lo celebramos a lo grande. Son muchas las novelas ambientadas en la Italia renacentista que uno ha tenido la oportunidad de leer. Muchas de ellas de calidad algo más que dudosa, lo que no impide que, a pesar de todo, resulten tan amenas como encantadoras (sin duda por la temática tratada). Como poco había que esperar algo parecido en la novela del premio Nobel. Sin embargo, el sabor de boca que deja “Lucrecia Borgia, la hija del Papa”, es bastante amargo y, desde luego, algo decepcionante. La nota más positiva y reseñable es que Darío Fo rehabilita a lo grande a Lucrecia Borgia, la que durante tanto tiempo fue considerada el máximo ejemplo de maldad femenina, una mujer perversa, envenenadora, intrigante y con cientos de amantes entre los que estaban su hermano César y su propio padre, el papa Alejandro VI. Hace tiempo que se sabe que todo ello es falso y forma parte de la leyenda negra que, sobre los Borgia, inventaron sus enemigos, encabezados por el infame papa Julio II y por Burkhardt, el secretario personal del papa Alejandro VI, además de por todas las grandes familias italianas que siempre consideraron a la familia española Borgia, los Borja, unos intrusos. Darío Fo nos presenta a una Lucrecia víctima de los intereses políticos familiares, una mujer a la que casaba y descasaba la familia (como hacían por entonces todas las familias con las mujeres de la casa), pero también una mujer astuta, bella, extraordinariamente culta, amante de las artes y las letras que supo incluso reclutar ejércitos, sustituir a su padre como vicaria, ser regente de la ciudad de Ferrara cuando era duquesa, ser comprensiva tanto con los nobles como con el pueblo, fundar el Monte de Piedad de Ferrara para combatir la usura o patrocinar conventos para ayudar a los pobres. Hasta aquí meritoria y loable la intención de Darío Fo. Entonces, ¿qué falla en la novela para no haberme apasionado tanto como hacen la inmensa mayoría de novelas ambientadas en la Italia renacentista?  Pues bien, por una parte, el estilo tan frío, distante y teatral que emplea Darío Fo, muy forzado a la hora de incluir escenas que quieren imitar, al menos eso dice en un momento dado, las piezas improvisadas de teatro a la italiana, todo muy en plan tradición bufonesca y, por si fuera poco, introduciendo notas a pie de página, como si fuese un mediocre ensayo decimonónico (por las anticuadas fuentes que parece utilizar por momentos). Por otra parte, resulta imperdonable el seguir alimentando la leyenda negra en torno a los Borgia (con la excepción de la subida a los altares de Lucrecia), presentando a Alejandro VI y a César Borgia como dos monstruos. En fin, a estas alturas está suficientemente demostrado que la familia Borgia no fue ni mejor ni peor que otras renombradas familias renacentistas y que un papa como Alejandro VI fue infinitamente más inteligente y humano que muchos de sus predecesores y sucesores, con especial énfasis en el inmundo Julio II. ¿Y si tan perversos y envenenadores eran César Borgia y Alejandro VI cómo es que no eliminaron a Giuliano della Rovere (el futuro Julio II) cuando tuvieron mil oportunidades y un millón de motivos para hacerlo? Algo, por cierto, que siempre reprochó Maquiavelo a César Borgia, a quien, por otro lado, consideraba el ejemplo perfecto de Príncipe italiano.

Para terminar, dejo dos citas significativas de la novela:

“La cantinela de la calumnia siempre acaba ganando” (Lucrecia quejándose de la leyenda negra que ya empezaba a formarse).

“Al igual que en el teatro en boga en aquella época, no nos queda otra que bajar el telón y cambiar de escena” (todo muy teatral, en efecto).

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Sobre el autor

Escribe novelas y cosas así. Sus detractores dicen que los millones de libros que ha vendido se deben a su cara bonita y a su cuerpo escultural. Y no les falta razón.


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