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Vicente Álvarez

EL FARO DE AQUALUNG

MELANCOLÍA I

Publicado en El Norte de Castilla el 22 de noviembre de 2019

Poco antes de su muerte Durero escribió: “Qué es o sea la belleza, lo ignoro. Nadie puede saberlo, sino Dios”. Parecía describir a la perfección una de las obras más enigmáticas y fascinantes de toda la historia. Si la exquisitez y el misterio tienen nombre en el mundo del grabado no es otro que “Melancolía I”, la obra maestra de Durero. Nadie sabe lo que hay detrás de esa figura de mujer-ángel con la cabeza apoyada en su mano izquierda y la mirada perdida. Rodeada de herramientas de carpintería y arquitectura, de un tintero, una balanza, una esfera, un poliedro, una escalera o un reloj de arena entre otros elementos. Por allí anda un angelote tristón y un perro famélico. Y, por supuesto, el famoso cuadrado mágico cuyas cifras leídas en cualquier sentido suman 34. Algunos hablan de que esta obra se concibió bajo el sentimiento de duelo por la pérdida de su madre (el año de su muerte, 1514, aparece en el cuadrado mágico), pero son más los que piensan que estamos ante el desasosiego del artista atormentado por la belleza y por la desesperación al no poder alcanzarla. Buscar la belleza es lo único que merece la pena en este asqueroso mundo pero también es el camino más corto para que el artista caiga sumido en una total y absoluta melancolía. En el orden aristotélico la melancolía significa genialidad y ningún ejemplo mejor de melancolía y genio que este autorretrato intelectual de Durero, el más importante artista europeo del Renacimiento fuera de Italia, el que supo difundir un lenguaje nuevo en el norte de Europa, el único comparable, por su obra artística y teórica, a Leonardo da Vinci. Alguien que se sirvió del grabado y la recién inventada imprenta para difundir, con absoluta libertad creativa, su obra. Una obra única y excepcional sin parangón en el mundo del grabado, con una búsqueda constante de la belleza absoluta, con una minuciosidad y una destreza única, con una precisión microscópica en los detalles más minúsculos, con una delicadeza y sutilidad superlativas y con una total maestría en el uso de la xilografía, el buril o el aguafuerte (consiguiendo alucinantes efectos de claroscuro) del que aprenderán artistas como Rembrandt o Goya. Todo ello lo podemos admirar en la magnífica exposición “Durero. El artista y su tiempo”, en la Sala del Museo de la Pasión. Allí, entre otros 70 sublimes grabados, nos encontraremos con esa “Melancolía I” o la eterna lucha del creador buscando el secreto de la belleza absoluta.

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Sobre el autor

Escribe novelas y cosas así. Sus detractores dicen que los millones de libros que ha vendido se deben a su cara bonita y a su cuerpo escultural. Y no les falta razón.


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