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Vicente Álvarez

EL FARO DE AQUALUNG

AÑO DELIBES

Publicado en El Norte de Castilla el 3 de enero de 2020

Promete ser el acontecimiento cultural del 2020. Cien años del nacimiento de Miguel Delibes. En Valladolid van a echar el resto. Se agradece. Aunque sólo sea porque aquí no somos muy dados a valorar lo nuestro. Delibes sí que lo hacía. En esta época en que todas las regiones se quejan (las más ricas a la cabeza), Delibes no paró de denunciar en sus novelas el demencial abandono al que habían llevado a la vieja Castilla. Cuando no se podía denunciar desde ninguna otra instancia el desastre de la economía castellana allí estaba Delibes con sus novelas defendiendo su tierra. Y a sus gentes. Delibes siempre creyó en ese ingenuo y aparente juego de máscaras que parecía ampliar su existencia a base de disfrazarse de otros. Detrás de Daniel el Mochuelo, del viejo Eloy, de Cipriano Salcedo, del señor Cayo, detrás de todos ellos estaba Delibes dejándose trocitos de su vida para dársela a esos personajes de vidas minúsculas que en sus manos protagonizaban epopeyas homéricas, esos personajes perdedores pero con la dignidad de los viejos hidalgos del Siglo de Oro. Un hombre, un paisaje, una pasión. Delibes se jactaba de no ser un intelectual sino tan solo un señor que escribía. No era un escritor que cazaba sino un cazador que escribía. Eso le gustaba decir. Un ecologista cuando nadie conocía la palabra. Un hombre melancólico que paseaba por el Campo Grande rememorando siempre algún doloroso crepúsculo. Alguien que supo decir no a las tentaciones del dinero y la fama. Alguien que no quiso trabajarse el Nobel, que renunció al Planeta y a dirigir El País en lo que podría haber sido la oportunidad de su vida (¿cómo iba él a prescindir de El Norte de Castilla, del Real Valladolid, del Campo Grande?), alguien que dio calabazas a los Reyes cuando le invitaron a una recepción y fueron sus majestades las que tuvieron que ir a su casa y subir al séptimo piso en el ascensor. Pues eso, Delibes practicando ese ventriloquismo literario del que hablaba Umbral, esa fabulosa capacidad de poner voces, esa literatura que no es otra cosa que la crónica de la humanidad resumida en un personaje y en un paisaje. El recuerdo particular, en fin, de “El camino”. La primera novela que leí en mi vida dejando a un lado las de Clásicos de Bruguera, en versión reducida y con ilustraciones cada cuatro páginas. “Las cosas podían haber sucedido de cualquier otra manera y, sin embargo, sucedieron así”. O sea.

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Sobre el autor

Escribe novelas y cosas así. Sus detractores dicen que los millones de libros que ha vendido se deben a su cara bonita y a su cuerpo escultural. Y no les falta razón.


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