Rayuela sigue siendo una obsesión. Tal vez sea porque nací el año de Rayuela (soy de Rayuela, de la misma forma que soy de Modesty Blaise o de La Pantera Rosa), el caso es que uno vuelve siempre a Rayuela. Lo había leído por la lectura «tradicional», propuesta por Cortázar, leyendo secuencialmente desde el capítulo 1 hasta el 56 y prescindiendo del resto. Me había entusiasmado. Me había enamorado de La Maga y había odiado, en cierta forma, a Horacio Oliveira, el protagonista. Tenía miedo de regresar a ellos, pero debía hacerlo. Y ahora lo he hecho siguiendo la secuencia establecida por Cortázar en el tablero de dirección (que se encuentra al inicio del libro) y que propone una lectura completamente distinta, saltando y alternando capítulos. Creo que la novela me ha gustado todavía más y hasta creo que me he reconciliado con Horacio Oliveira. Pues eso, Rayuela permanecerá ya para siempre en mi mesilla de noche. El siguiente paso es adentrarme en esta novela mosaico siguiendo el orden “que el lector desee”, tal y como recomendó Julio Cortázar. Y, mientras tanto, seguiré leyendo eternamente el capítulo 7 de Rayuela, ya saben ustedes, lo de aquello de jugar al cíclope, etc.
«Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano por tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja. Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.»