Publicado en El Norte de Castilla el 27 de octubre de 2017
Blade Runner nos volvió locos hace 35 años. Desde entonces su magnetismo, lejos de disminuir, ha ido creciendo. Hablamos de una obra de arte caótica en su rodaje (como Casablanca) pero convertida con el paso del tiempo en una de las mejores películas de la historia del cine. Un futuro de neones y lluvia masticable, de mujeres fabricadas para el placer y hombres para matar, androides que dejan de soñar con ovejas eléctricas, un detective atormentado y un replicante shakesperiano que se enfrenta a su creador. El eterno retorno de Frankenstein y una lluvia constante empapándonos las retinas. Edificios gigantescos, chimeneas escupiendo fuego, vehículos voladores, un romanticismo decrépito, una agobiante atmósfera y las lágrimas de un replicante cuando descubre que sus recuerdos son implantados. Pura poesía audiovisual y una obra maestra con momentos (líricos, visionarios, filosóficos) que, todos estábamos convencidos, se perderían en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Ahora, sin embargo, unos locos inconscientes (capitaneados por el propio Ridley Scott) nos devuelven la magia del primer Blade Runner. Lo hacen con una carta de amor repleta de guiños al original. Con un film visualmente prodigioso, elegante, hipnótico, caracterizado por un diseño de producción ciberpunk realmente apabullante. Una obra nocturna, filosófica y crepuscular llena de imágenes doradas que conectan con la ideal del fuego y la mitología (la caída de los dioses, la inmortalidad, el fuego de Prometeo). Es verdad que ahora el amor existencialista de la primera parece más tecnológico (el del nuevo bladerunner por la chica holograma) y, por ello también, más frío y menos poético. Da lo mismo. Dicen que a este nuevo Blade Runner le sobra metraje y le falta alma. Añado que le sobran las siempre injustas comparaciones y le faltan nuevos visionados. Y es que, da la sensación, Blade Runner 2049 va a ganar con el tiempo. Como su predecesora. Porque, como ella, ahonda en la permanente sensación de inquietud y tristeza, en su carácter visionario y en su portentosa capacidad filosófica de cuestionarnos muchas cosas. ¿Cómo saber si un recuerdo es real o implantado? ¿Son los recuerdos los que nos hacen humanos? ¿Quién inventa los recuerdos? ¿Qué son los recuerdos? ¿Qué son los hombres? ¿Qué son los replicantes? ¿Qué somos nosotros?