“En la pantanosa comarca en que el Mississippi vierte sus aguas en el Golfo de Méjico, el silencio de siglos se vio turbado por el férreo rumor de la armadura de un hombre blanco. Era en 1524 y las armaduras cubrían intrépidos corazones españoles, acaudillados por Hernando de Soto. Pero España no se detenía en su ímpetu descubridor y el delta del Mississippi volvió a ser propiedad única de cocodrilos y grandes tortugas, nubes de brillantes garzas, negros cuervos, gaviotas y culebras de mar, hasta que un siglo después, un explorador francés, Robert Cavelier, “sieur” de La Salle, plantó el estandarte con la flor de lis en la desembocadura del Mississippi y, en honor a Luis XIV, bautizó Luisiana, aquella vasta extensión salvaje”.
Así empieza esta nueva joyita de Debrigode, alias Arnaldo Visconti, la cuarta novela perteneciente a la colección Pabellón Negro.
Nos adentramos en el mágico paisaje de Luisiana, en el delta del Mississipi, en pleno Nueva Orleans, en el salvaje escenario de los pantanos, con incendios, torturas, matanzas. Una tierra, tropical, apasionada, donde todo tiene un primitivo romanticismo; un lugar en donde el amor, los duelos y los asesinatos están siempre envueltos en una atmósfera en la que el olor del fango fértil y las enfermedades se mezclan por igual con el perfume de los jazmines.
En este escenario, en torno a 1775, conocemos a Nic Lafit, un pirata que se ha propuesto ser rey sin corona de Luisiana y sentar sus reales en todo el litoral sin erigir trono. El primer lugar conquistado por el capitán del velero “LeCoc” ha sido Galveston, al oeste de Luisiana. La noticia no tarda es ser conocida. La sociedad criolla es la imperante en Luisiana y cada noche protagoniza fiestas en sus palacetes de verano. En una de esas fiestas, cuyos anfitriones son los cuatro miembros de la familia Du Belay, llega la noticia de que un pirata se ha autoproclamado rey de Luisiana. La noticia la trae Larron Du Marsan, un espadachín pendenciero que se había librado del patíbulo en París y que ahora es comandante militar en Luisiana. Enamorado de Adela Du Belay, amenaza con huir con sus hombres dejando a toda la población a merced de los piratas si ella no accede a sus pretensiones. En una cena para concretar los pactos, aparece un hombre. Dice ser un enviado de Lafit. En realidad es el propio Lafit que acaba, en un singularísimo duelo, con triquiñuela incluida llamada la estocada de Lafit, matando a De Marsan y dejando al pie de los caballos a la aristocrática y poderosa sociedad criolla, que acuerdan finalmente atender todas las peticiones del pirata.
Mientras tanto, en Nueva Orleans, al frente de los soldados, se encuentra Gilbert Vernon, un hombre íntegro que no está dispuesto a transigir con el acuerdo entre los Du Belay y Lafit. El mejor espadachín de Luisiana, Charles Du Belay, intenta convencerle, incluso utilizando la fuerza. Sin embargo, Vernon le derrota en un duelo a espada. Adela intenta también convencer al incorruptible Vernon utilizando sus armas de mujer y acaba traicionándole. Vernon es detenido, esclavizado y torturado por los piratas. Con el paso del tiempo, Gilbert Vernon siente que su resistencia se derrumba. De tres seres quería vengarse (Charles Du Belay, Adela y Lafit) y se da cuenta de que ya sólo un destino le aguarda: morir en el “bayú” teniendo por canto funeral el constante croar nocturno de las ranas. Con su salud tan deteriorada, sus captores deciden llamar a Croc Hibisco, una bruja que camina con una serpiente enredada en el cuello y va siempre acompaña por un cocodrilo. Rodeado de narcóticos, magia negra e insano ambiente, Vernon consigue “resucitar” y una noche, ayudado por la bruja, escapa. Ya en libertad descubre que la bruja es Adela, la mujer que le había traicionado… La venganza está cerca y Vernon va a la caza de Lafit. Sin embargo, algo sucede que cambia por completo el escenario: la armada inglesa llega con intención de invadir y conquistar Luisiana. Lafit y Vernon olvidan sus diferencias y deciden unirse para derrotar a los ingleses. Al final, Vernon acabará siendo nombrado comandante de Nueva Orleans y los piratas de Lafit, gracias a su ayuda para derrotar a los ingleses, dejarán de ser piratas y serán nombrados corsarios a nómina de Francia.
“Y Luisiana ostentó un estandarte nuevo. Bajo los luises de Francia, dos gallos, uno con cresta blanca, otro con cresta roja, se daban la espalda, vigilando cada cual dos puntos cardinales. Luisiana tenía ya una protección honrosa: en el Delta y su “bayú”, el pico corsario de Lafit y en tierra, el espolón de Vernon”.