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Categoría: Libros
Cultura, nada más

Hay proyectos culturales que me devuelven la confianza en los proyectos culturales. Por muchas razones. Por ejemplo, porque saben crecer sin perder pie, sin olvidar sus objetivos, sin desvirtuarse. Lo que no quita para que puedan evolucionar, desarrollarse, en definitiva, crecer sin morir de éxito.
Pensaba en ello recientemente, en la fiesta de aniversario de la editorial La Uña Rota. Veinte años. Quién iba a decir entonces, cuando surgió como una modesta locura de cuatro amigos locos por los libros y el teatro que veinte años después no solo estaría viva sino creciendo, ocupando un lugar respetado entre las editoriales ‘diferentes’, ente las editoriales sin más. La Uña Rota encontró su sitio y los cuatro amigos que la impulsaron desde la periferia de Madrid (para añadir más dificultades, más rarezas, el proyecto partía de Segovia) no solo siguen compaginando esta labor editorial que les apasiona con los trabajos que les dan de comer, sino que ¡siguen siendo amigos! Rodrigo González, Mario Pedrazuela, Arcadio Mardomingo y Carlos Rod continúan al frente del artefacto. Juntos han conseguido un catálogo en el que figuran nombres como Angélica Liddell (atención, está a punto de salir de imprenta el último texto de la dramaturga), Juan Mayorga (a quien, entre otros títulos, publicaron su obra reunida), Rodrigo García (la edición de sus ‘Cenizas escogidas’ fue uno de los hitos del sello…) Esto por la parte teatral, pero también Herman Melville, Antonio Valdecantos, Joseph Conrad, Graham Green… siempre buscando textos con ese punto de rareza, de originalidad que conforma su personalidad. Una de sus más atractivas colecciones es la llamada Libros inútiles, donde te puedes topar con Samuel Beckett o Kenneth Goldsmith y donde el adjetivo inclasificable sería el único que podría clasificarlos.
Pero hay más locos en el mundo de la cultura, no todo va a ser precariedad intelectual o de la otra. Y cuando no se me había quitado el buen sabor de boca de la fiesta de aniversario de La Uña Rota, asisto a otra celebración que te hace creer en el futuro de la lectura. Esta vez los anfitriones eran el equipo de Páginas de Espuma, el sello editorial que desde 1999 está empeñado en elevar a la primera línea de la relevancia literaria al género del cuento. También recuerdo como si fuera hoy cuando Juan Casamayor me contó el proyecto de publicar los cuentos completos de Anton Chéjov, una aventura con la suficientes dosis de locura y riesgo para una editorial ‘independiente’. Hoy varios años (tres si contamos desde la publicación del primer tomo, más si tenemos en cuenta cuándo empezó a gestarse el proyecto) y aún más de cuatro mil páginas después, los seiscientos cuentos que hoy por hoy se pueden considerar todos los que escribió el autor ruso están en una edición en cuatro volúmenes que aportan no solo nuevas traducciones (de algunos cuentos las primeras que ven la luz en nuestro idioma) sino una visión global de su obra, de cómo la fue construyendo y cómo evolucionaba el autor con respecto a su trayectoria.
Y todo ello gracias a la labor de Paul Viejo, traductor y alma mater del proyecto, cuya pasión por la criatura te devuelve la confianza, insisto, en las empresas culturales de verdad. Porque de eso hablamos, de cultura. Nada más. Y nada menos.

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Honrar a Cervantes

Siento mucho tener que estar de acuerdo con el director del Instituto Cervantes, Víctor García de la Concha –desde el martes también doctor honoris causa por Salamanca– en la falta de previsión que a nivel oficial se ha demostrado en el asunto del Centenario de Cervantes. El hecho de que, además, coincida con el de Shakespeare hace inevitables las odiosas comparaciones y la envidia de ver cómo en otros lugares la conmemoración tiene no solo más brillo, sino la contundencia de las cosas pensadas con tiempo. Como siempre, serán los homenajes más pequeños, las iniciativas particulares –este medio se sumará con actividades para todo tipo de públicos–las que salven la cara a la oficialidad.
Personalmente desconfío de estas macro celebraciones porque, parafraseando a uno de los dos homenajeados, suelen encerrar más ruido que nueces. Y mucho más desde que la cultura se contagió del frenesí de las cifras y cada euro que invierten las instituciones públicas tiene que multiplicarse en ‘impactos’, que es como llamamos ahora a las noticias o mini noticias que aparecen en los medios y en las redes sobre cualquier evento que se precie. Impactos, visitantes, espectadores, concurrentes… Qué vértigo!
Con esto no quiero decir que no tengan sentido los actos en los que colectivamente se celebre la grandeza de su obra, pues si de ahí se deriva algún nuevo lector, el objetivo estará cumplido. Esa será su proyección de futuro, que es la verdadera sustancia del asunto.
Pero, o mucho me equivoco, o cuando se haga balance desde los organismos oficiales del éxito de la conmemoración (ahora jamás se reconoce no ya un fracaso, sino ni siquiera una grisura, con lo cual los verdaderos éxitos pierden sentido y los balances se podrían escribir con antelación), se hable de eso, de impactos y no de si la celebración ha servido para abrir nuevas líneas de investigación, o impulsar ediciones críticas etc… Sería bonito saber cuántos nuevos lectores de Cervantes nos dejará la celebración, cuánta gente se acercará por primera vez a la novela de todas las novelas animados por la fecha y sin necesidad de traducciones absurdas al lenguaje actual (a cual, por cierto ¿al insufrible en castellano de Internet?) que solo suponen el falseamiento del verdadero sentido de la obra.
Pero a mí se me ocurre otra gran celebración. Una muy difícil, lo reconozco, pero barata celebración. Sería la de poner todos nuestro granito de arena para demostrar verdadero amor por el idioma que él honró, y hablarlo y escribirlo correctamente. Sabíamos que el castellano o el español (no entro ahora en eso) estaba perdiendo la batalla de la ciencia por razones que a nadie se le ocultan, pero ahora sabemos que también está prediendo la de la publicidad, el arte, la moda, el petardeo y no digamos la de Internet y las redes sociales, donde una jerga a menudo ininteligible para cualquier no nativo digital no solo castiga al idioma de Cervantes en favor del inglés, sino que también machaca éste con términos absurdos. Es una lástima y ruboriza la insensibilidad de quienes podrían hacer algo para evitarlo, algo más que alabar en falso el genio del inventor del Quijote.
Perdonen el desahogo, Pero es que ayer mismo oí el término ‘spamear’ y aún no me he repuesto del ‘impacto’.

(Publicada en la edición impresa de El Norte de Castilla, en mi columna ‘Días nublados’)

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El día de la marmota

Todos los años (al menos desde hace cuatro) por estas fechas, les coloco una columna parecida. Ya lo siento. La vida está hecha de repeticiones. Se repiten las estaciones, las fiestas, las cosechas… lo que llamamos ‘actualidad’ es en muchas ocasiones la celebración de aniversarios, más o menos redondos, efemérides, ciclos… Desde hace unos años, al menos cuatro, cuando llega o cuando acaba de pasar la celebración de la feria del libro dejo plasmado en este rincón nublado mi perplejidad. Porque desde hace unos años, al menos desde hace cuatro, espero que esta cita literaria en declive no solo recupere el brillo perdido sino que incluso lo acreciente. Imagino que por fin las instituciones implicadas (y las desimplicadas) se caerán del caballo llegarán a un acuerdo y Valladolid volverá a tener (la tuvo, tímidamente) la Feria del Libro que se merece. Se la merece la capital de una extensa comunidad que presume de apuesta cultural y de tener al idioma como una de sus potencias económicas y culturales. Pero, a la hora de la verdad, su feria del libro podría ser la de cualquier ciudad de provincias sin demasiadas pretensiones. Dicho sea, y todos los años recalco lo mismo, con todo el respeto que me merece el trabajo de las personas que, con toda seguridad, supliendo con dedicación e ilusión la falta de medios, sacan adelante este o cualquier otro programa cultural. Y  a sus invitados.
Todos los años y esto parece el día de la marmota, me pregunto si Valladolid puede conformarse con una presunta feria del libro que en poco se diferencia de otros ciclos en los que se invita a unos cuantos escritores cercanos (aunque el adjetivo no tenga tintes peyorativos porque hay mucho valor en lo cercano, pero se espera de un acontecimiento así la oportunidad de acercar lo extraordinario, lo que no tenemos a mano habitualmente). Y digo presunta feria porque de ella están ausentes las principales librerías de la ciudad, las más activas, las que contribuyen todo el año a que el libro sea protagonista de los espacios culturales de los medios de información y de la vida de la ciudad, y del que también han huido los principales editores de Castilla y León. Hay que visitar la Feria del Libro de Madrid (esta sí, con mayúsculas) o el Liber, incluso la mexicana Feria del libro de Guadalajara…  para encontrarse con algún editor de Castilla  León de los que exportan sus productos más allá de sus pequeñas fronteras.
Y así otro año. Este, por cierto, electoral. Entre las muchas cosas pendientes que, desde el punto de vista de la cultura tienen la ciudad y la comunidad está la de plantearse una feria del libro que ponga a Valladolid, como cabecera de la comunidad, en el mapa de las ferias relevantes y eso, por mucho que el Ayuntamiento se empecine en usar la inadecuada cúpula del milenio y llenarla de casetas institucionales, pasa entre otras muchas cosas por una ubicación adecuada y un programa relevante. Mientras tanto, celebraremos con alegría el 23 de abril.

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Píldoras de mitología

MENOSCUARTO PUBLICA ‘DESPUÉS DE TROYA’, ANTOLOGÍA DEL RASTRO DE LA CULTURA CLÁSICA EN EL MICRORRELATO ESPAÑOL

 

Un libro puede ser atractivo por muchos motivos, y estos pueden verse reducidos a dos, como los mandamientos de la Santa Madre Iglesia: el tema y el autor. Dos motivos que pueden extenderse en ramificaciones como el estilo, la oportunidad, la perspectiva, la relación con sus contemporáneos… El libro que hoy protagoniza nuestra portada tiene 45 puntos de interés si nos fiamos en el segundo de los motivos explicitados. Pues 45 son los autores que reúne la antología ‘Después de Troya’, que acaba de llegar a las librerías de la mano de Menoscuarto. Y no son autores cualquiera, pues en la nómina encontramos a esos nombres que ya han alcanzado el Parnaso (por utilizar una terminología acorde al caso) como Julio Cortázar, Jorge Luis Borges, Federico García Lorca, Ramón Gómez de la Serna o Augusto Monterroso, junto a otros cuya calidad literaria no es ya indiscutible sino que está avalada por prestigiosos premios (José Jiménez Lozano, Margo Glantz, José María Merino, Javier Tomeo, José Emilio Pacheco, Juan Eduardo Zúñiga, Cristina Peri Rossi, Gustavo Martín Garzo, Luisa Valenzuela o Juan José Millás) sin olvidar a los que teniendo aún por delante una prometedora carrera la iniciaron con el viento a favor de sus logros (Andrés Neuman, Ángel Olgoso, Ana María Shua, Manuel Moyano…)

¿Qué une a autores de tiempos, edades y estilos tan diferentes en el libro que comentamos? El rastro de la cultura clásica en su obra, la pervivencia de los mitos y temas del origen de nuestra cultura en sus microrrelatos, pues de microrrelatos en los que la tradición greco latina pervive de forma evidente va el asunto.

El antólogo, el responsable de haber citado en apenas 230 páginas a tan selecto grupo de escritores es Antonio Serrano Cueto (Cádiz, 1965) poeta y narrador, que se estrena como antólogo en este libro. A él se debe también el interesante prólogo que enmarca la selección y sus razones. Serrano Cueto explica la fascinación que el mundo clásico pervivió en los escritores durante toda la Edad Media y llegó a su punto culminante en el Renacimiento; cómo Lope de Vega o Garcilaso deben a Teócrito y Virgilio, cómo parte de la obra de escritores dispares como Gide, Rilke o Pound no se entendería sin esa huella, o lo que los dramas de Shakespeare deben al ambiente de las obras clásicas. No olvida el paradigma de la obra cumbre de nuestra literatura. Serrano Cueto señala cómo “desde los comienzos de las literaturas romances la recuperación de esta herencia se canaliza especialmente a través de la traducción e imitación de los autores venerados y se ajusta a todos los géneros y moldes literarios”, así cuando Cervantes describe la conversación entre Don Quijote y un traductor de la lengua toscana sale a relucir esa fascinación: “Pues, con todo esto, me parece que el traducir de una lengua en otra, como no sea de las reinas de las lenguas, griega y latina, es como quien mira los tapices flamencos por el revés (Don Quijote II, 62)”.

Desmitificación

El mundo clásico se aleja de nuestros días a pasos agigantados, entre otros motivos por la torpeza y la errática condición de los planes educativos, y, sin embargo, la cultura clásica y en especial su mitología tienen aún la fuerza suficiente para atravesar la barrera de un mundo que vive de espaldas a ellos. Y esa fuerza se muestra con especial interés en la literatura. En la narrativa breve tiene además características particulares. La intertextualidad que le es propia al género aporta aspectos sorprendentes casi siempre por el lado de la ‘desmitificación’, valga la paradoja.

De todo el caudal de la literatura clásica, los relatos homéricos se llevan la palma a la hora de buscar las preferencias de los escritores contemporáneos. Pero a menudo la mirada que arroja sobre ella el autor o autora del microrrelato es paródica, “pues satiriza y subvierte dicho legado mediante el recurso de la reescritura”, advierte el antólogo.

Sin ir más lejos, Homero, el padre de la Humanidad en algunas obras artísticas, es visto por dichos autores como un escritor “melindroso”, urdidor de historias que necesitan una revisión. El humor la ironía, también señas de identidad del género, son recursos especialmente útiles para a revisión de otros mitos y leyendas como la Guerra de Troya (como en el cuento ‘La guerra interminable’, de José Jiménez Lozano), la historia de Narciso o el canto de las sirenas, también perteneciente al ciclo homérico.

Es precisamente el mito de las sirenas otro de los preferidos por los escritores presentes en la antología, a menudo estas sirenas han aceptado acomodarse a un mundo que le es ajeno y para el que no están preparadas, como en las piezas de Lilian Elphick, David Lagmanovich o Millás, en el que estos seres intentan adaptarse a las incomodidades de la urbe.

También el descenso a los infiernos, el “viaje al inframundo de Odiseo, y, sobre todo de Eneas” que tiene uno de sus mayores logros en la obra de Dante, llega hasta nuestros días lleno de inteligentes revisiones. (No olvida mencionar Serrano Cueto la interpretación de este descenso que hace Woody Allen en ‘Desmontando a Harry’, sin duda uno de los momentos más hilarantes del filme). En este caso resulta paradigmático el relato ‘El cancerbero’, de René Avilés Fabila.

El legado de Esopo y el mundo de los animales tna querido también en la narrativa breve, los monstruos tienen también su lugar de honor. En definitiv,a el Minotauro y Poseidón, Jasón y Perseo, Príamo y Tisbe, Hércules y Penélope, Perseo y la Medusa, Electra y Antífona, Andrómeda y Eurídice, Acteón y Diana se pasean por esta antología más o menos disfrazados para la función. En total, 125 pequeños cuentos, historias que se han organizado en torno a temas y protagonistas que han dado lugar a los capítulos: ‘La ruta homérica’, ‘Las pruebas del héroe’, ‘Amores insólitos’, ‘El poder de los dioses’, ‘Geografía mítica’, ‘Animalario’ y ‘Logos’. Estructura que permite al lector hacer recorridos diversos por sus páginas, ya sea en busca de sus autores favoritos o comparando el tratamiento de un mismo mito en autores diversos.

El viaje no puede ser más atractivo, sea el lector afecto a las leyendas clásicas o no. Y en este caso tampoco es desdeñable el aspecto pedagógico que, sin pretenderlo y sin que en absoluto lastre la gracia de los textos elegidos, subyace en las páginas. Como ocurre con las lecturas que nos tocan de cerca, estas páginas llevan adheridas la llamada a buscar los orígenes de tan aparentemente remotos personajes, para comprobar, como ocurre cuando estas revisiones las encontramos en otros géneros como el teatro o la pintura, que siguen hablando de nosotros, tan escasamente cambiantes a pesar de las apariencias y la tecnología.

Advierte Antonio Serrano al final de su introducción que “a la sociedad europea actual, desmemoriada y cautiva de un sinfín de cantos mendaces, hay que recordarle de vez en cuando que es hija de Grecia y Roma, y que la herencia clásica –como el legado del cristianismo y, en el caso de España, del mundo árabe– es sustrato vívido de buena parte de nuestra cultura”. Este es uno de los valores de un libro importante que sale a la calle con al discreción que caracteriza a la editorial que lo avala.

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Vitaminas literarias

LA EDITORIAL COMBA RESCATA LAS CARTAS QUE DURANTE UNA DÉCADA SE ESCRIBIERON ROSA CHACEL Y ANA MARÍA MOIX

Año 1965. Septiembre. Una joven Ana María Moix (Barcelona 1947-2014) escribe a Rosa Chacel (Valladolid, 1898-Madrid, 1994) que entonces permanecía en su exilio de Río de Janeiro. Tiene pocas esperanzas de que la carta llegue a su destino, es casi un mensaje en una botella que lanza al mar que las separa físicamente. Pero necesita decirle que acaba de leer ‘Teresa’ y que está deslumbrada. La novela se la ha prestado otro joven aspirante a escritor como ella, Pere Gimferrer (Pedro en esta correspondencia). Ella quiere aprender, necesita decirle cuánto se identifica con la escritura de quien ya era un personaje con peso en la literatura, aunque su país la ninguneara, y manifestarle su extrañeza por que sea tan poco conocida en España, de que se hable tan poco de ella.

La carta afortunadamente llega a las manos de la autora de ‘Memorias de Leticia Valle’. No solo eso. Llega a las manos de una persona necesitada de encontrar interlocutores en su propio país, del que efectivamente se encuentra aislada y no precisamente porque medie un océano de distancia. Le estimula además el hecho de encontrar corresponsales jóvenes (al río de cartas se sumará Gimferrer el ‘culpable’ de que se haya iniciado lo que será una verdadera amistad).

Las cartas que ambas escritoras se envían durante diez años se editan ahora de la mano del sello barcelonés ‘Comba’ y al cuidado de Ana Rodríguez Fischer, gran conocedora de la obra de Chacel. No es una correspondencia más entre una escritora en plena madurez creadora, llena de proyectos –entre ellos ‘Barrio de Maravillas’ que sería una de sus obras más celebradas, pero que ya tiene en su haber ‘Memorias de Leticia Valle’ y una novela importantísima y nunca suficientemente valorada como ‘La sinrazón’, y en este punto comparto el entusiasmo de Moix que en un momento afirma que es «la mejor novela que se ha escrito en España»– y una joven que ha tanteado ya el mundo de la poesía y de la narrativa breve, que tiene algún proyecto de novela, pero sobre todo que empieza a vislumbrar, inconscientemente aún, aunque Chacel se lo hará ver claramente, que la literatura es su destino. No, el libro es mucho más, más incluso que el impagable testimonio de una época por la que desfilan otros escritores pero también cineastas (Gonzalo Suárez aquí más en su faceta de escritor) o músicos, a través de las opiniones de las corresponsales. Es la posibilidad de asomarse a la teoría chaceliana sobre la novela. Ya en la segunda carta, Ana María Moix le pregunta casi a bocajarro que es más importante a la hora de plantear una novela: si el argumento, el personaje o el estilo. La pregunta encuentra campo abonado. Rosa Chacel es una corresponsal generosa. Lo es desde su primera respuesta a Moix. Cualquiera que se haya asomado, no ya a sus novelas, sino a sus diarios sabrá que ella no sabía escribir ligero. Que su escritura lleva siempre una carga de profundidad, una intensidad de pensamiento que paradójica y desgraciadamente ha podido ser un freno en el reconocimiento que merece. Ella no sabía escribir en corto ni superficialmente y al tiempo exigía a sus corresponsales que hicieran lo mismo.

Además, se trata de la correspondencia entre dos mujeres que desnudan su alma con facilidad, que encuentran la una en la otra el espacio de intimidad necesario para hacerlo cómodamente. También este aspecto surge rápido en el epistolario. Ana María le confiesa en seguida que suele tener periodos de desánimo y encontrará en su amiga siempre un aliento para seguir adelante. Quizá por eso, Moix se asusta cuando es Rosa la que le confiesa en una de sus cartas de 1966 que se encuentra ‘panne’ (expresión francesa que equivale a sentirse parada):

«Habrás pensado mil cosas a causa de mi silencio; la explicación que puedo darte es ésta: mi vida está en ‘panne’. No sé si volverá a echar a andar alguna vez. Por el momento el horizonte es negro…». La respuesta de Ana María no se hace esperar: «Si tú no vuelves a andar (como dices) me sentiré engañada; solo me dejo poner alas por un par de personas y una de ellas eres tú. Tienes la obligación de recuperarte para que yo pueda ver que todo era verdad, y yo me tomo el derecho de recordártelo y asegurarte que lo era. ¿Vale la pena?».

El cine es también un tema de ‘conversación’ y resultan curiosos los comentarios, pues a pesar de ser a vuela pluma, siempre dan pistas en torno a sus planteamientos estéticos. Escribe Rosa Chacel: «El cine me gusta sobre todas las cosas. Estoy por decirle que es lo que me ayuda a soportar el exilio: voy casi a diario. Prefiero, ante todo, a Antonioni, Fellini y –hace un tiempo, pues ha caído pronto– De Sica. Bergman no me gusta siempre; es demasiado artístico para mí.Kazan me gusta mucho y también algunos franceses que no recuerdo en este momento. ¿Ha visto usted ‘Les parapluies de Cherbourg’? Es un absurdo maravilloso. No le pregunto si ha visto ‘I compagni’ porque supongo que en España no se habrá dado. Es uno de los films más perfectos, más poéticos, más emocionantes que he visto. Tema social pero tratado con la máxima elevación estética…» [Rosa Chacel se refiere a la película de Mario Monicelli de 1963, que estuvo nominada al Oscar en la categoría de mejor guión original].

Otras veces los comentarios no son tan amables, como en este fragmento de una larga carta fechada en 1966:

«En los días que pasé en Valença me regalaron el Proust de la ‘Nouvelle Revue Française’ (…) y lo estoy releyendo con deleite y con parsimonia por tercera vez. No recuerdo cuándo fue la primera, pero sí que hace unos años, en Buenos Aires, me dejaron la traducción de Salinas, diciéndome que era magnífica. La leí y me pareció abominable. Correcta es, naturalmente, pero de la gracia la ligereza y la elegancia proustiana, ni sombra. Un lenguaje viejo, encorsetado, de señor respetable. Necesitaba volver a leerlo en su salsa para borrar el mal gusto que me dejó la traducción».

Como una novela

Dice Ana Rodríguez Fischer que este epistolario se puede leer como una novela. Ocurre con aquellas correspondencias en las que sus autores se muestran generosos de cabeza y de espíritu, o en aquellos en los que la amistad ha de mantenerse viva a pesar de las separaciones forzosas (estoy pensando en las cartas entre Pedro Salinas y Jorge Guillén sin ir más lejos). Esta ‘novela’ engancha desde el primer momento y no defrauda en ninguno. Pero lo mejor del epistolario son sin duda, o al menos para quien comparta el gusto por la escritura o la admiración por la obra de ambas, los pasajes destinados a comentar la marcha de sus respectivos trabajos o las dudas que los atravesaban mientras estaban en ‘la cocina’. Impresiona saber cómo Rosa Chacel tenía presente a aquellos lectores que eran importantes para su vida. Vida y obra enlazadas:

«… Puedes tener la absoluta seguridad de que en todo lo que hago cuento con vosotros; pienso, en relación con todo lo que escribo, que vosotros vais a leerlo, que mi vida –porque mi obra es mi verdadera vida, es decir porque mi vida y mi obra son la misma cosa– va a incorporarse a la vuestra, va a añadirse a vuestro panorama, mi paisaje va a imprimirse o entremezclarse con el vuestro y pocas cosas habrá que puedan significar más plenamente lo que deseé siempre con un empeño loco».

El libro, más que una correspondencia es pura vitamina literaria.

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Nuevas noticias sobre Virginia y Leonard Woolf

Bastó su genialidad para elevar un barrio de Londres a la categoría de mito. Y no porque en el grupo no hubiera  más talento literario o más cabezas pensantes. Pero nadie puede dudar a estas alturas que es ella, Virginia Woolf, el núcleo alrededor del cual gira la influencia del Grupo de Bloomsbury, el motor de la fascinación que aún hoy ejerce en lectores y aledaños. Una atracción que no solo sigue viva sino que, en goteo constante, aporta novedades editoriales en todo el mundo, no solo en el ámbito anglosajón donde la autora es venerada y estudiada (lo que equivale a decir, realmente leída), sino también en nuestro país. Otra cosa sería preguntarse si la ‘popularidad’ de su nombre en determinados círculos, incluso de su imagen, o la repercusión que en su momento tuvo una película como ‘Las horas’ de Stephen Daldry, basada en la novela homónima con la que Michael Cunninghan ganó el Pulitzer, se corresponden con un conocimiento real de su literatura.
El ‘problema’ de leer a Virginia Woolf, si es que puede decirse así, es que no admite medias tintas, ni aproximaciones someras, no hay manera de especular con un libro como ‘Las olas’, con su magistral dominio del monólogo interior; es imposible una lectura superficial de ‘Al faro’, como no se debe entrar inocentemente en la presunta venialidad de ‘La señora Dalloway’ donde, por ejemplo, un pasaje estremecedor da cuenta del horror de las guerras en la figura de un viejo combatiente de la primera Guerra Mundial. De la misma manera, no se puede salir indemne de la lectura de sus diarios, compleja novela en sí mismos, donde encontramos, como también en su ingente correspondencia, las claves de su escritura, que, en su caso como en pocos escritores, son las claves de su vida y la lucha que mantuvo por escribir sin pisar jamás los caminos trillados a pesar de las pruebas a las que le sometía su enfermedad mental.
La inagotable Virginia y sus alrededores son de nuevo noticia editorial. En primer lugar por la publicación en Taurus de la primera biografía en castellano de la autora de ‘Una habitación propia’, empresa llevada a puerto por la escritora y periodista argentina Irene Chikiar Bauer.
A solas con las palabras
La monumental obra de Chikiar Bauer (más de 800 páginas sin contar las notas bibliográficas) se resolvió en siete años de trabajo, durante los cuales la autora procuró manejar el mar de documentación que suponen no solo su correspondencia y sus diarios sino los cientos de estudios sobre la escritora «sin naufragar en él». Solventó también las dificultades para traducir ese caudal de trabajos que «dan por sentados saberes que no son tales por parte de los hispanohablantes». Al contrario de otras biografías temáticas que avanzan en el relato por temas (infancia, psicología, obra etc.) o de los estudios que eligen perspectivas determinadas (la cuestión de género, la enfermedad mental), la autora de esta biografía encaró el reto de atravesar su vida y su obra para captar su «peculiar individualidad» y hacerlo, como en la biografía escrita por su sobrino Quentin Bell, desde la perspectiva cronológica.
Asistimos así a los antecedentes familiares de la escritora y a ese momento crucial (enero de 1905) que supone la mudanza de los hermanos al número 46 de Gordon Square, en el barrio de Bloomsbury, en los prolegómenos de la constitución del legendario grupo, hecho sobre el que se atreve a dar una fecha: «Puede considerarse que el 16 de febrero de 1905, día de la inauguración de las Veladas de los Jueves, fue el punto de partida de lo que se llamó el Grupo de Bloomsbury». Desde ese momento y hasta la muerte de Virginia desfilan por sus páginas, su hermanos Thoby (prematuramente fallecido) y Vanessa, el maridos y amante de ésta, Lytton Strachey y Dora Carrington, Maynard Keynes y Russell, Duncan Grant y Vita Sackville-West, personaje fundamental en la vida de Virginia, pero sobre todo su proncipal sostén vital, su marido Leonard.
Con todo lo detallado de este estudio, lo más interesante son los episodios en los que acudimos en directo al germen de sus novelas. Así, en las páginas dedicadas a los inicios de ‘Al faro’ leemos un fragmento de una carta a Gerald Brenan: «Tengo que crear cada vez para mí toda la cosa desde cero. Probablemente todos los escritores están ahora en el mismo bote. Es la multa que pagamos por romper con la tradición, y la soledad hace a la escritura más excitante. [...]Uno debería hundirse e el fondo del mar y vivir a solas con las propias palabras».
Recuerdo de Ceylán
Asistimos también a los comienzos de su relación con Leonard Woolf, cuando este era funcionario del Gobierno británico destinado en Ceylán donde pasó unos años. Esos años son precisamente los que rememora su novela ‘Una aldea en la jungla’, felizmente  rescatada (con el cuidado y buen gusto que caracteriza a este sello) por Ediciones del Viento. En el prólogo ‘Traducir a Leonard Woolf’, la encargada de verter al castellano la obra, Beatriz Iglesias Lamas, resume en una frase la causa del olvido en el que vive la obra del escritor y editor. «Leonard Woolf es sin duda uno de los pocos hombres de letras que han vivido a la sombra de una mujer».
‘La aldea en la jungla’ fue la primera novela de un autor del que sí se conocen en España los ensayos , en particular el excelente libro dedicado a los últimos días de su mujer publicado en España con el título ‘La muerte de Virginia’. Esas mismas dotes están en su narrativa. El volumen de Ediciones del Viento recoge además de la novela tres relatos ambientados también en la colonia: ‘Un cuento a la luz de la luna’, ‘Los dos brahmanes’ y ‘De perlas y cerdos’.
Por lo que se refiere a la novela, publicada en 1913, fue una de las primeras, si no la primera, que narra desde la perspectiva indígena. En palabras de su traductora es «pionera, subversiva y profundamente antiimperialista en plena época colonial», aunque para ella lo más destacable es «la maestría con la que engarza su propia experiencia vital de la muerte y la justicia en la realidad de los habitantes nativos de la isla, estrechamente vinculada al folklore a través de memorables leyendas y supersticiones».
Al dar voz a los indígenas se adelanta a George Orwell y sus ‘Días en Birmania’ y al también miembro del grupo de Bloomsbury y amigo del autor Edward Morgan Forster y su célebre ‘Paisaje a la India’.
Dos muestras de que Bloomsbury sigue editorialmente vivo.

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Sobre el autor Angélica Tanarro
Soy jefa de Cultura en El Norte de Castilla. En mis ratos libres (pocos) solía escribir y hasta encontraba editor. Ahora he cambiado los versos (libres o no) por alumnos de Periodismo. Mi verdadera vocación es la lectura.