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Fecha: octubre, 2011
El Jarama
Jorge Praga 29-10-2011 | 3:02 | 0

Realismos contra la realidad. O literatura contra cine. Los que debían ser amigos, o al menos cómplices, o en última instancia colaboradores, cine y literatura, se arrojan a veces los trastos por falta de encaje. El cine siempre va tras la literatura. Las imágenes nacen de una historia, de una anécdota, de un guion (en los títulos de crédito siguen poniendo guión, albricias). O de una novela. Y esta casi siempre es profusa, enorme, inabarcable. Ay de aquella película que se empeña en seguir las páginas del libro. Queda condenada. Y cuántas veces se intenta adaptar una gran novela, una obra de éxito que el público ya conoce. La decepción está casi asegurada. Una de las mejores películas del cine español, y del cine no español, es ‘El Sur’, de Víctor Erice. ¿Qué recuerdo hay del relato de Adelaida García Morales, su mujer de entonces, en que se basó el film? El brillo de la literatura de partida parece inversamente proporcional al buen resultado cinematográfico.

 En el ciclo de la Seminci de título enrevesado poco destacable hay. Por cierto que el cartel corresponde, si no me equivoco, a una película no programada, ‘La muchacha de las bragas de oro’. Hoy, para cerrar el festival, me he dejado llevar por la curiosidad de ‘El Jarama’. Es una práctica de fin de carrera de la Escuela Oficial de Cinematografía, tan famosa en tiempos del franquismo, dirigida en 1965 por Julián Marcos, del que luego quedó poca noticia. ‘El Jarama’, nada menos, ese arabesco de diálogos, de situaciones transparentes. Y en algo más de media hora. La fidelidad solo es posible en la anécdota mínima de la ahogada, y en la voz en off que cuenta la geografía del río, una descripción magistral que Ferlosio robó en un texto académico, y que luego tuvo que nombrar en el prólogo para repartir bien los méritos. La voz, las palabras, quedan muy por encima de las imágenes sin relevancia del río, queriendo mostrar lo que se oye:

“…se interna en la provincia de Madrid, pocos kilómetros arriba del Espartal, ya en la faja de arenas diluviales del tiempo cuaternario, y sus aguas divagan por un cauce indeciso, sin dejar provecho a la agricultura…”

Sí que hay un mérito objetivo en la película, que ha ido labrándose como fruto inevitable del tiempo: la capacidad testimonial de sus imágenes. Los vestidos, los cardados con que las chicas rematan su figura, la ropa disciplinada de los chicos; las carreteras, el paso a nivel, los coches y las vespas; la chopera al lado del río, el merendero, las botellas de gaseosa; el baño; hasta un porrón comienza a ser un objeto perdido y hallado en la pantalla. En cuarenta años el aspecto exterior del país es otro, y no sé lo que pueden reconocer o asumir las nuevas generaciones. Y ese caudal ya cae del lado de las imágenes, no de las palabras que las germinaron. Cada bando lleva dentro su tesoro, sin mapa que guíe para encontrarlo.

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León
Jorge Praga 28-10-2011 | 3:51 | 0

Chema Sarmiento ha acercado un poco más a Valladolid la capital leonesa con su película ‘Viene una chica’. Continuamente la ciudad se hace presente en los escenarios que envuelven a los personajes, en los nombres, en la luz. La Catedral, vista desde muchos ángulos, troceada, recogida en las amplias aceras que la bordean por la parte de atrás, gozada desde las alturas; la calle Ancha, su arranque desde la casa de Botines; la vieja estación de Matallana, con tanto sabor; los amplios espacios en torno a un río tan modesto; el viejo puente de San Marcos; las callejuelas del Barrio Húmedo… Aparecen también calles nuevas con poca identidad, y parques modernos. Sarmiento se siente dentro de la ciudad, hasta el punto de que incluye en ella como un activo más a uno de sus personajes. En el reflejo de un escaparate que trae una imagen de la Catedral, un cura de sotana rematada por la teja reglamentaria la atraviesa de lado a lado, mientras la banda sonora deja oír unos grajos. Es el cura que protagonizó la primera historia de ‘El filandón’, un fantasma que sigue teniendo vida en León desde que lo creó la literatura de Luis Mateo y la película le dio imagen. Don Ceferino Saldaña era y es su nombre, al que el relato de Luis Mateo clasifica en la jerarquía eclesiática como “sochantre beneficiado”, con aromas de su inolvidable libro ‘Parnasillo provincial de poetas apócrifos’, perpetrado con la complicidad de José María Merino y Agustín Delgado. Don Ceferino, ya un leonés más.

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El cine de Sarmiento no siempre fue tan de la capital como lo muestra ‘Viene una chica’. En ‘El filandón’ (al que un libro monográfico de José Carlón llama “la primera película leonesa”) solo la historia de Luis Mateo tiene presencia palpable de la ciudad. Las otras cuatro, debidas a José María Merino, Antonio Pereira, Pedro Trapiello y Julio Llamazares, se desparraman por la provincia, por su memoria de guerra o de pueblos sepultados por el pantano. Y en el mediometraje con que debutó Sarmiento (entonces era José María Martín Sarmiento) en 1983, ‘Los montes’, la narración se repliega hacia un pequeño pueblo de El Bierzo. El director nació allí, en Albares de la Ribera, en la entrada tras pasar el puerto de El Manzanal, puerto temible de nieve y hielo en la infancia del cineasta, y hoy casi vencido por una autovía de poca identidad. En este mediometraje, lo mejor que en mi opinión ha rodado Sarmiento, el protagonista es esa comarca berciana: su paisaje, al que las imágenes extraen un ánima poética; los pequeños pueblos de tejados de pizarra, casi abandonados; las mujeres que allí sobreviven, muertos todos los hombres; el habla en la que el castellano busca aromas en Galicia, y también en Asturias; los ritos ancestrales, las viejas historias, las herencias que están a punto de ser sepultadas entre los muertos.

Chema Sarmiento ha llevado una vida muy viajera. Su infancia la pasó en El Bierzo, también en otro pueblo de León, Santa María del Páramo, y en la capital. Pero luego su familia le llevó hacia otras ciudades, y estudió su carrera universitaria  en Valladolid. Luego fue estudiante de cine en París, y su vida como director de documentales le ha dejado en muchas partes del planeta. Pero donde se inventa la geografía, en la ficción libre y amorosa, retornan las raíces, desembarca León.

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Finlandia
Jorge Praga 26-10-2011 | 5:58 | 0

“Todas las familias felices se parecen unas a otras; cada familia desdichada lo es a su manera”.

El conocido arranque de ‘Ana Karenina’ le viene mejor a la película ‘Hermanos’ que otras citas más fieles a su partida literaria, que no es otra que ‘Los hermanos Karamázov’. Dostoievski se queda demasiado al fondo de la película dirigida por Mika Kaurismäki, que hace una interpretación muy libre de la novela. La familia desdichada de Tolstoi sí está en en centro de la película; más que desdichada, reventada y purulenta, resistente a cualquier significado de “familia”. ¿Lo puede ser el conjunto humano de un padre que resume a cada mujer con la que tuvo un hijo con el calificativo de puta, y que se reúne en su 70 cumpleaños con tres hijos que solo desean la muerte de su progenitor para escarbar en la herencia?

Kaurismäki, Finlandia. Es necesario dar también el nombre, Mika, pues siguiendo con el juego de la película otro hermano suyo, Aki, le disputa la fama y el territorio. Colaboraron en sus inicios a principios de los 80, pero ambos siguieron luego caminos muy distintos. Más internacionales el aquí programado, Mika, que ha pasado parte de su carrera en Brasil, y desarrollado una trayectoria internacional, comercial. Aki ha elaborado un estilo propio, minimalista, circunspecto, irónico, lánguido, y dejado un puñado de películas que rozan la obra maestra. Muy finlandés, aunque pase más tiempo en el norte de Portugal que en su país.

Kaurismäki, Finlandia. Mika ha vuelto en sus últimas películas a su patria: ‘Los tres reyes magos’, ‘Divorcio a la finlandesa’… En ‘Hermanos’ captamos esa luz sin fuerza de los países nórdicos, los espacios abiertos de un país poco poblado. Y los mosquitos, reyes del verano finlandés presentes constantemente con su zumbido en la banda sonora, y muestra irrefutable de que el padre muerto está bien muerto, pues permite que un especimen enorme se pose en su cara sin apartarlo.

Kaurismäki, Finlandia. Los borrachos. La película camina con ribetes de tragicomedia hacia una catarsis familiar, hacia la colisión definitiva de los rencores acumulados. Y la mejor gasolina es el alcohol. En la noche del cumpleaños se bebe con generosidad, mezclando vino, coñac y lo que caiga en la mesa. En cada país se bebe de forma distinta. Una vez me contó un conocido de los Balcanes que vivía en Helsinki, un tipo exagerado y tal vez enconado, que cuando entraba allí en un restaurante lo encontraba prácticamente vacío. Los comensales se habían deslizado debajo de las mesas tras los abundantes cócteles previos a la comida, me aseguraba el balcánico.

Acabemos, pues, con el testimonio de un español que fue cónsul en Helsinki (entonces Helsingfors, capital del Gran Ducado de Finlandia, provincia del Imperio Ruso) entre 1896 y 1898: Ángel Ganivet en sus ‘Cartas finlandesas’

“El borracho finlandés es uno de los más perfectos de Europa, es el borracho a priori, es decir, que sería capaz de destilarse a sí mismo para embriagarse con su propia sustancia. De tal suerte juzga y considera compenetrados el hecho de existir y el de mitigar esta desventura con algún consuelo espirituoso”.

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Cuba
Jorge Praga 25-10-2011 | 7:27 | 0

‘Baracoa 500 años después’. Un documental con el que debuta Mauricio Vicent en el cine, tras 20 años de estancia en la isla como corresponsal de El País. Es curioso que su estreno casi ha coincidido con la finalización abrupta de la corresponsalía: el gobierno cubano decidió hace unos meses retirarle la acreditación porque consideraba que la información que transmitía a su periódico, es decir, a nosotros, era “parcial y negativa”, y con ese juicio sin apelación se silencia una voz. Cosas del gobierno cubano, que nos deja sin un periodista al que era un placer leer.

'Baracoa 500 años después'

Nada tiene que ver este documental con ese gobierno, y sí mucho, todo, con Cuba, con la ciudad de Baracoa. No hay más línea argumental que la contemplación, que la mirada atenta. El cultivo de cacao, los juegos escolares, la santería, una fiesta de cumpleaños…, la cámara va saltando de una ocasión a otra, sin narrador, casi sin personajes. Es una especie de sucesión aditiva, con sonido casi siempre directo y chirriante, una estrategia no muy lejana de la de aquella ‘Suite Habana’ de Fernando Pérez. Todo se fía a la fortuna de la imagen y a la habilidad del montador. La materia prima que encuentra Vicent es fabulosa: la pequeña ciudad de Baracoa, la naturaleza tropical, la luz, las lluvias, el mar. Qué mar. Y la gente de allí, desinhibida, ajena a la cámara, alegre. Y también la gloria local, el boxeador José Legrá, que vive en Madrid, pero que fue bautizado como  “El puma de Baracoa” cuando ganó el campeonato del mundo (lástima que las imágenes del NO-Do no trajesen el zarpazo con el que derribó a Howard Winstone en Londres, ni su llegada triunfal a Madrid disfrazado de mariachi, ni las palabras de Manuel Alcántara sobre su torso de semipesado encaramado en unas piernas de alfiler).

El documental de una hora de duración cumple sin elevarse. La facilidad de acceso a los diamantes locales acaba por ser una limitación. Porque, ¿cómo hacerse cargo de esa luz, de sus matices, de su fuerza? La cámara se limita a recogerla sin trabajarla, sin montar un discurso propio a partir de ella. Y el mar entrevisto, cuánto más podía dar de sí, un mar pujante, verdoso y encrespado, sin colchones turísticos. Basta con pensar en lo que Wim Wenders rodó en el Malecón de La Habana para darse cuenta de la diferencia entre un ojo que observa y un ojo que construye. Y otro tanto cabe decir de su simbiosis con la música, que aquí va por caminos simplemente paralelos a los quehaceres de los baracuenses.

Baracoa, La Habana. Cuba. Por ahora las palabras de sus grandes escritores, Lezama, Carpentier, Cabrera Infante.. están muy por delante de las imágenes que han querido apresarla.

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Arrepentimiento
Jorge Praga 24-10-2011 | 7:44 | 0

Cuando elegimos una película tratamos de que el tiempo y el dinero empleado sea rentable. Nos informamos, leemos críticas, preguntamos a quienes la han visto, filtramos su director, sus actores, su argumento por nuestra historia de espectadores. Nos abrimos a la curiosidad…

En un festival pocas agarraderas hay. Casi todo es nuevo, salvo en los ciclos que revisan el pasado. En la Seminci al menos la mitad de los directores que compiten en la Sección Oficial dicen algo a tu memoria, y si han sido seleccionados entre cientos, por algo será. Aunque a veces…

Donde no hay defensa es en un ciclo como el de los novísimos suecos, realmente nuevos, sí, pero eso no es una virtud definitiva. Algo similar sucede en Punto de Encuentro, en la que parecen caer películas completamente al azar. La Seminci anima a la gente al riesgo, a ver lo desconocido absoluto, algo que un alto porcentaje de espectadores no hace jamás, salvo en esta semana de excepciones. Y el riesgo se paga. En mi balance particular de acudir al azar, apenas si ha habido satisfacciones.

Los suecos: novísimos, pues casi todas son primeras obras, y multiculturales, como lo es la sociedad de partida. La película que abrió el ciclo, ‘Farsan’, de Josef Fares, está marcada por el origen libanés del director, y de algunos actores, además de Juan Rodríguez, que deja varios diálogos en español. La película tiene para mí el mismo nivel artístico y de simpatía que un episodio de serie de televisión, ‘Los Serrano’, o  ‘Aquí no hay quien viva’. Además muestra al país nórdico siempre bañado en un sol tan optimista como inverosímil. Hay más películas cruzadas con ugandeses, o con polacos, o con daneses, como ‘Apflickorna’, de Lisa Aschan, donde afortunadamente el nivel sube bastante. Es una obra sobre la frontera de la infancia y la adolescencia, de chicas que buscan sin saber muy bien qué, y en la que las palabras escasean. Fotografía sutil, buenos actores (la pareja de chicas me recuerda en sus primeros planos, y en sus deseos imprecisos, las de ‘Persona’, la inolvidable obra de Bergman), y un juego peligroso sobre las fronteras de lo morboso.

En Punto de Encuentro el arrepentimiento es mucho mayor. Ya lo conté én otra crónica con ocasión de ‘Tage die bleiben’, tan correctamente rodada como insulsa y prescindible. Hoy ha tocado una película española, una ópera prima, ‘Terrados’ de Demian Sabini. El director, presente en la sala, advirtió de los pocos medios que tuvo para rodarla, pero con ese guión (o guion, a elegir) de partida no habría presupuesto que la enderezara. Es una obra, con todos los respetos, que no puede aspirar a una distribución comercial por carecer de un mínimo nivel profesional, y por supuesto artístico. Cuántas ilusiones se quedan en el camino en este arte tan, tan difícil.

Creo que a partir de ahora prestaré más atención a los valores seguros, y rezaré un avemaría por cada error cometido, de los que me arrepiento de todo corazón.

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