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Legalidad o justicia
Roberto Carbajal 24-10-2013 | 8:07 | 4

Existen tantas formas de aplicar justicia como seres humanos. Una sentencia es justa si nos beneficia y lo contrario si no satisface nuestras expectativas. Hay quien cree en la justicia divina; otros exclaman divina justicia cuando les favorece, aun siendo inmoral. Las reglas del juego en un Estado de derecho deben estar claras; lo contrario deslegitima la democracia y arrumba la esencia de los principios de equidad y proporcionalidad que rigen en un sistema de libertades.

Un corifeo insufrible culpa al expresidente Zapatero de la sentencia que revoca la doctrina Parot y que abrirá las jaulas a un buen número de malnacidos. De bien nacido es abogar por la defensa de la vida de los demás y la aplicación de un castigo terrenal a quien cercene la existencia de sus semejantes. Por muy execrables que nos parezcan los efectos de la sentencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, hemos de acatarla. Si las reglas del juego no nos gustan, cambiémoslas, pero no arbitrariamente durante el desarrollo de la partida. Culpar al silente ZP de los episodios nacionales expurga la responsabilidad del resto. Ese tribunal votó a favor de abolir la norma. Quien hoy se rasgue las vestiduras debería reflexionar sobre qué se ha hecho desde que España comenzó a surfear sobre aguas democráticas. Si el Código Penal del año 1973 no servía, ¿por qué no se modificó en asuntos como el terrorismo? Recordemos que ETA comenzó a matar en los años sesenta, así que hubo tiempo de sobra para reflexionar y enmendar la plana a los textos legales vigentes entonces. Ni siquiera durante los días de plomo se actualizó el Código Penal en esta materia.

Estamos con las víctimas del terrorismo y tratamos de comprender su abatimiento. Pero recordemos que España suscribió tratados internacionales que le obligan a cumplir sentencias como esta. Lo más descorazonador es que se señale a un culpable e instrumentalizar el dolor de las personas como arma política. Ayer quedó en libertad Inés del Río. No gusta a casi nadie. Es legal, pero quizá injusto.

Publicado en El Norte de Castilla el 23 de octubre de 2013

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Policías y traidores
Roberto Carbajal 25-04-2013 | 8:07 | 4

La gente debe de pensar que atrapar a un comando terrorista es pescar en un barril de peces. Un policía se planta ante un sospechoso fingiendo ser vendedor de biblias. Le pregunta si le interesa una y, de paso, trata de hacerle confesar que es terrorista. Si pica, eso es todo. Incluso en España, las cosas no funcionan de ese modo. Se requiere de paciencia, mucha paciencia; inteligencia, sacrificio, mechar de buenos el corazón de los malos y rezar por que no te descubran. Una vez logrado lo anterior, el ciclo se repite. Hasta que llega el idiota de turno y lo echa todo a perder. Ese idiota suele ser casi siempre un político oportunista a quien su interés le lleva por la senda equivocada. Como no tiene escrúpulos, le entran las prisas por tirar la caña en las alcantarillas del Estado. Le importa un bledo poner el ventilador en marcha, porque es un ventajista sin conciencia. Así es la política: una tienda de los chinos.

Pero todo tiene un límite. Confundiendo el culo con las témporas, la Fiscalía pide encarcelar a dos de los artífices del éxito antiterrorista. Hablamos del ‘caso Faisán’. Se dio un chivatazo táctico y los oportunistas lo vieron como una ocasión para atacar a Rubalcaba, el entonces amo de Interior. Para dar con el pez grande debes darle cuerda al pez chico. Eso es lo que sucedió en este caso. Existía una cadena de funcionarios infiltrados en ETA, otros haciendo de camareros, limpiando las calles o vendiendo periódicos. Los Servicios tenían monitorizado todo lo que se movía en el bar y era el cordel que conducía hacia los cimientos de la banda. Pues no: el tonto interesado se fija en el dedo cuando señalas la Luna. Y la estulticia procesará al jefe policial Enrique Pamiés y al inspector José María Ballesteros, artífices del desmoronamiento de la organización, acusados de revelación de secretos y colaboración con banda armada. La Policía está desmoralizada. Si lo que se buscaba era la cabeza de Pérez Rubalcaba, a buenas horas. El cerebro y su envoltorio ruedan colina abajo desde el año pasado.

Publicado en El Norte de Castilla el 24 de abril de 2013

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Los policías del ministro
Roberto Carbajal 13-07-2011 | 9:03 | 0

No existe un cargo tan agradecido como el de ministro del Interior; ojalá fuese el de Educación, pero estamos en España. Es como nacer con un pan bajo el brazo en el mundo de la política. Salvo contadas excepciones, por razones de luto y cantidad, casi todos los titulares de esta cartera gubernamental se han granjeado las simpatías ciudadanas. Se trata del jefe de los policías que detienen a los malos, enfocados en nuestra lucha contra el terrorismo.

Desde que ETA mataba a cuentagotas, hasta cuando dejó de hacerlo, han sido bandada los miembros de esta organización que han caído en manos de la justicia. Y tras las detenciones, la inherente comparecencia del ministro de turno para dar cuenta de la relevancia del acto. De ahí que, ante una horda cada vez más débil, el titular del ministerio viera cómo crecía su inmaculada imagen pública. No sucedió del mismo modo durante los gobiernos de Felipe González en los ochenta, un periodo en el que los asesinatos eran sinónimo de visceralidad.

No hay más que echar un vistazo a las hemerotecas para darse cuenta de la relevancia de la que goza el cargo. Hasta Ángel Acebes sonó como sucesor de Aznar, y ya es creer en los milagros. José Luis Corcuera no fue lisonjeado, quizá por esa brutalidad parónima que desplegaba el acólito felipista. Hoy se evidencia que Rubalcaba es el político mejor valorado del Gobierno, catapultado hasta la sucesión. Al candidato socialista se le adjudican los éxitos frente a ETA, que es tanto como decir que bajo su cobertura Policía y Guardia Civil han aprendido a hacer su trabajo con eficacia. Si crece la reputación del responsable ministerial es porque la gente considera injustamente que su estrategia fue decisiva para cobrar semejantes piezas. En todo caso, son los servicios de inteligencia y las distintas policías los encargados de cazar al delincuente; Rubalcaba y quienes le precedieron marcan la oportunidad política y tan solo aparecen en la foto. Es una obviedad, pero da la sensación de suceder al revés. Y conviene no olvidarlo.

Publicado en El Norte de Castilla el 13 de julio de 2011

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Cuando matar salva
Roberto Carbajal 10-11-2010 | 8:07 | 0

Suponga que tiene la certeza de que unos terroristas planean acabar con su familia y usted sólo puede evitarlo trazando un plan B. ¿Qué haría? ¿Llamar al 112, llorar en el funeral o salvar a los suyos? No responda aún; tómese su tiempo, pero no lo prolongue demasiado porque quizá en la siguiente cena le falten unos cuantos apóstoles.

Felipe González se encontró con una situación similar durante su mandato. En aquel tiempo, el socialista François Mitterrand reinaba en Francia. La colaboración con España en materia antiterrorista era nula. González se plantó en el Elíseo. Allí compartieron el vídeo de una sucesión de atrocidades cometidas por ETA. Las imágenes de cuerpos mutilados impactaron a ‘monsieur’ Mitterrand y en ese instante nuestro vecino comenzó a implicarse en la lucha contra esta lacra, incrementándose tras la elección de Jacques Chirac.

Hoy muchos están rasgándose las vestiduras por las declaraciones de Felipe González. Ha dicho que tuvo la oportunidad de volar a la cúpula etarra y de ese modo salvar vidas de inocentes. Todavía le asalta la duda sobre si hizo lo correcto no dando la orden. Conviene no olvidar que España en esa época no podía realizar detenciones en suelo francés y tampoco su solicitud en este sentido era escuchada por las autoridades de aquel país. Como dicen que somos una democracia, nuestro Estado no puede actuar como lo haría un gánster. Este extremo nos coloca ante la disyuntiva de saltarnos discretamente el ordenamiento jurídico para preservar la vida de nuestros ciudadanos o anteponer el inoperante protocolo de la decencia aparente. Diferentes gobiernos británicos dieron la orden de eliminar a miembros del IRA antes de que cometieran atentados inminentes. Como ejemplo de referencia, muchos recordarán que en 1988 la primera ministra de hierro Margaret Thatcher ordenó a las fuerzas especiales liquidar en Gibraltar a tres terroristas, evitando así que corriera la sangre en el Peñón. Y podríamos citar a países de nuestro entorno para verificar que, en ocasiones, de las alcantarillas brota un poco de aire fresco. Por cierto, no habrá olvidado que el reloj sigue en marcha y que su familia aún corre peligro… Dé la orden. Se lo advertí al principio.

Publicado en El Norte de Castilla el 10 de noviembre de 2010

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Con el paso cambiado
Roberto Carbajal 07-04-2010 | 8:07 | 0

Guardar silencio por prudencia es una virtud que atesora una pequeña parte de la población. En el escenario público suele practicarse poco. El Miércoles Santo zamorano cuenta con un visitante asiduo que calla a destiempo. Jaime Mayor Oreja ejerció como el oído más grande de España, gracias a una suerte de caprichosa convergencia semántica y al amparo de José María Aznar. Quién mejor que Oreja para ser ministro del Interior, el órgano que tiene encomendada la tarea de escucharlo todo. Hay que remontarse catorce años para entender la fidelidad del eurodiputado popular con la Procesión del Silencio. En aquellos días, el hoy titular de un escaño en el Congreso Antonio Vázquez mandaba en el Ayuntamiento de Zamora y el obispo vasco Juan María Uriarte, en la diócesis provincial. Aprovechando que el Duero baña la ciudad, Mayor se encontraba vis a vis con el prelado, intermediario entre ETA y el Gobierno de antaño. Vázquez invitaba a Mayor y familia a dormir en la mejor cama. Ante el Cristo de las Injurias, Uriarte, Mayor y el edil rendían pleitesía a la imagen. Pero la procesión iba por dentro. Durante la mañana, charlaban de terrorismo y negociación; por la noche, de rodillas ante el icono de la cristiandad, callados como manda la tradición. Debe de costar concentrarse frente a la representación de uno cuando has hablado de muertos en caliente unas pocas horas antes.

Hace ocho días el ex ministro guardó silencio ante el crucificado. Todo el mundo estaba de caza mayor. Latía en el ambiente cierto morbo y los periodistas masticaban la Pregunta. El político vasco se negó a hablar de Zapatero y sobre las declaraciones desahogadas en las que fabuló alegremente acerca de la alianza entre el presidente y los terroristas. Sus aseveraciones irresponsables fueron censuradas desde todas las fuerzas políticas decentes. Tal vez por eso Mayor Oreja sólo dijo a los medios de comunicación que ante el Cristo de las Injurias era una tumba por asuntos que prefiere no compartir. Lo chocante del caso es que se ha convertido en devoto incondicional de una imagen que representa el ultraje. La conclusión es que de estas catorce citas no ha aprendido nada. Ni siquiera la oportunidad de guardar silencio.

Publicado en El Norte de Castilla el 8 de abril de 2010

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Sobre el autor Roberto Carbajal
Tenía siete meses cuando asesinaron a John F. Kennedy. De niño me sentaba en los parques a observar a la gente, pero cuando crecí ya no me hacía tanta gracia lo que veía. Escribo artículos de opinión en El Norte desde 2002, y críticas musicales clásicas desde 1996. Amo la música, aunque mi piano piense lo contrario. Me gusta cocinar; es decir, soy un esclavo. Un esclavo judío a vuestro servicio.

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