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Eduardo Roldán

ENFASEREM

De viaje por Europa del Este (I)

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La cortina de hierro no es una cortina ni es de hierro. Es una barrera de palo pintada de rojo y blanco como los anuncios de las peluquerías.

 

—Qué horror —murmuró Franco—. Nunca había visto gente tan desesperada.

Yo no sentía horror. Sentía lástima.

 

Como no hay patrones, como nadie los despide, como no entienden qué significa el socialismo sin zpatos, los encargados del servicio se cruzan de brazos mientras los clientes esperan y no les importa que hagan cola toda la tarde de un domingo para tomarse una limonada. Desde los ministerios hasta las cocinas hay un complejo embrollo burocrático que sólo un régimen popular podría desenredar.

 

Cada organismo soviético importante organiza una recepción con invitados de todas las delegaciones. Cada una de las 382 delegaciones invitó a una recepción a las otras delegaciones. Sólo la delegación francesa —sin contar los representantes culturales, deportivos y científicos— tenía casi 3.000 miembros. En las horas menos recargadas había que escoger entre el circo chino, una visita con Pablo Neruda, una entrada el Kremlin, una muerstra de la cocina japonesa, una invitación a una granja colectiva, las marionetas checas, el ballet hindú, un encuentro de fútbol entre húngaros e italianos o una entrevista privada con una delegada sueca. Todo eso apelotonado en un estrecho margen de quince días y en una ciudad aplastante donde se necesita una hora para llegar a cualquier parte. Yo creo sinceramente que algunos delegados no tuvieron tiempo de ver un ruso.

 

Los moscovitas —que en la calle son locuaces y comunicativos— viajan en el metro con el mismo fervor con que viajan las señoras occidentales en el tranvía metafísico de la misa de cinco.

 

Hay en Checoslovaquia una cosa notable, diferente a todo lo que yo había visto hasta entonces: los militares. Es sorprendente la manera como están incorporados a la vida civil. En la estación del ferrocarril hacen cola para comprar los tiquetes, se pelean con los civiles por un puesto en el vagón, cargados de malestas y cacharros, y ponen la gorra para guardar el puesto mientras llevan a orinar a los niños. No parecen militares, sino civiles vestidos de militar. En el comercio de Praga hacen el mercado con sus mujeres, llevando de un lado al niño menor y del otro la bolsa con los pañales y el tetero. Yo vi un oficial con la gorra en la mano, llena de tomates, esperando que su mujer desenredara la cremallera de una bolsa para meterlos. Otro tenía a su hijo acaballado en la nuca para que pudiera ver por encima de la multitud una vitrina de marionetas. Se puede pensar que esto es una falta de dignidad profesional. Es más probable que sea una valerosa prueba de dignidad humana.

 

Tít.: De viaje por Europa del Este

Autor: Gabriel García Márquez

Ed.: Penguin Random House Grupo Editorial

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Sobre el autor

Columnas, reseñas, apuntes a vuelamáquina... El autor cree en el derecho al silencio y al sueño profundo.


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