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Vicente Álvarez

EL FARO DE AQUALUNG

LA PALABRA IMAGINADA

Publicado en El Norte de Castilla el 24 de mayo de 2007
Me obsesiona, desde hace tiempo, el encontrar un imaginario visual para la palabra, el aplicar líricos tatuajes verbales sobre pinturas o fotografías. Sospecho que por eso me interesa tanto el mundo de la caligrafía. Ahora, el Museo de Arte Contemporáneo de Segovia nos regala una impagable exposición que, bajo el poético título de ‘La palabra imaginada’, nos ofrece un apasionante viaje por las fértiles relaciones entre palabra e imagen, entre literatura y artes plásticas. Desgraciadamente, en España acostumbramos a castrar a los artistas poliédricos, a los hijos de Da Vinci o William Blake que no se conforman con destacar en un solo campo artístico. El empleo del castizo ‘zapatero a tus zapatos’ ha silenciado a un buen puñado de autores, algunos de los cuales asoman la cabeza en esta exposición. Por ejemplo, Rafael Alberti, cuyos logros en actividades artísticas ajenas a la poesía han sido minimizados por los gurús de la cultura patria con su habitual cortedad de miras. Sin embargo, Alberti se consideraba más pintor que poeta y acostumbraba a decir que él tan solo aspiraba a «pintar la pintura con el pincel de la poesía» y que antes de escribir un poema tenía que verlo dibujado. En autores como él (y como Lorca), las letras adquieren una dimensión plástica de indudable poder hipnótico. Es la poesía casi pintada con la que tantos sueñan y que brilla con sus espadas de luz a lo largo de todo el siglo XX, siglo que asistió entusiasmado a la arrolladora incorporación del texto y la palabra al inventario plástico del arte contemporáneo. Convertir la palabra en imagen y la imagen en palabra y, de paso, celebrar alborozadamente las incursiones del texto y la palabra dentro de la geografía plástica. En ‘La palabra imaginada’ tenemos borbotones de ejemplos inolvidables. Una lluvia de letras que cae bajo un paraguas, una silla de un escritor que no es otra cosa que una butaca en forma de signo de interrogación, una escultura que representa la palabra rosa (eso sí, con espinas sobre la o), un cóctel cuyo líquido son letras, una escultura eléctrica de un cuerpo humano transformado en un palimpsesto de neón, videoinstalaciones donde futbolistas juegan con libros en vez de balones, letras que caen de unas gafas o libros que salen de una pared. Está el genial Miquel Barceló pariendo una biblioteca borgiana: iluminada, solitaria, infinita, incorruptible, secreta. Está Chema Madoz con dos fotografías impactantes que representan el Yo (una especie de tirachinas metálico) y el Tú (con la navaja-acento clavada en la u). Está Joan Brossa, genio del poema-objeto. Están las variaciones fonovisuales de Cirlot, los caligramas gestuales, influidos por la caligrafía árabe, de Campal, los criptogramas de Millán, los poemas-proceso y las escrituras superpuestas de Ferrando y está, claro, el grandioso Paco Pino con sus poeturas y su particular mundo de los agujeros. Herederos todos ellos de las escrituras ideogramáticas orientales y de todo tipo de artificios visuales: acrósticos, jeroglíficos, laberintos, anagramas o logotipos. Todo ese arte, en fin, que está impregnado con el suave perfume de las palabras. Ideal legítimo (el de componer tatuajes de letras sobre lienzos apropiados) al que, modestamente, muchos aspiramos. Y lo digo mientras preparo una sopa de letras para cenar. Faltaría más.

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Sobre el autor

Escribe novelas y cosas así. Sus detractores dicen que los millones de libros que ha vendido se deben a su cara bonita y a su cuerpo escultural. Y no les falta razón.


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