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Vicente Álvarez

EL FARO DE AQUALUNG

AQUALUNG QUE ESTÁS EN LOS CIELOS


El nombre de Aqualung, por el que me han preguntado más de una vez, responde a uno de los muchos heterónimos de Ian Anderson, uno de los más grandes músicos de los últimos treinta y cinco años. Algunos recordarán la imagen de un cantante que, durante los años setenta, se comió el mundo del espectáculo. Un personaje desgarbado, con pinta de juglar y de espantapájaros, que tocaba la flauta sobre una sola pierna, como una cigüeña, embutido en un andrajoso abrigo, con el pelo muy largo y con un pantalón confeccionado con trozos de terciopelo de distintos colores. El tipo se convirtió en azote de la pacata sociedad de la época y en el mayor bufón de la corte, antes de transformarse en un gnomo de calzas verdes, en un bravucón flautista de Hamelin con chupa de cuero y en uno de los seres más pintorescos de toda la historia del rock, mitad mercachifle mitad juglar, siempre al margen de las modas y capaz de mezclar explosivamente, como un alquimista loco, un sabroso cóctel de blues, rock, folk y música progresiva y de combinar con resultados sorprendentes las guitarras eléctricas con la flauta. El corolario de todo este pegamento con huella de princesas y dragones fue la salida al mercado en los años setenta de algunas de las obras musicales más grandiosas del rock y de un puñado de canciones inspiradas en el folklore medieval inglés, en el blues americano y en la música clásica, con unas originales propuestas melódicas tremendamente elaboradas y con letras complejas y de alto valor literario. Todas ellas tuvieron el mismo padre y, en este caso, el heterónimo utilizado por el señor Anderson para pasar a la historia fue Jethro Tull, nombre tomado de un agricultor inglés del siglo XVIII que inventó un sistema de siembra automatizado. Pero los guiños no quedaron ahí. El juguetón escocés se refugió tras múltiples personalidades y variopintos nombres (en el fondo, sus actuaciones no dejaban de ser representaciones teatrales). Por poner algún otro ejemplo, para “Too old to rock’n’roll, too young to die” (toda una declaración de principios) se transmutó en el viejo rockero Ray Lomas, que se resiste a cambiar con los tiempos, tal y como habían hecho sus amigos. Y en 1972, en Gerald Milton Bostock, un niño de 8 años ganador de un premio de poesía organizado por la BBC y presunto autor de la confusa y poética letra de “Thick as a brick” (canción de 43 minutos y una de las obras cumbres del rock). Treinta y cinco años después, el señor flauta, el señor unplugged en j-tull, se ha convertido en un gentleman. Su famosa melena ha desaparecido detrás de un gorro de lana que esconde su calva. Su voz, tras superar graves problemas en los años ochenta, ha perdido frescura. Sin embargo, mantiene intacta la ilusión, la inteligencia y el típico humor británico. Sigue dando la vuelta al mundo ofreciendo conciertos y publicando regularmente discos. Sin ir más lejos acaba de sacar al mercado dos, uno bajo su nombre y otro bajo el de Jethro Tull. En España venderá cuatro discos pero da lo mismo. Poca gente como él ha sido capaz de defender un legado de 35 años de historia al más alto nivel. Sólo los más grandes aguantan, genios como Dylan, Clapton, Springsteen, Leonard Cohen o Van Morrison. Muchos ven en él una mezcla de Gandalf y Bart Simpson, otros simplemente un pirata indio de una película producida en Bombay. Es simplemente Ian Anderson, catando la lluvia, el calor y el beaujolais, metiendo una catedral gótica en su bolsillo de buhonero y echando a volar pájaros hacia Edimburgo. Con sus canciones desde el bosque esquivando el viento helado hacia Valhalla. Con su bailarina de satén negro bebiendo del cáliz del milagro. Es también el viejo Aqualung con su viejo abrigo en el que come, duerme y se calienta con alguna señorita. Es el nostálgico Ray Lomas empuñando su flauta como una espada de luz. Y es el niño Bostock del que dicen que ha dejado embarazada a una chica de 14 años. Es, en fin, el contrabandista del bar de carretera, un Jethro Tull enrollado, viejo y traidor, demasiado viejo para el rock’n’roll y demasiado joven para morir.

Sobre el autor

Escribe novelas y cosas así. Sus detractores dicen que los millones de libros que ha vendido se deben a su cara bonita y a su cuerpo escultural. Y no les falta razón.


mayo 2007
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