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Vicente Álvarez

EL FARO DE AQUALUNG

BUKOWSKI A 24 FOTOGRAMAS POR SEGUNDO

Publicado en “La sombra del ciprés”, suplemento literario de “El Norte de Castilla”, el 14 de mayo de 2016

Los más fieles seguidores de Bukowski sostienen que el cine le ha tratado muy mal. Tal vez por eso la mayoría no espera mucho de la película dirigida por el actor James Franco (que también ha decidido acercarse al mundo de Bukowski), un film que anda inmerso en una polémica y complicada postproducción tras ser denunciado por adaptar sin permiso “La senda del perdedor”. Las últimas noticias señalan que la película parece centrarse ahora en los primeros años de vida del poeta de las cloacas. Será una nueva oportunidad para que el cine se deje atrapar por el universo de borrachos, putas, tipos solitarios y moteles cochambrosos que forman parte de la otra cara del sueño americano que tan bien supo retratar Bukowski. Dejando a un lado un par de excelentes documentales y un puñado de cortometrajes, además de dos desconocidas películas francesas y un film independiente yanqui basado uno de sus relatos cortos, existe una sagrada trilogía que nos acerca al padre de “La máquina de follar” y que nos deja al mítico escritor convertido en actor a través de su alter ego (Henry Chinaski y/o Charles Serking) bajo las disímiles máscaras de Mickey Rourke, Matt Dillon y Ben Gazzara.

En 1987 y con el siempre prestigioso amparo de Zoetrope, la productora de Coppola, Barbet Schroeder filmó “Barfly (El borracho)”. Sólo había pasado un año desde “9 semanas y media” y la elección de Mickey Rourke para ponerse en la piel del escritor se antojaba arriesgada pero la taquilla parecía mandar. Al (entonces) atractivo galán le afearon todo lo que pudieron, le pusieron la ropa más guarra que encontraron en la guardarropía y le hicieron caminar como un orangután. Eso, junto a todo un catálogo de excesos interpretativos y a un guion obsesionado en mostrar el lado más salvaje y sucio de la vida del escritor, hizo que la película se ahogase en un feísmo narrativo curiosamente enfrentado a un muy cuidado preciosismo visual. En “Barfly” tenemos, eso sí una parte muy importante del universo Bukowski: borracheras, perdedores, bares cutres, habitaciones mugrientas y, en medio de todo ello, un hombre desaliñado, sin afeitar, con ropa sucia, alguien al que le gusta pelearse en los callejones pero también ama a Schopenhauer, a Mahler y a Mozart, alguien que a veces parece una rata sin dientes mojada bajo la lluvia y otras una mosca de bar que actúa como si fuera de la nobleza, alguien que odia las raíces y las jaulas de oro, que necesita un trago como la araña necesita a la mosca y que, como él mismo dice, sólo sirve para beber. Lo más curioso es que el propio Bukowski escribió el guion exagerando, según los entendidos, su propia figura de perdedor. Al parecer, intervino en el rodaje, hizo incluso un cameo y casi llegó a las manos con Rourke por elegir el actor unas estrambóticas gafas de sol para una escena. “Barfly” consigue sumergirnos en el infierno sin salida que subyace en la narrativa bukowskiana pero fracasa en la elección de un actor que no llega a inspirar la más mínima empatía. En 2005, Matt Dillon vino a rescatar la dignidad de Bukowsi como vagabundo. En “Factotum”, dirigida por Bent Hamer, el escritor es un hombre derrotado pero orgulloso, alguien que domina los latigazos del alcohol, que intenta trabajar (aunque sus trabajos apenas le duran un día) y que no para de escribir. Se evita la sordidez innecesaria y la puesta en escena resulta más aséptica y respetuosa con el espíritu Bukowski. Abandonamos las muecas estúpidas de Rourke pero seguimos viviendo al límite como única forma de vivir. El vagabundo borracho sólo busca un respiro, ponerse a resguardo por un momento, amar al prójimo (que en su particular religión significa dejarle en paz), aferrarse a su desdicha, quemar energía para alimentar su rabia, apostar en el hipódromo, dejarse arrastrar por las palabras que burbujean dentro de él y constatar finalmente que no queda nada que la muerte pueda llevarse,  que estamos solos en la noche y que la noche arde en llamas.

Dejamos para el final la que cronológicamente fue la primera de las aproximaciones al universo Bukowski. En 1981, y con Ben Gazzara en el papel de Charles Serking, alter ego del escritor, el genial Marco Ferreri nos regaló “Ordinaria locura”, basada libremente en “Erecciones, eyaculaciones, exhibiciones y demás relatos de la locura cotidiana”. Se trata de un acercamiento muy notable al mundo bukowskiano, a través de una atmósfera adecuada impregnada de cierto romanticismo y melancolía. Ferreri respeta la elegancia que desprendía la figura de Bukowski y Ben Gazzara aporta una interpretación sobria y verosímil. En “Ordinaria locura” acabamos viendo cierta belleza en el estilo de vida del poeta, entre moteles baratos, borracheras y poemas en flor, exagerando algo el surrealismo y el erotismo carnal tan queridos por Ferreri. Eso distingue esta película del resto: la obsesiva fijación con el sexo o, dicho de otra forma, la manera en que el director milanés lleva el universo Bukowski a su propio terreno. Los que amamos el cine de Ferreri lo agradecemos. Quizá no opinen lo mismo los seguidores de Bukowski. En todo caso, la imagen de poeta solitario, elegante y sensible se mezcla a la perfección con la de poeta errante y borracho autodestructivo cuyos motores únicos son el alcohol y el sexo. Una necesaria joya protagonizada por nuestro vagabundo de sangre azul preferido. La certeza, en fin, de que en nuestras ciudades no hay amor, sólo un conjunto de soledades.

 

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Sobre el autor

Escribe novelas y cosas así. Sus detractores dicen que los millones de libros que ha vendido se deben a su cara bonita y a su cuerpo escultural. Y no les falta razón.


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