SOBRE ÉPICA Y CATEDRALES

Publicado en El Norte de Castilla el 27 de mayo de 2016

Tenía ganas de visitar el Santiago Bernabéu. Igual que quiero ver Anfield o la Bombonera. Cuestión de conocer las nuevas catedrales del siglo XX y XXI. La única vez que estuve en las puertas del Bernabéu fue coincidiendo con un partido que el Pucela jugaba cuando éramos grandes y felices. Fue en 1997 y aquel año, bajo la batuta de Cantatore, rondábamos puestos europeos. Al llegar a las taquillas del estadio me enteré de que no había entradas. Para entonces, la reventa echaba humo. Me ofrecieron alguna a precios desorbitados y terminé por desistir. Menos mal que lo hice. En aquel partido, tras dar un auténtico baño al que luego sería campeón de Liga, al Pucela le anularon un gol, le expulsaron a un jugador y acabó perdiendo por culpa de un penalti que sólo vio el árbitro. Así que evité que me robaran fuera y también dentro del estadio. El sábado pasado todo fue muy distinto. Allí el único hombre de negro era Bruce Springsteen, un tipo que no sabe lo que es el miedo escénico. Ni siquiera en una catedral como el estadio Santiago Bernabéu. Sesenta mil almas coreando “Badlands” y saltando como posesos al inicio de un ritual mágico y único. Pero también el sonido de una armónica anunciando “The river”, el silencio absoluto de todo el estadio y las luces de los móviles convirtiendo el Bernabéu en un planisferio de cuento. Himnos rockeros y baladas melancólicas, épica y lírica de catedrales de un tipo que tiene el poderoso don de hacernos creer que estamos viviendo un momento que jamás olvidaremos en nuestra vida. Springsteen es religión, una experiencia catártica, una fuerza de la naturaleza que enardece a las masas sin parafernalias de ningún tipo. Sólo con su música, su guitarra y una banda perfectamente engrasada flordelisada con guitarras afiladas, una batería que suena como una bomba y un arrebatado saxo. El chico de New Jersey convertido en un gurú capaz de trasladarte a un paraíso de emociones, a inyectarte en la vena alegría y rock puro; el poeta de los chevrolets ardiendo convertido en un hombre maduro con eterna sonrisa zen. El Jefe ha vuelto a darse un baño de masas y a regalarnos la épica de estadio que tan bien domina. Las aguas de la catedral se abrieron para dejar paso a la locomotora del rock. Que no pare la magia.

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El Norte de Castilla

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