“Y entonces lo vio. Estaba quieto junto a una de las puertas. Llevaba caspa en las solapas. Libros en los bolsillos. Una mancha de ceniza en la corbata. Una mancha de carmín en la mejilla derecha. El labio inferior partido de un puñetazo”.
Efectivamente: Méndez. El gran Méndez. El policía por excelencia de la narrativa hispánica. El gran personaje icónico del maestro González Ledesma. Aquí lo encontramos protagonizando la novela que le dio fama y la que, por fin, otorgó el reconocimiento que se merecía el novelista que firmó durante tantos años sus obras desde la trinchera con el seudónimo de Silver Kane. “Crónica sentimental en rojo”, Premio Planeta de 1984. Una novela que roza la obra maestra y que comienza con la aparición del pecho recién cortado de una niña en la casa de una juez. A partir de ese macabro descubrimiento, González Ledesma nos regala una Barcelona preolímpica de altos barrios y bajos fondos por la que flotan asesinatos, traiciones, una enrevesada herencia, periodistas, putas, travelos, una mujer enferma y una niña bien que quiere deshacerse de su exmarido. Alrededor de ello, la figura inconmensurable de un Méndez mordaz, desengañado, impotente, sarcástico, soez y tierno, solitario y enredador, perseguidor de maricas, untador de confidentes, hostiador de nazarenos.
Como experimento curioso, merece la pena alternar la lectura de la novela con la visión de la película del mismo título, aunque sólo sea por asistir a la única incursión en una pantalla de Méndez. La conclusión resulta previsible: Rovira Beleta, el director, no ha sido capaz de transmitirnos, ni por asomo, la magia de las reflexiones, de la prosa y del mundo interior de González Ledesma, y eso que contó para ello con el gran José Luis López Vázquez, en el papel de un Méndez que le iba como anillo al dedo. Otra vez será. Méndez y González Ledesma se merecen que el cine se acuerde de ellos.