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Vicente Álvarez

EL FARO DE AQUALUNG

HISTORIA DE DIOS EN UNA ESQUINA

No se me ocurre mejor forma de empezar el año que haciéndolo leyendo a González Ledesma. Una historia del inspector Méndez, por ejemplo.

¿Qué es lo que puede empujar al viejo Méndez a alejarse de las murallas de Barcelona y correr hacia las orillas del Nilo blandiendo un Colt más viejo que él? ¿Qué es lo que puede provocar un furor tal en este policía para quien el cinismo es una virtud cardinal, una regla de vida intangible? Méndez hace demasiado tiempo que es inspector como para tomarse en serio crímenes y bajezas ordinarias, y hace falta que la inocencia se burle por lo menos dos veces para que su sangre espesa se ponga a hervir y se proponga perseguir la verdad fuera de las horas de servicio, dispuesto a que se haga justicia aunque tenga que tomársela por u mano. De los bajos fondos de Barcelona a las necrópolis de El Cairo pasando por los bellos barrios de Madrid, Méndez correrá sin aliento detrás de una evidencia que ya sospechaba desde hace tiempo: el mundo merece su mala reputación y la virtud no está nunca allí donde se la busca. Una historia de asesinos, de perversión, de niños y de inocencia de viejos que no aceptan lo que han tenido que ver y vivir. Un relato que lleva a Méndez desde las ruinas de una Barcelona en reconstrucción acelerada hasta las ruinas eternas de Egipto. Un policía duro que no grita y piensa. Un hombre de sensibilidad dentro de una máscara de ferocidad… Como siempre una novela apasionante del maestro del género.

Como siempre, obra maestra del jefe Ledesma. Humor ácido, diálogos potentes de maestría incuestionable, construcción de la novela impecable, acción (con persecuciones y disparos del Colt 45 de Méndez que data de la Gran Guerra) y sentencias existencialistas a cargo de nuestro inspector favorito cargadas de melancolía y morriña por un estilo de vida y una ciudad que ya no volverán a existir. Y no solo Barcelona. En esta ocasión, Méndez sale de su ciudad y se acerca a Madrid a proseguir su investigación, instalándose en el hotel Palace, nada más y nada menos. Un sitio para Méndez que puede resultarle muy peligroso:

“En el restaurante del hotel sólo me sirven vinos de consagrar y aguas embotelladas por San Luis Gonzaga. No he tenido éxito en mis peticiones de vinos comarcales y aguas procedentes de los lavaderos públicos, que son las que forjan, como usted sabe, un pueblo sufrido y fiel hasta la muerte. A las horas de las comidas me traen aves que tienen en el pico un piramidón, para demostrar su santidad y su limpieza, y soufflés hechos con extracto de hipofosfitos Salud. El aire de mi habitación está acondicionado, lo cuidan, lo santifican y lo mezclan con suspiros de monja. Cambian las toallas cada vez que me rasco un dedo. Este ambiente artificial acabará conmigo. No sobreviviré”.

Felizmente (o no) la acción prosigue y el bueno de Méndez tendrá que gastarse todos sus ahorros en un crucero por el Nilo donde verá cómo se tiñe de sangre la tierra de los antiguos faraones. Nos queda, eso sí, Méndez, siempre Méndez, la prosa maravillosa, afilada y simpar de Francisco González Ledesma. Y el amor infinito que tanto el inspector Méndez como su padre, el jefe Ledesma, sentían por los libros:

“…soy el terror del mercado viejo de San Antonio. Me lo llevo todo. Vivo en una habitación en la parte trasera de un bar del Barrio Chino, y mis libros desbordan el pasillo y el almacén donde se apilan las cajas de cerveza y las botellas de La Casera. La dueña del bar ya está harta de que mis libros lleguen hasta la cocina y de vez en cuando le salgan unos calamares a la Vargas Llosa. Duda entre echarme o exigirme que le haga cada sábado eso que llaman el cunnilingus, pero me parece que cederé. Si me deja leer mientras se lo haga, soy capaz de cualquier cosa”.

Sobre el autor

Escribe novelas y cosas así. Sus detractores dicen que los millones de libros que ha vendido se deben a su cara bonita y a su cuerpo escultural. Y no les falta razón.


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