DESENTERRANDO SAD HILL

sadhill22Publicado en El Norte de Castilla el 19 de octubre de 2018

Durante un tiempo fue denostada por la crítica casposa. Hoy todos la ensalzan y para genios como Scorsese o Tarantino está en lo más alto. En los años sesenta Sergio Leone revolucionó el western con su Trilogía del dólar culminada gloriosamente con “El bueno, el feo y el malo”. Parte de esta mítica película se rodó en tierras burgalesas. El Monasterio de San Pedro de Arlanza (Misión de San Antonio), el pueblo de Carazo (fuerte de Betterville), el río Arlanza (río Grande) y, por supuesto, el cementerio de Sad Hill donde tiene lugar la secuencia final del duelo a tres bandas y que es el punto álgido de un film memorable. Aquel cementerio, situado en un valle entre Silos y Contreras, fue erigido con la ayuda de 250 soldados españoles que cavaron cinco mil tumbas. Tras el fin del rodaje, todo se abandonó. Los decorados se dejaron allí, incluidas tumbas y cruces. Tras medio siglo abandonado y cubierto de vegetación, unos cuantos entusiastas han recuperado Sad Hill. Todo ello lo cuenta un documental que ha triunfado ya en Sitges y que nos regala una impagable historia de amor por el cine y por una tierra sagrada para los cinéfilos que está cerca de ser declarada Bien de Interés Cultural. En él aparecen Clint Eastwood (a quien la idea de desenterrar el cementerio le parece magnífica), Ennio Morricone o fans locos de la película como Alex de la Iglesia o el cantante de Metallica, banda que siempre empieza sus conciertos con los acordes de “El éxtasis del oro”. Esa es, precisamente, la música que acompaña la secuencia en el cementerio de Sad Hill, una melodía apabullante y desgarradora con los muertos removiéndose en sus tumbas y asistiendo en primera fila a la lucha entre los tres protagonistas por hacerse con el botín. Allí donde el Bueno le dice al Feo aquello de “el mundo se divide en dos categorías: los que tienen el revolver cargado y los que cavan. Tú cavas”. En fin, el cine te permite viajar a lugares imposibles. Pero, a veces, esos lugares existen y podemos visitar el territorio mítico de nuestros sueños. El cine como religión. Una experiencia sagrada. La búsqueda de los dioses. De la eternidad. Una peregrinación especial. La certeza de que aquella película que nos enamoró en las tardes de sábado de nuestra infancia no es un sueño. No es una ficción. Existió. Y está al lado de nuestra casa.

JIM MORRISON QUE ESTÁS EN LOS CIELOS (O NO)

jim3Publicado en La sombra del ciprés, suplemento cultural de El Norte de Castilla, el 13 de octubre de 2018

Sólo fue otro ángel caído en la ciudad de la luz. Alguien que se enganchó al juego que él mismo llamaba “volverse loco”.  Un jinete más en la tormenta que decidió escaparse a París para poder oír, por fin, el grito de la mariposa y dedicarse por completo a la poesía. Y, de paso, escapar de la justicia. Jim Morrison siempre estuvo perdido en un desierto romano de dolor. Siempre fue un colgado inmaculado que rezaba oraciones mientras el autobús azul no paraba de llamarle. Escándalo era su segundo apellido. En sus inicios, el todopoderoso Ed Sullivan le invitó a su show y le pidió que cambiase la letra de una canción. Por supuesto, Jim hizo lo que le dio la gana. Como siempre. Como en el famoso concierto de Miami en marzo de 1969. Catorce mil entradas vendidas en un auditorio con 6.900 asientos. La gente enloquecida y asfixiada y Jim Morrison dándoles bambú desde el inicio. Aquel día Jim tenía la lengua larga y el bourbon incandescente. Dicen que soltó más consignas que canciones. Provocó al público y a la policía. Incitó a la gente a que se desnudara y subiera al escenario. “Vamos a cambiar el mundo”, “sois un puñado de jodidos esclavos”, “Hitler está vivo, anoche me lo follé, ama a tu vecino hasta que le duela”, “quiero veros haciendo ruido, quiero veros gritar”, fueron algunas de las muchas soflamas que soltó el Rey Lagarto. Comenzó a bailar como un chamán de lado a lado del auditorio, se quitó su camisa mojada (“vamos a ver un poco de piel, vamos a desnudarnos”), alguien subió al escenario y le bañó con champán. Dicen que abrazó a un cordero vivo, dicen que simuló masturbarse, dicen que enseñó fugazmente los genitales. No hay pruebas. No hay fotos. Pero la leyenda estaba ya en marcha. Un juicio eterno, cancelaciones de conciertos y un millón de dólares en abogados. Finalmente fue declarado culpable de los cargos de exhibición obscena y escándalo público y sentenciado a cumplir ocho meses de trabajos forzados y dos años y cuatro meses de libertad vigilada. Fue el principio del fin. O, mejor aún, el principio de la leyenda. Pasó a convertirse de símbolo sexual de la contracultura a un artista prófugo. Empezó a abusar del alcohol, a engordar, a autodestruirse. Se dejó una poblada barba y su voz se volvió más aguardentosa. Jim Morrison se cansó de Jim Morrison y huyó a París con su novia. Él sólo quería ser un poeta desconocido. No le dio tiempo. El 3 de julio de 1971 Pamela lo encontró muerto en la bañera. No hubo autopsia. Un médico fantasma firmó un certificado de defunción fantasma. ¿Sobredosis? ¿Suicidio? ¿Víctima de una conspiración? ¿De un rito de vudú? Mil sospechas que se resumen en una duda cósmica: ¿Realmente murió Jim Morrison? Algunos testigos afirmaron que lo vieron subir en un avión la noche de su muerte y los empleados de un banco ratificaron que estuvo haciendo unas transacciones. Sus compañeros de The Doors estaban convencidos de que si alguien podía escenificar su propia muerte ese era Jim Morrison. Aquella era la única carta de la baraja que le quedaba por jugar. Un millón de años después seguimos durmiendo en la cocina de su alma mientras nos susurra al oído “this is the end, el fin de la risa y las blandas mentiras, el fin de las noches en que intentamos morir, este es el fin”.

LA PAJA Y LA VIGA

pajaPublicado en El Norte de Castilla el 12 de octubre de 2018

Aquel día Manuel entró en el bar muy cabreado. Acababan de multarle por cruzar montado en su bici el túnel del Arco de Ladrillo aunque lo había hecho con toda la prudencia del mundo, casi parado y sin molestar a nadie. En el bar estaba su amigo Ricardo charlando con Chema, el dueño del bar. Cuando les contó lo que le había pasado, ante su sorpresa, los dos celebraron la multa con entusiasmo. A Manuel le habría gustado decirles que él se jugaba la vida todos los días en la bici y que ya había tenido más de un susto, que aun así él siempre iba por la calzada o por el carril bici y las escasísimas veces que se subía por la acera lo hacía con extrema precaución y en aceras lo suficientemente anchas y poco transitadas por peatones. También que nos habíamos vuelto intransigentes y nos quejábamos por todo, pero prefirió marcharse. Chema y Ricardo no entendieron su enfado. Las normas están para cumplirlas, ¿no? Para olvidar el malentendido, y como no había nadie en el bar, encendieron un Farias. Ricardo había llegado al bar en su viejo R-19, que echaba un humo más negro que el carbón y que siempre dejaba aparcado en doble fila. Ricardo se salta las señales de stop con facilidad pasmosa, no sabe lo que es utilizar la luz intermitente, en las rotondas se cuela por la izquierda, no respeta nunca el límite de velocidad de 50 y, mucho menos, el de 30 en los ciclocarriles. Tira las colillas al suelo, baja la basura de la comida por las mañanas y lanza unos gargajos que, por su intenso color verde, probablemente tenga propiedades radioactivas. Chema no cruza la mitad de las veces por los pasos de peatones y cuando lo hace nunca espera a que se ponga en verde. Su bar tiene varias multas por contaminación acústica, utiliza bolsas de plástico para todo, tira las toallitas húmedas por el inodoro, el aceite usado por el fregadero, no recicla la basura y tiene un extractor de humos que es más ruidoso que efectivo. Esa misma noche, en fin, Manuel se encontró con Ricardo. Le estaban multando por llevar suelto a su doberman. Sonrió tristemente mientras esperaba a un amigo a quien iba a vender la bici. A tomar por culo la movilidad sostenible. Volvería a usar el coche y a contaminar como un señor. A Ricardo no le quiso decir nada. Era muy mayor para recordarle aquello de la paja en el ojo ajeno y la viga en el propio.

CORAZÓN DE ARCO IRIS

alejandro_valverdePublicado en El Norte de Castilla el 5 de octubre de 2018

Era un crío y mi ídolo era Luis Ocaña. Tele en blanco y negro, Montjuich y un sprint largo y agónico al que llegan cuatro ciclistas de leyenda. El oro se lo queda Gimondi y Ocaña tiene que conformarse con el bronce para disgusto de aquel niño. 45 años después se repite la historia. Cuatro ciclistas disputando otro sprint largo y agónico. En esta ocasión, el niño que fui recupera la sonrisa. Dos platas y cuatro bronces después, Alejandro Valverde se convierte en el nuevo campeón del mundo de ciclismo. Con 38 tacos y 15 mundiales después de ganar su primera medalla, el Bala honrará el maillot arco iris durante todo un año. Nadie mejor que él para hacerlo. No era justo que el mayor medallista de la historia se retirara sin un oro. De hecho, nadie ha ganado nunca un mundial con un merecimiento previo tan abrumadoramente incontestable. Que a sus 38 años grite, se emocione y llore como si fuera un juvenil dice todo de él. Ha ganado una Vuelta, ha subido al podio del Giro y del Tour, se ha llevado cuatro Liejas y cinco Flechas además de etapas en todas las pruebas que puedan imaginarse, hasta un total de 122 victorias. Si hubieran llevado su carrera con cabeza, su palmarés sería todavía mucho más estratosférico. Ojalá ahora, con la sagrada casaca arco iris, los capos de su equipo planifiquen la temporada con inteligencia. Olvidarse de las generales de las grandes vueltas (si acaso ir a ganar etapas y lucir maillot) y centrarse en los Monumentos con el fin de intentar ganar alguno de  los que le quedan. En fin, ya podemos decir orgullosos “yo vi ganar un Mundial a Alejandro Valverde”. Un corredor único, con talento innato y amor inquebrantable por su oficio. Cualquier otro, tras el accidente del año pasado y su rodilla destrozada, habría colgado la bici. Valverde regresó con la ilusión de un niño y en un escenario mítico, en Innsbruck, allí donde la liturgia del ciclismo se convierte en religión (Ares dixit), consiguió la victoria más especial de su carrera. Nunca olvidaremos al Bala escalando ligero como un eccehomo sin los clavos de Cristo en la rampa final imposible (ese 28% con advertencia de “Bienvenidos al infierno”). Alejandro con el corazón durmiendo en el cráter de un volcán. Alejandro Corazón de León. Alejandro Corazón de Arco Iris. Tal vez el ciclismo español vuelva a tener otro Contador. Quizá pueda haber otro Induráin. Se me antoja imposible que volvamos a tener otro Valverde.

GRACIAS MENDOZA, CONTIGO EMPEZÓ TODO

la-verdad-sobre-el-caso-savoltaPublicado en La sombra del ciprés, suplemento cultural de El Norte de Castilla, el 29 de septiembre de 2018

Pues sí, Eduardo Mendoza, gloria en los cielos al caso Savolta, contigo empezó todo, con tu manuscrito maleta en mano de más de mil páginas viajando a principios de los 70 de rechazo en rechazo por todas las editoriales, con el contrato firmado por fin en 1973 y la novela olvidada en los almacenes de Seix Barral durante dos años, con la estúpida censura de imbéciles y pajilleros que borraron el título original y se permitieron la estulticia de señalar que era un “novelón estúpido y confuso, escrito sin pies ni cabeza… con casamientos, cuernos, asesinatos y todo lo típico de las novelas pésimas escritas por escritores que no saben escribir”, sí, contigo empezó todo, con la novela presentada por fin el día de Sant Jordi de 1975, con los ocho ejemplares que se vendieron aquel día (cuatro de ellos a tu propia hermana), con el órdago de recuperar el placer de narrar y dar un corte de mangas a la literatura experimental, con Javier Miranda, un chico vallisoletano que llegaba a una convulsa Barcelona de empresarios explotadores y periodistas inquebrantables, de putas y matones, de anarquistas y pistoleros en bandolera, con Nemesio Cabra, descendiente del Buscón, con el ambiguo e inquietante Lepprince, con la sensual y calculadora María Coral, y con tantos y tantos personajes, como Pajarito de Soto, hijos de la imaginación y la tradición picaresca, sí, contigo empezó todo, con ese deseo oculto de escribir una novela a la manera de tu admirada “Guerra y Paz” pero teniendo claro que el resultado tenía que ser una mezcla equilibrada de superproducción y film de arte y ensayo, con ese cóctel irónico de viejo folletín y de moderna novela policíaca que tanto asombró desde el primer momento, con esa prodigiosa variedad de registros milagrosamente dotados de una coherencia interna única, con ese megamix memorable donde conviven admirablemente la novela social, la novela decimonónica, la novela existencial, la comedia de enredo, la novela histórica, la novela policíaca, la novela epistolar, la novela romántica y el folletín, sí, contigo empezó todo, con “Los soldados de Cataluña” que iban a ser “Puños y besos” y que acabaron entrando en la historia como “La verdad sobre el caso Savolta”, con ese libro de texto de Literatura Española para estudiantes de COU en el que el insigne Fernando Lázaro Carreter dedicó un capítulo entero a un autor desconocido y a su primera novela recién salida del horno, un libro de texto que nos dio a conocer la obra que acabaría convirtiéndose en la novela más influyente de la literatura española de la segunda mitad del siglo XX, sí, contigo empezó todo, con tu humor irónico, sarcástico, disparatado, hiperbólico, satírico, con la crítica acerada y mordaz de una época de contrastes, la de los cabarets, tabernas y barrio chino frente a los salones elegantes y los casinos, sí, contigo empezó todo, con tu forma magistral de construir mosaicos, de ensamblar puzles, de fragmentar la obra acumulando artículos, actas judiciales, notas taquigráficas, cartas, fichas policiales, entrevistas y documentos, en una especie de collage de indudable atractivo que, increíblemente, servía para hacer avanzar la acción de forma fluida, sí, contigo empezó todo, con todos los lenguajes que supiste utilizar, el periodístico, el jurídico, el administrativo, el policial, el naturalista, el de la calle, con catalanismos e incorrecciones lingüísticas incluidas, con flashbacks continuos, con el desorden cronológico por bandera y con un montaje de secuencias tremendamente complejo que, sin embargo, funcionaba como una maquinaria suiza de precisión, sí, contigo empezó todo, contigo comenzamos a repudiar la aburrida literatura experimental, contigo recuperamos el placer de leer, contigo perdimos el miedo a contar historias, a narrar sin más pretensiones que el bendito entretenimiento, contigo aprendimos a reivindicar el argumento como parte esencial de la escritura narrativa, contigo además supimos que el escribir una novela sustentada en géneros populares no es incompatible con una escritura de máxima exigencia, por todo ello, gracias, Eduardo Mendoza, con “La verdad sobre el caso Savolta” empezó todo.

EL HOMBRE SUBMARINO

el-hombre-submarinoPublicado en El Norte de Castilla el 28 de septiembre de 2018

Sucedió en el octavo mes del año 1602. Valladolid era entonces la capital del mundo. El gran teatro de la España del siglo XVII. Una ciudad flordelisada de mascaradas, desfiles, danzas, celebraciones cortesanas y eventos festivos de todo tipo que culminarían con la llegada del séquito del conde de Nottingham para firmar el tratado de paz con Inglaterra y, por supuesto, con los fastos del bautizo del futuro Felipe IV. Por el río Pisuerga, junto al desaparecido Palacio de la Ribera, palacete de recreo rodeado de jardines y obras de arte, navegaban galeras y góndolas exquisitamente emperifolladas con aparatosos estandartes y fastuosas velas. Desde una de esas galeras, recién bautizada y pintada en oro y azul, el rey Felipe III, junto a buena parte de la corte y centenares de vallisoletanos, fue testigo de un acontecimiento histórico, de una hazaña sin parangón. Uno imagina que por allí estarían también Lope, Cervantes, Quevedo y seguramente la pequeña Ana de Austria, bastante antes de bailar con D’Artagnan y de convertirse en la mujer más poderosa de la tierra. Aquel caluroso día de agosto tuvo lugar la primera inmersión prolongada de un buzo en el mundo. Un hombre, ataviado con un extrañísimo traje, se sumergió en las frías aguas del Pisuerga y permaneció allí durante una hora. Justo hasta que el rey le mandó salir, a pesar de que el buzo insistió que podía permanecer sumergido mucho más tiempo, todo lo que el frío y el hambre le permitiese. El sueño de Leonardo da Vinci de permanecer bajo el agua fue posible por primera vez en la historia. Y lo fue gracias a un hombre único, un genio desconocido, Jerónimo de Ayanz. Militar, pintor, cosmógrafo, músico, cantante, rejoneador y, por encima de todo, inventor. Consiguió abortar una conjura francesa para asesinar a Felipe II en Lisboa, fue nombrado caballero de la Orden de Calatrava y patentó hasta 48 inventos, desde el traje de buceo a la primera máquina de vapor moderna, pasando por bombas de riego, balanzas de precisión o un sistema de aire acondicionado. Dicen las crónicas que su laboratorio de la calle Cadena estaba lleno de artilugios que parecían cosa de magia. Como la de conseguir que un hombre permaneciese bajo el agua. Eso sucedió en Valladolid por primera vez. El pasado domingo muchos asistimos a una recreación de aquel acontecimiento. Todo sea por conocer nuestra historia. Y estar orgulloso de ella.

RESTAURANDO QUE ES GERUNDIO

restauraciones22Publicado en El Norte de Castilla el 21 de septiembre de 2018

Una de las noticias de este verano ha sido la admirable recuperación de los colores originales del Pórtico de la Gloria tras un profesional trabajo de 50.000 horas de restauración. En las últimas semanas las colas han sido interminables y los que han tenido la suerte de contemplar el resultado hablan casi de una epifanía, de un momento místico e irrepetible. A partir de ahora va a ser más complicado. Habrá que rascarse el bolsillo para poder ver el Pórtico de la Gloria. Bueno, podría ser peor. Podrían haber encargado la restauración a un alumno de una escuela de manualidades o alguien con un máster de restauración en la Rey Juan Carlos. Ya sabemos que desde la mamarrachada del Ecce Homo de Borja (jalean la gracia de la señora, le escriben una ópera y poco menos que la contratan en el Museo del Prado) las manualidades caseras se han puesto de moda pero lo sucedido últimamente clama al cielo. Primero fue el destrozo de una escultura del siglo XVI en la iglesia de San Miguel de Estella. Una obra de arte de valor incalculable repintada y multicoloreada como si fuese una muñeca chochona. Luego supimos de una vecina de Rañadoiro que, con permiso del párroco, se llevó a su casa tres tallas del siglo XV para “restaurarlas”. El resultado, una auténtica aberración de vivos y fosforescentes colores y una Virgen que parece Carmen de Mairena. Por el camino nos enteramos de otra surrealista restauración en Canadá, con un Niño Jesús convertido milagrosamente en Maggie Simpson. Pero no todo el afán cutre restaurador viene de ahora. Este mismo verano hemos descubierto en Reinosa una Heidi avant la lettre. En este caso, un querubín de madera que se desprendió hace años y que un gracioso sustituyó por un monigote de sonrosados mofletes y flequillo negro. En fin, todo remite a lo mismo. Falta de respeto y de amor a nuestro patrimonio, que es nuestra cultura, nuestra memoria, aquello que heredamos y que tenemos la obligación de legar, proteger, conservar y defender. Y, por supuesto, basta de reírles las gracias a los Ecce Homos y sus herederos. Que quien quiera utilizar los rotuladores Carioca lo haga en su casa. Y, claro está, que se pague a profesionales para que conserven nuestro patrimonio. Tal vez ahí radique el problema. Todos sabemos que si pagamos mano de obra con cacahuetes se ponen a trabajar chimpancés.

FRAN K.O.

valle22Publicado en El Norte de Castilla el 14 de septiembre de 2018

Jesús Rodríguez “El Chuchi” lleva varios años buscando los restos de su abuelo Aquilino, fusilado en 1936 en las tapias del cementerio de Alcañices. Continúa la lucha que había iniciado su padre y así dar a su abuelo la dignidad que no le dieron en su momento cuando le metieron bajo tierra en una fosa común junto a otros cuatro vecinos del pueblo. “Ni siquiera una rosa”, un cortometraje documental candidato a los últimos Goya, cuenta su historia. Como esa hay miles. Cualquier persona con un mínimo de decencia comprendería el dolor de estas personas y la necesidad que tienen de sacar de las cunetas los cadáveres de sus familiares. Los que no la tienen hablan de que “sólo se acuerdan de desenterrar a su padre cuando hay subvenciones”. Son los mismos que ahora no comprenden que Franco sea sacado del Valle de los Caídos. Según una encuesta los votantes de los partidos de derechas se declaran mayoritariamente en contra de ello. Muchos defienden incluso la existencia de la Fundación Francisco Franco. Son muy españoles y mucho españoles. Nada nuevo bajo el sol (o cara al sol, depende de los casos y circunstancias). Luego está un porcentaje también considerable de españoles que dicen que “no es el momento”. Si en 40 años nadie ha encontrado el momento, ¿cuándo considera toda esa gente que es el momento? En otros países no pasan estas cosas, dicen. Efectivamente, en Alemania no hacen mucho caso a la Fundación Adolf Hitler, entre otras cosas porque no existe. Aquí el club de fans de Franco está en pie de guerra con el tema del Valle de los Caídos. Tenemos que escuchar sus argumentos aberrantes. Probablemente lo que han leído en forocoches. Son nostálgicos del régimen dando lecciones de historia falsa. Gente que tienen como gurú a Pío Moa. Groupies del aguilucho. Cazurros mononeuronales que necesitan el Valle de los Caídos para organizar periódicamente sus performances fascistas. La democracia les viene grande. Una, grande y libre. Muchos hablan de que Franco es historia. En términos pugilísticos está K.O., noqueado, grogui, fuera de combate, de circulación. Los hechos no paran de desmentirlo. Franco todavía vive entre mucha gente. Le añoran. Así que nos espera un otoño caliente con el monumento al dictador. Franco 24/7 y el Valle de los Caídos on fire. Mientras tanto, “El Chuchi” sigue buscando los restos de su abuelo.

EL CEREBRO

el-cerebro-001Margaret Higgins trabaja en una revista y prepara un reportaje sobre unos extraños y revolucionarios experimentos que está llevando a cabo el doctor Finger. A Margaret le ayuda Larsen, un antiguo agente de la CIA que ahora trabaja como periodista. Paralelamente asistimos a la boda de una famosa bailarina de ballet (Stella Finney) y de un profesor universitario (Laurence Roy) que los medios de comunicación están vendiendo como la boda de los nuevos Romeo y Julieta. De forma intempestiva, sin embargo, y en mitad de la luna de miel, asistimos al asesinato de Laurence por parte de su recién estrenada esposa. Todo había sido un complot tramado por el doctor Finger y su amante, la mismísima Stella Finney, para conseguir un cuerpo sano con el que realizar sus investigaciones, unas investigaciones a las que nadie en su sano juicio se prestaría a realizar. Conocemos, entonces, la teoría del doctor Finger y en lo que está trabajando: Manteniendo un cadáver en un ambiente constantemente helado, no se corrompe. Y alimentando el cerebro con riego sanguíneo artificial, corrientes eléctricas y sustancias nutritivas, ese cerebro sigue pensando y viviendo a todos los efectos. Sus reacciones pueden ser estudiadas por medio de un encefalograma que las va dibujando en una tira de papel, de un modo parecido a los sismógrafos que señalan las intensidades de los terremotos. Todo ello, según el doctor Finger, podía representar el avance más grande en toda la historia de la humanidad. Podía representar, en efecto, la posibilidad de conservar en plena actividad el cerebro de hombres ilustres.  Por ejemplo, el cerebro de Einstein podía seguir trabajando y colaborando con otros matemáticos.

A partir de este momento se desencadenarán todos los acontecimientos. Aparecerán nuevos personajes, como un siniestro fotógrafo japonés que colabora con el doctor Finger, o los antiguos socios de Laurence Roy. Pronto empiezan a suceder cosas extrañísimas. El fotógrafo japonés, encargado de realizar una fotografía diaria al cadáver de Laurence Roy, se da cuenta de que en las fotos hay levísimos cambios (la manga de un brazo recogida a distinta altura, el nudo de la corbata distinto, etc) como si el muerto, en algún momento, cobrase vida y saliera del ataúd de cristal refrigerado donde está encerrado. Paralelamente, los antiguos socios de Laurence Roy (que le traicionaron en su momento) van siendo asesinados uno a uno con lo que parece un cuchillo de grandes dimensiones al rojo vivo.

En fin, otra pequeña joya de Silver Kane. “El cerebro” es la cuarta de las novelas que el gran González Ledesma escribió para la colección “La conquista del Espacio”. Las otras tres, de las que ya hemos hablado aquí, fueron “Mil millones de ojos”, “Escrito en el tiempo” y “La casa del frío eterno”, las tres auténticas obras maestras. “El cerebro” sigue la senda aunque el scooby doo final le resta algo de sorpresa y genialidad. De todas formas, sobresaliente novelette de Siver Kane que culmina una aportación gloriosa a la mejor colección popular de ciencia-ficción de los bolsilibros de Bruguera. A ver si por fin algún editor se decide y saca en un volumen estas cuatro pepitas de oro.

YO, MORIARTY

yo-moriartyEn una caja de metal oxidada y abollada se descubren ciertos legajos durante los trabajos de excavación en el metro de Londres. Su contenido cambiará la historia de Gran Bretaña y del mundo entero. Parecen ser los diarios, cuidadosamente redactados y auténticos, que una vez pertenecieron al difunto profesor James Moriarty, némesis del célebre detective privado Sherlock Holmes del 221B de Baker Street. En las páginas de este documento único, Moriarty revela la verdad acerca de su relación con el detective privado, así como la de éste último con John Watson, su biógrafo y confidente. La verdadera naturaleza de Mycroft Holmes, el Club Diógenes, Irene Adler y muchos otros personajes que aparecen a lo largo de la obra escrita de Arthur Conan Doyle, bajo el dictado de Holmes y Watson. Todo es detallado por la pluma de Moriarty, incluyendo los casos más famosos de Holmes, los acontecimientos históricos más influyentes de su tiempo y crímenes mayores, todos los cuales ayudan a revelar el verdadero Holmes a los ojos del público.

Agradabilísima sorpresa la proporcionada por este fantástico pastiche en el que Miquel Giménez nos propone una deconstrucción del mito y de lo que todos conocemos de nuestro amado Sherlock Holmes. El autor nos propone darle la vuelta a la versión oficial, husmear en lo que hay detrás del espejo, desnudar al mito. El resultado es, quizá, algo que no nos esperábamos. ¿Y qué tal si el malo de la película era Holmes y no Moriarty? Por el camino decenas de coincidencias que hacen que la versión oficial salte por los aires y un carrusel de personajes entren y salgan del escenario. Por allí andan Freud, Marx, Niezsche, Pio Baroja, Jack el Destripador, Fu-Manchú además de muchos casos que nos resultarán conocidos, desde las bombas anarquistas en Cataluña pasando por la masonería o el drama de Mayerling. Con James Moriarty (filiación española incluida) dirigiendo las operaciones y siempre en la diana los perversos hermanos Holmes. El París de Moriarty frente al Londres de Holmes. La capital de la cultura y del arte, de los idealistas y aventureros, frente a la capital rígida, victoriana e hipócrita de un vasto Imperio. Y por el medio, siempre, la deliciosa Irene Adler, of course.

Pues eso, esta memorable reinterpretación del canon holmesiano bajo el título de “Yo, Moriarty: los diarios del Profesor” es una auténtica delicia de la que esperamos, ansiosos, continuación.

El Norte de Castilla

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