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Ya lo pensaré mañana (6). La vida en un plano secuencia

Fuera de las salas, ayer era en nuestro país ‘otra’ jornada ‘histórica’. Otra agotadora y tensa jornada histórica que, mientras escribí­a estas líneas aún estaba en pleno suspense. Este paréntesis vital que es la Seminci, para quienes la seguimos intensamente, se nos antojaba este año más apetecible que nunca por su inmediatez balsámica. Tení­amos cierta sensación de alivio: pensar que durante unos d ías podríamos esquivar la realidad, la dura realidad de esa especie de película de ciencia ficción en la que venimos sumidos desde aquella distópica sesión del Parlamento catalán del pasado septiembre.

Pero el cine, por fantástico que sea, siempre nos toca de cerca. Al menos mientras lo sigan haciendo seres humanos y no una máquina siguiendo algoritmos. Y dio la casualidad que las dos películas programadas en pase de prensa de la Sección Oficial de la mañana de ayer me (hablaré por mí­) hicieron pensar en el conflicto catalán, también llamado ‘el procés’.

Sobre todo la primera, ‘El insulto’, apreciable filme de Ziad Doueiri: el relato de un conflicto casi doméstico que acaba en los tribunales y enfrentando a dos comunidades religiosas ya enfrentadas de antemano. Estamos en el Lí­bano y una cañería ilegal puede encender la mecha de una revuelta callejera. No sabemos si intencionadamente o no, (si hacemos caso a su director, no) el mensaje que rezuma la pelí­cula es claro: las heridas que deja una guerra, o ‘conflicto bélico’ como nos gusta llamarlas para suavizar, son difí­ciles de cicatrizar, las heridas duran tanto que parece increíble que la gente no aprenda del pasado y deje que los intereses políticos cortoplacistas, la falta de diálogo, los malos entendidos y la insolidaridad ganen la batalla de la división cuando son más las cosas que nos unen que las que nos separan. Y solo tenemos una vida. Doueiri, sin embargo, a pesar de haber ambientado su film en el Lí­bano, de haber enfrentado en él a un miembro del Partido Cristiano y a un palestino, y de haberse tenido que plegar al deseo del Gobierno libanés de especificar que ‘las opiniones vertidas en el filme son exclusiva de su director’, aseguró una y otra vez en la rueda de prensa que estaba al margen de debates y polémicas políticas (?). ‘Nadie tiene el monopolio del sufrimiento’, dice uno de los personajes en un momento clave de la película. Amén.

La segunda, ‘Bajo el árbol’ cuenta, inicialmente en tono de comedia, cómo un aparentemente banal conflicto entre vecinos puede acabar en tragedia casi griega. Y eso que estamos en la frí­a Islandia. Aquí­ sí­, su director, Hafsteinn GunnarSigurDsson, reconoce que ha querido mostrar que la violencia nunca es el camino. Una bola de nieve va creciendo en el corto verano islandés. Gente herida que, o bien acaba proyectando su dolor en asuntos nimios, o es incapaz de gestionar sus emociones. Si en ‘El insulto’ hay una luz al final del camino, en ‘Bajo el árbol’ solo queda una sombra heladora.

Detrás de ambas, sendos buenos cineastas que es de lo que se trata.

 

(Columna publicada en el Suplemento de Seminci de la edición impresa de El Norte de Castilla del 27 de octubre de 2017)

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Ya lo pensaré mañana (3) Sostener la mirada a los refugiados

Se hace raro salir del cine a tomar un café después de sostener la mirada a los refugiados. Porque de eso se trata en ‘Human flow’, la obra con la que el artista chino Ai Wei Wei ha introducido el documental en la Sección Oficial de la Semana de Cine. De ponernos a prueba, de que hagamos, aunque sea en la comodidad de nuestro mundo, de nuestra butaca y con la lejanía de una pantalla entre medias una visita a esa zona oscura que él vivió en directo: y comprobar si somos capaces de sostener la mirada de esa gente a la que las guerras, las dictaduras, un sistema global injusto le robó su futuro. Puede que por ello en su película haya tantas miradas. Miradas de niños, de mujeres, de hombres de todas las edades. Miran a cámara en silencio, fijamente y en calma, y nos interpelan.  Aunque en ellas no haya ni una pizca de odio. Más bien de dolor, de incertidumbre o de tristeza, pero no de odio, aunque tendrían motivos.

Ai Wei Wei ha recorrido 400 campamentos de refugiados de 23 países y ha entrevistada a 600 de esas personas que vemos fugazmente en los rescates de las pateras, en las crisis de las fronteras. Hizo 900 horas de grabación. Ayer consumimos algo más de dos. Y, francamente, me importa muy poco si la pelí­cula le salió excelente, o del montón. La calificaré, sí­, como al resto de la Sección Oficial, y hablaré de ella en mi blog de una manera crí­tica como vengo haciendo estos días. Pero aquí no. Aquí­ solo diré que deberí­a ser de visionado obligatorio en parlamentos, oficinas, escuelas, universidades, centros cí­vicos, culturales, deportivos…

Sí­, ya sé. A los refugiados los vemos todos los dÃías en el Telediario. Minuto y medio es la dosis que soportamos, la que nos vacuna para poder mirar el resto del tiempo hacia otro lado. Durante los festivales de cine los telediarios quedan lejos. No tenemos tiempo: estamos ocupados viendo cine, escribiendo de cine, comentando de cine… Pero ayer, mientras veí­a las risas de esos niños que no han conocido otro horizonte que un hacinado campamento de refugiados (muchos de ellos no conocerán ya otro paisaje) no podÃía dejar de pensar en nuestra ‘actualidad polí­tica’. Sí­, todo este asunto que nuestros gobernantes (de aquí­ y de allá) parecen incapaces de resolver me parecía una pelí­cula de ciencia ficción. Que hagan una sesión conjunta de ‘Human Flow’ antes de ponerse a debatir cualquier otra cuestión.  Quizá así­ lleguen a alguna conclusión positiva y podamos seguir adelante con la cabeza alta.

La pregunta queda sobre la mesa en un momento del documental: El futuro de Europa ¿será  el de los Derechos Humanos, ese aliento que le dio sentido o se acabará convirtiendo en una comunidad cada vez más racista, más xenófoba y excluyente?

No nos llamemos a engaño. El mundo se ha estrechado y los campamentos rozan nuestras urbanizaciones, hombres y mujeres se ahogan frente a nuestras playas y será así­ por más fronteras y muros que levantemos. Y nos atañe a todos. A todos y cada uno.

 

(Columna publicada en el Suplemento de Seminci de la edición impresa de El Norte de Castilla el 24 de octubre de 2017)

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Ya lo pensaré mañana (2) Sally y Laura

La Seminci, lo sabemos, tiene una historia que sucede fueras de las salas. Más allá de las proyecciones. Momentos a rescatar en sus alrededores pues, sin estar avalados por el color rojo de las grandes citas mediáticas, suelen quedarse en la memoria de quienes vivimos el Festival. Ayer se produjo uno de esos momentos en la rueda de prensa posterior al segundo pase de prensa de la mañana.

Sally Potter, 68 años. Cineasta reconocida con más de cuarenta premios internacionales. Aguerrida tras la cámara como para encararse allá por el 92 con la adaptación del ‘Orlando’ de Virginia Woolf. En plena madurez y tras cinco años apartada del cine vuelve a los festivales internacionales con ‘The party’, una comedia inteligente rodada en blanco y negro que para ella es el ‘formato’ que da más posibilidades de colorear las emociones.

Laura Ferrés, 28 años, graduada en dirección por la ESCAC, pone sus ahorros para iniciar el rodaje de su primer corto (si dejamos a un lado su proyecto final de carrera) y se embarca a contar en ‘Los desheredados’ una historia tan í­ntima como que sucede en su propia familia. Con ella gana un premio en Cannes y se pasea por festivales como el de Nueva York y ahora la Seminci.

Ambas coincidieron ayer en la segunda proyección de Sección Oficial de la mañana y defendieron juntas sus obras frente a los medios. Potter (melena rubia, casi blanca, tez pálida, gafas de pasta negra) hace un retrato de una generación (aunque no todos los que aparecen en su filme están en los sesenta) que luchó por las libertades, polí­ticamente situada a la izquierda y que se enfrenta en la madurez al descrédito de la polí­tica, a las frustraciones de no haber conseguido aquello por lo que luchaban y a sus propias contradicciones. Y lo hace con el humor por bandera. Ferrés (abundante y rizada melena rubia, aspecto aniñado, voz suave en las respuestas) quiso contar la historia de su padre, un empresario que tiene que cerrar su negocio como tantos otros arrastrados por la crisis económica. Y recurrió a él para protagonizarla. Con la estimable colaboración de su abuela que en su fugaz intervención aporta tanta naturalidad como ternura. Se puede perder la empresa de tu vida, pero manteniendo firme la dignidad. Es su mensaje encerrado en 18 minutos ajenos a la grandilocuencia y también teñidos en ocasiones de humor.

Como feminista, agradezco a Potter, además de su maestría, considerar el feminismo un asunto tan serio y tan consistente como para resistir la mirada irónica y el humor con su punto ácido. Y como mujer comprometida con lo que sucede agradezco a Ferrés su talento para tratar un tema de alto coste social con el talento de la contención y la cercanía.

Sally y Laura. Dos mujeres en polos opuestos de su trayectoria cuya presencia se antojaba igual de firme, igual de convincente. Quizá por la verdad que rezuman sus obras. Tan distintas. Tan iguales en su profesionalidad.

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Seminci. Toma III. Historias lastradas por la duda o el artificio

AGNESKA HOLLAND TITUBEA EN SU ÚLTIMO FILME, NAOMI KAWASE NO REMATA EL EXCELENTE ARRANQUE DE ‘HACIA LA LUZ’ Y LA BRASILEÑA LAÍS BODANZKY CUMPLE CON ‘COMO NUESTROS PADRES’. AI WEI WEI MUESTRA SU EMPATÍA CON LOS REFUGIADOS

 

Historias que dirigen mujeres, protagonizadas por mujeres. Quizá vendrá un tiempo en que una crónica no tenga que señalarse esta circunstancia. Pero en este momento sí. La de Agneska Holland, por ejemplo. Su protagonista, una excéntrica defensora de los animales, aficionada a la astrología, que vive sola con sus dos perros en la orilla de un bosque cuya riqueza en fauna es algo así como un paraíso para los cazadores. Holland es una veterana y notable directora polaca, premada por películas como ‘Europa, Europa’ y ‘Olivier, Olivier’; que ha trabajado con grandes directores como Wajda o Kievloski y cuyo paso por este Festival siempre ha sido significativo. Pero en ‘Pokot’ dirige una historia que progresivamente se le va de las manos. De forma que cuando acaba, el espectador no está seguro de si ha visto una fábula, un thriller con elementos de humor, una proclama animalista… o una mezcla un tanto delirante de todo ello. El filme tiene los fallos de una primera obra, cuando el director o directora decide meter en ella todo lo que tiene en mente, cuando lo normal a estas alturas de la apreciada trayectoria de Holland es quitar peso.  Aquí, un plantel de personajes que no acaban de ser creíbles, desde su protagonista, que tan pronto es una dulce presencia como un ser al borde de la histeria, a un joven experto en informática que trabaja para la policía y traduce a Blake, o los perversos cazadores que habitan la comunidad pesan y mucho en el desarrollo de una historia que tiene un final que roza el delirio.

Más contenida, como corresponde a su delicadeza oriental es ‘Hikari’ (Hacia la luz’), de la japonesa Noemi Kawase, bien conocida de un certamen que hace dos años le distinguió con la Espiga a la Mejor Dirección por ‘Una pastelería en Tokio’, y donde también proyectó su primer largo, ‘Suzaku’ y años después la muy apreciable ‘El bosque del luto’. ‘Hikari’ parte de una buena historia: la de una joven que se dedica a realizar audiodescripciones de películas para ciegos y en una de las sesiones de prueba conoce a un afamado fotógrafo que a medida que va perdiendo la vista, se le va agriando el carácter. Excelente comienzo para una realizadora que gusta tanto de reflejar la belleza de los espacios abiertos como de encerrar a sus protagonistas en espacios claustrofóbicos o en primeros planos también claustrofóbicos. Todo un ejercicio de estilo que para una película que trata sobre miradas que despiertan y miradas que se apagan daría más juego. Pero se enreda en el artificio, la película avanza con dificultad y se acaba ahogando.luz

Como naufragará el matrimonio entre Rosa y Dado, protagonista de ‘Como nuestros padres’, de la brasileña Laís Bodanzky, cineasta que con su  primer film, ‘Bicho de siete cabezas’, abrió también la lista de premios internacionales. Aquí retrata la pelea de tantas mujeres consigo mismas: mujeres que no quieren repetir los clichés que afectaron a sus madres o a sus abuelas pero no saben quitarse la presión de una sociedad que les exige ser las mejores madres, las mejores profesionales, las mejores esposas… Ellas lo intentan mientras sus compañeros a menudo nadan en la perplejidad. Correcta realización, buen equipo de actores, y una pulcritud que juega a favor del tema (aún muchos hombres deberían ver estas historias no solo para entender mejor a las mujeres sino para saber que las mujeres están ocupando su lugar ellos tienen también que cambiar su perspectiva) pero en contra de la implicación del espectador.

Dejo para el final, ‘Human flow’ el documental de Ai Wei Wei, estrenado en Cannes con amplia cobertura mediática. Ai Wei Wei no entiende el arte si no está comprometido con su tiempo y así lo deja ver en sus performances y en sus instalaciones que a menudo son un grito contra la censura y los regímenes que no aceptan la diversidad de opiniones. No en vano él sufrió cárcel, tuvo que exiliarse de su país, fue un niño de padre represaliado por el régimen chino y durante la rueda de prensa en Valladolid confesó que siempre se sentirá un refugiado.De refugiados, como todo el mundo sabe, va su documental. Dos horas y cuarenta minutos acompañando por 23 países a quienes huyen de la muerte, sea por la guerra, sea por la persecución política, religiosa o racial. Un documental que no entra en los distintos conflictos que están en el origen de esa marea humana. Creo que es una opción perfectamente consciente. Wei Wei ha preferido acompañar a lso refugiados allí donde se estrellan contra las vallas que crecen en el mundo privilegiado. Vemos todo tipos de campamentos, todo tipo de fronteras, todo tipo de miradasflow-2 que se pierden en la falta de un futuro. Vemos niños, muchos niños, los únicos capaces de sonreír en medio del desastre. Ai Wei Wei, se le ha criticado por ello, es una presencia casi constante en el documental. Y sí que resulta un poco excesiva. Él la justifica afirmando que contrariamente a lo que sucede en el relato de los periodistas norteamericanos que, según él. relatan estas historias desde un punto de superioridad, “como si fueran los dueños de este mundo”, él prefiere mostrar que se siente uno más.

El documental no es redondo, pero haré uso de un adjetivo manido y diré que es necesario. Y una nota más: Wei Wei no puede evitar ser un artista. Lo muestra en planos en los que el reflejo dorado de las mantas de papel metálico que cubren a los llegados en pateras ofrece un una estética visión o en aquellos aéreos en los que la mirada percibe en primer lugar un muro formado por extrañas e idénticas casillas que, una vez la distancia se acorta, se convierten en los tejados de los barracones entre los que se mueven pequeños puntos como hormigas que son en realidad sus habitantes.

(Fotogramas de ‘Hacia la luz’ y ‘Human flow’)

 

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Seminci. Toma II. Cuando el humor gana la batalla

SALLY POTTER HACE REIR CON LAS CONTRADICCIONES DE UNA GENERACIÓN, TARIK SALEH SE ECHA A LA ESPALDA EL PESO DE LA CORRUPCIÓN Y JAN SPECKENBACH SE AHOGA EN SU APUESTA POR LA LIBERTAD

 

La filmografía de Sally Potter no es muy extensa (ocho largometrajes y varios cortos) pero le ha valido para ganar un buen puñado de premios internacionales y dos nominaciones de la Academia de Hollywood. De ella se puede decir que no le asustan los retos, ya que se atrevió a llevar a la pantalla una novela tan compleja como todos los artefactos literarios de Virginia Woolf (‘Orlando’); que adora el blanco y negro ( “porque permite  intensificar el color a las emociones”) y que sabe manejar la comedia. Lo hace de forma magistral en ‘The party’ que subió el termómetro de la Sección Oficial en su segunda jornada. De la mano de un excelente plantel de actores (Patricia Clarkson, Emily Mortimer, juntas de nuevo en esta Sección, Bruno Ganz, Cherry Jones, Cillian Murphy, Kristin Scott Thomas y Timothy Spall) Potter refleja, de carcajada en carcajada, las ambiciones, frustraciones y contradicciones de una generación: la que ahora media los sesenta. Gente políticamente de izquierdas, de un status social medio alto, que ha llegado donde quería (La Universidad, el Parlamento, la Banca) o a sus alrededores. Rodada en tiempo real, cuenta una fiesta en el interior del domicilio de Janet y su marido Bill para celebrar que ella ha sido nombrada ministra de Sanidad en la sombra.

El feminismo, las mentiras en las relaciones de pareja, la ambición desmedida, la distancia entre lo que soñábamos ser, lo que pensamos que somos y lo que somos en realidad se coloca bajo la lupa del humor ácido y la inteligencia de una directora que sabe manejar la acción y también que la brevedad puede ser un grado. Setenta y un minutos son suficientes para mantener la intensidad. Nos reímos y después nos quedamos con el regusto de la reflexión como cuando el arte nos pone frente al espejo. ¿Qué haríamos en upartyna situación similar? Potter, consciente de que toda tragedia suele tener momentos cercanos al ridículo y que toda comedia rezuma en algún minuto la melancolía, embute una tragedia en su comedia y le da una estructura circular al relato, que va más allá del truco para mantener la atención en alto. Excelente posición de la cámara, siempre cerca del rostro de sus protagonistas.

Aunque escrita desde el principio para el cine, Potter es consciente de sus posibilidades dramáticas y muy probablemente llegará a las tablas.

En la edición de 2012 con ‘Ginger&Rosa’, (Elle Fanning, una de sus protagonistas ganó el premio a la mejor interpretación femenina) ya demostró su buen hacer tras la cámara, pero si en aquella ocasión su mano de directora estuvo por encima del guion, aquí el equilibrio es casi perfecto. Aplausos rotundos en el pase de prensa.

POLICÍAS CORRUPTOS

Antes, se proyectó ‘The Nile Hilton Incident’ del cineasta sueco de origen egipcio Tarik Saleh (Estocolmo, 1972). Saleh, que lo mismo presenta y produce para la televisión que saca a relucir su faceta de graffitero, se echa a la espalda en su tercer largometraje de ficción una historia de corrupción policial y judicial que mantiene la atención sin llegar a redondear la propuesta. Demasiado peso en la mochila, demasiado enredo en la trama policiaca, aunque solo por el hecho de reflejar colateralmente la fragilidad de ciertos Estados en el contexto de un mundo globalizado merece la pena. “En este país no hay justicia”, dice uno de los personajes de la historia, que, por su status, debería contribuir a que la hubiera. nile-hilton

El asesinato de una cantante pone en marcha un filme con la estructura del cine policiaco más clásico, aunque luego se complica con la extensión de la corrupción que atañe a policías, jueces y a un miembro del parlamento y adinerado empresario, en el contexto de las revueltas que en Túnez dieron comienzo a la llamada Primavera Árabe.

LIBERTAD ARTIFICIOSA

Un último párrafo para ‘Freedom’, segundo largometraje del alemán Jan Speckenbach, cineasta de formación artística lo que sin duda influye en esta película prestándole una artificiosidad innecesaria. ‘Freedom’, historia del dolor que precede a una huida hacia ninguna parte, comienza bien. Speckenbach cuenta en forma de puzzle la historia de una mujer que abandona profesión, marido e hijos para huir de la ‘cárcel’ en la que se siente e instalarse en un presunto paraíso de libertad. Esta se mostrará inalcanzable cuando se evidencie que  la protagonista lleva esa cárcel consigo. Por otro lado, el film trata de narrar la perplejidad del marido y la rebeldía de unos niños que ni entienden ni perdonan ese abandono. Pero, siendo atractivo aunque no novedoso el tema, la película acaba naufragando en un tono pretencioso que se hace más evidente al final. Lástima, pues tiene una primera parte que se sigue con agrado.

 

(Fotogramas de ‘The party’ y de ‘The Nile Hilton Incident’)

 

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Adriana Bustos, historia y compromiso

EL MUSAC ACOGE LA PRMERA EXPOSICIÓN INDIVIDUAL EN ESPAÑA DE LA ARTISTA ARGENTINA

Cada una de las series que conforman la exposición ‘Prosa del Observatorio’, primera individual en España de la argentina Adriana Bustos (1967), merecería una visita reposada, pues debajo de cada elemento que las componen hay un trabajo de investigación, documentación, análisis y planteamiento que es difí­cil de captar en un recorrido apresurado. Con todo, los distintos capí­tulos de la muestra, correspondientes a tres series diferentes en una trayectoria muy cohesionada, componen un todo perfectamente coherente y dan idea cabal de las preocupaciones de esta artista que se sirve de técnicas de documentación y de la investigación histórica y en ciencias sociales para reflexionar sobre opresiones sociales, polí­ticas y religiosas en distintos periodos históricos, pero en particular para relacionar hechos acaecidos tanto en  España como América Latina y en sus interrelaciones desde la época colonial hasta nuestros días.

Ya en el título ‘Prosa del observatorio’ subyace este afán por relacionar hechos aparentemente inconexos en los que encuentra filiaciones inesperadas. Está tomado de la obra homónima de Julio Cortázar en la que el escritor argentino establece paralelismos entre la migración de las anguilas por los ríos europeos y las observaciones nocturnas del maharajá Jai Singh creador en el siglo XVIII de observatorios astronómicos en Jaipur y Delhi. En ‘Antropologí­a de la mula’ la primera de las series de la exposición, Adriana Bustos traza un paralelismo entre las rutas comerciales de la época colonial y las del narcotráfico en América Latina, y reflexiona sobre el tráfico de personas y cosas como elemento sustancial de las dinámicas de explotación, producción y comercialización desde las colonias hasta nuestros días.adriana-bustos_antropomorfia-del-sistema_2016

El origen de esta serie de trabajos en los que Bustos mezcla el dibujo (una técnica que domina a la perfección) con el vídeo y la fotografí­a, fue comprobar cómo la crisis argentina y la búsqueda de trabajos precarios habían llevado a la proliferación de mulos dedicados a la recogida de cartòn en la ciudad de Córdoba (Argentina), hecho que coincidía en el tiempo con el escándalo en el que se vio envuelta la empresa aérea Southern Wings en 2005 por el transporte de droga en valija diplomática. La artista dibuja sus personales ‘mapas’ en los que mezcla las rutas que siguieron las mulas en la época colonial desde Córdoba al Potosí­ para la explotación de los minerales preciosos, con las de las ‘mulas’ (término con el que se conocen en el argot del narcotráfico a las personas, mujeres en muchas ocasiones, que transportan la droga clandestinamente) actuales. Especialmente significativo dentro de este capí­tulo es la serie ‘Ilusiones’. Bustos entrevistó a varias mujeres que cumplían condena por narcotráfico en la prisión cordobesa de Brouwer: Fátima, Anabella, Leonor, el último escalón del negocio del tráfico de drogas, también el más vulnerable. La artista las fotografía de espaldas y las sitúa en un escenario ilusorio que representan los sueños por los que se enrolaron en el negocio. Una peluquerí­a, un quirófano, un paisaje selvático, entornos inalcanzables en vidas truncadas. Al lado de cada una de ellas, fotografía a la mula real en el mismo escenario.adriana-bustos_retrato_cortesia-de-la-artistade la artista, ‘El retorno de lo reprimido’, en el que documenta el tráfico de esclavos procedentes en su mayoría del África Subsahariana a través del Atlántico desde el siglo XVI hasta el XIX. E investiga en un hecho poco conocido: los cien mil ciento once esclavos negros introducidos por los españoles en Cuba en un periodo reducido de tiempo, entre 1816 y 1819. Setenta y siete expediciones partieron de La Coruña, según las investigaciones realizadas por la artista, con el fin de abastecer a los hacendados de mano de obra antes de la definitiva prohibición del comercio negrero cuya fecha lí­mite era 1820. El racismo, el tráfico de personas, la explotación están presentes en estas obras donde el habitual aspecto crí­tico del trabajo de Adriana Bustos es aún más patente si cabe.

Capí­tulo aparte merece la serie central de la exposición, ‘¿Quién dice qué a quién?’, una aportación original sobre la censura y sobre cómo la historia se repite en un aparentemente imparable bucle. De nuevo, las dotes de dibujante de Bustos al servicio de una reflexión sobre los libros prohibidos, el control de la información por parte de las dictaduras históricas, el arte como propaganda de regímenes ilegí­timos. La visión paralela de un fragmento del documental ‘Olympia’, dirigido por Leni Riefensthal en pleno auge del nazismo sobre los Juegos Olí­mpicos de Berlí­n de 1936 y de un fragmento filmado del Mundial de Fútbol celebrado en Argentina en plena dictadura militar pone de manifiesto, para la artista, “los modelos de propaganda fascista de ambos periodos y la similitud de sus estructuras formales y estéticas”.

Viendo la obra de Adriana Bustos se podrí­a hablar de un nuevo concepto de ‘arte aplicado’. Aquel en el que las cualidades técnicas y expresivas, la pulcritud formal y la exhaustividad documental están de forma evidente o más clara que en otros casos al servicio de una reflexión política sobre la sociedad en la que vivimos, de una visión crí­tica del mundo y de una manera creativa de preguntarnos sobre nuestro pasado, nuestro presente y nuestro.

 

Fotos:

  1. ‘Antropomorfia del sistema’, obra de Adriana Bustos en el Musac
  2. La artista argentina Adriana Bustos. (Cortesía de la artista)

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Sobre el autor Angélica Tanarro
Más que un oficio, el periodismo cultural es una forma de vida. La llevo ejerciendo desde que terminé la carrera. Hace de eso algún tiempo. Me recuerdo leyendo y escribiendo desde que tengo uso de razón. La lectura es mi vocación; la escritura, una necesidad. La Cultura, una forma de estar en el mundo. Dejo poemas a medio escribir en el bolso y en todos los armarios.