El Norte de Castilla
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Algo más que un pacto

Mientras escribo estas líneas, una madre granadina espera que encuentren a sus hijos desaparecidos desde que su padre los recogiera conforme estipulaba el régimen de visitas. El hombre, ex policía local (expulsado del cuerpo al parecer por su comportamiento violento) tenía una orden de alejamiento de su ex mujer por violencia de género. Mientras escribo esta primera columna del año, el cuerpo de Diana Quer es analizado para detectar las causas últimas de su muerte. Aunque parece claro que la causa fue el fatal encuentro con un delincuente con antecedentes por violación y tráfico de drogas.

2017 se cerró con un aumento en el balance de la violencia machista. 48 mujeres (cuatro más que el año anterior) han muerto a manos de sus parejas o exparejas. Y eso sin contar los casos aún en proceso de investigación que elevarían la cifra por encima de la cincuentena (y algunos son tan evidentes que parece imposible llegar a otra conclusión que no sea que el fin se debió al maltrato al que estaban sometidas las víctimas). Pero el horror no se detiene ahí y muestra además otra cifra espeluznante: durante 2017 ocho niños murieron a manos del mismo hombre que acostumbraba a torturar a sus madres y 27 quedaron huérfanos de madre, asesinadas por sus progenitores. Eso sin contar la cantidad de menores que asisten como parte de su rutina diaria al maltrato que sufren sus madres, al clima de violencia que imponen en el día a día familiar sus progenitores, con las presumibles consecuencias que dicho menú cotidiano tiene en su formación y en su futuro.

2017 pasará también a nuestra historia reciente como el año del Pacto de Estado contra la Violencia de Género. Parecería fácil un acuerdo de todos los grupos parlamentarios ante una injusticia tan flagrante en el mismo año en que muchas mujeres han salido del armario del miedo, del silencio y la vergüenza ante el estigma social para denunciar que fueron abusadas a veces por extraños, a veces por quienes tenían en deber de protegerlas. No lo fue tanto. Pero ahí está el acuerdo que, desde el punto de vista presupuestario supondrá sobre el papel la inversión de 1.000 millones de euros en cinco años, a partir de este 2018. Una buena noticia sin duda, pero ante la que no puedo evitar mi escepticismo. Cuántas veces los presupuestos se quedan sin ejecutar, cuantas veces se pierde el dinero necesario para lo más básico en laberintos administrativos y desidia burocrática.

Además, nada será realmente eficaz si no se atajan los orígenes: la educación, el clima social que fomenta aún una imagen secundaria de la mujer, la crisis sobre la que solo oímos ya mensajes triunfales… en este país, donde se rebajan los presupuestos de la enseñanza, se subvencionan con dinero público colegios que segregan a los niños por género, se maltrata la Cultura y se eliminan asignaturas como Educación para la Ciudadanía. Ya veremos…

 

(Publicada en mi columna de Opinión ‘Dìas nublados’ el 4 de enero de 2018)

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El Musac y la Fundación Cerezales, unidos en un excelente proyecto

'Elñ agua y sus sueños', instalación de Rogelio López Cuenca y Elo Vega en el Musac./El Norte
‘Elñ agua y sus sueños’, instalación de Rogelio López Cuenca y Elo Vega en el Musac. / El Norte

El Musac y la Fundación Cerezales retoman desde el ángulo de los embalses de Riaño y el Porma el origen y las consecuencias de las grandes obras hidráulicas

ANGÉLICA TANARROValladolid

Hubo una época en que la construcción de pantanos se entendió como un signo de progreso y como la única manera de luchar contra la falta de agua en amplias zonas del país y contra el atraso de una España seca y deprimida. Y esta idea, que siempre se asocia a la dictadura de Franco, periodo en el que las grandes obras hidráulicas fueron una constante y un elemento habitual de la propaganda del régimen, hunde en realidad sus raíces en el siglo XIX y emparenta con la corriente regeneracionista. España vivía entonces el fin de un imperio y para autores como Joaquín Costa o Lucas Mallalda la sequía, la falta de terrenos de regadío, estaba en el centro del atraso del país. Transformar en regadíos zonas secas, por un lado, y producir energía eléctrica, por otro, estuvieron en el inicio de esos proyectos hidráulicos que anegaron pueblos, supusieron grandes movimientos de población y no pocas polémicas. Y, en contra de la idea que ha llegado hasta nosotros, esos proyectos abarcaron el reinado de Alfonso XIII, las dictaduras de Primo de Rivera y Franco, la Segunda República y el gobierno democrático encabezado por el socialista Felipe González, durante el cual se recuperó y se llevó a cabo, contra la opinión pública y un buen número de intelectuales y especialistas en ingeniería y medio ambiente, un proyecto que parecía olvidado como fue el embalse de Riaño.

Instalación con fotografías de casas de pueblos inundados en León.
Instalación con fotografías de casas de pueblos inundados en León. / El Norte

Ahora, cuando han pasado décadas desde el último de los grandes pantanos españoles, una exposición conjunta entre el Musac y la Fundación Cerezales Antonino y Cinia plantea una reflexión sobre lo que supusieron dichas obras para la transformación de un territorio y las preguntas que acerca de sus consecuencias, de su real o ficticia utilidad, de la situación actual de dichos territorios y de su futuro, acerca del cual no hay que olvidar las consecuencias del cambio climático, cabe hacerse hoy en día.

Cuando los comisarios de esta muestra, en la que han embarcado a una serie de artistas contemporáneos además de rescatar la obra de artistas del pasado, empezaron a trabajar sobre el proyecto, hace ya más de cuatro años, el agua y su ausencia no estaba en la agenda informativa. Así lo ponían de manifiesto Bruno Marcos y Alfredo Puente durante el acto inaugural que, si ocupó pequeños espacios en los informativos de aquel dos de diciembre pasado, compitió con los muchos minutos que los informativos dedicaban al tema de portada: la sequía y las impactantes imágenes de los embalses vacíos que dejaban al descubierto pequeños esqueletos de lo que un día fueron pueblos con vida.

‘Región (Los relatos). Cambio de paisaje y políticas del agua’ es el largo título de una exposición que sin embargo se inspira en uno mucho más corto: ‘Volverás a Región’, de Juan Benet, el conjunto de relatos que el autor escribió inspirándose en una zona que durante años fue su lugar de trabajo y que quedaría anegada precisamente por uno de los embalses, el del Porma, en el que trabajó como ingeniero. Era la década de los cincuenta y Juan Benet, que empezaba a ser un escritor reconocido, se trasladó junto a su mujer y sus tres hijos a la zona nororiental de la provincia de León para supervisar la construcción del pantano, y quedó atrapado por el territorio y sus gentes a las que dedicó la que está considerada como una de sus mejores obras.

Benet está muy presente en esta muestra, y no solo por el título, sino por los materiales que su familia, en especial sus hijos han prestado: desde mecanoescritos de la obra y primeras ediciones de la misma (una de ellas dedicada de su puño y letra a su madre), hasta otros documentos relacionados con su trabajo, o el polémico artículo en el que muchos años después defendería la construcción de Riaño.

Hay que decir antes de continuar que la exposición encaja en una de las líneas de trabajo, quizá la principal, que caracteriza los proyectos del Musac: la reflexión a través del arte contemporáneo sobre el territorio y sus transformaciones, el papel de la creación en la recuperación de la memoria, y la mirada al futuro desde el compromiso de los artistas del presente. En esta ocasión, ha trabajado con la complicidad de otra institución que comparte su preocupación por este tema: la Fundación Cerezales, auténtico ejemplo de revitalización de un territorio a través de la cultura. La exposición, por otra parte, profundiza en una de las líneas del arte contemporáneo: el rescate documental.

Instituciones como la Confederación Hidrográfica del Duero, el Ministerio de Agricultura, el Museo de León, la Fundación Sierra Pambley, la Asociación de Agricultores Leoneses (1977-1985), la Filmoteca Nacional, y medios periodísticos como Televisión Española o ‘National Geographic’, así como numerosas familias afectadas de una u otra forma por las expropiaciones han abierto sus archivos para prestar desde los proyectos técnicos de las obras de ingeniería, a los expedientes de expropiación, pasando por antiguos documentales del NO-DO, fotografías aéreas de los pueblos afectados o vídeos mucho más recientes sobre las zonas objeto de estudio en la muestra.

En el apartado audiovisual la exposición presenta desde la película ‘La aldea maldita’ filmada por Florián Rey en 1930, cuando el cine en España aún no tenía voz, o el corto procedente del archivo real de Alfonso XIII que muestra al monarca en un día de caza por los Picos de Europa, al célebre ‘El Filandón’ de Chema Sarmiento. Mucho más reciente, del pasado 2017, es el vídeo documental de Raúl Díez Alaejos sobre una acción de Hamish Fulton, considerado uno de los principales artistas del land art británico, que se ha especializado en caminatas por todo el mundo y que organizó una caminata colectiva por una de las carreteras que llevan al borde de las aguas del embalse de Riaño.

En el apartado de objetos curiosos, se pueden encontrar las llaves de numerosas casas sumergidas por este pantano, o el tesoro aparecido durante la sequía de hace dos años en este mismo lugar. Una prospección arqueológica de un yacimiento paleolítico, realizada aprovechando la retirada de las aguas, dejó al descubierto un conjunto de doscientas monedas de plata pertenecientes a la dinastía de los Trastámara y fechadas entre los siglos XI-XII.

Transformación y paisaje

En el aspecto estrictamente artístico, pasado y presente conviven con el mismo engarce que el resto de los apartados de la muestra. Los comisarios han querido mostrar dos obras del considerado padre del paisajismo en España: ‘La cruz’ (Monasterio de Piedra) y ‘Cañada en el Puerto de Pajares’ que Carlos de Haes pintó entre 1872 y 1874 y que presta el Museo del Prado. De la colección del Reina Sofía es ‘Autoridades de pueblo’ (1920) de Valentín de Zubiaurre (reflejo de esa España seca que los regeneracionistas querían rescatar del atraso) y del Museo de la Universidad de Navarra, las fotografías de Ortiz Echagüe, realizadas a comienzos del siglo pasado por uno de los principales exponentes de la fotografía pictorialista española.

Entre los artistas contemporáneos que han prestado o realizado obras exprofeso para esta muestra, figura un nombre ya mítico en nuestro presente como el premio Nacional de Artes Plásticas y premio Velázquez, Isidoro Valcárcel Medina. Este pionero del arte conceptual español presta un imaginativo e irónico ‘Plan de salvación’ para Riaño.

Consagrados y emergentes se dan la mano con obras de distintas técnicas y lenguajes, aunque la mayoría encuadrables en ese territorio fronterizo de la instalación y la vídeoinstalación. Rogelio López Cuenca y Elo Vega proponen un vídeo-ensayo, un vídeo-poema y una tarjeta postal con una reflexión de fondo sobre los excesos de la promoción turística del paisaje. Anne Laure Boyer aporta un ‘Atlas oculto’, una instalación que da cuenta sobre el mapa de los pueblos anegados por pantanos en Europa. Juan Pablo Ordúñez recrea mediante un paseo en barca lo que fue otro pueblo inundado por un pantano, Sant Romá de Sau. Abelardo Gil Fournier rescata en una instalación sonora melodías del viento y canciones populares relacionadas con las tareas del campo. Daniel G. Andújar plasma en ‘Notitia’ noticias y textos cruzados sobre el agua. Carlos Irijalba reflexiona sobre la transformación del paisaje a través de sondeos geotécnicos en la zona de Vegamián, y Manuel Laguillo documenta esa transformación siguiendo los ríos afectados en sus fotografías.

Una exposición tan prolija y documentalmente tan completa que es imposible abarcar en una sola visita. La buena noticia es que permanecerá abierta hasta el 27 de mayo.

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Ya lo pensaré mañana (6). La vida en un plano secuencia

Fuera de las salas, ayer era en nuestro país ‘otra’ jornada ‘histórica’. Otra agotadora y tensa jornada histórica que, mientras escribí­a estas líneas aún estaba en pleno suspense. Este paréntesis vital que es la Seminci, para quienes la seguimos intensamente, se nos antojaba este año más apetecible que nunca por su inmediatez balsámica. Tení­amos cierta sensación de alivio: pensar que durante unos d ías podríamos esquivar la realidad, la dura realidad de esa especie de película de ciencia ficción en la que venimos sumidos desde aquella distópica sesión del Parlamento catalán del pasado septiembre.

Pero el cine, por fantástico que sea, siempre nos toca de cerca. Al menos mientras lo sigan haciendo seres humanos y no una máquina siguiendo algoritmos. Y dio la casualidad que las dos películas programadas en pase de prensa de la Sección Oficial de la mañana de ayer me (hablaré por mí­) hicieron pensar en el conflicto catalán, también llamado ‘el procés’.

Sobre todo la primera, ‘El insulto’, apreciable filme de Ziad Doueiri: el relato de un conflicto casi doméstico que acaba en los tribunales y enfrentando a dos comunidades religiosas ya enfrentadas de antemano. Estamos en el Lí­bano y una cañería ilegal puede encender la mecha de una revuelta callejera. No sabemos si intencionadamente o no, (si hacemos caso a su director, no) el mensaje que rezuma la pelí­cula es claro: las heridas que deja una guerra, o ‘conflicto bélico’ como nos gusta llamarlas para suavizar, son difí­ciles de cicatrizar, las heridas duran tanto que parece increíble que la gente no aprenda del pasado y deje que los intereses políticos cortoplacistas, la falta de diálogo, los malos entendidos y la insolidaridad ganen la batalla de la división cuando son más las cosas que nos unen que las que nos separan. Y solo tenemos una vida. Doueiri, sin embargo, a pesar de haber ambientado su film en el Lí­bano, de haber enfrentado en él a un miembro del Partido Cristiano y a un palestino, y de haberse tenido que plegar al deseo del Gobierno libanés de especificar que ‘las opiniones vertidas en el filme son exclusiva de su director’, aseguró una y otra vez en la rueda de prensa que estaba al margen de debates y polémicas políticas (?). ‘Nadie tiene el monopolio del sufrimiento’, dice uno de los personajes en un momento clave de la película. Amén.

La segunda, ‘Bajo el árbol’ cuenta, inicialmente en tono de comedia, cómo un aparentemente banal conflicto entre vecinos puede acabar en tragedia casi griega. Y eso que estamos en la frí­a Islandia. Aquí­ sí­, su director, Hafsteinn GunnarSigurDsson, reconoce que ha querido mostrar que la violencia nunca es el camino. Una bola de nieve va creciendo en el corto verano islandés. Gente herida que, o bien acaba proyectando su dolor en asuntos nimios, o es incapaz de gestionar sus emociones. Si en ‘El insulto’ hay una luz al final del camino, en ‘Bajo el árbol’ solo queda una sombra heladora.

Detrás de ambas, sendos buenos cineastas que es de lo que se trata.

 

(Columna publicada en el Suplemento de Seminci de la edición impresa de El Norte de Castilla del 27 de octubre de 2017)

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Ya lo pensaré mañana (3) Sostener la mirada a los refugiados

Se hace raro salir del cine a tomar un café después de sostener la mirada a los refugiados. Porque de eso se trata en ‘Human flow’, la obra con la que el artista chino Ai Wei Wei ha introducido el documental en la Sección Oficial de la Semana de Cine. De ponernos a prueba, de que hagamos, aunque sea en la comodidad de nuestro mundo, de nuestra butaca y con la lejanía de una pantalla entre medias una visita a esa zona oscura que él vivió en directo: y comprobar si somos capaces de sostener la mirada de esa gente a la que las guerras, las dictaduras, un sistema global injusto le robó su futuro. Puede que por ello en su película haya tantas miradas. Miradas de niños, de mujeres, de hombres de todas las edades. Miran a cámara en silencio, fijamente y en calma, y nos interpelan.  Aunque en ellas no haya ni una pizca de odio. Más bien de dolor, de incertidumbre o de tristeza, pero no de odio, aunque tendrían motivos.

Ai Wei Wei ha recorrido 400 campamentos de refugiados de 23 países y ha entrevistada a 600 de esas personas que vemos fugazmente en los rescates de las pateras, en las crisis de las fronteras. Hizo 900 horas de grabación. Ayer consumimos algo más de dos. Y, francamente, me importa muy poco si la pelí­cula le salió excelente, o del montón. La calificaré, sí­, como al resto de la Sección Oficial, y hablaré de ella en mi blog de una manera crí­tica como vengo haciendo estos días. Pero aquí no. Aquí­ solo diré que deberí­a ser de visionado obligatorio en parlamentos, oficinas, escuelas, universidades, centros cí­vicos, culturales, deportivos…

Sí­, ya sé. A los refugiados los vemos todos los dÃías en el Telediario. Minuto y medio es la dosis que soportamos, la que nos vacuna para poder mirar el resto del tiempo hacia otro lado. Durante los festivales de cine los telediarios quedan lejos. No tenemos tiempo: estamos ocupados viendo cine, escribiendo de cine, comentando de cine… Pero ayer, mientras veí­a las risas de esos niños que no han conocido otro horizonte que un hacinado campamento de refugiados (muchos de ellos no conocerán ya otro paisaje) no podÃía dejar de pensar en nuestra ‘actualidad polí­tica’. Sí­, todo este asunto que nuestros gobernantes (de aquí­ y de allá) parecen incapaces de resolver me parecía una pelí­cula de ciencia ficción. Que hagan una sesión conjunta de ‘Human Flow’ antes de ponerse a debatir cualquier otra cuestión.  Quizá así­ lleguen a alguna conclusión positiva y podamos seguir adelante con la cabeza alta.

La pregunta queda sobre la mesa en un momento del documental: El futuro de Europa ¿será  el de los Derechos Humanos, ese aliento que le dio sentido o se acabará convirtiendo en una comunidad cada vez más racista, más xenófoba y excluyente?

No nos llamemos a engaño. El mundo se ha estrechado y los campamentos rozan nuestras urbanizaciones, hombres y mujeres se ahogan frente a nuestras playas y será así­ por más fronteras y muros que levantemos. Y nos atañe a todos. A todos y cada uno.

 

(Columna publicada en el Suplemento de Seminci de la edición impresa de El Norte de Castilla el 24 de octubre de 2017)

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Ya lo pensaré mañana (2) Sally y Laura

La Seminci, lo sabemos, tiene una historia que sucede fueras de las salas. Más allá de las proyecciones. Momentos a rescatar en sus alrededores pues, sin estar avalados por el color rojo de las grandes citas mediáticas, suelen quedarse en la memoria de quienes vivimos el Festival. Ayer se produjo uno de esos momentos en la rueda de prensa posterior al segundo pase de prensa de la mañana.

Sally Potter, 68 años. Cineasta reconocida con más de cuarenta premios internacionales. Aguerrida tras la cámara como para encararse allá por el 92 con la adaptación del ‘Orlando’ de Virginia Woolf. En plena madurez y tras cinco años apartada del cine vuelve a los festivales internacionales con ‘The party’, una comedia inteligente rodada en blanco y negro que para ella es el ‘formato’ que da más posibilidades de colorear las emociones.

Laura Ferrés, 28 años, graduada en dirección por la ESCAC, pone sus ahorros para iniciar el rodaje de su primer corto (si dejamos a un lado su proyecto final de carrera) y se embarca a contar en ‘Los desheredados’ una historia tan í­ntima como que sucede en su propia familia. Con ella gana un premio en Cannes y se pasea por festivales como el de Nueva York y ahora la Seminci.

Ambas coincidieron ayer en la segunda proyección de Sección Oficial de la mañana y defendieron juntas sus obras frente a los medios. Potter (melena rubia, casi blanca, tez pálida, gafas de pasta negra) hace un retrato de una generación (aunque no todos los que aparecen en su filme están en los sesenta) que luchó por las libertades, polí­ticamente situada a la izquierda y que se enfrenta en la madurez al descrédito de la polí­tica, a las frustraciones de no haber conseguido aquello por lo que luchaban y a sus propias contradicciones. Y lo hace con el humor por bandera. Ferrés (abundante y rizada melena rubia, aspecto aniñado, voz suave en las respuestas) quiso contar la historia de su padre, un empresario que tiene que cerrar su negocio como tantos otros arrastrados por la crisis económica. Y recurrió a él para protagonizarla. Con la estimable colaboración de su abuela que en su fugaz intervención aporta tanta naturalidad como ternura. Se puede perder la empresa de tu vida, pero manteniendo firme la dignidad. Es su mensaje encerrado en 18 minutos ajenos a la grandilocuencia y también teñidos en ocasiones de humor.

Como feminista, agradezco a Potter, además de su maestría, considerar el feminismo un asunto tan serio y tan consistente como para resistir la mirada irónica y el humor con su punto ácido. Y como mujer comprometida con lo que sucede agradezco a Ferrés su talento para tratar un tema de alto coste social con el talento de la contención y la cercanía.

Sally y Laura. Dos mujeres en polos opuestos de su trayectoria cuya presencia se antojaba igual de firme, igual de convincente. Quizá por la verdad que rezuman sus obras. Tan distintas. Tan iguales en su profesionalidad.

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Seminci. Toma III. Historias lastradas por la duda o el artificio

AGNESKA HOLLAND TITUBEA EN SU ÚLTIMO FILME, NAOMI KAWASE NO REMATA EL EXCELENTE ARRANQUE DE ‘HACIA LA LUZ’ Y LA BRASILEÑA LAÍS BODANZKY CUMPLE CON ‘COMO NUESTROS PADRES’. AI WEI WEI MUESTRA SU EMPATÍA CON LOS REFUGIADOS

 

Historias que dirigen mujeres, protagonizadas por mujeres. Quizá vendrá un tiempo en que una crónica no tenga que señalarse esta circunstancia. Pero en este momento sí. La de Agneska Holland, por ejemplo. Su protagonista, una excéntrica defensora de los animales, aficionada a la astrología, que vive sola con sus dos perros en la orilla de un bosque cuya riqueza en fauna es algo así como un paraíso para los cazadores. Holland es una veterana y notable directora polaca, premada por películas como ‘Europa, Europa’ y ‘Olivier, Olivier’; que ha trabajado con grandes directores como Wajda o Kievloski y cuyo paso por este Festival siempre ha sido significativo. Pero en ‘Pokot’ dirige una historia que progresivamente se le va de las manos. De forma que cuando acaba, el espectador no está seguro de si ha visto una fábula, un thriller con elementos de humor, una proclama animalista… o una mezcla un tanto delirante de todo ello. El filme tiene los fallos de una primera obra, cuando el director o directora decide meter en ella todo lo que tiene en mente, cuando lo normal a estas alturas de la apreciada trayectoria de Holland es quitar peso.  Aquí, un plantel de personajes que no acaban de ser creíbles, desde su protagonista, que tan pronto es una dulce presencia como un ser al borde de la histeria, a un joven experto en informática que trabaja para la policía y traduce a Blake, o los perversos cazadores que habitan la comunidad pesan y mucho en el desarrollo de una historia que tiene un final que roza el delirio.

Más contenida, como corresponde a su delicadeza oriental es ‘Hikari’ (Hacia la luz’), de la japonesa Noemi Kawase, bien conocida de un certamen que hace dos años le distinguió con la Espiga a la Mejor Dirección por ‘Una pastelería en Tokio’, y donde también proyectó su primer largo, ‘Suzaku’ y años después la muy apreciable ‘El bosque del luto’. ‘Hikari’ parte de una buena historia: la de una joven que se dedica a realizar audiodescripciones de películas para ciegos y en una de las sesiones de prueba conoce a un afamado fotógrafo que a medida que va perdiendo la vista, se le va agriando el carácter. Excelente comienzo para una realizadora que gusta tanto de reflejar la belleza de los espacios abiertos como de encerrar a sus protagonistas en espacios claustrofóbicos o en primeros planos también claustrofóbicos. Todo un ejercicio de estilo que para una película que trata sobre miradas que despiertan y miradas que se apagan daría más juego. Pero se enreda en el artificio, la película avanza con dificultad y se acaba ahogando.luz

Como naufragará el matrimonio entre Rosa y Dado, protagonista de ‘Como nuestros padres’, de la brasileña Laís Bodanzky, cineasta que con su  primer film, ‘Bicho de siete cabezas’, abrió también la lista de premios internacionales. Aquí retrata la pelea de tantas mujeres consigo mismas: mujeres que no quieren repetir los clichés que afectaron a sus madres o a sus abuelas pero no saben quitarse la presión de una sociedad que les exige ser las mejores madres, las mejores profesionales, las mejores esposas… Ellas lo intentan mientras sus compañeros a menudo nadan en la perplejidad. Correcta realización, buen equipo de actores, y una pulcritud que juega a favor del tema (aún muchos hombres deberían ver estas historias no solo para entender mejor a las mujeres sino para saber que las mujeres están ocupando su lugar ellos tienen también que cambiar su perspectiva) pero en contra de la implicación del espectador.

Dejo para el final, ‘Human flow’ el documental de Ai Wei Wei, estrenado en Cannes con amplia cobertura mediática. Ai Wei Wei no entiende el arte si no está comprometido con su tiempo y así lo deja ver en sus performances y en sus instalaciones que a menudo son un grito contra la censura y los regímenes que no aceptan la diversidad de opiniones. No en vano él sufrió cárcel, tuvo que exiliarse de su país, fue un niño de padre represaliado por el régimen chino y durante la rueda de prensa en Valladolid confesó que siempre se sentirá un refugiado.De refugiados, como todo el mundo sabe, va su documental. Dos horas y cuarenta minutos acompañando por 23 países a quienes huyen de la muerte, sea por la guerra, sea por la persecución política, religiosa o racial. Un documental que no entra en los distintos conflictos que están en el origen de esa marea humana. Creo que es una opción perfectamente consciente. Wei Wei ha preferido acompañar a lso refugiados allí donde se estrellan contra las vallas que crecen en el mundo privilegiado. Vemos todo tipos de campamentos, todo tipo de fronteras, todo tipo de miradasflow-2 que se pierden en la falta de un futuro. Vemos niños, muchos niños, los únicos capaces de sonreír en medio del desastre. Ai Wei Wei, se le ha criticado por ello, es una presencia casi constante en el documental. Y sí que resulta un poco excesiva. Él la justifica afirmando que contrariamente a lo que sucede en el relato de los periodistas norteamericanos que, según él. relatan estas historias desde un punto de superioridad, “como si fueran los dueños de este mundo”, él prefiere mostrar que se siente uno más.

El documental no es redondo, pero haré uso de un adjetivo manido y diré que es necesario. Y una nota más: Wei Wei no puede evitar ser un artista. Lo muestra en planos en los que el reflejo dorado de las mantas de papel metálico que cubren a los llegados en pateras ofrece un una estética visión o en aquellos aéreos en los que la mirada percibe en primer lugar un muro formado por extrañas e idénticas casillas que, una vez la distancia se acorta, se convierten en los tejados de los barracones entre los que se mueven pequeños puntos como hormigas que son en realidad sus habitantes.

(Fotogramas de ‘Hacia la luz’ y ‘Human flow’)

 

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Sobre el autor Angélica Tanarro
Más que un oficio, el periodismo cultural es una forma de vida. La llevo ejerciendo desde que terminé la carrera. Hace de eso algún tiempo. Me recuerdo leyendo y escribiendo desde que tengo uso de razón. La lectura es mi vocación; la escritura, una necesidad. La Cultura, una forma de estar en el mundo. Dejo poemas a medio escribir en el bolso y en todos los armarios.