El Norte de Castilla
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¿Segregación educativa?
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Esperanza Ortega | 20-03-2018 | 19:45| 0

Creíamos que la ley Wert había pasado a la Historia, sobre todo desde que el gobierno planteó la necesidad de un “pacto educativo”, pero nos equivocamos. Una cosa es que Wert disfrute de un exilio dorado en París, junto a su millonaria esposa –se lo ganó cuando abrió la caja de los vientos independentistas al decir que iba a “españolizar” a los estudiantes catalanes-, y otra cosa muy distinta es que la derecha española vaya a renunciar a uno de sus grandes baluartes históricos. Esta misma semana el Tribunal Constitucional establecerá, en coherencia con su composición conservadora, la constitucionalidad de los apartados segregacionistas de la ley Wert. Me refiero a la segregación en la educación de niños y de niñas por separado en la enseñanza concertada, es decir, la que pagamos todos con nuestros impuestos. El otro punto a tratar es la segregación de los alumnos en base a sus resultados académicos, es decir, los torpones con respecto a los “alumnos de excelencia”. El tercer punto es el de la religión como asignatura evaluable y no solo como catequesis optativa. Los escritores que han recordado en sus memorias de infancia su educación en colegios católicos han ofrecido de ella un relato lamentable, desde el “Retrato de un artista adolescente” de Joyce hasta “Un armario lleno de sombra” de Antonio Gamoneda. ¡Qué diferencia con el respeto con que Antonio Machado recordaba sus paso por la Institución libre de Enseñanza o el cariño con que Luis Mateo Díez recuerda en “Días de desván” a sus maestros de enseñanza primaria en la escuela de su pueblo en la montaña leonesa. Pero volviendo al segregacionismo, que es lo que parece que va a bendecir el Tribunal Constitucional, quiero recordar un texto de “Diario de invierno”, de Paul Auster, en donde explica la gran virtud de la educación anti-segregacionista que él disfrutó: “Tus compañeros iban desde los brillantes, pasando por los de inteligencia normal, hasta los semirretrasados mentales. Eso es lo que suele ocurrir en la enseñanza pública. Todos los que viven en el barrio pueden ir gratis, y como tú creciste en una época anterior al advenimiento de la educación especial, antes de que establecieran colegios aparte para dar cabida a niños con presuntos problemas, cierto número de tus compañeros de clase eran discapacitados. (…) Echando ahora la vista atrás, consideras que esas personas constituían una parte fundamental de tu educación, que sin su presencia en tu vida, tu idea de lo que entraña el hecho de ser humano quedaría empobrecida, carente de toda hondura y simpatía, de toda comprensión de la metafísica del dolor y la adversidad, porque aquellos eran niños heroicos, que tenían que trabajar diez veces más que cualquiera de los otros para encontrar su sitio. Quienes hayan vivido exclusivamente entre los físicamente dichosos, los niños como tú que no sabia apreciar su bien formado cuerpo, ¿cómo podrían aprender lo que es el heroísmo?. Esta claro que, por desgracia para ellos, ni Wert ni Gomendio acudieron a la misma escuela que Auster, pero no por eso es más verdad que ningún tribunal puede dictaminar a favor de algo que va contra la ética individual y la justicia social, o al menos no debería hacerlo en nuestro nombre ni con los impuestos que pagamos todos. El gobierno dice que al establecer distintos “itinerarios” educativos defiende la libertad de los padres. Pero, ¿los niños son un bien exclusivo de sus familias o es la sociedad la que debe velar por que “todos y todas” gocen de los mismos derechos?

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Pequeñas heroínas feministas
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Esperanza Ortega | 13-03-2018 | 21:09| 0

El martes pasado, la manifestación feminista asombró a más de uno, aunque ya había vaticinado yo, con el cardenal Osoro, que iba a participar hasta la Virgen María. ¡Hombres de poca fe! No me habíais creído. Lo que no me había sido revelado es que los fariseos y las fariseas que momentos antes condenaban la huelga iban a aparecer al día siguiente con un lazo lila en la solapa. Cosas que pasarán a la historia de la desvergüenza política. Entre el entusiasmo y la melancolía de aquella tarde gloriosa, lo que yo eché de menos es la presencia de nuestras antepasadas, las madres y hasta las abuelas que no conocimos. Y también eché de menos a las niñas que fuimos nosotras, mientras leíamos los cuentos de niñas. Ahora que tanto se habla de la necesidad de “referentes” para las futuras mujeres liberadas, los libros protagonizados por niñas, escasos pero memorables, adquieren en el recuerdo su verdadero valor reivindicativo. No me refiero a las protagonistas de los cuentos tradicionales, que sitúan el relato en una dimensión simbólica, sino a las historias enmarcadas en la vida cotidiana, que son las que influyen en los modelos sexistas. Y me refiero a esas niñas que como Celia, Mari Pepa o Antoñita la fantástica, herederas todas ellas de la desventurada Sofía de la Marquesa de Segur, sufrían todo tipo de castigos por no acoplarse al modelo femenino que las marcaba la sociedad y la familia. Todas ellas se escaparon alguna vez de casa y casi todas ellas escribían su historia en un diario, único refugio para su rebeldía y único texto en el que no se veían relegadas a un papel secundario. Cuando leí el diario de la maravillosa escritora que fue Ana Frank, asesinada por los nazis antes de cumplir los 15 años, me acordé de estas niñas de los cuentos, que tanto se parecían a ella. Y me acordé también de Jo, la escritora, la segunda de las cuatro hermanas de Mujercitas, rebelde y feminista donde las haya. Igual que Ana de las tejas verdes, Jo poseía la espontaneidad y el amor por la naturaleza de una Heidi sin abuelo. ¡Cuántas niñas soñaron en sus páginas con una nueva vida en un mundo nuevo! Y cuántas renunciaron a ese sueño con el paso de los días, al mirarse al espejo y ver que ya eran tan altas como sus mamás. Mucho más tarde apareció en España Pipi Calzaslargas, la intrépida y desvergonzada Pipi Lángstrump, niña de espíritu pirata, fuerte y valiente como una guerrera vikinga. ¡Cualquiera se metía con Pipi! Como heredera de la gran Pipi solo conozco a la inteligente y poderosa Martilda de Roald Dahl. Ya sé que mi argumentación se podría matizar en un texto mucho más extenso que éste, ero yo me sigo preguntando: ¿por qué estos cuentos protagonizados por niñas se consideraban cuentos para niñas mientras los protagonizados por niños se consideraban cuentos para todos? Me refiero a Pedro Melenas, a Tom Sawyer, a Daniel el travieso, a Guillermo Brown o al pequeño Nicolás, que las niñas leíamos también con fruición. Y otra pregunta, ¿por qué los libros que se leen en las escuelas mixtas actuales están protagonizados por niños en su gran mayoría?, ¿por qué no hay un equivalente femenino de Manolito Gafotas o Tom Gates?, ¿por qué los libros protagonizados por niñas se siguen considerando solo femeninos y así se presentan y publicitan? En cualquier caso, el jueves regresaron aquellas pequeñas heroínas nuestras, sonriendo con melancolía mientras abrían de nuevo sus cuadernos y escribían en sus diarios: “Hoy, 8 de marzo de 2018, estoy hasta el c… de tanto machirulo”

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Feministas virginales
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Esperanza Ortega | 06-03-2018 | 23:13| 0

El Cardenal Osoro aseguró hace unos días que la Iglesia no se opone a la huelga feminista convocada para mañana. Llegó a afirmar incluso que la Virgen María hubiera seguido la huelga si hubiera tenido oportunidad de hacerlo. Ya ven, en eso las ministras del PP son más papistas que el Papa, porque seguro que si Cospedal o Tejerina fueran “cardenalas” excomulgarían a las huelguistas. Y sin embargo la Iglesia católica sigue teniendo una deuda pendiente con las mujeres, por no considerarlas dignas de ejercer el sacerdocio. Aunque algunas religiosas actúan ya por su cuenta, como la gallega Cristina Moreira, que ha sido ordenada sacerdote, saltándose las leyes del derecho canónico. Sáenz de Santamaría no hubiera dudado en aplicarla el 155, a ella y a todas las monjas que forman parte de la Asociación de Mujeres Sacerdotes Católico Romanas. Nada dijo de este tema el cardenal Osoro, que sin embargo trató otro asunto central para el feminismo. Me refiero a su afirmación de que el valor más alto de una mujer es ser madre, como la Virgen María. Eso fue lo que dijo. Entonces, ¿las mujeres que no tienen hijos porque no pueden o porque no quieren no son tan dignas de estimación como las que sí los tienen? Las monjas, por ejemplo, renuncian voluntariamente a la maternidad. Por cierto, ¿saben que un grupo de estas monjas ha denunciado el estado de semi-esclavitud que soportan las que están al servicio de obispos y cardenales? Les lavan la ropa, les limpian la casa y cocinan para ellos, pero terminan comiendo ellas solas, en la cocina. A mí estas monjas me retrotraen a la infancia y al cuadro que presidía el comedor de mi casa: la Última Cena. Yo me sentaba enfrente del cuadro tres veces al día y, cuando aún no había televisión, me fijaba en aquellos trece hombres, en la sobremesa de un banquete al que no habían invitado a ninguna mujer ¿Quién habría cocinado el cordero?, ¿quién lo habría servido? Es posible que lo hubiera hecho la Virgen María. En ese caso, ¿cenaría ella sola, como las monjas-criadas? ¿En eso se basaba el padre Osoro para sugerir que la Madre de Dios hubiera seguido la huelga de poder haberlo hecho? Pues estuvo acertado el señor arzobispo de Madrid. Por algo el poeta Francisco Pino decía en el poema titulado “Letanía de la Virgen pobre”: “Chacha que ordenas con cielo el barullo de los hogares de la tierra/ Nodriza que arrullas a los que nadie arrulla/ Almohada de los ajusticiados/ Nodriza tiernísima/ Almohada suavísima/ Chacha de todos, ruega por nosotros” Pues sí, María bien podría solidarizarse con todas las mujeres, como abogada nuestra que es. Por si no se han convencido aún, voy a citar un ejemplo que causó mucho revuelo cuando visitó España Benedicto XVI y consagró a un grupo nutrido de sacerdotes en la Sagrada Familia. En el altar solo hubo hombres, excepto las tres mujeres que limpiaron el aceite que se había utilizado en la ceremonia. Si los consagrara mañana, día 8 de marzo, puede que los mismos sacerdotes limpiaran el aceite, además de hacer todas las tareas que realizan a diario las mujeres en las iglesias ¿Por qué? Pues porque todas estarían en la manifestación, incluida la mismísima Bien Aparecida. Ah, y la cena se la prepararían ellos solitos quienes yo me sé, porque las amas de casa y madres de familia también harán huelga de brazos caídos, igual que la Virgen María.

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Cuando Forges nos hizo llorar
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Esperanza Ortega | 28-02-2018 | 00:51| 0

Yo me enteré de madrugada. Había dejado encendida la radio y oí entre sueños una voz que anunciaba la muerte de Forges. No me lo podía creer. Dejé la radio encendida y esperé una hora despierta a que lo confirmara el nuevo noticiario. Sí, era verdad que Forges había muerto. Me parecía mentira porque, a pesar de que había leído sus chistes hasta aquella misma mañana, el nombre de Forges deambulaba en mi memoria por las avenidas bulliciosas de los años juveniles, entre bromas y risas. Y no es que aquellos años, los finales de la Dictadura, hubieran sido de juerga constante, en absoluto. Fue un tiempo trágico, aunque lleno de vida. “Ser joven en los años sesenta fue un privilegio”, decía en una entrevista el arquitecto Oscar Tusquets. Y también lo fue en los años setenta, pensé yo. Y en aquellos años tristes en los que nos reímos tanto, lo hicimos casi siempre ante un chiste de Forges, cuando ya estaba anocheciendo, mientras leíamos el Informaciones, que salía por la tarde, todos los días, menos el lunes, claro está. Los chistes de Forges eran una ventana que se abría a una estancia bien iluminada, la de su propia mente lúcida, noble e insensata. A veces había que cerrar el periódico repentinamente porque llegaban los grises hasta las puertas mismas de Padova, aquella cafetería-confitería del Valladolid inolvidable, donde entrábamos a tomar un cruasán al atardecer todas las generaciones revueltas, pero sobre todo los grupos de señoras mayores –tendrían nuestra edad actual, pero entonces nos parecían muy mayores- que amenazaban con hacer estallar los espejos dorados con sus voces agudas e incesantes, y los señores taciturnos de bigote blanco, chaleco y sombrero, mezclados entre los melenudos y nosotras, risueñas y felices, porque acabábamos de leer el chiste de Forges. Allí, en ese ambiente de final del mundo fueron apareciendo las dos viejas del pañuelo negro o los calvos narigudos y escuchimizados de las cortes franquistas o el matrimonio cuya conversación denotaba que, a pesar de dormir en la misma cama, no habían estado juntos ni una sola noche. O no tanto, quizá no tanto, es verdad. Y nos hacían reír más aún cuando les oíamos hablar con los neoforgismos que él inventaba para decir lo imposible en un tiempo imposible sobre unos seres imposibles y sin embargo…,con un lenguaje coherente, un verdadero forgendro que añadía un nuevo color a la gama gramática. Sí, Forges acudía a su cita diaria, puntual, íntimo, respetuoso y respetado, uno más siempre entre nosotros. “Y yo me iré –escribió Juan Ramón Jiménez- y seguirán los pájaros cantando…” Tantos se fueron, mientras los pájaros seguían cantando y Forges seguía publicando sus chistes cada día, que creímos que así iba a seguir sucediendo hasta la eternidad. Sin embargo, sus viñetas ya no nos harán reír en el futuro, sino suspirar de melancolía. ¿Suspirar?, ¿por quién? No por ese hombre que se apellidaba Fraguas y al que no conocimos, sino por nosotros mismos, mientras saboreamos un cruasán y ya es historia. ¿Te acuerdas de Forges?, diremos un día no tan lejano, y caerá la noche repentinamente sobre nuestros párpados para que nadie vea que estaba por escapársenos una lágrima. ¿Cuándo? Hoy mismo. Cuando abrimos el periódico y echamos eso en falta por primera vez, lo que ayer nos hacía reír y hoy nos hace llorar.

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Cuando Forjes nos hizo llorar
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Esperanza Ortega | 27-02-2018 | 21:30| 0

Yo me enteré de madrugada. Había dejado encendida la radio y oí entre sueños una voz que anunciaba la muerte de Forjes. No me lo podía creer. Dejé la radio encendida y esperé una hora despierta a que lo confirmara el nuevo noticiario. Sí, era verdad que Forjes había muerto. Me parecía mentira porque, a pesar de que había leído sus chistes hasta aquella misma mañana, el nombre de Forjes deambulaba en mi memoria por las avenidas bulliciosas de los años juveniles, entre bromas y risas. Y no es que aquellos años, los finales de la Dictadura, hubieran sido de juerga constante, en absoluto. Fue un tiempo trágico, aunque lleno de vida. “Ser joven en los años sesenta fue un privilegio”, decía en una entrevista el arquitecto Oscar Tusquets. Y también lo fue en los años setenta, pensé yo. Y en aquellos años tristes en los que nos reímos tanto, lo hicimos casi siempre ante un chiste de Forjes, cuando ya estaba anocheciendo, mientras leíamos el Informaciones, que salía por la tarde, todos los días, menos el lunes, claro está. Los chistes de Forjes eran una ventana que se abría a una estancia bien iluminada, la de su propia mente lúcida, noble e insensata. A veces había que cerrar el periódico repentinamente porque llegaban los grises hasta las puertas mismas de Padova, aquella cafetería-confitería del Valladolid inolvidable, donde entrábamos a tomar un cruasán al atardecer todas las generaciones revueltas, pero sobre todo los grupos de señoras mayores –tendrían nuestra edad actual, pero entonces nos parecían muy mayores- que amenazaban con hacer estallar los espejos dorados con sus voces agudas e incesantes, y los señores taciturnos de bigote blanco, chaleco y sombrero, mezclados entre los melenudos y nosotras, risueñas y felices, porque acabábamos de leer el chiste de Forjes. Allí, en ese ambiente de final del mundo fueron apareciendo las dos viejas del pañuelo negro o los calvos narigudos y escuchimizados de las cortes franquistas o el matrimonio cuya conversación denotaba que, a pesar de dormir en la misma cama, no habían estado juntos ni una sola noche. O no tanto, quizá no tanto, es verdad. Y nos hacían reír más aún cuando les oíamos hablar con los neoforjismos que él inventaba para decir lo imposible en un tiempo imposible sobre unos seres imposibles y sin embargo…,con un lenguaje coherente, un verdadero forjendro que añadía un nuevo color a la gama gramática. Sí, Forjes acudía a su cita diaria, puntual, íntimo, respetuoso y respetado, uno más siempre entre nosotros. “Y yo me iré –escribió Juan Ramón Jiménez- y seguirán los pájaros cantando…” Tantos se fueron, mientras los pájaros seguían cantando y Forjes seguía publicando sus chistes cada día, que creímos que así iba a seguir sucediendo hasta la eternidad. Sin embargo, sus viñetas ya no nos harán reír en el futuro, sino suspirar de melancolía. ¿Suspirar?, ¿por quién? No por ese hombre que se apellidaba Fraguas y al que no conocimos, sino por nosotros mismos, mientras saboreamos un cruasán y ya es historia. ¿Te acuerdas de Forjes?, diremos un día no tan lejano, y caerá la noche repentinamente sobre nuestros párpados para que nadie vea que estaba por escapársenos una lágrima. ¿Cuándo? Hoy mismo. Cuando abrimos el periódico y echamos eso en falta por primera vez, lo que ayer nos hacía reír y hoy nos hace llorar.

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Un himno que me enfada
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Esperanza Ortega | 20-02-2018 | 21:58| 0

Así los llamaba Juan López de Úbeda, “enfados”. López de Úbeda fue un poeta del Siglo XVI que hizo de su carácter cascarrabias una obra de arte. Del comportamiento de algunos en misa, decía: “enfádame los golpes que están dando/ una cuenta con otra mil personas/ por darnos a entender que están rezando” o “enfádame de los que van a misa,/ por levantarse tarde, a mediodía/ y esa la quieren luego muy deprisa” o “enfádanme unos hombres que enguantados/ llegan a comulgar con tanto brío/ como si fuesen todos sus criados”, y así cientos de tercetos tan encadenados como enfadados. A mí me pasa también que me enfado cada día por una cosa o por otra. Y el problema es que, a pesar de vivir en un país libre y democrático, temo expresar mi enfado, por no coincidir con la opinión de mis convecinos, que no sé cómo percibirían mi desemejanza. Pero voy a probar. Por ejemplo, no me gusta que estén en la cárcel Junqueras y los demás políticos catalanes, no me gusta tampoco el bilingüismo del que presumen tanto los colegios, y que hace que a los niños se les enseñe en inglés la Historia de España. Y no me gustan los que cantan a los poetas, como Quevedo, Machado o San Juan de la Cruz, ahogando la música silente que solo percibe el lector de sus versos. Por cierto, ¿saben que Miguel Hernández arrestaba a los que cantaban en el frente los romances de “Vientos del pueblo”? Por algo sería) No me gustó tampoco “La librería”, de Isabel Coixet, que ha ganado todos los Goya, pero a mí me pareció que había convertido en aburrida y almibarada la novela crudísima de Penélope Fitzgerald. No me gusta viajar, que es el deporte nacional, ni me gusta el deporte ni me gustan los libros de autoayuda ni la meditación trascendental ni mi cuerpo ni mi alma. Ni siquiera me gustan los sermones del papa Francisco, porque no acaba de terminar las frases cuando llega el momento de oponerse de verdad a los poderosos. Y esto es grave, porque me gustan seres considerados despreciables por la mayoría silenciosa, como el CHE, por ejemplo, cuyo retrato preside mi mesa, al lado de otro de Juan Ramón Jiménez. Y para colmo me gustan las gominolas de los puestos más que la comida biológica ¿Cómo vivir con esta falta de coincidencia social, con este enfado íntimo y secreto? Más o menos una se acostumbra. Sin embargo ayer mismo me encontré con una fuente nueva de desasosiego. Oí el himno nacional cantado por Marta Sánchez y no me gustó nada, lo que se dice nada, nada, nada. Ya dije en otra columna que el himno español para mí no es otro que el maravilloso “Asturias, patria querida”, que cantan todos los borrachos españoles (y también las abstemias) allí donde estén, con una emoción y una nostalgia beatífica. Pero es que ese himno que cantaba la Barbi española de cabello de nylon amarillo con vestido encarnado me pareció tan triste… que tiñó de derrota roja y gualda mi día completo ¡Y resulta que a todos les gusta! Desde Rajoy hasta su alevín ciudadano ¡Qué horror! Marta Sánchez con esa pinta de Fata Morgana, el hada cambiante de la leyenda del rey Arturo, de nuevo vencedora, lanzando sus hechizos a los caballeros inocentes que la obedecían sin pestañear. Ya sé que es imperdonable que me enfade tanto, pero qué le vamos a hacer. Como diría Miguel Hernández: “Hoy estoy sin saber yo no sé cómo / hoy estoy para penas solamente/ hoy no tengo amistad/ hoy solo tengo ansias/ de arrancarme de cuajo el corazón/ y ponerlo debajo de un zapato”. Y estos versos no me enfadan, me gustan de verdad ¡Por fin!

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¡Un poco de por favor para la portavoza!
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Esperanza Ortega | 12-02-2018 | 23:04| 0

Mientras Correa y Costa confesaban, ¡por fin!, que el PP se financiaba con el dinero negro de empresarios tan aprovechados como afines, y que estas operaciones mafiosas las organizaban las altas instancias del ppartido, ocurría algo mucho más relevante para los españoles: Irene Montero acuñaba por primera vez el término “portavoza”. Sí, y los españoles -y las españolas- de toda condición se rasgaban las vestiduras al unísono ante lo que consideraban colosal vituperio para su venerada lengua madre. Pero he aquí que el mismo locutor que hace unos instantes aseguraba tan contento que “han habido” muchos automovilistas multados este fin de semana, “mismo” que la semana pasada, y que había ganado un concurso de disfraces una pareja de carnaval en la que “ambos dos” iban vestidos de bomberos, pues la misma persona, señoras y caballeros, se escandalizaba acto seguido de que Montero hubiera dicho “portavoza”, tanto, tanto como si hubiera insultado a su propia madre que en paz descanse. A mí lo de portavoza también me suena fatal, todo sea dicho. Y sé que portavoz es una palabra compuesta, como bocacalle o sacapuntas, por lo que el femenino de voz no ha lugar. Pero también es verdad que me sonaban fatal “médica” y “jueza” hasta hace bien poco, y que la primera vez que oí “enfermero” o “azafato” me tuve que volver para que no se dieran cuenta de que me estaba dando la risa. No me extrañaba entonces, sin embargo, que se llamara “modisto” al sastre de postín –aunque no se dijera “periodisto” o “dentisto”-. A un artista del diseño textil no se le iba a llamar “modista”, profesión sin glamur, al fin y al cabo oficio de mujeres. Igual que a los cocineros se les llama chef para diferenciarles de las cocineras, porque se dan mucha menos importancia. ¿Cómo habremos de llamar entonces a Fina Puigdevall, a Carme Ruscadella y a Beatriz Sotelo, cuyo arte culinario ha sido reconocido con estrellas michelín? ¿Cocineras o “chefas”? ¿Y a los hombres que tienen el oficio de comadrona –que hoy los hay- se les llama comadronos o matronos? ¿o simplemente el matrona? ¡Ay! ¡Qué miedo!, que ya les veo venir a los puristas con las antorchas encendidas. Difícil tesitura. Está claro que si una -o uno- no quiere acabar en la hoguera, es mejor que no se meta en estos berenjenales lingüísticos, que puede salir trasquilada. Pero el caso es que no acabo de entender esta santa indignación, tan semejante al sentimiento religioso, que les ha entrado a tanta gente al oír el neologismo de Irene Montero. Todos los días muchos hablantes acuñan nuevas palabras; unas pasan sin pena ni gloria y otras se quedan en el habla popular, que es el que hace evolucionar la lengua que estudian los gramáticos. Y nada podemos hacer los individuos contra los neologismos si es que echan raíces en la tierra del habla. Por ejemplo, a mí me repatean los verbos “implementar” y “empoderar”, pero sé que es inútil despotricar contra su uso, que en poco tiempo se ha generalizado. Y más me repatea todavía que las anécdotas sin importancia, como la de la “portavoza” de Irene Montero, se conviertan en controversias nacionales. ¿Y qué me dicen de las super-heroínas académicas que se ofrecen a salvarnos del ataque léxico en las portadas de algún vetusto periódico? Sin comentarios, porque la cursilería rancia no lo merece. A mí de tanto oírlo ya me suena mejor, y si lo digo en diminutivo casi me deja de disgustar: el portavocito, la portavocita.. ¿y la portivoce? ¡Un poco de por favor!

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La España sumergida
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Esperanza Ortega | 06-02-2018 | 21:57| 0

¡Por fin llegó la lluvia y la nieve! Esperemos que sea en grado suficiente para que se remedie el desastre producido por la severa sequía que padecimos en los últimos tiempos. Aunque la sequía nos descubrió algunos de los tesoros escondidos debajo del agua que guarda nuestra historia reciente. Me refiero a la multitud de pueblos anegados que emergieron al bajar el nivel de los pantanos. Las primeras en aparecer son las torres de las iglesias, las mismas que un día convocaban con sus campanas al pueblo hoy desperdigado, desaparecida su comunidad de sueños y de afectos. Cuando veo las ruinas de estos campanarios me acuerdo de “Historias de Alcarama”, libro en donde Abel Hernández revive su infancia en Sarnago (Soria), anegado no tanto por el agua como por la pobreza y el olvido. Uno de sus mejores capítulos se titula precisamente “Las campanas”. Mientras lo leemos, sentimos cómo su tañido nos convoca a una romería imposible. La buena literatura puede hacer resucitar a los muertos y resurgir los pueblos de las aguas, al menos durante el tiempo que dura la lectura. Y no solo ocurre con los libros de memorias, también lo logra en algunos casos la literatura de ficción. Al hablar de los pueblos sumergidos es inevitable que me venga a la memoria el recuerdo de Valverde de Lucerna, el pueblo imaginado por Unamuno, en donde transcurre la historia de “San Manuel Bueno y mártir”. “Campanario sumergido/ de Valverde de Lucerna/ toque de agonía eterna/ bajo el caudal del olvido”, decía Unamuno en uno de sus poemas. La idea de escribir esta novela se la dio una leyenda que oyó contar en un viaje al Lago de Sanabria. Este relato hizo que apareciera en su imaginación el lago por cuyas orillas paseaba cavilando, como un nuevo Hamlet, el párroco del pueblo de Valverde de Lucerna. ¿Qué hubiera escrito Unamuno de haber visto la torre de la Catedral de los Peces, que flota entre las aguas del pantano del Ebro? Es como llaman a la Iglesia de Villanueva, pueblo anegado en 1952, al igual que otros siete ayuntamientos contiguos. España es tierra de pantanos, a Franco le fascinaban estas obras civiles. A una dictadura le es más fácil que a un régimen democrático “convencer” por las buenas o por las malas a los vecinos para que abandonen el mundo en que nacieron y vivieron ellos y sus antepasados. En algunos casos se construyó un pueblo gemelo en las cercanías al pantano, como pasó con el de Belesar (Lugo), pero en la mayoría fueron el dinero y las amenazas de destrucción masiva los que expulsaron a sus habitantes de las casas. Eso es lo que sucedió en el embalse de la Almendra (Zamora) que anegó al pueblo de Argusino . Hoy todavía se acercan los descendientes de sus antiguos habitantes a dispersar las cenizas de sus padres sobre las aguas del embalse, para que su espíritu descanse con el de sus abuelos y tatarabuelos, que duermen bajo el cementerio sumergido. La historia de España está llena de muertos sin sepultura y pueblos fantasmas. Cada día surge una torre que nos recuerda lo que fuimos y espera que un escritor cuente la historia completa de esta patria ahogada entre el odio y la melancolía. Pero vuelve a nevar, y la memoria vuelve a borrarse, esperando que otra sequía avive nuevamente la hoguera del recuerdo.

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Mujeres con los ojos abiertos
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Esperanza Ortega | 30-01-2018 | 21:50| 0

El día veinticinco murió en Nicaragua la poeta Claribel Alegría. Al enterarme, releí el discurso que pronunció en España el año pasado, cuando recibió el Premio Reina Sofía, ya con más de 90 años. Se dedicó a denunciar el machismo de las letras hispánicas, por ejemplo en la concesión del Premio Cervantes, que solo ha recaído en cuatro escritoras, aunque se ha concedido en cuarenta ocasiones. Estos días, que tanto se habla del acoso que han sufrido muchas mujeres en el mundo del espectáculo, me vuelvo a acordar yo de Claribel y de sus versos inolvidables. Y me acuerdo también de Virginia Woolf, que nació otro 25 de Enero, de 1882. A “La habitación propia” que Woolf exigía para cualquier escritora dedicaba Alegría un comentario en aquel mismo discurso. Pero las mujeres han hecho muchas cosas además de escribir. La semana pasada murió a los 96 años Naomi Parker Fralley, la mujer que nos mira con el puño en alto mientras dice con los labios apretados: We Can. Do It!, es decir, ¡Nosotras podemos!, en el poster de Howard Miller que se convirtió en emblema del movimiento feminista. Seguro que lo han visto alguna vez: “Rosi, la remachadora”, que es el nombre artístico de Noemi Parker, lleva en la cabeza un pañuelo rojo con lunares blancos y una camisa del color azul de los monos de trabajo. Yo la tengo en un imán, en la puerta del frigorífico, y cuando miro su rostro decidido y sus brazos orgullosamente musculosos, pienso en el puñetazo que se habría llevado cualquiera que hubiera intentado sobrepasarse con ella. Y pienso también en las denuncias del acoso sufrido por tantas actrices, que han terminado por propiciar manifestaciones contrarias en otras veteranas del oficio, como Brigitte Bardot o Catherine Deneuve. Yo creo que habría que diferenciar el acoso del cortejo contumaz. ¿Qué diríamos de García Márquez, que conoció a su mujer cuando ella tenía nueve años, la propuso en matrimonio cuando acababa de cumplir catorce y no dejó de cortejarla hasta que se casó con ella a los 26 años? Fuera de bromas, creo que la frontera entre el acoso y el cortejo es bien sencilla: acosa el que tiene poder sobre la mujer deseada, ya sea poder físico o poder económico: el que obtiene lo que desea por medio de la violencia o el que amenaza a la mujer con perjudicar su presente o futuro si no cede a sus requerimientos. Es ante ese abuso ante el que muchas mujeres se sienten indefensas. Y hay otro machismo igual de atroz. Me refiero al que sufren las mujeres que cobran menos que sus compañeros de trabajo. Esa discriminación que a Rajoy –según declaró esta semana- no le parece importante es la madre de todas las batallas feministas. ¿Han oído que en Cantabria se celebró hace unos días un campeonato de surf cuyo premio para la categoría masculina era de 2000 euros y en la femenina solo 500? Por algo el perfil de la precariedad en España es el de una mujer enferma, mayor de 50 años. Esa mujer ha trabajado sin seguros sociales gran parte de su vida, pero cuando lo necesita, la sociedad no le devuelve nada, absolutamente nada. Las escritoras, al menos, tenemos una voz para defendernos. Claribel Alegría cuidó esa voz suya como su única arma contra el miedo, siempre con el corazón en la mano y con los ojos bien abiertos. En coherencia con esa actitud valiente el año pasado escribía estos versos premonitorios: “Quiero entrar a la muerte/ con los ojos abiertos/sin máscaras/ sin miedo/ sabiendo y no sabiendo/ enfrentarme serena/ a otras voces/ a otros aires/ a otros cauces/ olvidar mis recuerdos/ desprenderme/ nacer de nuevo/ intacta”

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La gran familia
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Esperanza Ortega | 23-01-2018 | 21:37| 0

Henri Michaux escribió un libro titulado “En otros lugares”, en el que se interna por lugares imaginarios, habitados por pueblos de costumbres tan extrañas como sus propios nombres: los emanglones, los omobules, los ecorabietas etc. Entre ellos encontramos a los hasc que “se las arreglan para formar cada año algunos niños mártires a quienes infligen malos tratos y evidentes injusticias. De esta manera han formado grandes artistas y poetas pero también han formado asesinos, anarquistas (siempre hay excepciones) y, sobre todo, reformadores y extremistas inauditos”. Recordé el método educativo de los hasc cuando leí en el periódico la vida torturada de los 13 hijos de la familia Turpin. Lo que más me impresionó de esta historia es que fueran sus padres los autores de este rapto perpetuo, cuyo motivo nadie alcanza a explicarse. ¿Sadismo?, ¿locura? Y me llamó la atención un detalle: no les dejaban a los niños otro entretenimiento que cuadernos en blanco para que escribieran sus diarios. Me acordé enseguida de la maravillosa libreta que me daban a mí cuando hacía ejercicios espirituales en un internado religioso, libreta en la que escribí mis primeros poemas, en aquellos largos días en los que todo estaba prohibido: hablar, cantar, jugar o reír. Y me acordé también, claro está, de los niños mártires salidos de la imaginación de Michaux. Pero enseguida me quité de la cabeza la idea de que los dos descerebrados Turpin quisieran hacer de sus hijos grandes escritores y pasé a analizar qué les habría impulsado a realizar tales atrocidades. Me fijé en la apariencia de familia feliz que conseguían en las fotos que colgaban en Facebook: las hijas uniformadas con recatados vestidos escoceses y los hijos con trajes impolutos, alrededor de sus dos progenitores, orgullosos sin duda de su numerosa prole. Irradiaban ternura. Me recordaban a los protagonistas de “La gran familia”, aquella película inolvidable que veíamos en la época en que Franco repartía sus premios de natalidad entre las familias numerosas. Aunque, mirando la fotografía con más atención, pienso en la familia Trapp. La afición de los Turpin por Disney y su acendrada religiosidad confirman esta última idea. Sí, parece que en cualquier momento se van a poner a cantar “Do, estrato de varón, re, selvático animal…”, aunque sabemos que en la vida de estos pobres niños no parece que hubiera ninguna sonrisa, sino lágrimas y dolor constante. Luego nos imaginamos lo duro que sería para sus padres ver cómo sus hijos llegaban a la adolescencia y ya no cabían en los vestidos escoceses o simplemente no querían ponérselos ni salir en la foto. ¿Así es como sucedió?, ¿decidieron que fueran niños perennes? Empezarían por prohibirles comer lo suficiente, luego enfadarse, luego reírse de ellos, y luego… respirar, bajo amenaza de terribles castigos. Pero a la familia perfecta le fue imposible evitar que una de sus hijas se saliera del marco de la foto y escapara por la ventana hacia la libertad. Menos mal que lo hizo. Y ojalá se olviden pronto de los Turpin los medios de comunicación para que puedan conseguir ser libres de verdad. Aunque yo me quede sin saber una cosa: ¿qué escribían en aquellos diarios?, ¿habría entre ellos alguno que, como Segismundo encadenado, se preguntara qué delito habría cometido para recibir ese trato?, ¿habría alguno que, mirando los renglones del cuaderno, decidiera salirse de su prisión de papel por medio de la escritura?, ¿qué secreto esconden los diarios de la gran familia?

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Sobre el autor Esperanza Ortega
Esperanza Ortega es escritora y profesora. Ha publicado poesía y narrativa, además de realizar antologías y estudios críticos, generalmente en el ámbito de la poesía clásica y contemporánea. Entre sus libros de poemas sobresalen “Mudanza” (1994), “Hilo solo” (Premio Gil de Biedma, 1995) y “Como si fuera una palabra” (2007). Su última obra poética se titula “Poema de las cinco estaciones” (2007), libro-objeto realizado en colaboración con los arquitectos Mansilla y Tuñón. Sin embargo, su último libro, “Las cosas como eran” (2009), pertenece al género de las memorias de infancia.Recibió el Premio Giner de los Ríos por su ensayo “El baúl volador” (1986) y el Premio Jauja de Cuentos por “El dueño de la Casa” (1994). También es autora de una biografía novelada del poeta “Garcilaso de la Vega” (2003) Ha traducido a poetas italianos como Humberto Saba y Atilio Bertolucci además de una versión del “Círculo de los lujuriosos” de La Divina Comedia de Dante (2008). Entre sus antologías y estudios de poesía española destacan los dedicados a la poesía del Siglo de Oro, Juan Ramón Jiménez y los poetas de la Generación del 27, con un interés especial por Francisco Pino, del que ha realizado numerosas antologías y estudios críticos. La última de estas antologías, titulada “Calamidad hermosa”, ha sido publicada este mismo año, con ocasión del Centenario del poeta.Perteneció al Consejo de Dirección de la revista de poesía “El signo del gorrión” y codirigió la colección Vuelapluma de Ed. Edilesa. Su obra poética aparece en numerosas antologías, entre las que destacan “Las ínsulas extrañas. Antología de la poesía en lengua española” (1950-2000) y “Poesía hispánica contemporánea”, ambas publicadas por Galaxia Gutemberg y Círculo de lectores. Actualmente es colaboradora habitual en la sección de opinión de El Norte de Castilla y publica en distintas revistas literarias.