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El tiempo y la verdad
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Esperanza Ortega | 17-01-2017 | 20:07| 0

Ya lo dijo Bergson, que el tiempo era una noción subjetiva: cuando somos niños se desliza despacio, como un reptil, pero cuando dejamos de ser jóvenes, el tiempo se echa a correr hasta dejar atrás al mismo Aquiles. Otro tanto sucede con la evolución histórica: ¿cuántos millones de años tardamos en descubrir la rueda? Hoy, sin embargo, los descubrimientos se suceden a tal velocidad que no tenemos ni tiempo de asimilarlos. Sí, vivimos más tiempo, pero nuestra vida discurre por un río cada vez más caudaloso. De ahí nuestra angustia, nuestro miedo a caer arrastrados por la fuerza de una cascada. Sí, el tiempo transcurre hoy mucho más deprisa que cuando nuestros antepasados lo medían por un reloj de sol. Y apuesto a que cada minuto de esta noche se le ha hecho más largo al refugiado que soporta la helada que al ministro del ramo que remolonea en su cama calentita, resistiéndose a admitir en España al número de refugiados que había prometido. Pero, ¿de qué promesa me habla? Eso lo firmé hace ya mucho tiempo, el año pasado. El ansia del tiempo por devorar la vida hace que nos olvidemos pronto de la palabra dada, de ahí que se incumplan las promesas y prescriban los delitos. Por eso Rajoy les contestó hace unos días a los familiares de los muertos en el Yak 42 que el accidente había sucedido hace muchísimo tiempo y ya estaba “sustanciado” judicialmente. Rajoy ya ni se acuerda, pero a las madres de los soldados se les ha ido el tiempo en un suspiro: un suspiro de dolor y de rabia, que cada día hace presente su desdicha. La diferencia, sin embargo, entre el tiempo abstracto, que marca el tic tac del reloj, y el tiempo de los seres humanos, que marcan los latidos del corazón, no es únicamente que uno sea objetivo y el otro sea subjetivo; la diferencia reside en que el tiempo de los seres humanos no es reversible: a los relojes se les puede dar marcha atrás, pero a nuestro corazón no. Ante esta evidencia, la memoria es la única defensa contra el agujero negro del olvido. Luchar contra la desmemoria es luchar contra Kronos, el dios griego del tiempo, que sigue devorando las vidas humanas igual que un día devoró a sus hijos. La Poesía también se empeña en darle la vuelta al manto del tiempo, que todo lo tapa, dejando al descubierto sus costuras. No se trata de volver sobre las propias huellas, sino de alcanzar el tiempo regido por Kairós, el hijo amable de Kronos, al que Delauze definía como “un momento-lugar único e irrepetible que no es presente pero que siempre está por llegar y siempre ya ha pasado”: el tiempo del Paraíso perdido y el tiempo del Edén inalcanzable, es decir, la utopía. Si podemos imaginarla es porque Kairós sobrevuela cada segundo de la Humanidad, intentando rescatarla del abismo de injusticia al que es arrojada. Y no hay mayor injusticia que la que sufren los pobres de la tierra. Hay que pasar página -dicen aquellos que no quieren que recordemos lo sucedido-. Aunque parezca paradójico, tener memoria significa ser viejo, así que la aspiración del ciudadano europeo es mantenerse en el estado de alzheimer colectivo. ¡Yo no me acuerdo de nada!-dice ufano el idiota-, no recuerdo -contesta al juez el caradura-. ¿Regresaremos al tiempo de la verdad, al tiempo de Kairós, en el que todo merecía ser recordado?, ¿alcanzaremos el tiempo de los momentos inolvidables, cuando nos sentíamos ligeros y libres? Los refugiados que mueren de frío nos contestan que no, que nuestra indiferencia no merece ni un minuto, ni segundo de luz y paraíso.

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El sí de las niñas
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Esperanza Ortega | 10-01-2017 | 22:59| 0

¿Qué quieres a ser de mayor? No es la pregunta que se suele hacer a los niños mientras están viendo la Cabalgata de los Reyes Magos, pero es la que hizo a una niña la locutora que retransmitía la Cabalgata de Madrid. Lo más raro, sin embargo, vino después, cuando la niña se quedó pensativa por unos instantes, y la locutora, impaciente, le sugirió: “Algo rosa, ¿verdad?, ¿a que quieres ser algo rosa?”. La niña contestó con un monosílabo: Sí. Y siguió mirando al infinito, que es hacia donde miran todos los niños y niñas la noche del 5 de Enero. Me lo contaba una amiga que había visto la cabalgata por televisión. Mi amiga me decía indignada: ¿Ser algo rosa en la vida? ¿Qué es eso? Aunque sus preguntas eran más bien retóricas, pues muy bien sabemos las dos lo que es ser algo rosa. Ser algo rosa es ser diseñadora de moda o camarera o azafata o enfermera o esteticién o princesa o ama de casa o señorita de alterne –esto último si se tiene la planta de la Barbie y las ganas de ponerse su ropa interior-.¡Y nosotras que creíamos que la dicotomía del azul y el rosa estaba superada, al menos entre las nuevas generaciones! Mi amiga, que es profesora de Filosofía, me recordaba el concepto de “modernidad líquida” de Bauman al hilo de la conversación. Bauman afirma que ya no hay valores sólidos, verdades inalterables, compromisos ciertos, igual que no hay mercados seguros. Hoy día todo, la  verdad, la justicia, el amor, la riqueza…, se derrama entre los dedos sin posibilidad de asirlo, y todo está impregnado de esa humedad que reblandece lo que creíamos seguro. Pero hay algo que sigue inalterable, -continúa mi amiga-, por ejemplo la idea de que las niñas han de contentarse con ser algo rosa, hasta que sus sueños mismos se tiñen de ese color cursi y dulzón. Mientras, los tres reyes desfilaban llevando en sus carrozas los sueños color de rosa de las futuras señoritas. ¡Qué pena -me dice- que no haya ninguna Reina Maga!. Aunque bien sabe ella que una Reina Maga sería considerada una impostora. No hay sitio para una mujer en el relato, siglos de sumisión han levantado un edificio que no se derriba fácilmente. Y para prueba un botón: el alcalde de Alcorcón expresaba la opinión mayoritaria cuando dijo que las feministas eran unas mujeres frustradas, amargadas y rabiosas. ¿Rabiosas nosotras? No, más bien tristes, con esa tristeza melancólica que nos embargó tres días después, al conocer la noticia de la muerte de Bauman. Para hacerle un homenaje, releí su obra, y encontré este párrafo: “Hoy hay una enorme cantidad de gente que quiere el cambio, que tiene ideas de cómo hacer el mundo mejor no sólo para ellos sino también para los demás, más hospitalario. Pero en la sociedad contemporánea, en la que somos más libres que nunca antes, a la vez somos también más impotentes que en ningún otro momento de la historia. Todos sentimos la desagradable experiencia de ser incapaces de cambiar nada. Somos un conjunto de individuos con buenas intenciones, pero que entre sus intenciones y diseños y la realidad hay mucha distancia. Todos sufrimos ahora más que en cualquier otro momento la falta absoluta de agentes, de instituciones colectivas capaces de actuar efectivamente” Y yo pienso que vez de quejarnos tanto del papel subsidiario que nos ha asignado la historia, la mujeres deberíamos inventar otros relatos, otros mitos que sustentaran otros sueños. En el mundo líquido, todo se disuelve, todo se olvida, solo los sueños permanecen inalterables.

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La esperanza
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Esperanza Ortega | 03-01-2017 | 21:06| 0

Si decimos que 2016 fue el año de la corrupción, no mentimos exactamente, ni siquiera decimos una postverdad –palabro maravilloso del que hablaremos en otra columna-, pero tampoco explicamos la verdad completa, pues la corrupción es un enfermedad crónica que lleva años protagonizando los informativos de nuestro país. No, la corrupción no distingue en absoluto a 2016, que recibió una herencia envenenada. Al año viejo que murió hace tan poco lo que le caracteriza es la indiferencia de los españoles ante la corrupción y sus consecuencias económicas y morales. Las sucesivas elecciones, en las que los más corruptos subían como la espuma ante la estupefacción propia y ajena, avalan este comentario. Incluso sus protagonistas, sin vergüenza ninguna, se sienten amnistiados por el favor de los votos: si tantos nos prefieren es que no seremos tan malos, o acaso no es tan malo robar al erario público. Así hallamos también casos curiosos, como el de la familia Puyol, que disfruta de sus navidades, mientras se denuncia a los que proponen un referéndum sobre la autodeterminación catalana. Yo votaría que no, evidentemente, si estuviera empadronada en Cataluña, pero no sería tan severa con los que defienden la consulta, mientras campan por sus respetos los grandes delincuentes institucionales. ¿Qué diremos de Bárcenas y Rato? Hace tiempo que ni siquiera protagonizan los chistes, nos aburren. Y aquí está la clave del problema: la política no solo no apasiona, sino que aburre al personal. Que sigan gobernando los de siempre, total, tanto da. El espectáculo de los partidos de oposición avala esta sensación de spleen, de hastío ante la cosa pública. Eso, que ganen los que al menos parecen querer ganar, no los que se devoran antes de llegar al poder. Parece un argumento simplón, pero sirve de anestesia para los que desean seguir vegetando. Incluso los comentaristas de la página de Opinión bostezan antes de ponerse a escribir una columna. Y mientras, los que no pueden pasar desapercibidos, porque supondría su muerte política, arrojan sus bombas sobre las ciudades inocentes o disparan sus metralletas en las fiestas populares.  Así al menos realizan algo digno de ser comentado. ¿Solución? Ninguna. Nadie se plantea cómo impedir la guerra o la miseria, solamente los más comprometidos trabajan en pro del alojamiento de los refugiados. ¿La raíz del problema? La raíz no está en la política, sino en la naturaleza humana. Ante esta respuesta, podríamos decir que la especie del “homo sapiens” tiene lo que se merece, y mirar a otro alado y tararear una canción romántica: ”amarnos de dos en dos para odiarnos de mil en mil”, decía Ángel González. Y sobre todo pasarlo bien, porque la vida es breve. Comienza un nuevo año, por lo menos podemos decir que hemos llegado. Alcemos nuestras copas y disimulemos el bostezo incipiente. Solo quien tiene los pies helados y el estómago vacío mira a su alrededor con algo de deseo. Tal vez… en 2017… Por ejemplo los 1000 jóvenes africanos que intentaron saltar la muralla de concertinas en la frontera con Marruecos, mientras los españoles de bien comíamos las uvas. Uno lo consiguió, y fue trasladado al hospital inmediatamente, para curarle sus profundas heridas. No sabemos su nombre, pero le deseamos un año más feliz que 2016 a ese valiente, a él y a su compañera también ensangrentada, que viajaba con él en la ambulancia sin ser reconocida: la esperanza.

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Adiós, muchachos
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Esperanza Ortega | 27-12-2016 | 22:30| 2

Ya se acerca otro año y es inevitable volver la vista atrás. El viejo año se ha llevado por delante a una multitud de seres desconocidos, pero también a grandes celebridades del cine, de los deportes, de la política… Por grandes que hayan sido, desde Reagan hasta Cruyff. cada uno en su oficio, no han ocupado más que unas dos páginas en los periódicos y unos minutos en los informativos. Yo me pongo a pensar y decido que entre todo ese grupo de famosos a los que en vida no llegué a ver nunca de cerca, las que más me han conmovido son las muertes de Fidel Castro y de Muhammad Ali.  Y a decir verdad, en ambos casos, tras una semana, me había olvidado de ellos. Pero sé que no voy a olvidar fácilmente a Harper Lee ni a Marcos Ana, por decir los nombres de dos personas que no parece que en principio tengan nada en común. Sin embargo lo tienen, algo muy importante: los dos son escritores. Y pienso que el padre de la niña protagonista de “Matar a un ruiseñor” la gran novela autobiográfica de de Harper Lee, hubiera sufrido de lo suyo si hubiera tenido que fracasar defendiendo a Marcos Ana ante el Tribunal de Orden Público. Los dos han sido  autores de una sola obra. “Decidme cómo es un árbol” era el título de la única obra autobiográfica de Marcos Ana, y Harper Lee le podría haber descrito con más propiedad que nadie, no sólo cómo era un árbol, sino cómo era un bosque entero. El mismo día en que moría Harper Lee, moría también Humberto Eco, un 19 de Febrero de este año que acaba. Huberto Eco fue despedido como el sabio que era, aunque yo creo que él hubiera preferido haber escrito una sola novela que estuviera a la altura de “Matar a un ruiseñor” -digo esto sin desmerecer en absoluto mi gratitud por todo lo que aprendí leyendo “El nombre de la rosa”-. También han muerto otros dos premios Nobel de Literatura: Darío Fo e Imre Kertész. Yo soy mucho más aficionada a llorar que a reír con las obras de arte, y nunca olvidaré “Sin destino”, la obra también autobiográfica de Kertész. Leyendo “Sin destino” ni se ríe ni se llora, porque es una obra que expresa algo indecible, la sin humanidad, la sin compasión, la sin inteligencia y la sin razón. Y sin embargo, ¡cuánto disfruté sintiendo la amargura más honda  mientras leía “Sin destino”! . Es el milagro de la Literatura, que solo conocen los lectores. Algo que nada tiene que ver con el placer oscuro del masoquista, y que está relacionado más bien con la capacidad de transformación del alquimista: se trata de transformar cualquier cosa, hasta la más abyecta, en oro. Y estos autores lo consiguen. ¿Eran magos? Un poco, pero no lo suficiente para ahuyentar a la muerte. “¡Ay, muerte, muerta seas, muerta y malandante!”, decía el Arcipreste de Hita hace siete siglos. Al hablar de todos ellos no utilizo el pretérito indefinido: vivieron, murieron, fueron…, sino el pretérito perfecto: han vivido, han muerto, han sido. Y lo hago porque el año en que su muerte ha sido noticia, todavía no ha acabado. ¿El día uno de Enero, con el año reciente, diré: murieron el año pasado? Eso haré en la mayoría de los casos, menos en los de los escritores que acabo de citar. Incluso el Arcipreste de Hita se ve joven y airoso cuando se mira en el espejo de su “Libro de buen amor”. Ellos viven o han vivido hasta hace muy poco. Serán siempre contemporáneos nuestros, los muchachos y muchachas que nos acompañaban en nuestra vida.

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No a las guerras
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Esperanza Ortega | 20-12-2016 | 21:39| 0

Los acontecimientos bélicos son la mejor manera de aprender Geografía. A mí, en el bachillerato elemental, no me enseñaron nada más que las capitales de Europa y América, pero gracias a las guerras no ha habido página del Atlas que no haya consultado. Últimamente son los países árabes los que no tienen secretos para cualquiera que se interese por lo que pasa en el mundo. Incluso ciudades míticas, que parecían existir solo en la Literatura, como Palmira, han reclamado el lugar que las corresponde en el mapa al ser destruidas. Bana Alabed, la niña de Alepo que se ha hecho famosa por los twists en donde cuenta los sucesos que sufre cada día, nos ha familiarizado incluso con la geografía urbana de la ciudad, hoy irreconocible. ¿Pero cuándo no ha habido alguna guerra? Yo creo que nunca. Se acaba una y comienza la siguiente, y así progresa la Humanidad, gracias a las investigaciones de los fabricantes de armamento. ¡Qué ironía! Hay días fatídicos que merecerían escribirse con sangre en las enciclopedias. En el siglo XX hubo dos: el 28 de Julio de 1914 y el 1 de Septiembre de 1939. En cada una de estas dos fechas comenzó una guerra mundial. Aunque sus causas sean muy complejas, quizá no hubieran llegado a producirse de no ser por dos acontecimientos que sucedieron esos días. El 28 de Julio el Imperio Astro–Húngaro declaró la guerra a Serbia, tomando como excusa un suceso que se había producido un mes antes: el asesinato del archiduque Francisco Fernando de Habsburgo a mano de un terrorista serbio en Sarajevo. Y el 1 de septiembre  de 1939, los alemanes bombardearon Wileun, la ciudad polaca, destruyéndola casi por completo. Hitler ni siquiera inventó ninguna excusa, Alemania era más fuerte que Polonia, y podía hacerlo. Los ejércitos de los países aliados se presentaron siempre como defensores de los inocentes frente a la opresión, pero si hubieran tenido la mínima compasión por la población civil, los americanos no hubieran arrojado la bomba atómica sobre Hiroshima. Y es que las armas se fabrican para usarlas. Ya lo advirtió Flaubert: “No le demos al mundo armas contra nosotros, porque las utilizará”. Trump, ese descerebrado al que han elegido Presidente de los EE.UU, ha prometido aumentar considerablemente el gasto en defensa. Así que solo nos queda preguntarnos qué día empezará la nueva guerra, pues se ve que con las que hay ahora no tiene bastante. Antes de ayer mismo, hubiera sido una fecha con dos excusas bien fundadas: en un un mismo día, en Berlín un terrorista islámico atropelló a 12 personas y otro terrorista disparó sus ocho balas contra el embajador de Rusia en Turquía en una sala de Arte. Bana Alabaed resume en un twist el estado de ánimo de la población condenada que soporta el lento exterminio. Lo hace sobriamente, y por eso sus palabras son todavía más significativas: “Estamos muy cansados”. Yo diría que la Humanidad entera está muerta de cansancio. ¿Esto no tendrá fin? Y recordamos el aforismo de Platón, tan certero como todos los suyos: “los muertos son los únicos que ven el final de la guerra”.  Los griegos, esos sí que sabían.

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La poesía de Lezama Lima es buena para los pulmones
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Esperanza Ortega | 18-12-2016 | 19:06| 0

Escribo este artículo mientras tengo entre las manos un ejemplar de la Poesía completa de Lezama Lima, que acaba de publicar Sexto piso, en edición de César López. No me extraña que Sexto piso edite a Lezama Lima, pues la colección de poesía de esta editorial mexicana y española es una de las más exigentes y novedosas de la actualidad. Y Lezama se dirige siempre a un lector exigente –un lector macho, decía Cortázar- y refractario a lo manido y previsible. Hermoso en el continente, con un círculo deslumbrante de Kenneth Noland en la portada que nos atrae a abrirlo como un imán inevitable, la edición respeta hasta tal punto al poeta que su prefacio aparece como epílogo, al final del libro, para no inmiscuirse en la lectura entre autor y lector. Ninguna nota que interrumpa el discurso del verso, diáfano lo escrito en un papel y una tipografía que denota el respeto hacia el autor editado. Y leemos de nuevo a Lezama. ¿Cómo nos sonarán ahora sus sonetos y sus décimas fulgurantes, engarzados en esta nueva vida nuestra? , ¿seguirán sus imágenes hechizándonos con sus conjuros secretos en Enemigo rumor?, ¿volveremos a sentir su respiración en el oído mientras nos emocionamos leyendo Fragmentos a su imán? Acudimos al libro como lo haríamos a una cita con un viejo amigo, que no sabemos si vamos a reconocer o si él nos reconocerá a nosotros. Y le encontramos allí, en cada uno de sus versos, desde “La muerte de Narciso”, su primer poema publicado en 1937, hasta sus últimos poemas familiares, añadidos a la edición porque no habían aparecido en ninguno de sus libros. Y tras la primera lectura volvemos a sentir que despertamos de un sueño. Queremos continuar ese sueño, contárnoslo y contarlo, volver a penetrar con la palabra dentro de su recinto imaginario e  indecible. Y nos es imposible porque mientras intentamos pensarla y retenerla, su poesía, como el sueño, se borra de la memoria, desaparecen sus huellas y nos deja únicamente la certeza de haber recorrido con él un camino. Nunca se regresa a los poemas de Lezama, siempre se acude a ellos por primera vez. Quizá por eso ha sido tildado de hermético, cuando su poesía es abierta, desbordante y luminosa, opuesta a lo cerrado, a lo frío u oscuro.  Como un espigador, Lezama acude a  la playa y recoge la brisa marina que se respira en sus poemas, acumula también los excrementos que el océano  ha dejado en la arena y los convierte en oro puro. Es entonces cuando los poemas nos hablan y se echan a andar, sin posible explicación, sin ironía, con absoluta inocencia. Porque no hay poeta menos irónico que Lezama Lima, cuya sabiduría rebosante, tanto como su originalidad, no supuso nunca un lastre, sino la atalaya en la que se subía para ver lo que había más allá del horizonte -¿aquí mismo?- . Mientras los poetas europeos recibían la cultura como un cadáver del que tenían que desprenderse para avanzar, Lezama toma la cultura que en sus manos y en sus manos vuelve a ser barro de moldear. No necesita pinchar con un alfiler a la mariposa para estudiar el color y textura de sus alas, las mariposas de Lezama Lima sobrevuelan libremente y no hay persecución en su mirada porque sabe que el vuelo nunca las aparta de su órbita; ellas, como todo lo vivo, también son fragmentos atraídos por su imán. Por eso el poeta adánico se despierta diciendo cada día la primera palabra, peregrino inmóvil, sin necesidad de salir nunca de su isla y encarnando el tiempo indeciso de la hora del alba, cuando no se sabe si termina la noche o está comenzando un nuevo día. No quiero decir con esto que tenga su obra nada de surrealista, por mucho que nos sorprendan sus imágenes visionarias: la poesía de Lezama Lima es pura elaboración alquímica, en ella el gesto de escribir es siempre intencionado, lo más opuesto a la escritura automática de la vanguardia del surrealismo. Y  en el lector, ¿qué queda al acabar de leer el poema que le ha subyugado? Desde mi punto de vista, solo una sensación vivificadora y transcendente: he entrado por la puerta, he subido las escaleras, incluso me he asomado a sus ventanas, pero al salir al jardín, he bebido en la fuente las aguas del olvido.  Evocaba Lezama Lima en una entrevista a un lord inglés que escribía sus versos en papel de fumar. Se los fumaba con delectación,  tras haberlos escrito, y no quedaba de ellos más que humo y silencio. A mí, como lectora, me ocurre lo mismo con la poesía de Lezama. Me la fumo mientras la voy leyendo, incluso en los bares, en los trenes y otros lugares públicos. Sé que está feo confesarlo, pero les aseguro que siento cómo se ensanchan mis pulmones y respiro con más profundidad. Luego me miro en el espejo y tengo la certeza de que algo en mi interior ha resucitado.

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Reflexiones navideñas
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Esperanza Ortega | 13-12-2016 | 22:34| 0

Todos los años escribo la misma columna cuando se acerca la Navidad. Con distintas palabras pero expresando la misma idea, comienzo recordando el origen del Belén cristiano, que se remonta al año 1223, cuando Francisco de Asís instaló el primer nacimiento en un cueva de Greccio, una ladea de Italia. En esta ocasión no me voy a resistir tampoco a contar la historia milagrosa de cómo el santo franciscano dijo misa encima de un pesebre a las 12 de la noche, rodeado de los animales del establo y en presencia de los pastores que eran sus fieles. Ellos contaron que en medio de la misa, entre los rebuznos de los burros y los mugidos de las vacas se oyó el llanto de un niño, y algunos vieron cómo San Francisco tomaba a ese niño en los brazos y lo mecía hasta dormirlo. En conmemoración de aquel milagro se empezaron a colocar las figuras moldeadas de barro sobre lechos de paja y bajo un techo de cortezas de árbol. Lo que ha tenido que llover para que aquellos pobres belenes se acabaran convirtiendo en los ricos retablos que representan a pueblos enteros con un lujo indescriptible en los belenes napolitanos. Recuerdo uno de ellos, el Belén de la Iglesia de San Francisco de Nápoles, al que solo me dejaron acercarme tras haber pagado no me acuerdo de cuantas liras. Así se las gastan ahora en la Casa de Dios. Sí, podría seguir desarrollando el tema como en otras ocasiones, y añadir alguna alusión al Cuento de Navidad de Charles Dickens, recalcando la avaricia de los poderosos que se hace patente con más crueldad en estas fechas navideñas. Finalmente, daría el golpe de gracia comparando la situación de la sagrada y pobrísima familia con la de todos los sagrados pobres de la tierra, que viven en condiciones infrahumanas: desahuciados, refugiados, heridos, hambrientos… El mensaje siempre es el mismo: la denuncia de la incoherencia entre el episodio evangélico que representan los belenes y todo el montaje publicitario que nos empuja a gastar y gastar en estos días “mágicos y entrañables”, en los que se sueña más con el gordo de la lotería que con la venida del Mesías. Es todo tan obvio que este año me había dicho a mí misma que no volvería a escribir la columna consabida. Pero hete aquí que pongo la radio y oigo la noticia del millón: en un hospital público de Castellón de la Plana, la tierra de los turrones, donde a Fabra le tocaba la lotería todas las navidades sin que a sus compañeros de partido les extrañara lo más mínimo, allí, precisamente en un hospital, se instaló el Belén más suntuoso del mundo. Tan suntuoso era este Belén, que costó 90.000 euros al erario público. ¿Algo que decir? A mí no se me ocurre nada. Lo único que se me viene a la cabeza es la idea de  acercarme al nacimiento ese y asestarle un mandoble que descuajaringue todo su boato, desperdigar basura sobre la púrpura de las capas reales y demoler las torres del castillo de Herodes, destruir el telar de la vieja tejedora, echar al agua al pescador de agua dulce y hacer que se desprenda el tejado del que cuelga el ángel con su mensaje de buena voluntad.  ¡Qué poca vergüenza!. Releo la columna y me asusto un poco. ¡Vaya jaleo que he armado! Entre los gritos de los enfermos que pululan por el pasillo en pijama, asidos a sus bolsas de suero, se oye el llanto de un niño. Pero San Francisco no está aquí. Y me alejo, huyendo del llanto inconsolable.  Qué pena.

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La estirpe de los Suarez
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Esperanza Ortega | 06-12-2016 | 20:05| 0

Ayer se conmemoró el Día de nuestra Constitución, que surgió del pacto entre fascistas y demócratas para que España saliera de la Dictadura. Se temía que en cualquier momento la bestia abriera sus fauces, volviéndose a tragar los anhelos democráticos, así que hubo que aceptar la continuidad de toda la administración franquista, creando incluso un Ministerio de Cultura para acoger a falangistas y sindicalistas verticales. Y ante el asombro de quienes los observábamos estupefactos, los que hacía dos días defendían con ahínco los principios del Movimiento Nacional se cambiaron rápidamente de chaqueta, ofreciendo un aspecto de humanistas de toda la vida. Esto ocurrió también en la Universidad, que en vez de ser el Templo de la Inteligencia –como la llamó Unamuno ante Millán-Astray- parecía el Mercado del Amaño y del Arribismo. Uno de los personajes que representaban mejor el papel de gendarmes del régimen era Luis Suarez, el rector de la Universidad de Valladolid. Yo llegué a la Universidad justo para presenciar su despedida, tras haber propinado una bofetada a un alumno, que fue inmediatamente detenido por la policía. Como premio, fue nombrado Director General de Universidades, en cuyo cargo propició la reforma del calendario que supuso que todos los estudiantes españoles nos quedáramos sin clase durante el primer trimestre, pues el curso no comenzó hasta Enero. Una vez muerto el Dictador, no volvimos a saber nada de Suarez, hasta que hace unos poquitos años nos enteramos de que había escrito la entrada referida a Franco en el Diccionario de la Academia de la Historia, en donde negaba que hubiera sido un dictador. También adornan la personalidad de Suarez sus declaraciones sobre la superioridad intelectual del hombre sobre la mujer, por lo que quizá le fue otorgado el Premio Nacional de Historia de España en 2001, por su obra “Isabel I, reina”. Eran los tiempos de la mayoría absoluta de Aznar y de su “restauración franquista”. Con el paso de los años, creímos que este tipo de personajes había desaparecido de la Universidad sin dejar huella. Pero hete aquí que hace unos días nos enteramos de que su hijo había seguido sus pasos, llegando a ser rector de otra universidad, la Rey Juan Carlos. Sí, estoy hablando de Fernando Suarez, el mismo que aparece todos los días en los periódicos como plagiario inmisericorde: plagia desde a alumnos hasta a cónsules portugueses, además de compañeros universitarios a tutiplén –se duda de que sean suyas sus huellas dactilares-, y es el mismo que afirma para justificarse que sus plagios son “disfunciones” y que está siendo objeto de una persecución de “los de siempre” contra su persona. Con esta expresión, “los de siempre”, ¿a quién se referirá?, ¿a los que siempre rechazamos los modales y principios fascistas de su padre? El caso me trae a la cabeza un artículo que el joven Rajoy publicó en un periódico gallego en sus tiempos de concejal, asegurando que los rasgos psíquicos son hereditarios: “Ya en épocas antiguas se afirmaba como verdad indiscutible que la estirpe determina al hombre. Y estos conocimientos que el hombre tenía intuitivamente –era un hecho objetivo que los hijos de buena estirpe superaban a los demás- han sido confirmados más adelante por la ciencia”. Pues sí, parece que la poca vergüenza es un rasgo dominante de la estirpe de los Suarez. Lo que me extraña es que Rajoy, con el buen ojo que tiene para elegir a sus colaboradores, no le haya ofrecido a Fernandito un Ministerio. Todavía está a tiempo.

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Noviembre y sus membrillos
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Esperanza Ortega | 15-11-2016 | 23:56| 0

Me pasé el fin de semana entre Lezama Lima y los membrillos. Una buena amiga con jardín me regaló tres bolsas repletas de membrillos y yo preparaba la Presentación de la Poesía Completa de Lezama Lima que ha publicado la Editorial Sexto piso. Así que, machacaditos entre la nieve azucarada, hirviendo lentamente hasta domeñar su fijeza y convertirse en oro fundido, el perfume de  los membrillos tejió una red protectora de beatitud en mi cocina, donde yo, mientras tanto, leía los versos de Lezama. Ya lo dijo el poeta: “De la inteligencia de la misa/ a los placeres de la mesa”. Y así me he salvado de pensar en Trump, que con seguridad prefiere el membrillo de plástico, en porciones. Además, a este botarate, todo sea dicho, ni muerta le regalaría ni una raspa de mi membrillo. Pero en otra columna hablaremos de Trump, no iba a dejar yo que me amargara un fin de semana tan dulce. Y sin embargo, a ese payaso maléfico de flequillo teñido le debemos el malestar que nos embarga desde que supimos de su increíble victoria: “Todo el mundo sabe que el barco hace aguas –tarareamos todavía en la cama, mientras oíamos la radio- Todo el mundo sabe que el capitán mintió/ Todo el mundo tiene ese sentimiento desgarrado…” Y es que la canción de Leonard Cohen parecía pintiparada para ocasión tan nefasta. Hasta el día siguiente, cuando nos enteramos de la muerte del propio Leonard Cohen. A él también le dedicaremos otra columna, una semana después de lo que corresponde, como su muerte misma, que sus familiares no anunciaron hasta que pasó casi una semana. Al menos –pienso yo- no habrá sido el rostro de Trump lo que haya visto antes de apagar el televisor para siempre. A Leonard Cohen sí que le hubiera regalado yo lo mejor de los membrillos, que es la jalea de almíbar. La jalea se hace con la piel y las pepitas, es decir, con todo lo que se tira a la basura. Con ese material de deshecho se obtiene la decantación del dulce áureo. Y me pregunto, acaso habrá membrillos en Cuba? ¡Cuánto le hubieran gustado a Lezama Lima, el Pantagruel de la poesía, el emperador del apetito desmedido, tan desmedidamente gordo que tuvieron que sacarle sentado en su sillón por una ventana para llevarlo al hospital en sus últimos días. ¡Qué imagen soberbia la suya, sentado sobre el aire de su amada isla, sobrevolando las nubes encima de su sillón, como Simbad sobre su alfombra! ¿Cómo iba él a desear otro viaje? Por eso Lezama Lima apenas salió nunca de la Habana. Allí le fue a ver Cortázar con su enorme melón, allí hubiera ido yo con mi membrillo más generoso, amarillo amarillo, este que tengo entre las manos, áspero como la voz de Leonard Cohen, aterciopelado como la voz de Leonard Cohen. “Borra las letras y después respíralas/ al amanecer cuando la luz te borra”, recomendaba Lezama para leer poesía. Y le obedezco, como no.  Al respirarlos compruebo que sus versos, hoy y jamás, huelen a dulce de membrillo. Lamo la cuchara de madera y sigo recitando al poeta del enemigo rumor: ”Sentado dentro de mi boca/ advierto a la muerte moviéndose…” A pesar de este movimiento incesante, a pesar de las noticias tristes y amenazadoras, Lezama era esto lo que admiraba en un poeta: “que durante el día no tenga pasado y que por la noche sea milenario, que le guste la granada que nunca ha probado y que le guste la guayaba que prueba todos los días”. Hubiera coincidido conmigo, sin ninguna duda: Noviembre y sus membrillos, ¡qué maravilla!

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Leones y ángeles
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Esperanza Ortega | 08-11-2016 | 23:50| 0

Antonio Machín reprochaba a los pintores religiosos que no hubieran incluido angelitos negros en sus obras. Yo propongo que se añadan también ángeles rojos. Así es como llamaban a Melchor Rodríguez García, sobre cuya vida y personalidad ejemplar se proyectó  una película el miércoles pasado en Valladolid. Pero volveré después sobre este ángel rojo, más que laico anticlerical, digno de figurar en letras de oro en la Historia de España. Esta misma semana he leído otra noticia: la muerte de Nicholas Winton, a los 106 años, cuando parecía que iba a alcanzar la eternidad. A Winton le llamaban el Schindler británico porque, durante el nazismo,  salvó a 669 niños judíos checoslovacos de una muerte segura. El estado checo le otorgó el título de “León blanco”, máximo galardón con el que ese país honra a sus héroes. Me imagino que en el museo del Holocausto de Jerusalén figurará entre la lista de Justos entre las Naciones, al lado de Ángel Sanz-Briz, el diplomático franquista al que llamaban el Ángel de Budapest porque hizo pasar por sefardíes a miles de judíos para que no fueran presa de la bestia nazi. La existencia de estas personas nos muestra que el horror no vence nunca del todo, que por encima de la muerte siempre asoman los ojos de un hombre que sostiene la llama de la esperanza. Pero la diferencia entre Melchor Rodríguez  y Nicholas Winton  o Ángel Sanz Briz es que la actuación de estos dos últimos entró en contradicción con su ideología política o por lo menos nada tuvo que ver con ella, en cambio, el heroísmo de Melchor emanaba directamente de la utopía anarquista que él profesaba como si se tratara de una verdadera religión desde su primera juventud.  Su activismo de sindicalista de la CNT le llevó a la cárcel en numerosas ocasiones, tanto en el régimen monárquico como durante los primeros años de la República. Por eso, porque conocía muy bien las cárceles, Largo Caballero le nombró Director General de las Cárceles españolas tras el levantamiento de los generales fascistas. Y desde ese cargo tan comprometido, Melchor Rodríguez salvó de las “sacas” a miles de presos que hubieran sido fusilados sin su intervención, además de impedir personalmente dos asaltos a la cárceles modelo de Madrid y Alcalá de Henares. Tras la guerra civil, un tribunal franquista le otorgó el título de “Condenado a muerte”, aunque años después fue indultado y salió en libertad vigilada en 1944. El primer veredicto fue tan duro con el ángel rojo porque, cuando una lista de 2000 beneficiarios agradecidos a su protección y afectos al régimen leyeron un escrito ante el tribunal asegurando que su comportamiento había sido digno de un católico, Melchor se levantó indignado y les contradijo: mi comportamiento –afirmó- no fue el de un católico sino el de un anarquista, los  anarquistas podemos morir por las ideas, pero no matar por ellas. Ahí está el quid de la cuestión, en que el heroísmo de Melchor Rodríguez -¡ojalá todos los anarquistas fueran tan utópicos y angelicales como deberían ser!-  nos atañe a todos porque supone la reivindicación del humanismo en la tierra, sin halos de santidad, sin alas de ángel ni promesa de vida eterna. Gracias a su ejemplo, el mundo se parece un poco menos a un infierno y se asemeja un poco más al paraíso. Descansen en paz los leones blancos y los ángeles de todos los colores. No vivieron en vano y eso es mucho decir.

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Sobre el autor Esperanza Ortega
Esperanza Ortega es escritora y profesora. Ha publicado poesía y narrativa, además de realizar antologías y estudios críticos, generalmente en el ámbito de la poesía clásica y contemporánea. Entre sus libros de poemas sobresalen “Mudanza” (1994), “Hilo solo” (Premio Gil de Biedma, 1995) y “Como si fuera una palabra” (2007). Su última obra poética se titula “Poema de las cinco estaciones” (2007), libro-objeto realizado en colaboración con los arquitectos Mansilla y Tuñón. Sin embargo, su último libro, “Las cosas como eran” (2009), pertenece al género de las memorias de infancia.Recibió el Premio Giner de los Ríos por su ensayo “El baúl volador” (1986) y el Premio Jauja de Cuentos por “El dueño de la Casa” (1994). También es autora de una biografía novelada del poeta “Garcilaso de la Vega” (2003) Ha traducido a poetas italianos como Humberto Saba y Atilio Bertolucci además de una versión del “Círculo de los lujuriosos” de La Divina Comedia de Dante (2008). Entre sus antologías y estudios de poesía española destacan los dedicados a la poesía del Siglo de Oro, Juan Ramón Jiménez y los poetas de la Generación del 27, con un interés especial por Francisco Pino, del que ha realizado numerosas antologías y estudios críticos. La última de estas antologías, titulada “Calamidad hermosa”, ha sido publicada este mismo año, con ocasión del Centenario del poeta.Perteneció al Consejo de Dirección de la revista de poesía “El signo del gorrión” y codirigió la colección Vuelapluma de Ed. Edilesa. Su obra poética aparece en numerosas antologías, entre las que destacan “Las ínsulas extrañas. Antología de la poesía en lengua española” (1950-2000) y “Poesía hispánica contemporánea”, ambas publicadas por Galaxia Gutemberg y Círculo de lectores. Actualmente es colaboradora habitual en la sección de opinión de El Norte de Castilla y publica en distintas revistas literarias.

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