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Vicente Álvarez

EL FARO DE AQUALUNG

CIEN MASCARAS DE FICCION

Ya estamos en diciembre. Termina el 2006 (año perro que aviva mi particular maldición sobre los años terminados en seis) y, entre el frenesí de celebraciones promovidas durante estos meses, apenas he oído hablar del año Valle-Inclán. En 1986, conmemorando el cincuenta aniversario de la muerte del genial escritor, tuve la suerte de quedar finalista de cierto premio gracias a un horroroso cuento titulado ‘Una sonata de bohemia’. A los pocos días, llegó a mi casa una gran caja con la obra completa de Valle que me morfé en poco tiempo. Para celebrar el acontecimiento, leo la biografía que escribió Gómez de la Serna sobre nuestro hombre, un librito encantador, lleno de anécdotas pasadas por el callejón del Gato. La historia definitiva y vivaracha de la mejor máscara a pie que cruzaba la calle de Alcalá, el autor más lírico, más barroco y más barbado de España, el más grande escritor del siglo XX. También el más fantasmagórico y osado. Alguien a quien no le gustaba Madrid porque en México él paseaba con dos leones y en Madrid no se los dejaban subir al tranvía. Presumía de manquedad cervantesca y de fakir (apenas comía, bebía el café ardiendo y fumaba hachís). Acostumbraba a interpretar algunos papeles en el teatro (hizo de doña Brígida, con barba y todo, en el Don Juan Tenorio), a incendiar cafés, a preparar sopas de ajo a las que les quitaba la “plebeyez”, a escribir obras con poesía de cristal, violencia, asesinatos, crímenes, sangre y brujas. Además, era un cabronazo que no dejaba títere con cabeza. «Recójase usted el talento, no vaya a pisárselo», le decía al orgulloso. «Si la obra de los Quintero se tradujese al castellano, ¿qué quedaría de ella?», voceaba por los cafés, al tiempo que se resistía a bajar hasta la Puerta del Sol porque «allí se confunde uno con los demás. La Puerta del Sol es buena para que se estacione en ella Pérez Galdós». La mala baba de este doctor House de las letras alcanzaba a todo el mundo: «Donde esté Tolstoi que se quite ese Proust que comienza todas las novelas con un té en casa de su abuela». A pesar de su tremenda acidez, sus discípulos le seguían como a un particular Dios. En cierta ocasión, comentó que entre las arañas era muy corriente la homofagia. «¿Qué diablos es eso de la homofagia?», le preguntó uno de ellos. «El hecho de comer animales de la misma especie. Usted, por ejemplo, sería homófago si comiera besugo», contestó Valle. Una vez necesitó una transfusión urgente de sangre y varios compañeros de letras acudieron a la llamada. Pero las cosas no resultaron tan fáciles y el viejo cascarrabias, en el lecho del dolor, hizo su particular criba: «De ese no porque no es cosa que cuando esté convaleciente me dé por escribir cosas de niños… de ese no porque tiene la sangre cargada de gerundios». Cuando hablaba de Echegaray, en fin, le llamaba siempre «el Viejo Idiota». Así que cuando tuvo que escribir una carta a un amigo que vivía en la calle José Echegaray, no se cortó un pelo y en el sobre puso como dirección: «calle del Viejo Idiota». Lo cojonudo es que la carta llegó perfectamente al destinatario. Genio y figura de alguien que llevaba sobre su rostro cien máscaras de ficción y que me regaló la mejor lección posible: «Las cosas no son como las vemos, sino como las recordamos».

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Sobre el autor

Escribe novelas y cosas así. Sus detractores dicen que los millones de libros que ha vendido se deben a su cara bonita y a su cuerpo escultural. Y no les falta razón.


diciembre 2006
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