DÍAS DE AMORES


Lleva muchos años poniendo tiritas a mi corazón. No sé si es más pintor que músico o cineasta o poeta. Ha mamado de los claroscuros de Goya, del ascetismo de El Greco, del surrealismo socarrón de Buñuel, de la lucidez crítica de Bob Dylan, del misticismo de San Juan de la Cruz, de las flores del mal de Baudelaire, del alma atormentada de Leonard Cohen, de los infiernos de Dante, del “nemequittepas” de Brel. Es, además, un canalla a lo Bradomín. Un tipo lúcido, inteligente, existencialista y comprometido; alguien cargado de experiencia, saudades, espumas, sarcófagos, albas, sueños, lienzos, templos y mujeres desnudas. Es, por otro lado, el músico más revolucionario de este país. Capaz de componer una misa emparentada directamente con el sexo, de cantar a temas complejos e inexplorados en la música como la masturbación o el cunnilingus, de sacar discos bilingües, de inventarse la fórmula del disco-libro, de llenar sus canciones de aforismos, epigramas y poemigas, de convertirse en el juglar del sexo, del amor y de la muerte: ascético en la mirada, sutilmente sombrío en el fondo, voluptuosamente gótico en la forma. Ahora, Luis Eduardo Aute da la enésima vuelta de tuerca a esa cosita tan cabrona llamada amor y nos regala un libro y un disco de idéntico título (Días de amores) donde recoge sus mejores canciones de amor. Ya se sabe: “cuando dos cuerpos se aman, se hace la carne poesía”. O mejor aún: “Entre la fe y la felonía, la herencia y la herejía, la jaula y la jauría, entre morir y matar, PREFIERO AMAR”. Pues eso.

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El Norte de Castilla

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