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Vicente Álvarez

EL FARO DE AQUALUNG

PERLAS ENSANGRENTADAS

Las cifras que adornan el ‘currículum’ del hijo de la chingada son para poner los pelos de punta. El 11 de septiembre de 1973, y con el recurrente y obsesivo fin de «liberar al país del yugo marxista», Pinochet entró a sangre y fuego en el Palacio de la Moneda, asesinó al presidente Salvador Allende, plantó su culo gordo en la poltrona ilegítima, acabó con las libertades del Estado de derecho y comenzó su particular carrera de genocida (su primera orden, mientras La Moneda ardía, fue significativa: «A los miembros del Gobierno derrocado los ponen en un avión y en el camino los van tirando para abajo»). Las hordas que lo acompañaban se profesionalizaron, se autoproclamaron ‘Caravana de la Muerte’ y adquirieron el grado de matarifes con patente de corso. Bajo su inflexible mando, los organismos de seguridad hicieron desaparecer a unos tres mil prisioneros políticos, otros 28.000 fueron torturados (entre ellos la actual ministra chilena, Michelle Bachelet) y unas decenas de miles de chilenos tuvieron que exiliarse. Poco antes de su muerte, el monstruo con cara de abuelito indefenso asumió la responsabilidad de sus actos y los justificó «por amor a la patria», concluyendo su homilía llena de mierda con una perla ensangrentada: «¿Pedir perdón? Que lo pidan ellos». Fue un indecente exabrupto más de los muchos que soltó por su purulenta boca a lo largo de una sanguinaria dictadura: «Los derechos humanos son una invención, muy sabia, de los marxistas». «En este país no se mueve una hoja sin que yo lo sepa». «Pluralismo: ¿sabe cómo llamo yo a eso? Beatería política». «Esto no ha sido nunca una dictadura. Ha sido una dictablanda». «La mentira se descubre por los ojos y yo muchas veces mentía, por eso usaba anteojos oscuros». «El diálogo es un juego que tienen los comunistas. A mí no me interesa». «Yo no acostumbro a amenazar. Solo advierto una vez. El día que me toquen a alguno de mis hombres se acabó el Estado de derecho”. «Yo no conozco eso de los derechos humanos. ¿Qué es eso?»… Y así ad infinítum, ad náuseam. Resulta una ironía, una jodida ironía, por otro lado, que este personaje tan siniestro y sanguinario haya muerto precisamente el Día Internacional de los Derechos Humanos. Benedetti ha declarado que «en este caso la muerte le ganó a la justicia». Y tal vez tenga razón, aunque su muerte no tiene que constituir el final de la historia bajo ningún concepto. Eso sí, resulta descorazonador que este asesino se haya ido sin ser juzgado, sin que las familias de los asesinados y los supervivientes que fueron torturados le hayan visto pagar por las salvajadas cometidas. Resulta, en fin, tremendamente desalentador ver las lágrimas de sus seguidores, sin duda fervientes defensores de las violaciones de los derechos humanos, ver a jóvenes imberbes haciendo el saludo fascista ante el cadáver del tirano, ver a un mandril atacando a una reportera de TVE mientras grita «españoles, hijos de puta». Muy edificantes estos nazis. Pues eso. Que Belcebú se agarre los machos. Hacia allí va alguien que le va a disputar el trono de la muerte.

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Sobre el autor

Escribe novelas y cosas así. Sus detractores dicen que los millones de libros que ha vendido se deben a su cara bonita y a su cuerpo escultural. Y no les falta razón.


diciembre 2006
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