Publicado en El Norte de Castilla el 21 de diciembre de 2006
Me pasan una copia de ‘Earthling’, documental dirigido por Shaun Monson, narrado por Joaquin Phoenix y regado con la preciosísima música de Moby. En él asistimos a una muy particular y vergonzosa bajada a los infiernos del comportamiento humano gracias a una serie de imágenes nunca vistas, grabadas en su mayoría a través de cámara oculta. Imágenes de perros sufriendo, gimiendo de dolor, retorciéndose por el suelo con varios huesos rotos a causa de las palizas, o tiroteados directamente por las calles, delfines acuchillados salvajemente mientras se van asfixiando, océanos de sangre, cerdos golpeados con varas de acero, electrocutados, sumergidos en agua hirviendo para quitarles el pelo, focas apaleadas, hielos teñidos de rojo y un larguísimo y repugnante etcétera. La convicción final, en todo caso, de que la sistemática tortura de animales, cualquiera que sea el pretexto, solo puede mostrarnos el grado tan bajo de abyección que podemos alcanzar los animales humanos. La bajada a los infiernos resulta tremendamente esclarecedora. «En su comportamiento hacia otras criaturas, todos los humanos son nazis», comienza diciendo Isaac B. Singer. Visitamos granjas de cachorros destinados a mascotas. Nos enteramos de los millones de animales que son abandonados al año. Casi la mitad mueren en la calle. El resto son sacrificados. Las inyecciones (más humanas y caras) son sustituidas por cámaras de gas donde tardan hasta veinte minutos en morir. Unos salvajes tiran a un perro vivo directamente a una trituradora de basura. La última imagen de sus aterrorizados ojos llena la pantalla antes de desaparecer entre los hierros. Luego paseamos por los mataderos, sitios sin paredes de cristal para que no veamos lo que se esconde dentro. Presenciamos escenas de canibalismo entre los cerdos, vemos cómo les arrancan los dientes, cómo les amputan la cola, cómo les castran para obtener carne más grasa. Todo ello, por supuesto, sin ningún tipo de anestesia. Y ya que ninguna ley regula la muerte de estos animales, se imponen los métodos más baratos, como la electrocución anal (les insertan una varilla en el recto y un conductor de metal en la boca). Nos hablan de experimentos médicos en operaciones sin anestesia, de investigaciones militares en las que se prueban explosiones atómicas con perros o se expone a primates a radiaciones nucleares. Tampoco hay que olvidar los espectáculos públicos que montamos a costa de su sufrimiento (y de esto en España sabemos mucho). Dice Mark Twain: «De todas las especies, los humanos son los más detestables pues son las únicas criaturas que infringen dolor por entretenimiento». Y, por supuesto, la excusa que esgrimen estos sádicos siempre es la misma: que los animales no sufren. Algunos alcaldes patanes defienden aún hoy prácticas salvajes basándose en esa falacia. Los animales sienten miedo, soledad y dolor como los humanos. Mientras no entendamos esto, estaremos perdidos. Este documental, a pesar de su crudeza, debería de ser asignatura obligatoria en todos los colegios del mundo. Sería la única forma de que las generaciones venideras limpiaran el deshonor que acumulamos de manera obscena.