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Vicente Álvarez

EL FARO DE AQUALUNG

¿A QUÉ HUELEN LOS LIBROS?

Publicado en El Norte de Castilla el 23 de abril de 2009

Mucha gente entra en las librerías y sigue el típico ritual de echar un vistazo a las novedades, mirar las portadas, ver los tipos de letra y leer la sinopsis. Una minoría de tarados, además de todo eso, olemos los libros. Más de una vez me han pillado con la nariz metida entre las páginas de una novela y he visto a gente recelar de mi actitud. No es muy normal, desde luego, ver a un tipo con expresión de goce sideral en esa situación pero es la única manera de no perderse la primera cata fantasiosa que, más de una vez, me ha hecho decidirme por comprar cierto libro.
Desde luego, no todos los libros huelen igual. Las ediciones de papel reciclado no huelen igual que las baratas de papel basto. Ni los libros de tapa dura igual que los que llevan cubiertas de fino cartón. Los libros de bolsillo no huelen igual que las enciclopedias. Los libros que ya han sido manoseados no huelen igual que aquellos que tenemos que desprecintar. Los libros nuevos, en fin, no huelen igual que los libros viejos. Y, desde luego, un mismo libro no huele igual después de haber estado en dos casas distintas, de haber estado en distintas manos. El olor de un libro es como un cuento porque, entre otras cosas, leer es cerrar los ojos y dejar que penetren dentro de ti todas las letras y todos los olores. Pocas cosas son comparables al olor de un libro. Desconozco si se trata del olor de la tinta, del pegamento, del papel, del viaje que nos propone o de los recuerdos que se acunan entre sus páginas. Puede ser la colonia que alguien dejó entre sus hojas, el olor del café que se derramó, el pétalo de una rosa que alguien abandonó en una página concreta o las lágrimas que cayeron y doblaron alguna de sus hojas. Lo primero que hay que hacer al coger un libro es olerlo como si fuese una fresa. «Los libros se huelen y, aparte de esto, pueden o no leerse luego», decía César González Ruano. De hecho, seguro que hay gente en el mundo que compra libros sólo para olerlos y que tiene ordenada su biblioteca por olores.
No se me olvida, desde luego, el olor simbólico que va cosido a la piel de cada libro. Así, ‘El nombre de la rosa’ huele a incienso y tinta”. ‘Pinocho’ huele a la manzana que lleva de la mano y a la madera de la que está hecho. Las novelas de James Ellroy huelen a sangre y pólvora. Julio Verne huele a mar, ‘El capitán Trueno’ a mi infancia y ‘La dama de las camelias'” a enfermedad. Está el olor de la pipa de Sherlock Holmes, el olor a pastas y té de Miss Marple, el olor del metro que persigue a Zazie, el olor de las fogatas de los campamentos de ‘El señor de los anillos’, el olor a whisky de Bukowski, el olor del orgullo pisoteado en la campiña inglesa de ‘Orgullo y prejuicio’, el olor a opio que supuran ‘Las flores del mal’. Cortázar huele a jazz y Paco Taibo a Pepsi-Cola. ‘Fahrenheit 451’ huele a humo, el de los libros quemados. ‘Como agua para chocolate’, es evidente a lo que huele. ¿Y a qué huele ‘El perfume’? ¿No habrá ningún perfumista al que se le ocurra crear un perfume de libros?. Podría llamarlo ‘eau de lire’. No olviden nunca que leer es un viaje compartido y aromático. Una promesa de aventuras y buenos momentos. Felizmente, nos quedan los libros. Y sus olores.

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Sobre el autor

Escribe novelas y cosas así. Sus detractores dicen que los millones de libros que ha vendido se deben a su cara bonita y a su cuerpo escultural. Y no les falta razón.


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