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Vicente Álvarez

EL FARO DE AQUALUNG

LA DAMA ENTRE LLAMAS

notre-dame2Publicado en El Norte de Castilla el 26 de abril de 2019

En 1944 París pudo ser destruida por completo cuando Hitler ordenó volar los puentes sobre el Sena y lanzar sobre la ciudad una lluvia de bombas para que no quedara en pie ningún  monumento. Con los aliados a las puertas de París, su perverso plan consistía en que la ciudad no cayera en manos del enemigo a no ser como un montón de ruinas. Sin embargo, el comandante del Gran París no se atrevió a asesinar la belleza. Cuando las tropas aliadas entraron en París, Hitler le llamó. Sólo le preguntó una cosa: ¿Arde París?  Dicen que le pusieron el auricular para que escuchara el sonido de las calles de París. Hasta él llegaron las notas de la Marsellesa y las campanas de Notre-Dame revoloteando gracias a los poderosos brazos de Quasimodo. Unos días antes, los nazis habían detenido a un joven de la resistencia. Le vendaron los ojos y se dispusieron a fusilarlo frente a Notre-Dame. La leyenda cuenta que se arrodilló y rezó a la Virgen. En ese instante, los nazis escucharon un aullido y una sombra se proyectó sobre el atrio de la catedral. En apenas unos segundos, las gárgolas rescataron al prisionero bajo la aterrorizada mirada de sus verdugos. Ahora, 75 años después, el mismo día en el que el Titanic se hundía en nuestra memoria, las llamas han estado a punto de devorar Notre-Dame. Durante unas horas, París dejó de ser una fiesta. A las ocho de la tarde del 15 de abril, París quedó decapitada mientras caía la aguja central. Victor Hugo ya lo había escrito: “una gran llama subía entre los dos campanarios con torbellinos de chispas, una gran llama desordenada y furiosa que con el viento parecía por momentos un jirón en medio del humo”. Entonces todos nos convertimos en Quasimodo llorando lágrimas de desesperación. No hablamos solo de la mayor catedral gótica del mundo. Hablamos de una tumba vertical invertida que forma parte de nuestra educación sentimental. Un mágico bloque de tinieblas que se ha convertido a lo largo del tiempo en parte de nosotros, de nuestros recuerdos. Quasimodo, escondido en la oscuridad, el ojo brillante, espiando a Esmeralda bailar entre la niebla de las cenizas de la catedral en llamas mientras las gárgolas nos protegen del ataque de los demonios. Gracias a ellas sabemos que nadie torcerá sus nervios de acero. Que ningún dragón podrá fulminar con su fuego su antigua osamenta de roca. Dentro de mil años la vieja Dama sepultará París como un día anunció Nerval. Y nosotros estaremos allí leyendo a Victor Hugo.

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Sobre el autor

Escribe novelas y cosas así. Sus detractores dicen que los millones de libros que ha vendido se deben a su cara bonita y a su cuerpo escultural. Y no les falta razón.


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