Publicado en El Norte de Castilla el 3 de enero de 2026
En el año que acaba de ver la luz celebraremos el centenario de Miles Davis, el trompetista que bajó del cielo para protagonizar varias de las revoluciones más importantes de la historia de la música. Lo hizo siempre, como cantaban Esclarecidos, “balanceando la trompeta / y sin mover los pies/ esa chulería indecente/ esa forma de mirar/ es el dueño del silencio”. Dicen que una mirada con sus ojos de rayos X podía dejarte KO, no en vano sus héroes eran boxeadores (Joe Louis, Sugar Ray Robinson, Jack Johnson) y él se convirtió en un trompetista boxeador, lidiando a golpes con la vida, con las adicciones, con el racismo y con su obsesión por ir un paso por delante del resto del planeta protagonizando varias revoluciones en el mundo del jazz. En cierta ocasión acudió a una cena en la Casa Blanca invitado por Ronald Reagan. Aunque odiaba aquel tipo de encuentros, lo hizo por compromiso con su amigo Ray Charles. Durante la cena, tras escuchar muchas tonterías a los políticos de turno, tuvo que aguantar que alguien le preguntase: “¿Qué ha hecho usted en su vida que sea tan importante como para estar aquí?”. El Príncipe de las Tinieblas le recordó al ignorante de turno que él había cambiado la historia de la música como unas cinco o seis veces, antes de preguntarle: “¿Y usted qué cosas ha hecho que tengan alguna importancia, aparte de ser blanco, como para estar aquí?”. Miles protagonizó, en efecto, varias revoluciones. La primera el nacimiento del cool, el jazz frío, más reflexivo, calmado y elegante. Luego llegó la revolución del jazz modal con Kind of Blue. Miles Davis no sabía que acababa de grabar el disco más importante, trascendente y visionario del siglo. ¿Cómo es posible llegar a un estudio sin nada y salir con algo eterno? La trompeta que baja del cielo y comienza a llorar. El sonido suave y melódico, la introspectiva elegancia, los solos de trompeta inmensamente tristes, la sensualidad hecha música, la saudade que entra por los oídos y explota en el alma. Eso fue antes de que el trompetista de Hamelin se volviera eléctrico y decidiera sacar al jazz del gueto intelectual y ponerlo a competir con el rock. A los puristas que él tanto odiaba les molestaba el que un dios del jazz como Miles Davis se plegase a las masas y pisase terrenos bárbaros. No sabían lo que todavía les esperaba. Un día el Picasso del jazz abrió la ventana y escuchó cómo el naciente hip-hop se colaba en su casa. Era la banda sonora de la calle. A los críticos les pareció un horror y odiaron su último álbum (lo que se me antoja un motivo más para adorarlo). En sus últimos años pasó de vestir como un dandi, todo de negro, a hacerlo de forma extravagante, luciendo grandes anillos, unas gafas oscuras, camisas de colores chillones, y todo ello mientras tocaba de espaldas al escenario. Solía sentarse en un rincón, oculto tras sus consabidas gafas, y desde allí observaba a la gente con aire provocador. Tenía rápidos cambios de humor. Era Géminis y solía decir: “soy el seis triple, el Diablo, de modo que no se te ocurra joderme”, antes de soltar su clásica y mefistofélica sonrisa. Eso sí, detestaba que le sorprendieran sonriendo en público, pues eso equivalía a hacer de negro bueno, al estilo tío Tom. Sus canciones son tan hermosas que duelen. Transmiten soledad: como un tren nocturno que te atraviesa el cerebro de lado a lado. Sus largos solos son fascinantes, brillantes y, sobre todo, inmensamente tristes. A su trompeta le falta poco para llorar. Todo fluye como una catarata emotiva. Cuando menos lo esperas surge la trompeta de Miles. Vagabunda, íntima, glamourosa, etérea, reflexiva, elegante, intensa, nocturna, apasionada, compleja, adictiva, conmovedora, provocativa, sensual, tormentosa, volátil, catártica, agresiva, visceral, misteriosa, narcótica, rebelde y melancólica. Uno piensa que le va a perseguir toda la vida la trompeta existencialista, en forma de balada, en forma de sordina, del Ascensor para el cadalso. Y lo hará siempre acompañando a una hermosísima Jeanne Moreau vagando por los Campos Elíseos. En el año Miles fácil es pronosticar que serán miles los años que acabarán siendo testigos de su magia.