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Vicente Álvarez

EL FARO DE AQUALUNG

SE BAJA EL TELÓN

Publicado en El Norte de Castilla el 31 de enero de 2026

El 25 de enero de 1906 se estrenó, en el Teatro de la Princesa de Madrid, “El marqués de Bradomín”, una adaptación parcial de la novela “Sonata de otoño”. Dicho de otra forma, uno de los personajes más memorables de toda la historia de la literatura se subió a las tablas por primera vez justo hace ahora 120 años. De todos eran ya conocidas las aventuras del divino marqués que don Ramón del Valle-Inclán había reunido bajo el título de “Sonatas” y que, de forma vivaldiana, retrataban las cuatro edades del protagonista. En la primavera, sus amores satánicos con las Gaetani mientras trabaja como capitán de la Guardia Real de Su Santidad, la labor de acoso y derribo hacia la hija mayor (la futura carmelita María Rosario) y la muerte de la hermana pequeña al caer de una ventana mientras que una trastornada María Rosario grita: “Fue Satanás”. En el verano, su viaje a México donde conoce a la esposa del general Diego Bermudez, la Niña Chole, y donde no parará hasta conseguir que sus manos distraídas y expertas desfloren sus pechos y juntos celebren sus propias bodas con siete copiosos sacrificios en el priorato de Comendadoras Santiaguistas. En el otoño, el reencuentro con un amor imposible de su juventud (su prima Concha, la Dama), ahora casada, con dos hijas y gravemente enferma; a pesar de ello, el marqués continúa tentando con sus armas de seducción a la Dama y le hace caer al abismo de un amor imposible y pecador. En el invierno, en fin, el viejo dandi, en hábito religioso, llega a la Corte carlista de Estella donde se encuentra con un antiguo amor, María Antonieta, que le habla de una hija fruto de sus amores, algo que no le impedirá intentar seducirla mientras se recupera en un convento de la amputación de un brazo. El exhibicionismo del marqués cumplió su ciclo demoníaco con las Cuatro Estaciones. En ellas quedó retratado como un caballero con empaque de rancio gentilhombre, como un cínico farsante con desdeñosa afectación de dandismo, como un donjuán al que le gustaba escandalizar y mezclar de forma voluptuosa el amor y la muerte. El marqués de Bradomín fluctúa entre un aristócrata con sutil dejo de galantería y un depravado mefistofélico. El conquistador veneciano, atractivo, inmoral e insensible se transforma en un donjuán feo, católico y sentimental. Descreído, intrigante y obsequioso como un cardenal del Renacimiento. Amante de la originalidad, la impertinencia y la audacia. Católico literario a lo Chateaubriand, afrancesado y volteriano. Carlista por estética (“el carlismo tiene para mí la belleza de las grandes catedrales”), irónico (“la fatalidad es una invención de los trágicos griegos y de los arruinados en Montecarlo”) y frívolo (“santidad y extravagancia no se separan jamás). En una de sus últimas apariciones reveladas por su biógrafo oficial, nos lo encontramos en el entierro de su amigo Max Estrella. El marqués es ya un anciano caballero con la barba toda de nieve y las manos afiladas de monje penitente. Un viejo dandi que sigue dando a todas las cosas y a todos los sentimientos un aire de frivolidad galante y que continúa llevando en los nervios la biblioteca de Alejandría. El confesor de princesas y teólogo del amor se ha convertido en un viejo fracasado, retirado desde muchos años atrás en su Pazo de Bradomín, arruinado y dedicado en exclusiva a intentar vender sus memorias como si vendiese el esqueleto (unas memorias en las que promete no confesar lo más interesante, sino únicamente sus pecados). Nuestro depravado exquisito se conforma con evocar recuerdos entre nieblas de tabaco y olor a achicoria mientras sigue siendo el mismo hombre que no cambiaría su bautismo de cristiano por la sonrisa de un cínico griego, el mismo que espera ser eterno por sus pecados. Para terminar, no se me olvidan las últimas palabras del marqués de Bradomín en el teatro antes de caer el telón: “No es rencor lo que siento, es la melancolía del desengaño, una melancolía como si el crepúsculo cayese sobre mi vida, y mi vida, semejante a un triste día de otoño, se acabase para volver a empezar con un amanecer sin sol”. Y segundos después: “¡Quién sabe lo que guarda la vida!”. Ahora sí, se baja el telón.

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Sobre el autor

Escribe novelas y cosas así. Sus detractores dicen que los millones de libros que ha vendido se deben a su cara bonita y a su cuerpo escultural. Y no les falta razón. www.vicentealvarez.com


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