El Norte de Castilla
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Autor: EsperanzaOrtega
Pequeñas heroínas feministas
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Esperanza Ortega | 13-03-2018 | 10:09| 0

El martes pasado, la manifestación feminista asombró a más de uno, aunque ya había vaticinado yo, con el cardenal Osoro, que iba a participar hasta la Virgen María. ¡Hombres de poca fe! No me habíais creído. Lo que no me había sido revelado es que los fariseos y las fariseas que momentos antes condenaban la huelga iban a aparecer al día siguiente con un lazo lila en la solapa. Cosas que pasarán a la historia de la desvergüenza política. Entre el entusiasmo y la melancolía de aquella tarde gloriosa, lo que yo eché de menos es la presencia de nuestras antepasadas, las madres y hasta las abuelas que no conocimos. Y también eché de menos a las niñas que fuimos nosotras, mientras leíamos los cuentos de niñas. Ahora que tanto se habla de la necesidad de “referentes” para las futuras mujeres liberadas, los libros protagonizados por niñas, escasos pero memorables, adquieren en el recuerdo su verdadero valor reivindicativo. No me refiero a las protagonistas de los cuentos tradicionales, que sitúan el relato en una dimensión simbólica, sino a las historias enmarcadas en la vida cotidiana, que son las que influyen en los modelos sexistas. Y me refiero a esas niñas que como Celia, Mari Pepa o Antoñita la fantástica, herederas todas ellas de la desventurada Sofía de la Marquesa de Segur, sufrían todo tipo de castigos por no acoplarse al modelo femenino que las marcaba la sociedad y la familia. Todas ellas se escaparon alguna vez de casa y casi todas ellas escribían su historia en un diario, único refugio para su rebeldía y único texto en el que no se veían relegadas a un papel secundario. Cuando leí el diario de la maravillosa escritora que fue Ana Frank, asesinada por los nazis antes de cumplir los 15 años, me acordé de estas niñas de los cuentos, que tanto se parecían a ella. Y me acordé también de Jo, la escritora, la segunda de las cuatro hermanas de Mujercitas, rebelde y feminista donde las haya. Igual que Ana de las tejas verdes, Jo poseía la espontaneidad y el amor por la naturaleza de una Heidi sin abuelo. ¡Cuántas niñas soñaron en sus páginas con una nueva vida en un mundo nuevo! Y cuántas renunciaron a ese sueño con el paso de los días, al mirarse al espejo y ver que ya eran tan altas como sus mamás. Mucho más tarde apareció en España Pipi Calzaslargas, la intrépida y desvergonzada Pipi Lángstrump, niña de espíritu pirata, fuerte y valiente como una guerrera vikinga. ¡Cualquiera se metía con Pipi! Como heredera de la gran Pipi solo conozco a la inteligente y poderosa Martilda de Roald Dahl. Ya sé que mi argumentación se podría matizar en un texto mucho más extenso que éste, ero yo me sigo preguntando: ¿por qué estos cuentos protagonizados por niñas se consideraban cuentos para niñas mientras los protagonizados por niños se consideraban cuentos para todos? Me refiero a Pedro Melenas, a Tom Sawyer, a Daniel el travieso, a Guillermo Brown o al pequeño Nicolás, que las niñas leíamos también con fruición. Y otra pregunta, ¿por qué los libros que se leen en las escuelas mixtas actuales están protagonizados por niños en su gran mayoría?, ¿por qué no hay un equivalente femenino de Manolito Gafotas o Tom Gates?, ¿por qué los libros protagonizados por niñas se siguen considerando solo femeninos y así se presentan y publicitan? En cualquier caso, el jueves regresaron aquellas pequeñas heroínas nuestras, sonriendo con melancolía mientras abrían de nuevo sus cuadernos y escribían en sus diarios: “Hoy, 8 de marzo de 2018, estoy hasta el c… de tanto machirulo”

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Feministas virginales
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Esperanza Ortega | 07-03-2018 | 12:13| 0

El Cardenal Osoro aseguró hace unos días que la Iglesia no se opone a la huelga feminista convocada para mañana. Llegó a afirmar incluso que la Virgen María hubiera seguido la huelga si hubiera tenido oportunidad de hacerlo. Ya ven, en eso las ministras del PP son más papistas que el Papa, porque seguro que si Cospedal o Tejerina fueran “cardenalas” excomulgarían a las huelguistas. Y sin embargo la Iglesia católica sigue teniendo una deuda pendiente con las mujeres, por no considerarlas dignas de ejercer el sacerdocio. Aunque algunas religiosas actúan ya por su cuenta, como la gallega Cristina Moreira, que ha sido ordenada sacerdote, saltándose las leyes del derecho canónico. Sáenz de Santamaría no hubiera dudado en aplicarla el 155, a ella y a todas las monjas que forman parte de la Asociación de Mujeres Sacerdotes Católico Romanas. Nada dijo de este tema el cardenal Osoro, que sin embargo trató otro asunto central para el feminismo. Me refiero a su afirmación de que el valor más alto de una mujer es ser madre, como la Virgen María. Eso fue lo que dijo. Entonces, ¿las mujeres que no tienen hijos porque no pueden o porque no quieren no son tan dignas de estimación como las que sí los tienen? Las monjas, por ejemplo, renuncian voluntariamente a la maternidad. Por cierto, ¿saben que un grupo de estas monjas ha denunciado el estado de semi-esclavitud que soportan las que están al servicio de obispos y cardenales? Les lavan la ropa, les limpian la casa y cocinan para ellos, pero terminan comiendo ellas solas, en la cocina. A mí estas monjas me retrotraen a la infancia y al cuadro que presidía el comedor de mi casa: la Última Cena. Yo me sentaba enfrente del cuadro tres veces al día y, cuando aún no había televisión, me fijaba en aquellos trece hombres, en la sobremesa de un banquete al que no habían invitado a ninguna mujer ¿Quién habría cocinado el cordero?, ¿quién lo habría servido? Es posible que lo hubiera hecho la Virgen María. En ese caso, ¿cenaría ella sola, como las monjas-criadas? ¿En eso se basaba el padre Osoro para sugerir que la Madre de Dios hubiera seguido la huelga de poder haberlo hecho? Pues estuvo acertado el señor arzobispo de Madrid. Por algo el poeta Francisco Pino decía en el poema titulado “Letanía de la Virgen pobre”: “Chacha que ordenas con cielo el barullo de los hogares de la tierra/ Nodriza que arrullas a los que nadie arrulla/ Almohada de los ajusticiados/ Nodriza tiernísima/ Almohada suavísima/ Chacha de todos, ruega por nosotros” Pues sí, María bien podría solidarizarse con todas las mujeres, como abogada nuestra que es. Por si no se han convencido aún, voy a citar un ejemplo que causó mucho revuelo cuando visitó España Benedicto XVI y consagró a un grupo nutrido de sacerdotes en la Sagrada Familia. En el altar solo hubo hombres, excepto las tres mujeres que limpiaron el aceite que se había utilizado en la ceremonia. Si los consagrara mañana, día 8 de marzo, puede que los mismos sacerdotes limpiaran el aceite, además de hacer todas las tareas que realizan a diario las mujeres en las iglesias ¿Por qué? Pues porque todas estarían en la manifestación, incluida la mismísima Bien Aparecida. Ah, y la cena se la prepararían ellos solitos quienes yo me sé, porque las amas de casa y madres de familia también harán huelga de brazos caídos, igual que la Virgen María.

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Cuando Forges nos hizo llorar
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Esperanza Ortega | 28-02-2018 | 1:51| 0

Yo me enteré de madrugada. Había dejado encendida la radio y oí entre sueños una voz que anunciaba la muerte de Forges. No me lo podía creer. Dejé la radio encendida y esperé una hora despierta a que lo confirmara el nuevo noticiario. Sí, era verdad que Forges había muerto. Me parecía mentira porque, a pesar de que había leído sus chistes hasta aquella misma mañana, el nombre de Forges deambulaba en mi memoria por las avenidas bulliciosas de los años juveniles, entre bromas y risas. Y no es que aquellos años, los finales de la Dictadura, hubieran sido de juerga constante, en absoluto. Fue un tiempo trágico, aunque lleno de vida. “Ser joven en los años sesenta fue un privilegio”, decía en una entrevista el arquitecto Oscar Tusquets. Y también lo fue en los años setenta, pensé yo. Y en aquellos años tristes en los que nos reímos tanto, lo hicimos casi siempre ante un chiste de Forges, cuando ya estaba anocheciendo, mientras leíamos el Informaciones, que salía por la tarde, todos los días, menos el lunes, claro está. Los chistes de Forges eran una ventana que se abría a una estancia bien iluminada, la de su propia mente lúcida, noble e insensata. A veces había que cerrar el periódico repentinamente porque llegaban los grises hasta las puertas mismas de Padova, aquella cafetería-confitería del Valladolid inolvidable, donde entrábamos a tomar un cruasán al atardecer todas las generaciones revueltas, pero sobre todo los grupos de señoras mayores –tendrían nuestra edad actual, pero entonces nos parecían muy mayores- que amenazaban con hacer estallar los espejos dorados con sus voces agudas e incesantes, y los señores taciturnos de bigote blanco, chaleco y sombrero, mezclados entre los melenudos y nosotras, risueñas y felices, porque acabábamos de leer el chiste de Forges. Allí, en ese ambiente de final del mundo fueron apareciendo las dos viejas del pañuelo negro o los calvos narigudos y escuchimizados de las cortes franquistas o el matrimonio cuya conversación denotaba que, a pesar de dormir en la misma cama, no habían estado juntos ni una sola noche. O no tanto, quizá no tanto, es verdad. Y nos hacían reír más aún cuando les oíamos hablar con los neoforgismos que él inventaba para decir lo imposible en un tiempo imposible sobre unos seres imposibles y sin embargo…,con un lenguaje coherente, un verdadero forgendro que añadía un nuevo color a la gama gramática. Sí, Forges acudía a su cita diaria, puntual, íntimo, respetuoso y respetado, uno más siempre entre nosotros. “Y yo me iré –escribió Juan Ramón Jiménez- y seguirán los pájaros cantando…” Tantos se fueron, mientras los pájaros seguían cantando y Forges seguía publicando sus chistes cada día, que creímos que así iba a seguir sucediendo hasta la eternidad. Sin embargo, sus viñetas ya no nos harán reír en el futuro, sino suspirar de melancolía. ¿Suspirar?, ¿por quién? No por ese hombre que se apellidaba Fraguas y al que no conocimos, sino por nosotros mismos, mientras saboreamos un cruasán y ya es historia. ¿Te acuerdas de Forges?, diremos un día no tan lejano, y caerá la noche repentinamente sobre nuestros párpados para que nadie vea que estaba por escapársenos una lágrima. ¿Cuándo? Hoy mismo. Cuando abrimos el periódico y echamos eso en falta por primera vez, lo que ayer nos hacía reír y hoy nos hace llorar.

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Cuando Forjes nos hizo llorar
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Esperanza Ortega | 27-02-2018 | 10:30| 0

Yo me enteré de madrugada. Había dejado encendida la radio y oí entre sueños una voz que anunciaba la muerte de Forjes. No me lo podía creer. Dejé la radio encendida y esperé una hora despierta a que lo confirmara el nuevo noticiario. Sí, era verdad que Forjes había muerto. Me parecía mentira porque, a pesar de que había leído sus chistes hasta aquella misma mañana, el nombre de Forjes deambulaba en mi memoria por las avenidas bulliciosas de los años juveniles, entre bromas y risas. Y no es que aquellos años, los finales de la Dictadura, hubieran sido de juerga constante, en absoluto. Fue un tiempo trágico, aunque lleno de vida. “Ser joven en los años sesenta fue un privilegio”, decía en una entrevista el arquitecto Oscar Tusquets. Y también lo fue en los años setenta, pensé yo. Y en aquellos años tristes en los que nos reímos tanto, lo hicimos casi siempre ante un chiste de Forjes, cuando ya estaba anocheciendo, mientras leíamos el Informaciones, que salía por la tarde, todos los días, menos el lunes, claro está. Los chistes de Forjes eran una ventana que se abría a una estancia bien iluminada, la de su propia mente lúcida, noble e insensata. A veces había que cerrar el periódico repentinamente porque llegaban los grises hasta las puertas mismas de Padova, aquella cafetería-confitería del Valladolid inolvidable, donde entrábamos a tomar un cruasán al atardecer todas las generaciones revueltas, pero sobre todo los grupos de señoras mayores –tendrían nuestra edad actual, pero entonces nos parecían muy mayores- que amenazaban con hacer estallar los espejos dorados con sus voces agudas e incesantes, y los señores taciturnos de bigote blanco, chaleco y sombrero, mezclados entre los melenudos y nosotras, risueñas y felices, porque acabábamos de leer el chiste de Forjes. Allí, en ese ambiente de final del mundo fueron apareciendo las dos viejas del pañuelo negro o los calvos narigudos y escuchimizados de las cortes franquistas o el matrimonio cuya conversación denotaba que, a pesar de dormir en la misma cama, no habían estado juntos ni una sola noche. O no tanto, quizá no tanto, es verdad. Y nos hacían reír más aún cuando les oíamos hablar con los neoforjismos que él inventaba para decir lo imposible en un tiempo imposible sobre unos seres imposibles y sin embargo…,con un lenguaje coherente, un verdadero forjendro que añadía un nuevo color a la gama gramática. Sí, Forjes acudía a su cita diaria, puntual, íntimo, respetuoso y respetado, uno más siempre entre nosotros. “Y yo me iré –escribió Juan Ramón Jiménez- y seguirán los pájaros cantando…” Tantos se fueron, mientras los pájaros seguían cantando y Forjes seguía publicando sus chistes cada día, que creímos que así iba a seguir sucediendo hasta la eternidad. Sin embargo, sus viñetas ya no nos harán reír en el futuro, sino suspirar de melancolía. ¿Suspirar?, ¿por quién? No por ese hombre que se apellidaba Fraguas y al que no conocimos, sino por nosotros mismos, mientras saboreamos un cruasán y ya es historia. ¿Te acuerdas de Forjes?, diremos un día no tan lejano, y caerá la noche repentinamente sobre nuestros párpados para que nadie vea que estaba por escapársenos una lágrima. ¿Cuándo? Hoy mismo. Cuando abrimos el periódico y echamos eso en falta por primera vez, lo que ayer nos hacía reír y hoy nos hace llorar.

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Un himno que me enfada
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Esperanza Ortega | 20-02-2018 | 10:58| 0

Así los llamaba Juan López de Úbeda, “enfados”. López de Úbeda fue un poeta del Siglo XVI que hizo de su carácter cascarrabias una obra de arte. Del comportamiento de algunos en misa, decía: “enfádame los golpes que están dando/ una cuenta con otra mil personas/ por darnos a entender que están rezando” o “enfádame de los que van a misa,/ por levantarse tarde, a mediodía/ y esa la quieren luego muy deprisa” o “enfádanme unos hombres que enguantados/ llegan a comulgar con tanto brío/ como si fuesen todos sus criados”, y así cientos de tercetos tan encadenados como enfadados. A mí me pasa también que me enfado cada día por una cosa o por otra. Y el problema es que, a pesar de vivir en un país libre y democrático, temo expresar mi enfado, por no coincidir con la opinión de mis convecinos, que no sé cómo percibirían mi desemejanza. Pero voy a probar. Por ejemplo, no me gusta que estén en la cárcel Junqueras y los demás políticos catalanes, no me gusta tampoco el bilingüismo del que presumen tanto los colegios, y que hace que a los niños se les enseñe en inglés la Historia de España. Y no me gustan los que cantan a los poetas, como Quevedo, Machado o San Juan de la Cruz, ahogando la música silente que solo percibe el lector de sus versos. Por cierto, ¿saben que Miguel Hernández arrestaba a los que cantaban en el frente los romances de “Vientos del pueblo”? Por algo sería) No me gustó tampoco “La librería”, de Isabel Coixet, que ha ganado todos los Goya, pero a mí me pareció que había convertido en aburrida y almibarada la novela crudísima de Penélope Fitzgerald. No me gusta viajar, que es el deporte nacional, ni me gusta el deporte ni me gustan los libros de autoayuda ni la meditación trascendental ni mi cuerpo ni mi alma. Ni siquiera me gustan los sermones del papa Francisco, porque no acaba de terminar las frases cuando llega el momento de oponerse de verdad a los poderosos. Y esto es grave, porque me gustan seres considerados despreciables por la mayoría silenciosa, como el CHE, por ejemplo, cuyo retrato preside mi mesa, al lado de otro de Juan Ramón Jiménez. Y para colmo me gustan las gominolas de los puestos más que la comida biológica ¿Cómo vivir con esta falta de coincidencia social, con este enfado íntimo y secreto? Más o menos una se acostumbra. Sin embargo ayer mismo me encontré con una fuente nueva de desasosiego. Oí el himno nacional cantado por Marta Sánchez y no me gustó nada, lo que se dice nada, nada, nada. Ya dije en otra columna que el himno español para mí no es otro que el maravilloso “Asturias, patria querida”, que cantan todos los borrachos españoles (y también las abstemias) allí donde estén, con una emoción y una nostalgia beatífica. Pero es que ese himno que cantaba la Barbi española de cabello de nylon amarillo con vestido encarnado me pareció tan triste… que tiñó de derrota roja y gualda mi día completo ¡Y resulta que a todos les gusta! Desde Rajoy hasta su alevín ciudadano ¡Qué horror! Marta Sánchez con esa pinta de Fata Morgana, el hada cambiante de la leyenda del rey Arturo, de nuevo vencedora, lanzando sus hechizos a los caballeros inocentes que la obedecían sin pestañear. Ya sé que es imperdonable que me enfade tanto, pero qué le vamos a hacer. Como diría Miguel Hernández: “Hoy estoy sin saber yo no sé cómo / hoy estoy para penas solamente/ hoy no tengo amistad/ hoy solo tengo ansias/ de arrancarme de cuajo el corazón/ y ponerlo debajo de un zapato”. Y estos versos no me enfadan, me gustan de verdad ¡Por fin!

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Sobre el autor Esperanza Ortega
Esperanza Ortega es escritora y profesora. Ha publicado poesía y narrativa, además de realizar antologías y estudios críticos, generalmente en el ámbito de la poesía clásica y contemporánea. Entre sus libros de poemas sobresalen “Mudanza” (1994), “Hilo solo” (Premio Gil de Biedma, 1995) y “Como si fuera una palabra” (2007). Su última obra poética se titula “Poema de las cinco estaciones” (2007), libro-objeto realizado en colaboración con los arquitectos Mansilla y Tuñón. Sin embargo, su último libro, “Las cosas como eran” (2009), pertenece al género de las memorias de infancia.Recibió el Premio Giner de los Ríos por su ensayo “El baúl volador” (1986) y el Premio Jauja de Cuentos por “El dueño de la Casa” (1994). También es autora de una biografía novelada del poeta “Garcilaso de la Vega” (2003) Ha traducido a poetas italianos como Humberto Saba y Atilio Bertolucci además de una versión del “Círculo de los lujuriosos” de La Divina Comedia de Dante (2008). Entre sus antologías y estudios de poesía española destacan los dedicados a la poesía del Siglo de Oro, Juan Ramón Jiménez y los poetas de la Generación del 27, con un interés especial por Francisco Pino, del que ha realizado numerosas antologías y estudios críticos. La última de estas antologías, titulada “Calamidad hermosa”, ha sido publicada este mismo año, con ocasión del Centenario del poeta.Perteneció al Consejo de Dirección de la revista de poesía “El signo del gorrión” y codirigió la colección Vuelapluma de Ed. Edilesa. Su obra poética aparece en numerosas antologías, entre las que destacan “Las ínsulas extrañas. Antología de la poesía en lengua española” (1950-2000) y “Poesía hispánica contemporánea”, ambas publicadas por Galaxia Gutemberg y Círculo de lectores. Actualmente es colaboradora habitual en la sección de opinión de El Norte de Castilla y publica en distintas revistas literarias.