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Autor: EsperanzaOrtega
Contra la pobreza
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Esperanza Ortega | 17-10-2017 | 11:49| 0

Ayer hizo treinta años que una multitud se congregó en París, en la Plaza de Trocadero, el mismo lugar en donde en 1948 se firmó la Declaración Universal de Derechos Humanos. ¿Cuál era el motivo de aquella manifestación multitudinaria? El deseo, la exigencia de algo tan simple y tan claro como la erradicación de la pobreza en el mundo. ¿Y eso es posible?, se siguen preguntando algunos, quizá porque siglos y siglos de Historia parecen corroborar que la pobreza es consustancial a las sociedades de todos los tiempos. “Siempre habrá ricos y pobres”, nos decían las monjas del colegio, mientras recorríamos las ciudades con nuestras huchas del Domund. Así que la colecta que conseguíamos iba a servir únicamente para aminorar esa lacra que nos avergonzaba, pero a la que nos debíamos de acostumbrar tarde o temprano, porque era tan inevitable como el frío en el invierno. Incluso nos decían que los pobres eran necesarios para que la bondad de las personas caritativas tuviera donde ejercitarse, lo que no hubiera sido imposible de no haber existido aquellos niños que nos miraban suplicantes, con sus ojos insomnes, sin lágrimas, tristemente vacíos de tanto añorar el alimento y la esperanza. Pues esos mismos ojos nos siguen contemplando hoy, todavía. Están aquí y pertenecen a 800 millones de seres condenados. Sin exagerar, ni más ni menos. Lo que ocurre es que es muy difícil que imaginemos su desdicha si no hemos padecido nunca la miseria. Yo me pongo a pensar y descubro que es la lectura la que más me ha acercado a la experiencia del hambre, en las novelas de Dickens, en “El Lazarillo de Tormes” o en “El coronel no tiene quien le escriba”, de García Márquez. Pero hoy la pobreza ha dejado de ser algo ajeno, lejano, y se ha convertido en una especie de peste que con la crisis ha llegado hasta aquí, a nuestro país, en donde una cuarta parte de los niños padecen algún tipo de carencia de lo más necesario. Porque la pobreza es eso, la carencia de bienes imprescindibles para que el ser humano sea humano realmente, es decir, para que la vida no se resuma en una lucha feroz por la supervivencia. Sí, la pobreza genera angustia y a la postre violencia soterrada. “Ayudadme a ser hombre, no me dejéis ser fiera”, decía Miguel Hernández en un poema titulado precisamente “El hambre”. A mí estos versos del poeta-cabrero me ponen los pelos de punta por la rabia y la voracidad de justicia que denotan: “Por hambre vuelve el hombre sobre los laberintos/ donde la vida habita siniestramente sola./ Reaparece la fiera, recobra sus instintos,/ sus patas erizadas, sus rencores, su cola”. No, no es verdad que los pobres sean necesarios para nada ni para nadie. El hambre engendra violencia y adquiere su máxima magnitud en la desigualdad, esa sombra siniestra que sepulta lo mejor de los pueblos. Y mientras, los que no tenemos hambre vivimos en la idiocia de la banalidad, sin darnos cuenta de que nuestra abundancia descansa sobre los hombros de los hambrientos del mundo. Desde aquel 17 de Octubre, muchos se reúnen en estas fechas al lado de las placas que conmemoran el Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza. En Valladolid, el sábado, a las doce y media, se descubrirá también una placa invisible en Fuente Dorada. El gesto de presencia en el acto se unirá a ese clamor silencioso contra la pobreza. ¿Hasta cuándo? No lo sé, pero allí estaremos.

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El resto del mundo
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Esperanza Ortega | 10-10-2017 | 9:51| 0

Un mayordomo atraviesa Inglaterra en un Ford prestado. Su destino es la pequeña ciudad donde vive su antiguo amor secreto, una doncella que había servido en la misma casa que él hace muchos años. Pero cuando llega se da cuenta de que ya perdió hace tiempo su ocasión de ser feliz o desgraciado, por una mezcla de cobardía y sentido de la responsabilidad. Lo que les cuento es el argumento de“El resto del día”, la novela de Kazuo Ishiguro, el Premio Nobel de Literatura, que fue concedido esta misma semana, pero al que hemos prestado tan poca atención los lectores españoles, prendidos como estábamos a las ramas del árbol del independentismo catalán. ¿Qué es lo que queda de esta semana si quitamos esa noticia? ¿Es que ha sucedido algo interesante, que hubiera merecido nuestra atención? Pues parece que sí. Ha habido noticias chocantes como la retirada de la Medalla de Oro a Franco nada menos que por parte del Ayuntamiento de Burgos, la ciudad donde el Dictador estableció su cuartel general cuando todavía no había rematado nuestra Guerra Civil. Y mientras en Burgos se dedicaban a limpiar esa página de su historia, en el puerto de Bilbao la delegación del Gobierno ordenaba levantar un muro de cuatro metros de hormigón para impedir que emigrantes albaneses se colaran en los ferrys que viajan al Reino Unido. ¿Acaso Rajoy quiere emular así a Trump, su ejemplo y mentor? Todo podría ser. Aunque a Rajoy debería preocuparle más otro tema que no por repetido es menos actual. Me refiero a la corrupción que sigue persiguiendo a su partido. Comenzaba la semana con la reapertura de la investigación sobre Rato por los delitos de blanqueo, y continuaba con el juicio en Valencia del ex -piloto de motociclismo Jorge Martínez, al que se acusa de haber dilapidado el dinero del contribuyente cuando organizaba las carreras de Fórmula 1 en Valencia, intentando hacer realidad el sueño de Francisco Camps, el amiguito del alma del Presidente del gobierno español. Pero el último round en este combate entre el PP y la corrupción lo protagonizan nuevamente los imputados de la trama Gürtell, desde la ministra Ana Mato hasta Bárcenas y Correa, que desde el lunes ya tienen petición de condenas en firme. Sin embargo, nada de esto hubiera merecido nuestra atención si hubiéramos seguido leyendo. De hacerlo, nos hubiéramos encontrado de nuevo con la gran masacre de los rohinya, que nos sigue asaltando desde finales de agosto cuando buscamos otras noticias en las páginas del periódico: el lunes aparecieron los cadáveres de diez niños a orillas del río Naf, en la frontera entre Bangladesh y Birmania. ¿Algo que comentar? Silencio impenetrable. Y entre desgracia y desgracia, se concede el Premio Nobel de Economía a Richard H.Thaler, un norteamericano de rostro abotargado que estudia la relación entre el ahorro y la psicología. ¿El inversor se rige únicamente por razones lógicas o le influyen las emociones a la hora de elegir dónde colocar su dinero? ¡Qué gran dilema! Debe de haber alguien que considere interesantísimas sus investigaciones. A mí solo se me ocurre, al ver el ejemplo de las grandes empresas asentadas hasta ayer mismo en Cataluña, que el dinero, como sospechaba, entiende poco de emociones independentistas. Pero volvemos al tema único, a la gran seducción informativa, sin darnos cuenta de que la vida está en lo que sucede fuera de nuestras estrechas fronteras emocionales, en ese vasto territorio que es el resto del mudo.

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Mis amigas catalanas
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Esperanza Ortega | 04-10-2017 | 9:29| 0

Tengo tres amigas catalanas. Así las llamo yo, mis amigas catalanas, porque las tres viven en Barcelona. Aunque solo Monserrat es catalana de toda la vida. Nos conocimos las cuatro en un hotel de Londres, donde trabajamos un verano. Allí éramos las cuatro amigas españolas. A Montserrat la llamo siempre cuando llega la Diada, porque coincide con el día de su cumpleaños. Este año lo hice también, y la encontré exultante, esperando que llegara el uno de octubre para votar que SÍ. ¿Pero tan mal te tratamos tus amigas españolas? Le reprocho entre risas. Y añado con malicia: espero que Puigdemont no cobre muy caro la entrada a la Plaza de Cataluña, cuando declare la inaugurada la Primera República Catalana. Ella me dice que tengo que volver a Barcelona para la boda de su hijo, que se casa antes de la navidades, que quizá entonces Barcelona sea ya la capital de la República. Y así dejamos la conversación, en tablas, para continuarla el día de la boda. Mi segunda amiga catalana es cordobesa y vive en Barcelona desde hace 16 años. Hablé con ella el 30 de Septiembre y me aseguró que no iba a votar, pero ayer mismo me devolvió la llamada. Al final voté que NO –me dijo- Decidí hacerlo cuando vi el comportamiento de la policía. Se lo debía a esta gente que me acogió tan bien, gente como Monserrat; tenía que demostrarles que compartía con ellos su indignación. Mi tercera amiga catalana procede de un pueblo de Salamanca, lindando con Portugal. Ella no votó, y lloraba de verdadera y sencilla tristeza el domingo por la noche: esto no tiene remedio –me decía- resulta que ahora tengo que explicarles a mis vecinos que a mi abuelo lo fusilaron en el 36, para que se convenzan de que no soy franquista. Y el caso es que me sigo emocionando cuando les oigo cantar “La estaca” en las manifestaciones, y a veces hasta me acerco para cantar con ellos. ¿Te acuerdas, cuando cantábamos las tres? Yo me quedo callada y me preguntó cuándo perdí esa capacidad de hacer amigas inolvidables que teníamos entonces, y de cantar canciones igual de inolvidables. Por eso tengo yo todavía tres amigas catalanas. Lo que no tengo es ninguna amiga que salga envuelta en la bandera de España cantando el “Soy el novio de la muerte” Eso es lo que cantaban el sábado un montón de señoras en la Plaza Mayor de Valladolid. Me encontré rodeada por aquel fervor patriótico cuando había acudido a una concentración a favor de los refugiados que estaba anunciada desde hace semanas ¡Vaya sorpresa! Como es lógico, nos insultaron sin preguntarse qué hacíamos allí a la hora en que ellas habían decidido expresarse de manera tan civilizada. Y la cosa no llegó a más porque una fila de municipales se interpuso entre los patriotas españoles y nosotros, cuatro gatos clamando por la solidaridad entre los pueblos. Hablé con dos muchachos que tenían una cara simpática, casi unos niños. Les pregunté por qué me insultaban y me contestaron que porque no era española. Cuando les aseguré que era de Palencia, me dijeron airados: ¡si fueras española llevarías hoy la bandera! Les contesté que eso mismo dicen los catalanes independentistas, que solo es catalán el que se envuelve en la estelada. Pero no parecieron entenderme, así que me fui de allí mientras el ruido de un desfile de motos daba por terminadas las conversaciones. Avanzaban ufanos los motoristas, saludando entre un público entusiasta, que los vitoreaba con gritos de ¡Viva España! y ¡Puigdemont al paredón! Y aquí estoy ahora, maldiciendo de nuevo a Rajoy y a Puigdemont, esta vez porque temo que, de seguir así, nos van dejar a todos sin amigos.

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El vagón de la República catalana.
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Esperanza Ortega | 26-09-2017 | 7:20| 0

En “Recuerdos de una estrella”, la película de Woody Allen, el protagonista entra en un tren y, al mirar a su alrededor, se descubre en un vagón siniestro, rodeado de gente fea y triste que le observa con mirada amenazante. El vagón contiguo, en cambio, está lleno de gente atractiva y alegre, que ríe y canta, envuelta en un aura de esplendor. Cuando vuelve a su sitio, Woody Allen se pregunta apesadumbrado por qué le habrá correspondido a él precisamente ese vagón. Algo semejante nos ha sucedido a algunos estos días al situarnos ante el movimiento de independencia de los catalanes. Me refiero a ese grupo de españoles que, por más que se empeñen los que se quieren separar de nosotros, no nos sentiremos nunca extranjeros en Cataluña, la tierra de Espriu y de Casals. Pero, al igual que Woody Allen, nos recorre una sensación desagradable cuando vemos a nuestros compañeros de viaje. Delante va Maza, el Fiscal General del Estado, siniestro entre los siniestros, valedor de Moix, el hada madrina de los corruptos más corruptos de la Comunidad de Madrid. A izquierda y derecha, los ministros Montoro y Catalá, ambos reprobados por el Parlamento, y al fondo Rajoy, que en estos momentos entra en el tren jadeante, arrastrando la maleta de Trump, mientras éste le aconseja a gritos construir un muro que divida en dos a Barcelona. En el vagón contiguo, una multitud entusiasta levanta las copas de cava, envuelta en el perfume del incienso y las bendiciones de los sacerdotes que anuncian el advenimiento del Reino de los Cielos, aunque ellos lo que dicen celebrar es el final del franquismo y el comienzo de la Primera República Catalana. Confundidos ante tanto entusiasmo, no sabemos si tirarnos del tren en marcha o resignarnos a nuestro destino incomprensible. ¿Cómo oponerse a la beatitud de estos insensatos?, ¿y a la irresponsabilidad de sus dirigentes? Llenos de melancolía nos preguntamos si no sería mejor que se independizasen de una vez por todas y nos dejaran en paz para siempre. Al fin y al cabo, nadie nos podría arrebatar el recuerdo del tiempo en que paseábamos por las Ramblas y nos sentíamos en nuestra propia casa. Para rematar mi estado de perplejidad absoluta, leo estupefacta el twitt que ha publicado un joven catalanista dirigiéndose al grupo que acudió a apoyarle a la salida de una comisaría donde fue detenido: “Aquí se ve de qué parte están las personas de buen corazón”. ¿Será posible? Ante el absurdo de la situación, me acuerdo de una escena de otra película de Woody Allen, “Annie Hall”: Un tipo le cuenta a su psiquiatra que su hermano está loco, se cree una gallina. Pues métalo en un manicomio, le aconseja el psiquiatra. Pero si lo hiciera, contesta compungido, no podría vivir sin sus huevos. Y eso es lo que nos sucede a los que pertenecemos a esta España imposible, que se debate entre los vagones del tren de la Historia, que no podríamos vivir sin esos locos que anuncian la república que nunca llegará a existir porque pertenece al reino de la utopía. A esa España tan viva como imposible, en la que no encajan ni Rajoy ni Puigdemont, ni Albiol ni Rufián, le dedicó Francisco Pino una canción antes de morir, tras haber soñado que se le aparecía en forma de niña y le decía adiós con la mano: “Españita, ñita,/ flor de los querubes/ paloma en las nubes,/ niña o todavía, (en el palomar/ tu eñe y tu uve,/tu erre y tu jota)/ de mañana acudes/ niña, a mi balcón,/ me dices adiós, /con los halos tristes,/ con la mano triste:/ ¡adiós!/ ¡oh adiós!” ¿Quién no amaría a esta niña Españita, desarmada, vapuleada y aturdida? Pues aquí está, aunque sean pocos los que la vean, porque para verla hay que cerrar los ojos y, al igual que el poeta, haber tenido un sueño.

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El final de un sueño
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Esperanza Ortega | 20-09-2017 | 9:22| 0

Han pasado ya más de dos años desde que publiqué en esta misma sección una columna titulada “El poder de un sueño”. En aquella columna me congratulaba de la existencia de los llamados “dreamers” o “soñadores” en español, que es la lengua materna de la mayoría de ellos, pues los dreamers son los hijos de inmigrantes ilegales, generalmente hispanos, que llegaron muy niños o incluso nacieron en el territorio de los E.E.U.U. Los llamaron “soñadores” porque luchaban por conseguir la nacionalidad en la única patria que consideraban suya y porque, como Lutero King, pretendían hacer realidad su sueño de forma pacífica. Lutero King, en su famoso discurso “He tenido un sueño”, formuló la utopía de un país sin distinción racial, con justicia social y derechos civiles para todos. Una multitud de negros y blancos tuvo esa noche el mismo sueño y acabó por conseguir gran parte de sus objetivos, aunque el propio Lutero King fuera asesinado en el transcurso de su aventura de liberación. Los soñadores actuales no tuvieron que morir por realizar su sueño -decía yo en aquella columna de hace dos años-, ellos consiguieron que Obama, el primer hombre negro que ocupó la Casa blanca, aunque no reconociera su identidad estadounidense, al menos permitiera que los dreamers se pudieran matricular en cualquier universidad o ser contratados legalmente para realizar cualquier trabajo remunerado. Pero los sueños sueños son, y hace unos días Trump les hizo despertar o, mejor dicho, convirtió su sueño utópico en una pesadilla real al anunciarles su inmediata deportación . “El hombre es un dios cuando sueña y es un mendigo cuando piensa”, esta frase es de otro gran soñador, el poeta Friedrich Hölderlin, que murió habiendo perdido el juicio, quizá porque prefería la locura a salir del edén ensoñado de la divina poesía. Los dreamers, en cambio, no tienen más remedio que pensar y pensar en cómo salir del laberinto en el que se encuentran atrapados, mientras contemplan sus manos vacías, cada vez más pobres e inermes, pues no poeseen ni siquiera una tierra donde vivir y morir. Y muchos de nosotros, con ellos, nos sentimos expulsados de un sueño en el que ya no tenemos cabida. Considerábamos de los nuestros a los dreamers porque, al luchar por lo que indudablemente es justo, mantenían encendida la llama de la utopía, demostrando que lo que parecía un sueño sí que era posible. Sabiendo que había dreamers en el mundo nos considerábamos parientes de los dioses, aunque nuestro parentesco fuera un tanto lejano. Y a decir verdad, no hay sueños lejanos ni cercanos, en los sueños todo sucede aquí y ahora, ¿no es el sueño presente continuo de imágenes que se suceden al unísono en su ámbito umbrío sin frontera posible?. Sin embargo, en el mundo en conclusión, todos sueñan lo que son, aunque ninguno lo entiende, que diría Calderón de la Barca. En lo que todos coincidimos es en que ni en los peores sueños pensamos que podía gobernar un personaje como Trump, vulgar, vergonzoso –o avergonzante, como diría Soraya Sáez de Santamaría-. Por eso dormíamos tranquilos antes de que llegara Trump, sin saber que existían ni su lenguaje soez ni su flequillo de mono teñido con agua oxigenada; dormíamos tranquilos porque sabíamos que los dreamers soñaban despiertos con una salida para el laberinto en la que todos estamos inmersos, pero hemos tenido que despertar. ¿Qué será de este mundo si Morfeo lo abandona para siempre? Contra toda esperanza, estos 800.000 jóvenes inmigrantes han de saber que contamos con ellos, que sus sueño es el nuestro y nuestro será tanto su Infierno como su Paraíso.

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Sobre el autor Esperanza Ortega
Esperanza Ortega es escritora y profesora. Ha publicado poesía y narrativa, además de realizar antologías y estudios críticos, generalmente en el ámbito de la poesía clásica y contemporánea. Entre sus libros de poemas sobresalen “Mudanza” (1994), “Hilo solo” (Premio Gil de Biedma, 1995) y “Como si fuera una palabra” (2007). Su última obra poética se titula “Poema de las cinco estaciones” (2007), libro-objeto realizado en colaboración con los arquitectos Mansilla y Tuñón. Sin embargo, su último libro, “Las cosas como eran” (2009), pertenece al género de las memorias de infancia.Recibió el Premio Giner de los Ríos por su ensayo “El baúl volador” (1986) y el Premio Jauja de Cuentos por “El dueño de la Casa” (1994). También es autora de una biografía novelada del poeta “Garcilaso de la Vega” (2003) Ha traducido a poetas italianos como Humberto Saba y Atilio Bertolucci además de una versión del “Círculo de los lujuriosos” de La Divina Comedia de Dante (2008). Entre sus antologías y estudios de poesía española destacan los dedicados a la poesía del Siglo de Oro, Juan Ramón Jiménez y los poetas de la Generación del 27, con un interés especial por Francisco Pino, del que ha realizado numerosas antologías y estudios críticos. La última de estas antologías, titulada “Calamidad hermosa”, ha sido publicada este mismo año, con ocasión del Centenario del poeta.Perteneció al Consejo de Dirección de la revista de poesía “El signo del gorrión” y codirigió la colección Vuelapluma de Ed. Edilesa. Su obra poética aparece en numerosas antologías, entre las que destacan “Las ínsulas extrañas. Antología de la poesía en lengua española” (1950-2000) y “Poesía hispánica contemporánea”, ambas publicadas por Galaxia Gutemberg y Círculo de lectores. Actualmente es colaboradora habitual en la sección de opinión de El Norte de Castilla y publica en distintas revistas literarias.

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