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Autor: EsperanzaOrtega
Juan Goytisolo, el exiliado de aquí y allí.
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Esperanza Ortega | 05-06-2017 | 9:10| 0

Ha muerto Juan Goytisolo. Leí “Señas de identidad” a los 19 años, la misma edad que tenía su autor cuando leyó el “Retrato de una artista adolescente” de Joyce. Lo dijo en un artículo que escribió el año pasado, que había leído esta novela en 1950. Tres años antes de que yo naciera, ya leía a Joyce Juan Goytisolo. Así que, cuando yo leí “Señas de identidad”, Juan Goytisolo era un joven novelista experimental. Ya estaba exiliado, aunque todavía buscara las señas de su identidad española que rechazaría más tarde, con ese resentimiento cernudiano tan típico de los que renuncian a lo que más aman. Juan Goytisolo ha muerto y será enterrado en Marruecos, donde vivía con su familia desde hace décadas. Y ha muerto al día siguiente de que tres energúmenos apuñalaran en el centro de Londres a todo el que encontraban en la calle. Juan Goytisolo era uno de los europeos que mejor conocía el mundo islámico, y venía advirtiendo desde hacía tiempo lo que iba a suceder si Occidente no cambiaba su política. En “El exiliado de aquí y allí” anunció de forma premonitoria que el terrorismo acabaría por ser un elemento más de nuestra vida cotidiana. Nos advertía, con la ironía que le caracterizaba, que un día todo hijo de vecino estaría en peligro, que todos habríamos de convivir con el miedo: “No estés donde no deberías estar. Ni en las terminales de aeropuerto de vuelos nacionales o a otros puntos de destino, ya sean comunitarios o al resto del mundo. Ni en las líneas de metro, trenes y autobuses, por muy seguras que te parezcan. Ni en cafés, discotecas y otros locales de esparcimiento nocturno. Ni en oficinas, talleres, fábricas y demás lugares de trabajo. Tampoco en edificios administrativos, bancos y hospitales habitualmente atestados. Ni en estadios, conciertos raperos ni sitios incluidos por las agencias de viaje en sus circuitos turísticos. Las horas punta y los atascos urbanos son particularmente peligrosos. Como los ascensores, rascacielos, grandes almacenes y aparcamientos subterráneos. Sobre todo, no te quedes en casa a hojear los periódicos, seguir la tele o follar con tu cónyuge. Éste será siempre nuestro objetivo estratégico primordial”. El más anti-nacionalista de los escritores, odiaba al ISIS, lo odiaba y lo entendía, como un doctor sabe por qué la pus emana de una herida profunda, tan profunda que quizá sea ya imposible limpiar su centro infectado. Juan Goytisolo lo venía advirtiendo en cada uno de los artículos de prensa. Pero nadie se dio por enterado. En el discurso del aceptación del Premio Cervantes, tras declararse de nacionalidad cervantina, arremetió contra las concertinas que impiden la entrada a los refugiados, igual que lo hubiera hecho Don Quijote, sin que le temblara voz, como el que sabe que no se ha equivocado de bando. Y al final de este mismo discurso, el más desencantado de los escritores españoles se animó a declarar su indignación, que compartía con el manco de Lepanto : “¡Digamos bien alto que podemos! Los contaminados por nuestro primer escritor no nos resignamos a la injusticia.” Juan Goytisolo ya se ha exiliado para siempre, igual que Cervantes hace cinco siglos. En su allí, al encontrarse, se habrán sonreído, a los dos les gustaba regocijar a las musas, aunque Cervantes fuera más amable. Juan Goytisolo siempre tuvo algo de renegado, de apátrida. Y sin embargo, mientras leo ahora “Señas de identidad”, siento que me habla una lengua vecina, cercana, familiar. Que me habla en silencio, sin labios, como hablan las palabras de los libros.

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En defensa de la Filología etrusca
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Esperanza Ortega | 30-05-2017 | 10:04| 0

¡Por fin se marchó Trump! Ya estábamos cansados de comentar su mala educación, que tanto nos hizo reír durante el pasado fin de semana. Pero qué les voy a contar que no sepan ya. Y sin embargo, mucho más cerca de nosotros –y por eso con un peligro más inminente- tuvimos dos personajes que podrían competir en zafiedad con el presidente del imperio americano. Me refiero a Íñigo Méndez de Vigo y Juan Rosell Lastortras y a sus declaraciones sobre el sistema educativo español. La pareja bien avenida que forman el ministro de Educación y el presidente de la CEOE se estuvieron carcajeando de los estudios de Humanidades delante de las cámaras: Ja,ja,ja, el estado no va a potenciar los estudios de Filología etrusca –presumían ufanos- ¡Claro que no! Ni de Filología etrusca, que no existe en España, ni de ninguna otra filología, ya sea española, alemana, griega, semítica… ¿Para qué tanto estudio?, ¿acaso los contratos basura se escriben en etrusco?. El inglés es la única lengua que hay que estudiar, no nos suceda lo que a Rajoy cuando se encontró con Trump, que no supo ni declararse su más fiel servidor con buen acento. La otra asignatura obligatoria sería la de Emprendimiento. Eso sí, de empresas situadas en Panamá, país donde nadie estudia Filología, sino otras habilidades por todos conocidas, con contenidos mucho más actuales. El que nuestro alfabeto derive del etrusco no les impresiona a estos dos adalides del analfabetismo, y como no han leído “La sonrisa etrusca”, de Sampedro –no van a leer la novela de un “indignado” estos dos encantados de la vida- tampoco les diría nada el nombre del sarcófago de los dos esposos. ¡Misterio de hermosura la de aquel amor, intacto en la piedra, más allá de la muerte! Y qué casualidad, “La belleza, el misterio y el dolor”, así se titulaba la exposición a cuya inauguración asistí precisamente el mismo día en que Méndez y Rosell protagonizaron su escenita. Se trataba de la obra de Luis Sáez, el universal pintor burgalés, de quien Oscar Esquivias dice en el catálogo que “su arte llega a nosotros como una melodía cantada en un idioma que no entendemos del todo, pero cuya música nos inflama el alma”. ¡Ah, el idioma del arte, que habla en silencio a quien lo escucha con deseo! El hijo de Sáez ha donado las obras que se exponen al Secretariado gitano, para que con ellas se den becas a estudiantes gitanas postgraduadas. Sí, han leído bien, jóvenes estudiantes gitanas que están haciendo el doctorado en la Universidad. Da igual cuál haya sido la carrera elegida, de ciencias o de letras, con tal de que sea provechosa para su formación y, por supuesto, para la sociedad. Tendrían que haber visto a estas cuatro jóvenes, tan guapas e inteligentes como Preciosa, la protagonista del romance de García Lorca, que en vez de llegar tocando “su luna de pergamino” venían con sus libros bajo el brazo. Emocionante, de verdad, uno de esos actos que te reconcilian con el ser humano y con la cultura. En esta época negra, en la que se nos ofrecen a cada minuto los peores ejemplos, qué necesitados estamos de estos rasgos de generosidad! ¿Vencerá la ignorancia enseñoreada a la discreción del conocimiento? ¿Qué les hubiera contestado Unamuno a la parejita del Ja, ja, ja? Pues lo mismo que contestó a Millán-Astray cuando oyó sus gritos de “¡Viva la muerte y abajo la inteligencia!” en la Universidad de Salamanca: “Venceréis pero no convenceréis”. A nadie, y por mucho tiempo.

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Monstruos y perdedores
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Esperanza Ortega | 23-05-2017 | 10:36| 0

Hay sucesos tan espantosos que no es fácil encontrar palabras para denominarlos porque no las hay. Me refiero, por supuesto, a la noticia con la que nos despertaron ayer: la bomba que había acabado con la vida de 22 niñas y herido a otras 50 en Mánchester, al salir de un concierto de Ariana Grande. El hecho de que fueran niñas en su mayoría las asistentes al espectáculo acrecienta la dificultad de hallar palabras de consuelo ante tanto dolor en telegramas y correos electrónicos de pésame. Leídos en los medios de comunicación, cuando los firman los políticos, suelen parecer convencionales, dictados por la mera conveniencia. Pero hay que reconocer que es casi imposible expresar la rabia y la pena de una manera que resulte más convincente. Por eso escuché con una especial atención las palabras que Trump dedicó al tema, siendo como es un hombre espontáneo –hay que reconocerlo, espontáneo sí es- muy poco dado a las fórmulas convencionales de la diplomacia. ¿Qué habrá dicho Trump? –me dije- y subí la radio. Y lo que había dicho estaba a su altura, es decir, que era propio de un ser como él, y tan horrible como el mismo hecho que parecía condenar. Dijo Trump que a los autores del atentado no se les debía llamar “monstruos” porque eso era lo que ellos deseaban. Yo entendí que deseaban dar miedo, como de hecho dan. Pero continuó: en realidad lo que son es unos “perdedores”. Perdedores. El calificativo, con sentido de insulto, cayó sobre mí como un golpe bajo, como una bomba fétida que viniera a ahondar aún más en el malestar que me había embargado al oír la noticia. Perdedores. Seguramente para Trump perder es lo que les ocurre a los seres más despreciables, y ganar lo ´mas deseable que existe en el mundo. Él mismo es un ganador, por eso está donde está, en la copa del árbol de todos los deseos. Y eso lo dijo Trump en Israel, ante el pueblo que debería tener como mayor dignidad el haber sido víctima y enemigo del ganador más cruel e inhumano: Adolfo Hitler. Sí, sin duda Hitler hubiera dicho exactamente lo mismo que Trump ante un acontecimiento semejante, tan orgulloso como estaba él de pertenecer a la etnia de los vencedores. No importa que los ganadores acaben siempre perdiendo, esa es una ley de vida que para nada los absuelve. Hace poco, y salvando las enormes distancias, oíamos decir a Susana Díez que ella era una ganadora nata, y miren ustedes qué chasco se ha llevado. Yo diría que uno de los atractivos de Pedro Sánchez es precisamente ese, el de haber resucitado de entre las cenizas del perder. Porque cuando los ganadores pierden, se abre una rendija en las paredes de la realidad, una rendija que nos permite respirar con alivio a los que ya estábamos a punto de asfixiarnos. Luthero King fue un perdedor, lo mismo que Che Guevara o Jesucristo, por citar solamente algunas figuras de nuestro imaginario cultural. Por eso los anarquistas libertarios del Siglo XIX gritaban “¡Viva el perder!”, cuando iban a ser fusilados. Es esta elegancia del fracaso, que tan bien encarnaron Antonio Machado y Francisco de Asís, el único consuelo ante la monstruosidad del gusto por la muerte. No, bien pensado no debería de extrañarme que un monstruo como Trump haya dicho que el asesino de Mánchester es un perdedor. ¿Quién ha ganado?, ¿la muerte?.

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La vergüenza
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Esperanza Ortega | 16-05-2017 | 10:19| 0

La primera acepción de vergüenza que encontramos en el diccionario es la de “sentimiento de pérdida de la dignidad por una falta cometida”, es decir, que la vergüenza no es más que una expresión peculiar del sentido de culpa. Y los primeros avergonzados fueron Adán y Eva tras haber probado el fruto del árbol prohibido.  Aunque para ser más precisos, lo que dice el Génesis es que se avergonzaron cuando, mirándose el uno al otro, se dieron cuenta de que estaban desnudos, es decir, descubiertos. La idea es que el ser humano esconde siempre algo para sí, algo que se debe tapar y que, en el caso de ser descubierto, le lleva a él mismo a ocultarse, para que no se refleje su rostro en el espejo del mundo. Me hacía yo estas reflexiones mientras oía al fiscal Moix dar sus explicaciones sobre los obstáculos que ha puesto en la investigación del caso de Ignacio González. Pero el señor Moix se ve que no tiene ningún sentimiento de vergüenza, ni siquiera  cuando su nombre aparece en las conversaciones entre González y Zaplana calificándole como un tipo de lo más conveniente para ellos. El fiscal no se inmuta, se encoge de hombros, como diciendo ¿Y a mí qué me importa? Bien sé que legalmente nada pueden contra mí; como yo no me miro nunca al espejo, nunca veré la verdad desnuda. Quizá esta actitud es propia de quien sabe que entre lo legal y lo moral hay un gran trecho y que nada vale la verdad si no puede ser demostrada. ¿Se acuerdan del señor Pujalte?,  contestó a quién le preguntaba si le parecía ético su comportamiento: “no será ético, pero es legal”. Y se fue tan contento, a seguir disfrutando de la vida. Sin embargo, hay algo que no me cuadra en el argumento de esta historia. Puedo entender que unos empresarios mafiosos extorsionen para sacar beneficio, puedo entender también, -antes me costaba hacerlo, pero ahora lo tengo completamente asumido- que un grupo inmenso de politicastros  se corrompa,  pero me sigue pareciendo difícil  comprender que un jurista de la categoría profesional del fiscal que nos ocupa  proteja a estos mafiosos y politicastros. ¿Por qué iba a hacerlo? , ¿qué ganaría con ello?. Quizá esto me ocurre porque mi educación moral no se funda en las lectura de la ética de los filósofos  sino en el ejemplo de los protagonistas de las novelas de aventuras que leí en la adolescencia –no nos ofrecían nuestros educadores otros ejemplos de bondad o heroísmo-.  Me refiero a los libros de Dumas o de Walter Scott, por citar dos cimas en el género.  En aquel territorio de ficción se vivía y se moría por defender la verdad y no había pérdida más grave que la del honor ni mayor satisfacción que la de haber cumplido con la palabra dada. En cambio, en el mundo real, a la mentira se la llama posverdad. Da igual que sea Trump, Maduro o Kim Jong-un u otro personaje más cercano a nosotros,  sigo sin explicarme que deseen pasar a la Historia en el papel de Juan sin Tierra.  Adán y Eva se taparon al ser descubiertos, estos personajes que nos rodean exhiben sus vergüenzas sin pudor. Solo se me ocurre que lo hacen porque saben que con esa actitud acabarán ganando las elecciones. A ellos parece dedicado este pensamiento de Simone de Beauvoir: “Lo más escandaloso que tiene el escándalo es que uno se acostumbra”.  

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El trabajo gustoso
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Esperanza Ortega | 09-05-2017 | 11:06| 0

Así tituló Juan Ramón Jiménez uno de sus textos en prosa: “El trabajo gustoso”. Hay quien sostendrá que el trabajo es precisamente lo opuesto a lo que se hace por gusto: “Ganarás el pan con el sudor de tu frente…” le anunció Dios a Adán, cuando le expulsó del Paraíso, y desde entonces los hombres –no todos, pero sí la gran mayoría- han tenido que trabajar les guste o no les guste. La etimología lo corrobora: trabajo viene de “tripalium”, cepo hecho con tres palos al que se ataba al esclavo para torturarle cuando cometía una falta. Así que nuestra cultura asocia el trabajo tanto con la esclavitud como con el sufrimiento. Coincide esta visión tan tétrica con la que enuncia Marx en El Capital, cuando establece el concepto del trabajo alienante del proletariado, que vende su fuerza convirtiéndose en esclavo la mayor parte del día a cambio de un salario de miseria. ¡Cuántos soportan hoy los mismos grilletes en trabajos basura! Estoy muy impuesta en el tema porque el domingo pasado participé en la Presentación de un libro titulado “Cultura y trabajo”, que ha editado el ateneo de CC.OO.  Para que las condiciones de trabajo de los asalariados fueran cada vez menos penosas surgieron los sindicatos, sin los cuales no habría pensiones, ni salario mínimo, ni bajas por enfermedad, ni derecho a paro, ni días de fiesta.., todo eso que hoy nos parece lo más natural pero que no tendríamos si quienes nos precedieron no hubieran luchado con uñas y dientes por conseguirlo. Nada tiene que ver este trabajo penoso con el “trabajo gustoso” de Juan Ramón Jiménez,  ni con la actividad de quién se dedica a la cultura, ya sea como artista, como investigador científico o desarrollando una profesión vocacional. En estos casos, el esfuerzo halla su recompensa en la obra lograda o al menos en la satisfacción de haber intentado alcanzar la presa con denuedo: en la noche oscura del trabajo, se vislumbra una luz a lo lejos, que es una promesa de meta conseguida. Por eso tenemos suerte los que nos podemos dedicar a una tarea  creativa, y debemos de colaborar de alguna manera con los que no han tenido tanta suerte. Juan Ramón Jiménez, con el radicalismo poético que le caracterizaba, señaló que el trabajo gustoso no era solo propio del artista, sino de cualquier ser humano capaz de poner en su oficio la atención y el deseo suficientes. Y ejemplificó al trabajador gustoso en un mecánico de automóviles malagueño con el que se encontró después de haber puesto su coche en manos de otros mecánicos: “todos le daban golpes, tirones bruscos, palabras brutas, sudor vano”. Hasta que el trabajador gustoso “levantó con exactitud la cubierta del motor, miró dentro con precisa inteligencia, acarició la máquina como si fuera un ser vivo, le dio un toquecito justo en el secreto encontrado, y volvió a cerrar en ritmo y medida completos. -El coche no tiene nada, es que lo han tratado mal. A los coches hay que tratarlos como a los animales (no dijo personas), con mimo”. Que todos los trabajos sean así de gustosos quizás es una utopía, sin embargo es la utopía necesaria para que el hombre pueda realizar algún día el sueño de regresar al Paraíso. ¡Ah!, pero esta vez aquí, sin levantar los pies de la tierra. El que estemos tan lejos de conseguirlo no es óbice para que éste sea el único objetivo por el que merezca la pena esforzarse cada jornada de nuestra trabajosa vida.

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Sobre el autor Esperanza Ortega
Esperanza Ortega es escritora y profesora. Ha publicado poesía y narrativa, además de realizar antologías y estudios críticos, generalmente en el ámbito de la poesía clásica y contemporánea. Entre sus libros de poemas sobresalen “Mudanza” (1994), “Hilo solo” (Premio Gil de Biedma, 1995) y “Como si fuera una palabra” (2007). Su última obra poética se titula “Poema de las cinco estaciones” (2007), libro-objeto realizado en colaboración con los arquitectos Mansilla y Tuñón. Sin embargo, su último libro, “Las cosas como eran” (2009), pertenece al género de las memorias de infancia.Recibió el Premio Giner de los Ríos por su ensayo “El baúl volador” (1986) y el Premio Jauja de Cuentos por “El dueño de la Casa” (1994). También es autora de una biografía novelada del poeta “Garcilaso de la Vega” (2003) Ha traducido a poetas italianos como Humberto Saba y Atilio Bertolucci además de una versión del “Círculo de los lujuriosos” de La Divina Comedia de Dante (2008). Entre sus antologías y estudios de poesía española destacan los dedicados a la poesía del Siglo de Oro, Juan Ramón Jiménez y los poetas de la Generación del 27, con un interés especial por Francisco Pino, del que ha realizado numerosas antologías y estudios críticos. La última de estas antologías, titulada “Calamidad hermosa”, ha sido publicada este mismo año, con ocasión del Centenario del poeta.Perteneció al Consejo de Dirección de la revista de poesía “El signo del gorrión” y codirigió la colección Vuelapluma de Ed. Edilesa. Su obra poética aparece en numerosas antologías, entre las que destacan “Las ínsulas extrañas. Antología de la poesía en lengua española” (1950-2000) y “Poesía hispánica contemporánea”, ambas publicadas por Galaxia Gutemberg y Círculo de lectores. Actualmente es colaboradora habitual en la sección de opinión de El Norte de Castilla y publica en distintas revistas literarias.

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