Cita en Marte

Fue hace unos pocos años cuando la Nasa anunció que las próximas misiones tripuladas a Marte, además de llevar astronautas con conocimientos gastronómicos para hacerse sus comiditas, llevarán asociadas varias naves espaciales que actuarán como almacenes de comida, esto es, despensas siderales, que se lanzarán uno o dos años antes para que puedan ser utilizadas por los tripulantes durante su misión espacial.

No me queda muy claro por qué estas naves de provisiones tienen que partir antes, pero supongo que será cuestión de veleidades de la astrofísica que escapan a mi entendimiento. Tampoco tengo ni idea de cuánto tiempo durarán ese viaje al Planeta Rojo, la estancia entre sus dunas y el retorno al Azul, teniendo en cuenta, además, que un año marciano dura 687 días terrestres, así que imagino que será ardua la tarea de elaborar la lista de la compra.

Muy lejos habían quedado ya los alimentos comprimidos en tubos de colores que ingirieron en las misiones Mercury o Apolo. Ya viajan con alimentos liofilizados, termoestabilizados e irradiados, que deben tener el mismo sabor que el menú gentileza de las compañías aéreas.

A petición de Miguel López-Alegría, y para alegría suya y de sus compañeros, una paella ya ‘voló’ al espacio. Y Pedro Duque ha expresado el gozo que supuso, en una ocasión, allá a lo lejos y a contraluz, recibir un cargamento de manzanas frescas a punto, quizá, de ser absorbidas por un agujero negro o por la mismísima Teoría de la Relatividad hacia su horizonte interior.

Son muchas las investigaciones aeroespaciales que se están realizando para el avituallamiento de astronautas y cosmonautas. Como los españoles ya han saltado las fronteras que se forman con las nubes, se quisieron llevar parte de su universo al universo, chorizo y salchichón, principalmente. Y manos a la obra se puso una empresa burgalesa, de tal modo que ya experimentó con sus productos, gama snack, enviándolos allende las nieblas en una cápsula con resultados, a su regreso, altamente satisfactorios, o sea, sin variación en su estado.

El proyecto Mars One, anunciado por primera vez en 2012, tiene como objetivo establecer una colonia humana en Marte. Según los planes de su impulsor, un grupo de elegidos viajaría al planeta rojo a partir de 2026 para instalarse allí.

En la Tierra, disfrutaríamos de su experiencia en nuestras pantallas como si fuera un ‘reality show’. Tan sólo hace unos días sabíamos que la iniciativa tiene cada vez más agujeros y ya hay un grupo de científicos que ha advertido sobre los fallos técnicos del programa: los colonos morirían de hambre en cuestión de días. Claro que ellos no saben lo de nuestro embutido patrio.

Viajar al espacio ya no es sólo el sueño de niños, mayores y grandes hermanos marcianos; es el sueño de cualquier longaniza. Que los gases regurgiten por cualquier parte afectados por la gravedad, ha de ser objeto de otra investigación seria.

Abriendo baúles

Lo más fácil sería hoy vomitar unos cuantos párrafos contra La Manada, argumentando, a golpe de teorías de taberna, la actuación de las bestias. Porque bestias son.
Demasiado sencillo unirme al clamor popular y gritar contra la injusticia de la justicia, pero no voy a despreciar, sin pleno conocimiento de los hechos (como una gran mayoría), la labor de jueces y fiscales. Y esto aún no ha terminado.
Más allá de que se pronuncien el Tribunal Superior de Justicia de Navarra y el Supremo, tendríamos que darnos cuenta de que el problema no surge de una condena y de su eco social, sino que son esenciales los papeles que juegan, aún hoy y quizá más que nunca, el machismo, la mojigatería, los tabús y la mala gestión de la información. En definitiva, la educación.
Pero ¿qué vamos a esperar escuchando al ministro del ramo, acompañado de otros, demasiados, cargos cantar ‘El novio de la muerte’? Pues venga, a defender banderas, que parece que otra cosa no interesa. Y para qué un pacto educativo si el pacto ya está hecho, con la muerte.
Visualizar imágenes de los miembros del Gobierno en determinadas actuaciones se parece cada vez más a abrir un baúl de ropa vieja. Justo ese momento en que te sacude el olor a rancio mezclado con alcanfor, y te llega la náusea.
Como en la pasada gala de los Goya apenas le llovieron críticas al de Cultura (el mismo intérprete de ‘El novio de la muerte’), nos olvidamos del cine.
Ya lo dijo Berlanga: “El cine español no necesita un legislador. Necesita un buen traductor de francés para poder aplicar la normativa de su Centro Nacional en España de forma literal”.
Lo ha tenido muy fácil Méndez y lo ha dejado pasar. Cuando hace unas semanas se estrenaba la necesaria ‘Campeones’, de Javier Fesser, Francia ya había anunciado que se proyectaría en las escuelas galas. Aquí, ni palabra al respecto. Qué buena oportunidad desperdiciada para la educación en valores positivos y no discriminatorios. Un primer paso para atajar toda esta pseudocultura de los valores tradicionales que, la mayoría de las veces, han dejado de serlo.
Para ponernos a la altura de Francia nos ha faltado durante décadas una política cultural decidida y voluntariosa que posibilitara la entrada del cine en el sistema escolar, pero poco se hace salvo reconocer las carencias y suplirlas con rezos en vez de ejercicios deliberados de descubrimiento.
En fin, que nos falta tradición, carecemos de empuje y aquí casi nunca pasa nada salvo el tiempo. Lo reconoce la Academia de Cine: los alumnos del siglo XXI están expuestos continuamente al lenguaje audiovisual, pero hasta el momento el sistema educativo español no ha integrado el cine como objeto de estudio, recurso didáctico y medio de expresión.
Ni cine, ni escuela, ni educación. Lo que importa es que queda un mes para el Mundial de Fútbol. Entonces nos olvidaremos de la manada, de la mafia madrileña y de las pensiones. Perdemos todos.

Hacer aguas

Para quienes no tenemos ni idea de hidrología ni un máster en hidrogeología y niveles freáticos, y eso que se rifó uno con la porra del domingo titulado ‘Upper level of water table’, nos cuesta un mundo y medio entender, en estos días de insistente lluvia insistente y persistente, que algunos agricultores no puedan regar sus cultivos. Y no, no son los agricultores del desierto de Atacama, sino los de La Valduerna, zona leonesa cercana a La Bañeza que cuenta, incluso, con río propio.
Maíz, cereales de invierno, patatas, remolachas y alubias tienen sed.
La Confederación Hidrográfica del Duero ha impuesto restricciones de riego tanto para quienes utilizan las aguas superficiales del río Duerna como para los usuarios de pozos.
Así que, 4.200 hectáreas de una de las vegas más productivas de la provincia, podrían convertirse en paseo estival para dromedarios y desfile de coyotes mientras Noé se lleva en su arca, o barca, a los agricultores de crucero fluvial.
Los ríos están que se salen; los pantanos, casi al 80% de su capacidad. Cuando llegue el deshielo no quedarán ni katiuskas de lunares en los chinos. O me explica alguien por qué no pueden regar o devuelvo mi título de egebé porque no me lo merezco.
El suministro de agua a los cultivos de la zona se viene haciendo de manera tradicional, aprovechando las aguas superficiales del río Duerna para el riego por aspersión y por los pozos que se recargan todos los años gracias a las derivaciones del Duerna al río Peces.
Fue, probablemente, la sequía del pasado año la que acongojó –o algo parecido- a los acongojables – o algo parecido- de la CHD y cerraron el grifo, o la llave de paso: prohibido recargar pozos y que le den por la retambufa a las alubias; este año, almejas con pistachos.
Y casi a nado se presentan los regantes leoneses en Valladolid. Llevan pancartas en vez de velas al viento y un féretro donde podrían yacer sus tierras secas. Confían en que les reciba el ‘presidente confederado’ (aseguran que antes de salir del valle se lo había prometido) pero es el comisario de aguas líquidas quien les atiende; otro día puede que le toque al inspector del té.
Ante tal caudal de protestas y de agua nueva, y venga agua, las escusas se empapan y se pierden por las alcantarillas. Y con los sótanos de la CHD anegados y la primera planta en peligro de inmersión, acceden a la petición de los agricultores (que habían venido todos, 400 en pandilla) y les aseguran que les dejarán recargar sus pozos. Qué gozo.
Pozos que excavaron sus antepasados hace más de 50 años y algunos de los cuales no están regularizados según establece la Ley de Aguas. Pero es que hay leyes hasta para partir el tocino.
Ya hay quien ha recibido una multa por desobediente. 6.500 euros y quizá la excomunión. Tal vez, el destierro.
Son más de 200 las familias que viven en la actualidad del cultivo de la tierra en Valduerna, de la tierra regada. Del agua.

Se murió el paisaje

Aparece una fotografía en uno de mis grupos de ‘whatsapp’ con un enorme chuletón de res adulta navegando sobre patatas fritas y regado por una blanca y radiante salsa roquefort (me llega hasta el olor). Yo estoy currando, con el tercer café de la mañana, y siento regurgitaciones ácidas. Juro por juampardo que me salgo hoy mismo de la pandilla basura. El caso es que, el autor, que seguro se ha puesto un babero de Pedro Picapiedra, anunció hace días un inminente viaje no sé a qué países exóticos, pero lo mismo se ha atrincherado en Casa Paca. De sus fotos gastronómicas no extraigo pista alguna de su tour, y eso que está geolocalizado hasta cuando entra en el servicio de caballeros a la izquierda.
¿Dónde quedaron las imágenes con la torre Eiffel detrás, las del paseo en góndola o sujetando la Torre de Pisa? ¿Ya no hay fondos con pirámides, con el Perito Moreno o Santa Sofía? ¿Qué fue del Taj Mahal, de la Gran Muralla o el bello David? ¿Ya no existe el Parque Güell ni el Patio de los Leones?
Los viajes de ahora, las escapadas y las excursiones se muestran desde el plato o con un selfie lleno de morros, preparados listos, ya, para simular besos. Y ahí te lo lanzan: “Ana, Pitu y Sara el sábado en los Lagos de Covadonga” Y el receptor que no ve lagos, ni Covadonga, ni fondo, ni siquiera sábado. Tres perfectas manchas de carmín, en plan ósculo congelado, y un eyeliner digno de pulso de neurocirujano. Por supuesto, no distingue a la Ana de la Pitu. Será verdad que son.
Y tanto es así esta ridícula y degradante moda que, un estudio realizado el pasado año, ponía de manifiesto el espectacular aumento de ventas de pintalabios gracias al ‘efecto selfie’. Un crecimiento del 12% con 17 millones de unidades vendidas en España durante 2016. La imagen personal en las redes sociales, por encima de todo, y delante de todo, evidentemente. Se murió el paisaje.
Nada desdeñables son tampoco las de los musculitos reflejados en el espejo de un cuarto de baño envuelto en vaho.
Entre pectorales, morritos y chuletones, nos vamos cosificando un poquito más. No hay manera. Hay quien podría echar de menos al fotógrafo ése cursi, David Hamilton, a su chica del pelo con flores y el olor del mar, si no fuera porque se suicidó hace poco más de un año, agobiado tal vez por las denuncias que le iban cayendo por abusos a menores.
Hace un par de décadas escribía Juan José Millás una columna titulada ‘Hay más móviles que conversaciones’. Esto sigue siendo una gran verdad. Añadimos, no obstante, que también hay más fotos enviadas con el móvil que ojos con ganas de verlas.
Lo he decidido hoy mismo. Al próximo que me mande una imagen de comida, ya sea de la deconstrucción del gazpacho o de un potaje, le envío una del cajón de arena de mis gatos antes de limpiarlo. Y a una de morritos o de torso desnudo, responderé con una mía del domingo recién levantada y sin desmaquillar titulada ‘Mujer mapache’.

Bebamos sin sed

Uno de esos días de aquellos años veinte, quizá treinta, se levantó Ortega y Gasset ingenioso y reflexivo, como siempre, y nos soltó eso de que el hombre se diferencia del animal en que bebe sin sed y ama sin tiempo.
A cada rato vemos que existen hombres y mujeres que apenas se diferencian de los más fieros cuadrúpedos y que provocan, además, con sus actos, que los demás nos pongamos casi a cuatro patas para aullar.
Con el caso del pequeño Gabriel se me ha abierto la herida de aquel verano del 92 en Valladolid, que arrancó con decenas de violaciones y culminó con las muertes de la niña Olga Sangrador y de la joven Leticia Lebrato.
En ambos casos también permanecieron unos días desaparecidas y los rastreos eran continuos por los alrededores de Villalón y de Viana. No se me va de la cabeza la imagen del padre de Olga, Domingo, sujetando unas playeras de la niña y unos calcetines que permitieran a los perros olfatear la pérdida y seguir el rastro.
Gracias a los testimonios de algunos testigos se consiguió identificar al animal que la secuestró y con cuya confesión se pudo encontrar el cadáver, vejado y apaleado.
Estábamos en Villalón cuando dieron la noticia a sus padres; cómo olvidar sus gestos, y sus sonidos. Y de repente, una concentración espontánea en la plaza mayor pidiendo la pena de muerte para el asesino. Era una noche de finales de junio. Hacía calor. Volví en coche con otros compañeros de la prensa y fuimos incapaces de articular palabra. A eso de las dos de la madrugada llegué a casa, cogí un cuchillo de la cocina y me acurruqué en el sofá envuelta en una manta, tiritando, con el cuchillo debajo de un cojín. Era la primera vez que vivía tan cerca un asesinato. Temblaba de miedo.
Cubrir el entierro de Olga nos supuso al fotógrafo y a mí un dolor enorme, por empatía, y regresar llorando a mares y a montañas.
Cuando un par de días más tarde nos sugirieron que volviéramos al pueblo a entrevistar a sus padres “para ver qué tal están”, mutamos en cactus y no nos movimos de la redacción. Sobran las palabras.
Meses después, el caso de las niñas de Alcàsser paría animales carroñeros por sus cuatro costados: los asesinos y algunos periodistas con ínfulas de investigadores, psicólogos y predicadores, alimentado a las masas con vómitos y estimulando la rabia. Los circos tienen otro sentido.
Desde la calma que les ha dado el agotamiento y el dolor a los padres de Gabriel ha habido algún reproche a ciertos periodistas que de algún modo interfirieron en las investigaciones. A punto estuvieron de dar al traste con el trabajo de los expertos aquellos que se creen más listos que nadie y que hacen cualquier cosa por una primicia sin medir más consecuencias que su circunstancia. Han tenido que ser unos padres dolientes, y no nuestra ética, los que nos han recordado que no todo vale y, a la vez, nos han hecho agarrarnos al lado más civilizado del corazón. Bebamos sin sed.

Pariremos arañas

Me muevo, protesto, paro, reparo, grito, me indigno, apoyo, pido, solicito, clamo, reclamo, demando, exijo, recurro, requiero, exhorto, arrebato, lucho, muero, renazco, revivo, resuelvo.

Rhythm and blues, ya sabes, movida, urbana y con ritmo insistente.

Pero otros hacen la música y hace tiempo dejó de sonar. Y a nosotras nos han dejado sin baquetas y sin cuerdas. Pariremos arañas para atar cabos, y golfos, y salvar acantilados.

Y tocar de nuevo.

Y, si no, a capella.

Somos capaces.

Cuando la crisis nos engulló, capitanes y ratas abandonaron el barco. Nosotras seguimos moviendo el timón y fregando cubierta. Achicando agua y orines, estudiando las mareas, alimentando crías y sanando enfermos. Alternando el google maps con la bayeta de microfibra y un proyecto de viabilidad con un puchero de lentejas.

Ni todas las ratas son hombres ni todos los hombres son ratas. Los que sí, se olvidaron de pasajeros y tripulación y en un “sálvese quien pueda”, muchos pudieron sobrevivir, sobreponerse, sobrevalorarse y sobrepasarse.

Si una fuera malpensada creería que fueron ellos quienes hundieron el barco para coger otro sin iguales, donde la suya fuera la más larga, como cuando los centímetros de orgullo contaban más que la negación de un rol.

En el cuaderno de bitácora, que ahora sirve para enseñar a contar al hambriento, escribieron ellos, con graves faltas de ética, y bastantes de las otras, la amenaza, en plena tormenta marina, de la voz de la mujer, de la voz del extranjero, de cualquiera que venga buscando un hueco y un turno de palabra. Ya no eran cantos de sirenas, sino sugerencias, órdenes, indicaciones, apreciaciones, opiniones y hasta el desorden del orden establecido. Ahí os quedáis.

Salvar el culo no significa pisar cabezas, pero qué bien les viene habernos hundido.

Hemos conseguido salir a flote con lo puesto. Ya sólo hay que reponer la despensa y el armario. También la estantería donde íbamos colocando nuestros logros, nuestros derechos, nuestros avances. Se han quedado hundidos en esa zona abisal donde ni llega la luz del sol.

Pariremos arañas y tejeremos largas cuerdas para el rescate del mundo perdido. Habrá hombres que nos ayuden a tejer y otros que nos corten las ganas, y las alas, y las almas.

Mi voz, mañana, con ellas –nosotras, mujeres-, mi tiempo –el que pueda-, mi tela de araña, mi grito, mi espacio, mis trocitos de logros, mis derechos deshechos. Mi indignación, mi enfado, mi rabia, mi lucha, la lucha, la unión, la palabra, la acción. La reacción.

Con nuestro silencio, ellos gritan más. Con nuestra ausencia, se hacen más grandes. Con nuestra pasividad, más prepotentes. Con nuestra sordera, más fanfarrones. Con nuestra

indiferencia, más dominantes. Con nuestra aquiescencia, más intolerantes. Con nuestra ceguera, se la ven más grande.

A muchos hombres, a tantos, les cuesta un mundo entero comprender que, con nuestro retroceso, ellos también pierden ventaja.

Huele a peza muerta

Corría que se mataba mi adolescencia y la de mis coetáneos de la EGB y el BUP, cuando ya en mi pueblo realizamos un gran avance en esto de la igualdad dotando a Esther, la hija de Iris, de un mote acorde con su género, aunque transgrediéramos todas las normas académicas. Como tenía ojos de besugo, en un alarde de originalidad lingüística, decidimos –no sé si por plebiscito popular o por generación espontánea- llamarle, desde un verano de no sé qué año de los ochenta, Esther la Peza.
Nadie, ni siquiera el vetusto cura barrigudo, puso el grito en el cielo ante ese intento de feminismo subversivo, principalmente porque no era tal. O sí, pero ni nos dimos cuenta.
Por no sé qué asociación de ideas (lo sé perfectamente) he recordado este hecho en la polvareda que se ha levantado con esto de la portavoza y el portavoz. La voza me ha hecho rememorar a la Peza. Fuimos más espabilados y hasta visionarios entonces: el pez es masculino, la voz, femenino. No todos los sustantivos de este género han de acabar en a; con anteponer el artículo la, ya es suficiente. En este caso, tendrían que ser ellos los que exigieran la o: el portavozo. Y ya que se ponen: el portovozo.
Claro que es una anécdota en un lenguaje aún machista, pero me indigna más un reportaje que han emitido estos días en no sé qué cadena sobre el absentismo laboral. Tomando como objeto de investigación la Ciudad de la Justicia de Valencia, el programa ‘En el punto de mira’ pudo comprobar cómo una cantidad nada desdeñable de funcionarios llegaba, fichaba y se piraba. Ahí es nada. Y el resto de trabajadores asfixiados por los impuestos con los que se pagan los sueldos de los caraduras, trabajadores entre los que se encuentran, por supuesto, los propios compañeros de estos pícaros de oficina.
Y siempre son los mismos. Me pregunto si nadie los echa de menos, si su continuada ausencia no canta como un besugo descompuesto o como una peza muerta. ¿O es que son tan inútiles que da igual que esté su culo en el sillón de la planta tres, oficina 8, o en el taburete del bar de enfrente?
¿Son sus mismos compañeros los que los animan a que no se dejen ver a fin de poder trabajar sin rémoras?
¿Dónde están sus jefecillos, jefes, jefazos y jefones? ¿Dónde los sindicatos defendiendo al trabajador que pringa?
En estos momentos hay 18 millones de trabajadores en España. De éstos, más de tres millones son funcionarios y empleados públicos. Para pagar su sueldo, de las arcas del Estado salen unos 120.000 millones de euros anualmente.
Pues bien, transcurriendo el programa y con toda la rabia a flor de piel de los espectadores, los periodistas abordan a unos cuantos de esos ‘listillos’ cuando salen de fichar y entran en bares y centros comerciales a ‘asuntos propios’ que les llevan horas. Paradójicamente, cuando en imágenes anteriores vimos tanto a hombres como mujeres en pleno escaqueo, los abordados eran todos ‘ellas’. Curioso ¿no?

¿Y si fuera gato?

Tengo una foto de ella firmada por Serrat. Al cantautor le pareció gracioso que le hubiera puesto Penélope a mi gatita naranja por su canción.
Después de casi 21 años acompañándome, murió hace ocho días, conmigo al lado dándole besos.
Cuento mi vida en gatos. En 2003, Blanquito; en 2010, Pancho; un lustro más tarde, Marta; el verano pasado, Pizca, mi macarrilla, y a hora la Pi, mi dulce Penélope.
Y con cada muerte recuerdo las palabras de Fernán Gómez en la película ‘El abuelo’: “¿Usted me va a hablar a mí de soledad? Ya voy por el tercer perro enterrado”.
Así se queda uno, vacío, como con varios trozos arrancados de cuajo. Uno de dentro y otro de ese lado del sofá, y de la butaca al lado de la chimenea, y de los pedazos de sol que habitan en el jardín, y de los pies de la cama, y del grifo del lavabo y de la ventana desde donde maullaban a las urracas y al mirlo negro. Y del ficus mordisqueado, y del esquinazo del mueble horadado con dibujos de afiladas uñas.
Ahora que mi madre se retuerce de dolor con ganas de morir, me pregunto por qué pude acudir al veterinario cuando uno de mis gatos enfermó, ya viejito, con un tumor inoperable, y acceder a que falleciera dulcemente tras un pinchazo, para que no sufriera ni un solo amago de suplicio. Por qué tuvo mi padre que soportar durante dos años la más terrible de las degradaciones cuando se le empezó a despachurrar el cerebro olvidando nombres, hijos, amigos y funciones vitales.
Es terriblemente injusto. Cuando la vida ya no es y no da para más… Cuando la vida no se puede vivir, ya no es un privilegio.
Conflictos legales, éticos, morales, médicos, religiosos, sociales y hasta filosóficos. Todo eso, y más provoca simplemente pronunciar la palabra eutanasia.
Cada día más casos nos hacen enrojecer. Hace poco menos de un año escribía en este mismo espacio sobre José Antonio Arrabal. Enfermo de ELA, grabó un vídeo a modo de alegato mientras se tomaba una dosis letal de medicamentos: un frasco con unos mililitros de libertad transparente: “Me parece indignante que en este país no esté legalizado el suicidio asistido o la eutanasia. Me parece indignante que una persona tenga que morir sola y en la clandestinidad. Me parece indignante que tu familia se tenga que marchar para no verse implicada y acabar en la cárcel”.
Y murió solo, con sus hijos y su mujer arrojados momentáneamente fuera de la casa con un equipaje lleno de rabia.
Y aún recordamos también a Andrea, la niña de 12 años con una enfermedad neurodegenerativa irreversible que le producía tantos dolores como lágrimas derramaron sus padres, mendigando un poco de piedad por juzgados y comités de ética. Conseguirlo no les privó a ellos del dolor, pero sí a ella.
Porque hay decisiones que duelen más que la muerte.
Los gemidos que les despertaron tantas noches resuenan aún en un mundo tremendamente injusto.
Mamá, si aún quieres morir, puedo decir que eres un gato.

Maestro descansando

Volvíamos cantando a dúo La flor de la canela. En mi viejo coche teutón de techo lunar y radiocasete trasnochado. La cinta de la Pradera. Él su habanos y yo mi ducados.
Durante muchos años nos sentamos juntos en la redacción. Él con sus diccionarios y yo con mis preguntas. Él con su estilográfica y yo con mi lápiz gastado.
Llegaba con la tarde ya destruida de entradillas y titulares y nos repartía olor a nenuco y a fisherman de mil eucaliptos. Impoluto. Flaco. Maestro.
Enfrente, Vidal, detrás, Rome, Nieto buscando ratas. Testigos cercanos de nuestros dislates, sutilezas, las justas, broncas ficticias, un par de ellas en serio… Cosas de pareja de deshecho. Veinte años de darnos la palabra.
Volvíamos cantando La flor de la canela. Casi a medianoche. Las doce en el Terminal. Sumergido en el gintonic, sedienta de cerveza. Y allí desembocaban todos los ríos de redactores y fotógrafos para la tertulia de noctámbulos dipsómanos. Cosas del oficio.
Yo aguantaba otro par y me largaba. Él se alargaba y se unía al Harlem, después al Patton, arrastrando noticias del día y pasajes del esperpento. Todos le vimos alguna vez paseando versos con Valle- Inclán. Uno sin brazo y el otro sin barba.
Nos sacaba unos cuantos años de estaciones y de prosas, de pelis del Oeste y de cine de color negro. Contaba el insomne que le sorprendía el amanecer con El árbol del ahorcado, quizá Río Bravo. Sabiendo de sus vidas y de sus noches, jamás le molestaba nadie antes del mediodía. Maestro descansando. Desayuno tardío en el Fortuna de café con letras impresas. Y un bicarbonato. Y una nube de humo de placer.
Lobo solitario siempre acompañado salvo en su cueva. Caballero sin damas, impaciente sin prisas, esteta de la página 2 y de la contra. Voz urbana y pluma cosmopolita de sedentario nómada de las estrellas.
Valle-Inclán ya lo había escrito todo cuando nació Hoyas, pero éste se propuso ser su alumno más fiel y su representante en la tierra de los vivos. Y ahí nos iba dejando pedacitos de sus conversaciones, de sus reflexiones conjuntas y de sus airadas discusiones.
De Ramón María decía Tomás que ya había nacido mayor en años y pejigueras y el paso del tiempo le multiplicaba los malhumores. Los dos compartieron, compartían y comparten ramalazos de cascarrabias, adorables, pero gruñones, admirados rezongones.
Mira Hoyas, ya sabes que las últimas palabras de Víctor Hugo fueron aquéllas de “veo una luz negra”, o eso nos han dicho porque tal vez las pronunciara el barquillero de tu Campo Grande. Tú ves el vaso negro porque ya está vacío del todo y el fondo es una gran noche con media luna de limón. No tienes más que pedir otra copa. Llena. Mientras la preparan, un cigarrito a la puerta del frío.
Has hecho caso a Valle cuando te dijo que no te hicieras viejo porque la vejez es estancia donde toda incomodidad tiene su asiento.
Entras de nuevo en el Terminal porque te espera tu vaso lleno de luz.

Del supremo secano

Algún día la vergüenza nos hará agachar la cabeza hasta hundirla en el esternón. Somos capaces de juzgar sin tener la más remota idea de leyes. Y hasta de condenar, si se da el caso. Somos abogados, fiscales y jueces del supremo secano. Después, la verdad puede soltarnos una enorme bofetada.
Como teníamos ahí tan a mano el caso de la manada, toda la información que íbamos absorbiendo se la aplicamos también al caso de la Arandina. Sin sentencia aún para el primero, ya hemos dictado la del segundo. Se nos olvida que son presuntos. Presuntas bestias o presuntos inocentes. Todavía inocentes. Cuando toda la investigación -en la que no participamos salvo fanfarroneando- la recopilación de pruebas y testimonios, el cotejo, las conclusiones, audios, vídeos, fotos y tuits sean puestos sobre la mesa para llegar a la verdad y haya una sentencia al respecto, podremos entonces ya pronunciar las palabras mágicas contra los acusados o contra los acusadores. Antes no, porque también nos convertiríamos en manada.
Pero manada somos en infinidad de ocasiones y como manada nos comportamos al menos una vez antes de que acabe el día. Salirse resulta difícil. Un gran puñado de reflexión ‘antes de’, no nos vendría nada mal. Y si añadimos una dosis de serenidad, mejor. Y una pizca de prudencia.
El que se sale de la manada y abandona al rebaño es Tizón, un mastín negro como su nombre. A él le dijeron que debía dedicarse al pastoreo, pero siempre soñó con ser actor. Varios paseantes alertaron en La Barranca (Navacerrada) de un perro que se desplomaba al acercarse a ellos. Pensando que estaba muerto, llamaron al número anotado en su collar y a emergencias. Ya le conocían. El policía local que atendió la llamada sólo tuvo que preguntar: “¿Es un mastín negro?”
Tizón finge estar muerto para que le acaricien. Es ver que se acerca alguien y sale al paso olvidándose de ovejas y silbidos del pastor. Una vez que los extraños le prestan atención, cae fulminado para ser objeto de mimos. “Es un cabroncete achuchable”, dice uno de los paseantes víctima del engaño canino. “Ya verá cómo, si se aleja, el perro se levanta y se va tan campante”. Y así fue. El agente tenía razón. Tizón es un viejo conocido de la poli.
Al que no le hacen gracia sus dotes interpretativas es al pastor. Ha tenido, incluso, que pedir a los paseantes que no se acerquen al perro. “Sí, divertido es, pero su misión es pastorear y no jugar”. Dicen que ha comentado que, si la situación persiste, tendrá que dejar atado a Tizón y no volverá a salir con las ovejas. Y razón tiene, pero no nos provocará sonrisas.
Mi gatita Marta hacía lo mismo. Desplomaba de golpe sus tres colores sobre la alfombra y permanecía inerte bajo las caricias de mi mano. Sólo un suave ronroneo y el calor de su pancita blanca me decían que estaba viva. Así 23 años, hasta que se desplomó para siempre, de puro viejita. Está en el jardín, junto a los agapantos.

El Norte de Castilla

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