El mundo y la a

En la penúltima tertulia de bar quisimos dejar claro por enésima vez y para siempre que la dominación que sufren, que sufrimos las mujeres, no tiene su raíz en el sexo (concepto fisiológico) sino en el género (concepto sociocultural). En el sexo radican gran parte de las diferencias anatómicas y fisiológicas entre la mujer y el hombre: pero sólo ellas. Todas las demás pertenecen al dominio de lo sociocultural y deben incorporarse al ámbito de lo genérico, no de lo sexual.
El discurso feminista está muy claro: puesto que no es posible abolir las injusticias suprimiendo las diferencias sexuales, suprimamos las diferencias de género, empezando por el lenguaje.
No pasa nada, no se está destruyendo el lenguaje, no se está derribando ningún templo sagrado. Hay que adaptar el lenguaje a la realidad, no lo contrario.
Acostumbrémonos, de una vez por todas, a pensar en términos de género en lugar de hacerlo desde el punto de vista del sexo.
Para analizarlo tomo prestadas unas palabras de la profesora universitaria Margarita Lliteras quien dijo ya hace años que utilizar formas en femenino como oficiala, ingeniera o arquitecta es gratis, pero seguramente ellas siguen en muchas sociedades sin cobrar los mismos sueldos que sus colegas varones.
Ella aseguraba, además, que si se considera que la lengua forma parte del problema del sexismo social, está claro que también puede convertirse en parte de la solución.
Para la filóloga Carmen Alario son necesarios los cambios en el lenguaje para nombrar a las mujeres y, por tanto, debemos realizarlos. Los prejuicios, la inercia o el peso de las reglas gramaticales que, por otra parte, siempre han sido susceptibles de cambio, no pueden ni deben impedirlo. En la lengua castellana existen términos y múltiples recursos para nombrar a hombres y mujeres. En definitiva, la lengua tiene suficiente riqueza para que las denominaciones puedan hacerse adecuadamente.
Se propone con esto, según la catedrática María Luisa Calero, incidir sobre el lenguaje con el fin de transformarlo y conseguir, por fin, nombrar el mundo en femenino o, al menos, no nombrarlo siempre en masculino.
Pero ya que nos ponemos a nombrar el mundo, quitémosle las palabras que hacer pervivir el clasismo. Aún se mueren ilustrísimos junto a gente sin don. Los mayores ladrones son laureados por el protocolo de la palabra. Asisten a actos públicos excelentísimos y los demás se preguntan por la excelencia de muchos miserables. Salvo los vinos y las novelas negras nada debería tener ese tratamiento. Ni nadie.
Así que, ya puestos a impedir agresiones, evitemos y fulminemos ambas, la del lenguaje sexista y la del lenguaje clasista. Excelentísimo, ilustrísima, excelencia, su señoría, su majestad… ya vale, y con esto no creo que deba dar más datos sobre esta, creo que prioritaria, sugerencia al respecto de las desigualdades. Contemos el mundo de manera diferente.

De nuevo muere Ana

Ni siquiera estoy segura de que, durante el tiempo que tarda en llegar esta columna desde mi ordenador al periódico, no haya muerto otra mujer: sería la número 50 de la violencia de género.
Ya comenté en estas páginas en otra ocasión que estamos aprendiendo geografía y nociones de toponimia marcando con chinchetas en un mapa los lugares donde han muerto las mujeres. Y no nos atrevemos a calcular los metros cúbicos de sangre que arrastra por la cuenca de nuestros ojos el río rojo.
Cinco disparos contra Jessica, una puñalada en el centro del mundo a la anterior, un empujón al vacío, un hachazo, una paliza de norte a sur, un arrebato de cuchillos, la tortura de un ejército de demonios… Total, 49 muertas y un país mirando sin saber qué hacer, esperando, tal vez, a que el problema se extinga en alguna glaciación.
Se cumplen ahora 20 años del asesinato de Ana Orantes, la primera mujer que habló públicamente de los malos tratos, vejaciones y abusos de su marido. Ya se había separado de él, pero el fallo judicial autorizaba a su agresor ocupar una de las plantas del chalé familiar, lo que le permitía seguir agrediéndola cuando le venía en gana.
Dos días después de que Ana contara su caso en televisión, el ex marido la arrastró hacia el patio de la casa, la ató sentada en una silla, la roció con gasolina y le prendió fuego. Uno de los hijos llegaba del colegio para presenciar cómo su madre descansaba carbonizada en el jardín.
Pero lo peor de todo es que la muerte de Ana Orantes no fue la última. Lo más terrible es que el asesinato de Jessica no cerrará el ciclo. Lo bochornoso es que seguiremos contando víctimas.
Ana era la número 59 del año 97; Jessica, la 49 de veinte años después. En este tiempo ¿sólo hemos sido capaces de restar 10? Pensemos que entonces no existía todavía una fiscalía especializada ni el sistema judicial contaba con juzgados específicos. El país entero lo pedía a gritos cada vez que marcábamos en el mapa el lugar de los hechos, uno por semana. En 2005 comenzaron a funcionar los Juzgados de Violencia sobre la Mujer. Y ya comenzó a articularse todo un sistema que tenía como punto principal la protección a la víctima: cuerpos de seguridad concretos, departamentos de la administración central y autonómica, puntos de información, teléfonos de ayuda inmediata, penas más duras para los agresores, órdenes de alejamiento…. Todo elogiable, pero ahí están las cifras.
Hay un innegable fallo sistémico y es el momento de reconocerlo y de poner remedio.
Me pregunto si estamos poniendo la atención sólo en la víctima (que se merece toda y más) y dejamos a un lado al agresor. Valga el ejemplo de que en un caso de maltrato se le aleja de la víctima y se le condena a 40 horas de trabajos para la comunidad quitando rastrojos de las cunetas. ¿No es necesario ya ponerse a tratar la enfermedad del agresor? Medicina preventiva antes de transformarse en bestia asesina.

Aventura aquí al lado

En situaciones extremas no se sabe cómo puede responder el ser humano. Así es como, más o menos, se presentan los concursos que copan la programación de algunas cadenas televisivas. Y no, no son los de reyes de los fogones creando esencias de torrezno al vapor de gases nobles, ni los de niños bufones cantando por peteneras vestidos de domingo de comuniones, ni siquiera los de candidatos a primarias de la era terciaria o cenozoica. No, en esta ocasión hablamos de quienes voluntariamente son desterrados a una isla desierta o lanzados al mundo para que recorran 3.000 kilómetros con un euro al día.

La Isla, Supervivientes, Pekín Express, Naked and Afraid, algún que otro desfile de modelos (una manzana al día, eso es sobrevivir) forman parte de una larga lista en la que se va a incluir el reality titulado ‘Viuda de Pepe López, hijos y demás’.

El programa comienza con una banda sonora de toses un tanto sospechosas del mismo Pepe y un primer plano de su cara de circunstancias cuando ve el título rotulado sobre su frente; es cuando empieza a sospechar, pero no tiene tiempo para indagaciones. Como lleva en el paro ni se acuerda y ha agotado todo tipo de prestaciones salvo una renta que da para el agua, media luz, patatas y pollo escuálido, en cuanto amanece se mete entre pecho y espalda un buen tazón de sopas de leche aguada y se lanza a la calle en busca de aventura; una cámara le acompaña en su búsqueda incansable de cartones y chatarra.

En casa se queda contemplando miserias la presunta viuda que, una vez leído el título del programa, envejece más de diez años en diez minutos, así que ya ronda los 75 a los 53. Con ella, toda una estampa familiar de miembros desempleados unidos y bien avenidos: a la fuerza. Sus tres hijos con sus respectivos cónyuges, de los que solamente Marieta tiene un trabajo fregando platos y perolas doce horas al día, de martes a domingo, por 700 al mes, y ella pone los estropajos y las sonrisas forzadas. En la estampa también aparecen cinco nietos que en sus primeros años disfrutaron de otra vida con triciclos, ropa nueva, vacaciones de playa y hasta clases de tenis o de piano y academia de inglés. La abuela juraría que sólo eran cuatro los hijos de sus hijos, y que el pecoso le suena muy poco, pero qué más da ya.

La hora de máxima audiencia se produce con la muerte de Pepe cuando, una mañana gélida de un febrero malvado, la tos le estrangula y se rompen en mil pedazos sus pulmones de hielo. El cámara le tapa con cartones de Tierra de Sabor mientras llega la ambulancia y el aire le sabe a sangre.

A los gastos del entierro se unen 100 euros de las gafas de la pequeña Lucía y una multa póstuma a Pepe el muerto por no declarar al fisco los ingresos del cartonaje.

Ahora sí comienza el verdadero show de supervivencia: doce personas y un gato comiendo con menos de diez euros al día. Y ni siquiera hace falta poner la tele para ver este reality.

De guerreros viales

Como del día de la Comunidad ya han escrito. y yo, por más que me pincho, no me saco ni una gota de sangre regionalista, prefiero hablar de otro aniversario. El décimo sobre ruedas. Fue en 2007 cuando Valladolid se sumó a las ciudades limpias pretendiendo un cambio tranquilo y paulatino para que a su paisaje le rodaran dos en vez de cuatro y que su cielo fuera recuperando el azul frente a un entreverado en grises.

Recuerdo a los políticos estrenando velocípedo para la foto con pedaleo por Recoletos y suplicando al mismísimo Santísimo el no tener que emprender la marcha por el Paseo de Zorrilla, donde bus, bici y en demasiadas ocasiones coches, furgonetas de reparto, telepizzeros motorizados y palomas, compartían carril en un enorme gesto de generosidad. Así que una vez inaugurado el ‘Valladolid bici’, montaron en sus haigas rumbo a otra cosa, mariposa.

Diez años después, el carril es aún intermitente, cuando no inexistente, todo un peligro para los usuarios de la bicicleta que, menudo sosos, no saben volar, pero aprenden a ser guerreros viales y sus travesías se convierten en una aventura de riesgo que cualquiera en su sano juicio cambiaría por una escapada a Ámsterdam.

Querer comparar Valladolid con la ciudad holandesa es todo un sueño y toda una burrada. El casco antiguo de ésta, con sus estrechas calles y sus canales, apenas tiene espacio para el tráfico fluido de automóviles, y mucho menos para el aparcamiento. Es por esta razón por lo que es un espacio ideal para la bicicleta. Así se puede hablar de ciclistas del hogar al trabajo, ciclistas del hogar al cole, ciclistas de recados, ciclistas mensajeros, triciclos de reparto y de policías en bicicleta. Para ellos constituye el medio de transporte más lógico. Por eso hay 600.000 bicicletas para 730.000 habitantes que pueden circular por una extensa red de carriles-bici ramificada por una extensión total de 400 kilómetros.

La bici puede ser el medio de transporte más saludable para nosotros y nuestro entorno, pero en Valladolid, el más lógico, según el trazado, las vías y las incongruencias, no.

Mientras, y siguiendo con la lógica, me han entrado unas ganas enormes de volver a ver ‘El ladrón de bicicletas’, y no es que me quiera recrear en la tristeza, pero la prefiero al aburrimiento de estar contemplando cómo las promesas y las buenas intenciones avanzan insufriblemente despacio entre los tramos inexistentes de los verdes carriles y de la Plaza Mayor. Recordemos la última escena de la película cuando Antonio Ricci y su hijo Bruno van lentamente caminando de la mano, derrotados, hacia un crepúsculo en una ciudad que, irónicamente, está atestada de bicicletas y me invade un ilógico impulso (¿o es lo más lógico que he dicho?) de robar una de esas bicicletas de ruedas azules para que Antonio pueda seguir pegando carteles por las calles en los que se invita a pedalear en una ciudad ilógica para las bicis.

La libertad en un frasco

“Si estás viendo este video es que he conseguido ser libre”. No hemos sido capaces de parpadear ante las pantallas durante las noticias. Hemos escuchado sus palabras cercanas a través de la radio. Y estamos seguros, desde una extensa tristeza y una extraña rabia, de que es libre ahora porque antes no lo fue.

“Soy José Antonio Arrabal. Tengo 58 años, casado, con dos hijos y enfermo de ELA”. Domingo 2 de abril. Está en el salón de su vivienda. A su izquierda, en un rincón, dos tristes macetas. Frente a él, sobre una mesita, un frasco contiene unos mililitros de libertad transparente.

Ningún especialista le ha recetado la medicación con la que poder morir dulcemente, así que se las ha apañado para hacerse con ella. Su mujer y sus hijos no le acompañan porque de nuevo las leyes les han dejado indefensos, echándoles a patadas de la casa, con una despedida temprana y un dolor de ausencia obligada.

Mientras ellos se rebelan contra las razones, José Antonio habla pausadamente, tragándose ahogos, quizá dolores, frente a la cámara que le graba: “Me parece indignante que en este país no esté legalizado el suicidio asistido o la eutanasia. Me parece indignante que una persona tenga que morir sola y en la clandestinidad. Me parece indignante que tu familia se tenga que marchar de casa para no verse implicada y acabar en la cárcel”.

Quería morir, pero no le dejaban. “No lo entiendo: ¿dónde está mi libertad? ¿A santo de qué podéis negarme el derecho a disponer de mi existencia?”

José Antonio ingiere una combinación letal de medicamentos. Lo hace cuando aún tiene movilidad en la mano derecha y la capacidad de sorber. Cae en un sueño profundo. Y llega el eterno. De banda sonora, la canción que eligió él mismo como réquiem: ‘Libre’, de Nino Bravo.

Pocos días antes sus palabras resonaron en el Congreso. El líder de Podemos las vomitó sobre las conciencias de los diputados, pero de nuevo los derechos civiles les sonaron a revolución y los barrieron bajo la alfombra.

José Antonio aprendió, como tantos otros en su situación, a leer las caras de todas las personas que estaban a su alrededor: “Veo la impotencia que sienten al no poder hacer nada para mejorar mi existencia. Veo el sufrimiento que padecen al imaginarse el mío. No todos comparten mi decisión, pero la respetan porque es mía”. Ya ves, José Antonio, de respeto se trata y los que tumban propuestas no saben ni deletrearlo.

Decidió libremente no querer seguir viviendo su infierno. Nadie puede comprender sus lágrimas cada mañana cuando al despertarse descubría que estaba abocado a enfrentarse a “otro día de padecimiento sin límite” y con la sola perspectiva de “continuar mirando el mismo trozo de techo”.  Y ese sufrimiento de días sin fin y con la mala suerte de no haberse muerto mientras dormía, que es lo que más deseaba en este mundo.

Los señores diputados han comenzado sus vacaciones. Se les ha olvidado ya tu dignidad.

La rebelión de las madres

Dice la OMS que calidad de vida es la percepción que un individuo tiene de su lugar en la existencia, en el contexto de cultura y del sistema de valores en los que vive y en relación con sus normas y sus inquietudes. Se trata de un concepto amplio que está influido de un modo complejo por la salud física del sujeto, su estado psicológico, su nivel de independencia, sus relaciones sociales y la relación con su entorno.

Como es una definición un tanto imprecisa y bastante plúmbea, vamos a cambiar todo ese párrafo por la palabra bienestar.

La ha liado la periodista Samanta Villar al comentar que la maternidad le ha restado calidad de vida (prepárate, compañera, para cuando, de repente, te encuentres en tu casa a dos adolescentes) y que no es mucho más feliz tras ser madre. Estoy contigo, a ver si de una vez nos dejan pensar libremente si querer ser madre es una decisión personal, una imposición social o cualquier otra circunstancia. Y que no querer serlo es fruto, igualmente, de una profunda reflexión.

Tras haber decidido serlo por unos u otros motivos, que nos permitan expresar lo que significa la maternidad del día a día o que nos arranquen la lengua. Aun así, habrá cosas que nos callemos por si resucitan más justicieros de la moral y del discurso atávico. Ya no.

Muchas de las madres que conozco, por serlo, no sienten haber alcanzado la prometida plenitud. Otras, en realidad, no sabíamos lo que buscábamos, quizá el sentido de la vida que, al menos doce –en ocasiones hasta catorce- horas al día parece no tener sentido alguno.

De nuevo molestan los sentimientos de las mujeres y más los de las mujeres madres que se atreven a manifestarlos de una manera real y cotidiana. Pertenecemos a una generación que ha formado parte durante más años del sistema laboral que del ‘maternal’, quizá porque asumimos la dificultad de compaginar o porque creímos que con nuestro trabajo y con un más que satisfactorio ocio lo teníamos todo ganado. Madres tardías -añosas, nos llaman, porque las palabras también las crearon ellos-, lo fuimos por decisión propia y porque fue así, también nos da la gana amarlos las 24 horas del día, querer amordazarlos durante diez minutos, hacer que desaparezcan hora y cuarto y, por favor, que lleguen ya, que son las once de la noche.

Estos sentimientos complejos y contradictorios no nos hacen ser despreciables seres, o sí, según quien nos escuche. Pues que nos oigan decir que sí, que hay pedazos del día y trozos de la noche en que somos jirones de madres arrepentidas, porque te pica su varicela, te duele su pierna rota, te parte el alma su primer desengaño y te mata su tardanza. Que le pongan nombre a esto.

Ellas, las mujeres NoMo (no mother) también son criticadas por su egoísmo. Siempre son los mismos bocazas. Contra ellas, contra nosotras, contra todas.

Decidir no tener hijos debería ser el final de la conversación. Es el final de la conversación.

Gracias por la sidra

Hagamos un ejercicio de involución -a algunos no les costará mucho ya que muy a menudo descienden a las cavernas- y situémonos en una luminosa primavera de azules agapantos y mariposas leves de hace unos 49.000 años, mes más, mes menos.

Me resulta difícil imaginar a una madre asturiana diluyendo una aspirina con agua en una cucharilla, añadiendo una pizca de azúcar (para ocultar el sabor del analgésico) y corriendo detrás del guaje entre la maleza con el objetivo de hacérsela tragar. Pues sí, parece mentira, pero no lo es del todo.

Olvidándonos de la cuchara, el paquete de azúcar blanquilla y del blíster de las pastillas, el resto ha sido científicamente comprobado. Los neandertales que habitaban los alrededores de la cueva del Sidrón, en la actual Asturias, tierra a la que habían llegado huyendo de las glaciaciones, que no de Donald Trump, tomaban corteza de álamo, que contiene ácido salicílico (el ingrediente activo de la aspirina) y consumían además un hongo con propiedades antibióticas (Penicillium).

El ADN preservado en la placa dental de una de las mandíbulas halladas ha supuesto una increíble aportación informativa de sus hábitos alimenticios y de su conocimiento de las plantas para tratar dolencias.

Y todo esto por el sarro que ha conservado los microorganismos que vivieron en su boca, además de patógenos del tracto respiratorio y gastrointestinal y partículas de comida, lo cual ha demostrado que, de cepillarse los dientes, nada de nada. Pero bueno, esto no es propio sólo de los neandertales.

De esta investigación también se desprende que eran vegetarianos, al menos los que se asentaron en Asturias. El dueño de la mandíbula del Sidrón, un individuo de unos 25 años, se alimentaba de setas, piñones y musgo. De éste, al que de pequeño su madre perseguía con la aspirina, se sabe que tenía un absceso en la encía (una infección con pus), por eso lo de la corteza de álamo. Había sido, además, atacado por un patógeno, el Enterocytozoon bieneusi, que causa problemas gastrointestinales, así que el pobre, acuciado por fuertes diarreas, se pasaba las horas en cuclillas detrás de los pinos, de ahí quizá su afición a comer piñones en vez de leer un tebeo o el Muy Interesante.

Atención a este dato sobre la colitis del guaje: en cualquier momento la ciencia nos sorprende informándonos de cómo solucionaron los neandertales el problema de la eliminación de aguas mayores y menores y eso sin encontrar ni un solo resto o indicio de baño público o privado, sino por la forma del hueso del talón, por ejemplo, o por la forma del coprolito.

Manzanilla y equinacea eran también plantas medicinales consumidas por los neandertales. De ellos dicen los investigadores que eran inteligentes y con un conocimiento ecológico que nosotros hemos perdido. Quizá hasta fabricaban sidra en el Sidrón y, al anochecer, alrededor de las hogueras, entonaban el ‘Asturias patria querida…’

Esposa de insurrecto

Dice mi marido que ya está bien, que después de los últimos acontecimientos va a sacarse el master de insurrecto para ponerlo en su tarjeta de visita en vez de perito en lunas. Que los cien primeros temas de insurgencia se los ha aprendido sin ni siquiera leerlos. Que le llegaban a la mente en forma de ciencia infusa dosificada en cada arcada. Que esos conatos de vómito se le han manifestado con más intensidad a la hora del telediario. Que antes sólo le pasaba con las noticias de economía y que últimamente perduran y se acentúan con las de tribunales.

Pronto vomitaremos en el tiempo. Al tiempo.

Dice mi marido que en cuanto se saque el pasaporte de apátrida aprovechará las noches para ir a desplumar gaviotas, a deshojar rosas para echar los pétalos en los urinarios de los bancos porque apestan y a dejar los mástiles huérfanos de telas de colores. Que con las banderas quiere coser colchas para quienes duermen en el vacío de nuestras conciencias, tejer alfombras para extender sobre el barro de los campos de refugiados y hacer sacos de dormir para quienes tuvieron que dejar sus colchones en las casas que les arrebató la codicia. En ellos pernoctan ahora los gérmenes de la indolencia.

Y conseguirá el título de sobran banderas y faltan mantas. A manta.

Dice mi marido que, más que sedicioso –que le suena a rey sediento y vicioso- prefiere apellidarse subversivo de primero y ¿de segundo? Que no hacen falta apellidos, a veces ni nombre. Que, de sobrar, sobran, sobre todo, los gentilicios, los títulos y los tratamientos protocolarios. Que los canallas ya no tienen derecho a ser ísimos, salvo cuando rozan el joputismo.

Y son tantos los que se arriman. Arribistas.

Mientras se doctora en rebeldía ha comenzado a pintar graffitis en la fachada de la casa. Le ha dado por plagiar a Basquiat porque procede. SAMO, me ha escrito con letras rojas debajo de la ventana de la cocina. Ya sabes, Same Old Shit, “la misma mierda de siempre”, acompañado de la diosa de la justicia sin venda, sin ojos, sin brazos y sin balanza. Sin nada, vamos, una mancha de vacío. En la tapia que protege el lilo se ha atrevido con Banksy y ahí mismo ha plantado, en azul magenta y verde que te quiero verde, la frase que inició el proceso de su persecución: “Si repites una mentira con la suficiente frecuencia, se convierte en política”. La historia se complicó para él cuando el vecindario al completo comenzó a escribir su indignación en los muros de la calle, calzadas, aceras y papeleras. Twitter es demasiado pequeño para gritos tan grandes.

Está en prisión a la espera de juicio. Le acusan de insurrección, injurias, desacato y exhibicionismo (salía a pintar en pijama). Han venido a detenerme, pero he alegado que soy la esposa. Me han pedido disculpas y me han sugerido amablemente que friegue la fachada, a lo que me he negado. A ver qué hacen cuando se den cuenta de que me inventé un marido.

Cerdos comen pueblos

Fui yo una niña rural convertida en urbana a muy temprana edad, aunque las vacaciones de verano, hasta los 18, las pasé en mi Moraña natal. Tendría unos 9 años de flequillo y coletas largas cuando, contemplando a los cerdos una mañana de julio desde el ventanucho de la pocilga, se me antojó que su comida era demasiado seca; ese pienso compuesto gris con pinta de hormigón desmigado necesitaba una salsa que yo ideé con los huevos frescos de las gallinas. El gallinero estaba al lado, así que fue fácil: coger los huevos de los nidos, cascarlos y echarlos en los comederos de los cerdos mezclándolos bien con sus viandas. Jamás vi a éstos tan felices y tan agradecidos y, por aclamación popular, me nombraron ese verano reina de la pocilga.

No sé quién me pilló en una de mis incursiones gastronómicas porcinas, el caso es que hubo una bronca tremenda y me castigaron sin salir una semana, enclaustrada en el patio, debajo del colgadizo, donde únicamente podía preparar comiditas con agua y tierra para una muñeca negra con un solo ojo y un futbolista de plástico sin articulaciones.

Me levantaron el castigo para ir a confesarme ante el cura de mi terrible pecado, porque así me lo exigieron los viejos del lugar. Ese verano estaba con don Faustino, el cura gordo que vivió en mi pueblo unos dos mil años, un sacerdote jovencito que tomaba confesión a niños y adolescentes en un banco mientras el viejo dormitaba en el confesionario oyendo los chismorreos de las abuelas. Aún oigo reír al joven cuando le conté mis pecados: He desobedecido a mis padres, me he pegado con mi hermano, le he puesto una lombriz a mi hermana en la cabeza y he cogido huevos del gallinero para mezclarlos con la comida de los marranos, que parecía muy seca, y no vea usted cómo se han puesto los abuelos y los tíos.

Y mientras él reía con ternura, a mí me dieron ganas de llorar. Pura vergüenza. Juré no volver a hablar a nadie del pueblo esos meses salvo a cerdos y gallinas. Fue también mi última confesión en una iglesia.

Varios años después, cuando mi historia había corrido de pocilga a cochiquera y de un pueblo a otro de esta vasta región, los cerdos decidieron rebelarse por mi honor – en un acto que se conoce ya como la revolución de octubre de los fogones- y comerse a los habitantes de las villas, que murieron insultándome. Ninguna otra es la causa verdadera de la despoblación rural.

Como se ha cubierto el cupo de reuniones y foros donde han analizado las raíces de los procesos que han llevado a la despoblación y para nada ha servido, decido con este escrito confesar mi culpa. Y ahora que ya sabemos las causas (por si esto era la razón de la pasividad), metamos mano en serio a nuestro gran centro de la tercera edad antes de que se convierta en cementerio, donde los muertos se llevan todos los días a sus tumbas la incapacidad de quienes les mintieron con un mundo mejor: un mundo rural, por supuesto.

Tú pares, él para

Se han empeñado en hablar por nosotras creyéndonos incapaces. Se han erigido en figuras paternalistas creyéndonos menores mentales. Se han obcecado en dirigir nuestras vidas creyéndose capaces de ser dueños, conductores, pastores, coach de almas y de úteros.

Lo peor es que entre ellos también habitan algunas ellas. Ya no sólo los sectores más rancios de los grupos religiosos, los ultraconservadores de ciertos partidos políticos (los hay en todos y cada uno de ellos) o lobbies cabildeando en pro de la sagrada familia del pajarito, sino también algunos miembros de colectivos feministas que tienen un poco atragantado el tema de las libertades siempre con la excusa de blindar la dignidad de la mujer, sin reconocer que la dignidad, como la verdad, no es ni mucho menos absoluta.

Frases como “atentado contra la maternidad”, “acto ilícito de procreación”, “cosificación y despersonalización del ser engendrado”, son lanzadas contra la práctica de los vientres de alquiler, apoyadas además por una defensa a ultranza de la mujer a fin de que no sea tratada como un contenedor de embriones para repartir a diestra y siniestra, dicho por diestros y siniestros.

¿Ahora se preocupan? ¿Qué ha sido la mujer durante siglos sino un recipiente de criaturas para ofrecer a dios, a la tierra para trabajarla o a los ejércitos para morir por las guerras de los hombres?

Cuando ya hemos logrado la consideración de seres humanos pensantes, libres, iguales, distintas, ahora tratan de manipular nuestra libertad de decidir. Qué pesadez.

Al contrario que en el tema de la prostitución, del que hablé en este mismo espacio en abril de 2015, en éste que nos ocupa aún falta mucho para que el personal deje de plantearse la cuestión en términos de moralidad y entre ya sólo en el debate sobre si la maternidad subrogada es una forma de explotación que no debe ser legalizada o ser considerada una práctica legítima que es necesario reglamentar. Lo que es fundamental ya sea si se legaliza, se regulariza o se convierte en punto del día de algún programa electoral para mostrarla como objeto de asistencia, es que hagan de la madre que alquila su vientre el sujeto de la conquista de sus propios derechos.

Si al eslogan de “nosotras parimos, nosotras decidimos”, que ya es más viejo que el hilo negro, pero no por ello menos cierto y con una vigencia que debería incrustarse de una vez por todas en nuestros genes, añadimos sin atender a consignas que “parimos los hijos de quien nos dé la gana”, ¿qué tienen otros y otras que decir?

La maternidad subrogada está en la agenda del Gobierno para esta legislatura, pero me da en la nariz que va para largo. Espero también que se tenga en cuenta que las mujeres que ofrecen este servicio tienen derecho a una compensación económica y no a un precio de mercado, porque éste lo controlan siempre otros.

Recordemos que la dignidad nos otorga la prerrogativa de ser respetados.

El Norte de Castilla

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