El Norte de Castilla
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¿Sindicatos superados por la crisis?

¿Sindicatos superados por la crisis?

Pedro Carasa

El caduco Día del Trabajo que hemos vivido nos invita a pensar en los efectos de las crisis sobre los sindicatos. Nacieron en el profundo cambio industrializador del XIX. En la crisis revolucionaria de 1868 se emanciparon, adoptaron una ideología y conectaron con la Internacional. Tras fundarse UGT en 1888 y CNT en 1910, en el trienio bolchevique español se radicalizaron. El crack del 29 los fragmentó y no favoreció el triunfo de la II República. La crisis de la guerra civil los enfrento y acabaron sepultados por el nacionalsindicalismo franquista. La crisis de la reconversión industrial y la Transición democrática los reactivó y sus aportaciones renovaron hondamente la sociedad. Pero en la crisis de 2008 han actuado como aparatos burocráticos subvencionados, escasos de alternativas, dedicados a exhibir tijeras y camisetas populistas, detrás de las movilizaciones del 15M. Es decir, las primeras crisis históricas estimularon la función de los sindicatos, pero las últimas los han debilitado y vaciado de valores.

El anarquismo arrancó con las ideas utópicas de igualdad y armonía, pero acabó luchando contra el poder del Estado, la Iglesia y la propiedad burguesa con la revolución del hecho violento. Se escindió en anarcocolectivistas andaluces y anarcosindicalistas catalanes, si bien la primera federación anarquista de 1870 evolucionó hasta la CNT de 1910 y creció hasta un millón de afiliados en 1931.

El socialismo nació con un ideario ascético y una intensa cultura solidaria y acabó también reivindicando el poder político en forma de república federal. La UGT celebró el 1º de mayo desde 1890, creó casas del pueblo, logró la ley de las 8 horas, sentó en 1910 a Pablo Iglesias en el Parlamento y alcanzó también el millón de afiliados en la II República.

Desde los Círculos del P.Vicent en 1879, los sindicatos católicos movilizaron a 250000 fieles en defensa de la armonía laboral, contra la conflictividad de clase y con el objetivo de recristianizar la sociedad. Surgieron así tres vías irreconciliables de sindicalismo enfrentadas en las huelgas revolucionarias de 1917, 1934 y 1936.

El franquismo destruyó el patrimonio, la organización y la militancia del sindicalismo de clase y creó el sindicato vertical al servicio del régimen. Anarquistas, socialistas y CCOO desde 1957 se opusieron a la dictadura, pero ellos no lideraron esta lucha, la encabezaron el movimiento estudiantil, los curas obreros y las asociaciones de vecinos.

El sindicalismo democrático se ha visto afectado por dos crisis. La del petróleo y la reconversión industrial redujo los afiliados, agrupó a CCOO y UGT hasta convertirlas en correas de transmisión del PCE y PSOE que movilizaron la sociedad con 9 huelgas generales entre 1976-2003. En la última crisis de 2008, a pesar de las 3 huelgas generales, han perdido militancia, iniciativa y reivindicación social.

Los sindicatos no han sabido reaccionar ante los principales problemas actuales. Han hecho mala pedagogía animando al pueblo a dejarse mimar por papá Estado, han usado a veces indebidamente subvenciones públicas hasta la corrupción, han abandonado el internacionalismo, se han contaminado con el soberanismo nacionalista hasta apoyar el derecho a decidir, no han conseguido la subida de pensiones que logró el depredador nacionalismo vasco, y no han protagonizado la movilización feminista. El Día del Trabajo ha pasado con más pena que gloria, tapado por el 2 de mayo y diluido en el puente vacacional. No han conseguido destacar las carencias laborales y han alcanzado eco social algunos problemas importantes, pero quizá no específicos del Día de Trabajo, como el abuso sexual, el procés o la vacía silla madrileña.

Parecen anclados en el obrerismo y clasismo del siglo XIX y ajenos a los grandes retos del futuro. Ya no es suficiente la vieja posición sindical de la lucha de clases contra el patrono, ni el simple propósito de contentar a cabreados y descontentos. Está naciendo una nueva concepción trabajo, robotizado y on line, basado en unas nuevas relaciones laborales. Además del derecho a la huelga y la negociación colectiva, los nuevos conflictos sociales exigen diferentes cauces para resolverlos. Nuevos valores altermundialistas buscan el desarrollo humano basado en igualdad, justicia y solidaridad, e imponen actitudes ambientales de respeto a la naturaleza que no han cultivado los sindicatos. La nueva acción social debe aprender a convivir con las ONG y el tercer sector del voluntariado que promueven la participación de la sociedad civil. El espíritu del 15M ha generado una nueva sensibilidad social visualizada en movimientos sociales innovadores, alimentados por las redes sociales, basados en la calle como espacio público de ciudadanía, con aspiraciones cívicas nacidas desde abajo, como acampadas, mareas, en común y confluencias.

Habrá que mejorar las viejas procesiones de las cúpulas sindicales movidas ritualmente desde arriba, casi al viejo modo eclesiástico. Los nuevos profesionales cualificados, con horarios excesivos y salarios minimizados, obligados a un ritmo de trabajo irreconciliable con la familia, con dificultades para tener hijos, creen que los viejos sindicatos no muestran sensibilidad ante sus problemas. Los sindicatos son muy necesarios, pero nos preguntamos si su vieja versión representa hoy a los nuevos trabajadores.

El original se publicó en la edición en papel de El Norte de Castilla del sábado, 12 de mayo.

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¡Agua, sol y guerra en Sebastopol!

¡Agua, sol y guerra en Sebastopol!

Pedro Carasa

El hombre, durante diez mil años de historia, ha logrado subsistir viviendo en armonía con la naturaleza, pero en los dos últimos siglos la ha deteriorado hasta alterar sus ritmos naturales. La industrialización y el capitalismo la utilizaron como fuente de energías y materias primas hasta agotar sus recursos. Hoy queremos enderezar este entuerto, pero la imprescindible cultura naturalista está siendo frenada por el neoliberalismo.

Cuando el hombre pasó de cazador a agricultor aprendió que la naturaleza no era su enemigo, sino el seno materno en el que debía integrarse para sobrevivir. Por eso, las comunidades municipales dictaron ordenanzas para subsistir actuando recíprocamente el medio natural y la sociedad. Practicaron un vital circuito de realimentación entre familia, vecindad, tierra, clima y ganadería que aseguraba combustibles, nutrientes, abonos y energía, y al tiempo estimulaba un recíproco aprovechamiento entre producción y consumo de hombres, animales y vegetales. La armonía con los ritmos de suelo, clima y ganado marcaba la pauta de las actividades comunes, la fuerza de trabajo, las relaciones sociales y laborales, las reglas de mercado y consumo y las estrategias de subsistencia familiar.

Este era el marco que fijaba normas de respeto a los valores éticos, religiosos, sociales, vecinales y políticos y estimulaba la vida en común. El hombre y la vecindad reconocían que la sintonía con la naturaleza era su caldo de cultivo, un saco amniótico que aseguraba sobrevivir, incluso ofrecía bacterias e inmunidades a la salud humana carente de soluciones médicas. Además, aquel mundo religioso integraba estas labores en la parroquia local según la liturgia semanal y estacional y sacralizaba el trabajo, el descanso, las fiestas, las colaboraciones colectivas, la salud, los toques de campanas o las rogativas y nublos en sequías y pedriscos.

La industrialización despreció todas estas inercias naturales, desdeñó la subsistencia agraria como un obstáculo al progreso, abandonó el mundo rural como hostil a la ciudad, eludió la atadura estacional y condenó la vinculación religiosa como irracional. Las energías y máquinas industrializadoras se creyeron superiores a las fuerzas naturales, el liberalismo subordinó los ciclos y recursos de la naturaleza a los dictados del mercado y la demanda.

Desde fines del XIX hemos desconectado de la naturaleza, hemos abortado la realimentación entre lo natural y lo humano, y hemos interrumpido la circulación de energía, producción y consumo. Este divorcio con la naturaleza ha agudizado el cambio climático, especialmente en los países más pobres, sin que la comunidad internacional haya sido capaz de pactar un remedio en Kioto.

Al degradar los ritmos del clima hemos desnaturalizado la fertilidad sostenible del agua, hemos contaminado los ríos, hemos encarecido su primigenio destino a la alimentación y al abastecimiento. Se ha perdido la profunda cultura de herboristas, alarifes, jardineros, zahoríes y artistas árabes que nos enseñaron a amar el agua. Por eso la ONU ha dedicado 2018 a la gestión integrada del agua y pide hacerlo con respeto a la naturaleza.

El neoliberalismo de hoy no es naturalista, utiliza el medio natural como una fuente inagotable de energías y materias primas sin cuidar su mantenimiento. Trata el paisaje, el clima y el urbanismo como negocios turísticos de sol y playa para enriquecer a las elites económicas. Practica la deforestación y usa los páramos, ríos y mares como sumideros de desechos. Forma una corrupta red político-económica de compañías eléctricas capaces de crear un impuesto al sol, frenar la energía natural y causar la pobreza energética. Hasta nos roba la filosofía estacional del tiempo y nos impone un cambio horario que desvincula las horas de sol de la naturaleza y del descanso y las somete a los intereses de la producción.

Para reconstruir la armonía rota entre agua, clima, animales, cultivos, hábitat, sociedad y economía, surgen nuevas culturas alternativas ecológicas. Una economía orgánica, integradora de hombre y naturaleza; un agroecosistema articulador de sociedad, agricultura y ciencia; una economía circular que reduce, recicla y reutiliza recursos; una permacultura o agricultura automantenida que diseña medioambientes humanos sostenibles; una ingeniería climática o una arquitectura sostenible. Pero el neoliberalismo las mira con malos ojos.

También las Autonomías españolas han agravado el problema al impedir una gestión solidaria del agua y perpetrar la necedad política de apropiarse de cuencas y ríos: Creer que el Duero es castellano, el Tajo manchego y el Ebro aragonés es poner puertas al campo.

Los terracampinos, hace 160 años, en plena euforia del Canal de Castilla, gritaban ¡Agua, sol y guerra en Sebastopol! porque la guerra de Crimea aisló al cereal ruso, demandó el castellano y alzó su precio. Su ruda filosofía era muy honda, primero cantaba al agua y al sol como columnas estructurales que solucionaban su vida acorde con la naturaleza, solo después valoraba la coyuntura de una lejana guerra.

No proponemos volver a una arcadia feliz de mil años atrás. Lamentamos haber abandonado en los dos últimos siglos la actitud de armonía y respeto a la naturaleza de los cien siglos anteriores. Si el legado natural ha de pervivir, debemos gritar otra vez que los hombres se armonicen con el agua y el sol.

 

Aparecido en la edición de papel de El Norte de Castilla del sábado, día 14 de abril de 2018

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Bienvenida la cuarta ola feminista

Bienvenida la cuarta ola feminista

Pedro Carasa

El feminismo hunde sus raíces en la ilustrada igualdad rusoniana y en los derechos fundamentales del hombre de 1789. Los feministas pautan su avance histórico en cinco sucesivas olas. La primera etapa liberal se fijó en la beneficencia y los servicios sociales, la segunda época fue política y sufragista, la tercera fase alcanzó la igualdad de derechos, la cuarta onda actual es más cultural y creativa, y dicen que la quinta será en las redes sociales y en la educación. Recordamos estas olas históricas del feminismo español poniendo especial atención en su renovación actual.

En el siglo XIX, la Iglesia y los moderados liberales restaron profundidad al feminismo español. Los códigos penal y civil limitaron los derechos y actividades de la mujer. El poder masculino redujo su papel a ser ángel del hogar, madre solícita y dulce esposa en su casa, y controló su vida pública, como repetía cansinamente el refranero español. El analfabetismo femenino llegó al 70% a fines de siglo. Muchos autores escribieron que la mujer era un ser incompleto, puro instrumento reproductivo para perpetuar la especie.

El Krausismo y la Institución Libre de Enseñanza rompieron esta inercia y apoyaron la educación de la élite femenina desde 1876, pero hasta 1910 no se permitió su acceso a la Universidad. Concepción Arenal, que se vistió de hombre para entrar en la Facultad, fue desde 1862 una reformista católica y krausista que denunció la marginación de la mujer y defendió su instrucción.

En el siglo XX, la neutralidad de España en las guerras mundiales retrasó la incorporación de la mujer al trabajo. Algunas mujeres, como la condesa de Pardo Bazán, catedrática y activista social desde 1916, apoyaron la mejora de las condiciones laborales y educativas de la mujer. Pero hubo que esperar a los años 20 para que el feminismo español entrara en su segunda ola política y defendiera el sufragismo. En 1921 Carmen de Burgos dirigió la Cruzada de Mujeres Españolas y la primera manifestación por el sufragio en Madrid.

Bajo Primo de Rivera, el voto orgánico del tercio familiar permitió a algunas mujeres llegar a concejalas (dos en Valladolid) para promover la moralidad, la caridad y la beneficencia. Será la II República la que mejore la condición legal de la mujer con el divorcio, el aborto, la libertad de educación y de trabajo. Su gran aportación fue el debate de 1931 sobre el sufragio femenino, apenas ganado por 39 votos. Destacaron Clara Campoamor, diputada del Partido Radical que votó el sufragio, y las parlamentarias socialistas Victoria Kent, primera abogada del Colegio de Madrid, y Margarita Nelken, activa feminista en estos años. No apoyaron el sufragio creyendo que las mujeres eran conservadoras. En efecto, en Burgos, de intensa educación femenina religiosa, las derechas obtuvieron buenos resultados desde 1933 y en León ese año fue elegida la primera mujer diputada por el Partido Agrario.

Durante la dictadura franquista, el feminismo atravesó un desierto, las mujeres fueron privadas de igualdad, trabajo y voto. La Sección Femenina enseñó a las mujeres a vivir sin derechos ni opiniones y bien sumisas al hombre.

La tercera ola feminista se centró en la igualdad de derechos, iniciada en América en 1960 por el Movimiento de liberación de la mujer. En España fue más lenta. Hubo una ley de derechos de la mujer en 1961 que prohibió la discriminación salarial y dio acceso al trabajo, pero se mantuvo la autorización del marido hasta 1976. Es cierto que hubo cambios familiares y laborales para las mujeres en los años sesenta, pero los adoquines de la revolución de mayo del 68 y los hippies no llegaron al parlamento español. Hubo que esperar a 1978 para que la Constitución reconociera la igualdad ante la ley y prohibiera la discriminación por sexo. Aun así, la patria potestad sobre los hijos la ejerció sólo el padre hasta 1981. Pronto se despenalizó el adulterio en 1978 y se legalizó el aborto en 1985. Esta tercera ola alcanzó la igualdad de derechos, pero las feministas españolas fueron marginales y minoritarias en la sociedad.

Son muy interesantes, casi revolucionarias, las novedades culturales de la cuarta ola que se ha activado en la salida de la crisis. En 2017 América se declaró el feminismo como palabra del año por crecer sus búsquedas un 70%. Internacionalmente se visibiliza con los movimientos Ni una menos en América Latina, la Marcha de las Mujeres de Washington, el Me Too ante los abusos sexuales, o el Time´s Up de los Oscar de 2018.

En España destacan las propuestas culturales de Ellas crean del Conde Duque, La otra mirada de TVE, las mujeres en los premios Goya, la brillante gestión femenina del teatro en Madrid, el Foro Feminista de CyL, la mujer en los museos. Los objetivos son muy realistas: Conciliar el trabajo, la vida familiar y la maternidad, superar la injusta brecha salarial, vaciar de violencia machista la cultura sexual. Destaca el liderazgo de artistas, creadoras, escritoras y profesionales. Surge la primera huelga por la igualdad de las mujeres para que toda la sociedad condene la brecha salarial y exija la conciliación familiar.

El feminismo sale de la marginalidad y entra en la base social. Desea no llorar más y ponerse a cantar el talento de la mujer. Se ha humanizado, se ha socializado, ha aposta2018do por la capacidad cultural de la mujer, lo feminista ha apostado por lo femenino.

 

Editado en El Norte de Castilla del 11 de marzo de 2018

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El procés simbólico (de mentirijillas)

 Pedro Carasa

El poder ha tendido siempre a concentrarse en manos de autócratas y dictadores, precisamente para evitarlo se idearon sistemas de control, representación y socialización política. Someten las sociedades a intereses personales, las privan de participación y libertad y acaban generando guerras. Estos procesos suelen tener orígenes inventados, míticos, religiosos o militares. Interminable ha sido la retahíla histórica de tiranos, sátrapas, absolutistas, déspotas, caudillos, patriotas, nazis o fascistas. Incluso algunos fueron elegidos, pero los votos nunca los eximieron de sus delitos ni les dieron impunidad. Sabemos que los nacionalismos han sido el caldo de cultivo o la consecuencia de estas culturas egocentristas, conocemos su inflamación identitaria, su hinchazón de liderazgo y sus cismas internos.

Abundaron en la historia de Europa y América los modelos autoritarios y bélicos relacionados con el nacionalismo y el proteccionismo. De derechas o izquierdas, militares o civiles, religiosos o laicos, todos pusieron la sociedad, las leyes y los partidos a su servicio. Lo practicaron el ególatra Napoleón con toda Europa a sus pies, el personalismo estalinista, el paroxismo ario nazi, el fascismo del Duce, la dictadura de Primo de Rivera y el Caudillo enviado para salvar a España de masones y comunistas. Lo continúan hoy los populistas Putin, Trump, dictadores latinoamericanos, nacionalistas y xenófobos europeos como el Bloque Flamenco que ha acogido a Puigdemont.

También está sucediendo en España. Desde la Transición comenzó la izquierda perdiendo sus raíces de igualdad al embelesarse con el nacionalismo y rendirse a la identidad. No lo mejoraron los indignados populistas al rehacer la Transición, eliminar las ideologías, regenerar la democracia, contentar al pueblo en la calle, expulsar a la casta corrupta de las instituciones, e inexplicablemente apoyar a los nacionalismos. Aquella esperanzada utopía se convirtió en poder antisistema y acabó erosionando el Estado de derecho desde el escaño y la calle. La fusión (mejor confusión) del nacionalismo soberanista, populismo y contracapitalismo ha roto el equilibrio territorial español, ha olvidado la igualdad social, y ha abierto una grave guerra civil política que no ha hecho más que empezar.

La burguesía catalanista que ahora lo lidera fue educada en un nacionalismo de sabor carlista, olor a incienso y color antiliberal propio de las Bases de Manresa (1892), la Moreneta y los abades de Montserrat, desde Escarré a Soler. Se amamantaron en el seno religioso del monasterio y gustaron usar vocablos militantes como mesías enviado, santuario nacional, honorables y sacrificios patrióticos. La versión tradicional de El Segadors hablaba de cálices, patenas y sacramentos.  Los líderes se creyeron apóstoles, predicaron envueltos en banderas ardorosas, se victimizaron como mártires y gustaron de un culto nacional a su persona. Como creyentes ortodoxos despreciaron a los no nacionalistas y como maniqueos dividieron la sociedad entre buenos y malos.

El complejo de superioridad de los secesionistas los convierte hoy en egócratas. Como los autistas, se desinteresan de lo exterior, se ensimisman en una burbuja desconectada de la sociedad, no codifican el lenguaje real, no tienen interacción ni comunicación social, adaptan su memoria y su historia a sus designios, viven de gestos y conceptos estereotipados y repetitivos, se obsesionan por banderas, bufandas y lazos, y no son conscientes del drama que están gestando.

La supremacía de un pueblo es siempre una invención narcisista y sus líderes se creen imprescindibles, porque la patria se muere cuando ellos desaparecen. Ese mensaje se consolida en el adoctrinamiento educativo y se difunde por los medios adictos de papel y pantalla. Las redes sociales lo socializan y creen ciertas las mentiras útiles para glorificar la nación. Sus dirigentes aparecen como showmans obsesivos que exaltan su persona y hacen girar todo en torno a sus problemas políticos y procesales. Han creado un mundo de Alicia en el país de las repúblicas, que es un carnaval indigno e impropio del pueblo catalán.

Han roto el Estado de derecho, han incumplido la Constitución, han quebrantado el Estatut, han atropellado el Parlament y han expulsado 3000 empresas. Manejan un concepto de democracia infantil, envilecen las elecciones con recuentos que dan mayorías políticas sin mayorías sociales. Manejan el referéndum como plebiscito de dictador para preguntar si conmigo o contra mí. No reconocen los tribunales, subordinan a los mossos y convierten al Barça en altavoz nacionalista. Con su decimonónico independentismo y sus enseñas esteladas pretenden tapar su corrupto uso de fondos públicos, borrar sus delitos e inmunizar sus personas.

Abandonan la política social de servicios a los ciudadanos y crean mundos fabulados que llaman simbólicos. Confunden la fuga con el exilio, la nación con el poder personal, la autonomía con la república, el delincuente con el héroe. Su universo surrealista permite dos mundos paralelos, uno real y otro simbólico, dos presidentes, dos parlamentos, dos capitales, dos Cataluñas. El símbolo es una mentira para continuar la falsa república, copar poder personal y tapar sus delitos.

Como unos monaguillos tras romper el cáliz, dicen que era de mentirijillas para que no les riña el cura. Pero sus juegos pueden ser dramáticos para el futuro de España.

Editado en El Norte de Castilla del 10 de febrero de 2018

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La Cuesta de Enero

La cuesta de enero

Pedro Carasa

El tiempo es el motor de la tierra, del hombre y de la historia porque condiciona su origen, su evolución, su cadencia y su fin. El mismo tiempo nos ha obligado a descubrir que la tierra no es plana, se mueve, evoluciona y se rige por rotaciones, traslaciones, estaciones y solsticios. Hemos comprendido también que el origen, crecimiento y vejez del hombre están inexorablemente ritmados por el tiempo. Los historiadores sabemos que el impulsor de la historia es también el tiempo que genera cambios que obligan a las sociedades a evolucionar, romper permanencias, superar retrocesos y alcanzar el progreso de la humanidad.

Por esta razón existen ritmos, impulsos, fases o ciclos que pautan regularmente la evolución natural, la vida humana y las etapas históricas. También por esa causa ordenamos el pasado en épocas, coyunturas, oscilaciones y fechas, y jalonamos el ciclo vital humano en infancia, juventud, madurez y vejez. Al observar el historiador que la sociedad es guiada por tales cadencias regulares, se pregunta quién las gestiona y a quién benefician. Es notorio que esos ritmos en la etapa histórica del antiguo régimen han sido causados y aprovechados por la tierra, el clima y las fuerzas naturales, celebrados por los ritos religiosos, y han contribuido a hacer sostenible la alimentación, el trabajo y la vecindad del hombre. Sin embargo, en la posterior economía industrial, y más aún en la globalización neoliberal que nos gobierna, quien conduce, aprovecha y dirige estos ciclos en su propio beneficio es el dios mercado, el capital financiero y los intereses de los grandes gestores de la cultura.

Los ritmos reproductivos del hombre en la historia medieval y moderna han dibujado ciclos de amores y concepciones primaverales, nacimientos invernales y defunciones otoñales, celebrados paralelamente por la liturgia de la pascua, la navidad y los difuntos. También la economía agraria y de subsistencia era ritmada por las estaciones climáticas de la sementera otoñal, la germinación primaveral y la cosecha estival. Tales cadencias estacionales agrícolas arrastraban a toda la vida social e influían en fiestas, ceremonias religiosas, alimentos, contratos de trabajo, mercados y otras actividades culturales. Sonorizaban estos hitos los toques de campana de maitines, ángelus y vísperas. Las mismas pautas acompasaban también el consumo, desahogado por la abundancia en verano y otoño, moderado por las matanzas y sus carnes curadas en el invierno y constreñido en los momentos de escasez y abstinencia, durante los meses de soldadura de las cosechas, a base de remojado curadillo o abadejo. Se aprovechaba así la secuencia de productos estacionales de verduras, frutas, cereales, legumbres, salazones y conservas. Más aún, este mismo compás cíclico generaba carestías, falta de trigo en la troje y escasez de quesos en el desván, que causaban una conflictividad social y política de inquietantes motines y agobiante abundancia de mendigos. En todo caso, quien ordenaba los ciclos de la vida era la naturaleza, el clima y el calendario religioso, que conseguían una supervivencia armónica del hombre con la tierra y el ganado.

La economía industrializada y ahora el liberalismo globalizado han marginado a la naturaleza y entregado el mando de las fluctuaciones al mercado y su ley de oferta/demanda. Los productos y el ocio oscilan según ondas gobernadas por las rebajas del marketing, el consumo es movido por la publicidad, y ésta es pagada por los fabricantes que necesitan vender. De este modo, los precios y los servicios fluctúan por los intereses del productor y no del consumidor. Y el resultado es que toda nuestra vida es cíclica, el consumo eléctrico, el trending topic de las redes sociales, los accesos a las ciudades y la hora punta del metro. Sucede en los medios de comunicación, que compiten por el prime time de audiencia por medio de programas pensados para gustar a los espectadores, mejor dicho, ahormando al público a disfrutar con reality shows, concursos de cocina, canto o costura.

Se ha extendido así un populismo comercial vendedor de demandas fáciles de producir y cómodas de rentabilizar, un populismo cultural que ofrece diversiones banales y un populismo político que infantiliza al público con identidades y banderas. Dominan las tendencias de deporte, exposiciones o propuestas políticas que huyen de contenidos críticos y evitan reflexiones impertinentes.

Traemos esta reflexión sobre el tiempo y los ciclos para mirar con ojos de historiador la cuesta de enero. Es el mes que cierra con la depresión la anterior expansión navideña. Su empinado nombre se debe al esfuerzo que se pide al consumidor, al que se empuja a que gaste lo que no tiene y a que escale los altos precios con las botas rotas de unos extenuados salarios. Más lacerante aún, es un ciclo aprovechado por el dios mercado parar sacar la máxima ventaja comercial de una capacidad adquisitiva agotada y dar salida al excedente de productos no comercializados. Pero tranquilos, que la cuesta de enero será inmediatamente aliviada por las rebajas, para que compres lo que no necesitas y gastes más de lo que debes.

Aparecido en la edición impresa del 13 enero de 2018

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Balance Histórico de la Constitución

Balance Histórico de la Constitución

Pedro Carasa

Cada 6 de diciembre hemos exaltado la constitución de 1978 como la causa de todos nuestros éxitos. Es verdad que su balance general ha sido positivo, pero hoy vemos que no ha resuelto el problema territorial. La crisis nacionalista actual arranca en los defectos de la formación del estado de las autonomías, pero los políticos no lo reconocen ni consiguen un objetivo común para reformarlo. Una mirada histórica puede combinar mejor la complacencia con la crítica de la constitución. Si el recorrido largo por la evolución constitucional de España reconoce buenos resultados, un repaso más corto de sus últimos cuarenta años descubre importantes deficiencias.

España ha sido constitucional el 75% de los últimos siglos, sólo el 25% ha sido gobernada por el absolutismo o la dictadura. Pero sus constituciones han tenido corta vigencia, apenas 20 años cada una, tanto que parecían programas de partido que cambiaban cada legislatura.  Los 39 años de la constitución de 1978 son cortos comparados con otras occidentales, pero son largos en la historia española. Su longevidad se debió al pacto entre diversos partidos en la Transición, impropiamente llamado consenso. Desde esta larga perspectiva, el balance ha sido positivo porque ha posibilitado una pacífica salida de la dictadura, ha consolidado la democracia, ha permitido la incorporación a Europa y ha transformado su sociedad y desarrollado su economía con normalidad.

              En cambio, su análisis desde la Transición nos descubre nuevas circunstancias y algunas limitaciones. El pacto de 1978 fue forzado por el miedo a la guerra civil y la necesidad de reconciliación que latía en la sociedad española. Esa presión militar no existe hoy y el pacto es más difícil. La constitución se redactó en el momento álgido de la democracia social en Europa, en cambio hoy imperan, ante la crisis de la socialdemocracia, el neoliberalismo y el populismo, que imposibilitan los acuerdos. Otra grave circunstancia es que hemos pasado de la autonomía pactista al nacionalismo soberanista, en buena medida por el carácter impreciso y competitivo del título VIII de la carta magna.

En efecto, el pacto constitucional dibujó un sistema de comunidades autónomas indefinido, no cerrado, competitivo, desigual, escalonado y con diferentes ritmos de construcción: ciudades autónomas, comunidades autónomas, regiones, nacionalidades históricas y no históricas. Ello ha alimentado una carrera desbocada por acaparar financiación y competencias, ha debilitado el estado y ha generado diferencias insalvables entre las autonomías. Esta deriva separatista afloró en 2001 con el pacto de Lizarra y el plan Ibarretxe, y desde 2012 con el viraje independentista de Mas y finalmente la república de Puigdemont (el soberanismo es siempre la aspiración inexorable del nacionalismo).

La entrega a las autonomías de las competencias básicas del estado de bienestar ha vaciado de capacidad solidaria al estado y ha roto la igualdad y solidaridad de todos los territorios. La competencia de educación en manos nacionalistas ha manipulado la historia y ha adoctrinado un espíritu nacional excluyente y victimista. El monopolio soberanista de los medios de comunicación ha minado el afecto a España y ha generado una fractura social.

La constitución incluyó la insolidaria financiación autonómica del privilegio foral del concierto vasco. No se entiende que la izquierda lo admitiera, ni que lo justificara la violencia de ETA, ni que Urkullu lo disfrace hoy de solidario. Ha sido la secreta aspiración del pacto fiscal catalán, germen del soberanismo, que la avaricia de Pujol rechazó antes.

Otro defecto indirecto ha sido la ventaja electoral y representativa de los nacionalistas, con ella Arzallus, Pujol, Ibarreche y Mas lograron la bisagra para depredar el presupuesto estatal con pactos políticos, ocultos e insolidarios, y estimular sus aspiraciones nacionalistas. Las elites engordaron la corrupción del 3% que luego taparon con las esteladas.

Se ha reformado el sufragio extranjero y el déficit, pero están pendientes las reformas constitucionales más urgentes para asegurar la igualdad de los españoles. Pero hay valores dominantes de muchos políticos que impiden defenderlas: Unos neoliberales complacientes con el proteccionismo, unas autoridades autonómicas solo dispuestas a recibir más, una izquierda clásica que no defiende la igualdad y la solidaridad, unos sindicatos que sólo lloran y no construyen, unos populismos radicales que son soberanistas para romper el régimen de la Transición y fracturar el estado, unas ideologías transversales que usan el separatismo como instrumento de presión, unas generaciones radicales centradas en la acción antisistema y unos partidos políticos muy cortoplacistas.

Urge una reforma constitucional para reforzar el estado, darle competencias en educación y asegurar la unidad y solidaridad de todos los territorios españoles. Es preciso tener una visión de conjunto, un sentido de estado, promover la igualdad por encima de la identidad, la solidaridad por encima de los complejos de superioridad. No se puede reformar la constitución para conceder más recursos y competencias a los nacionalismos que han querido romper el estado. Puede servir de antecedente el estado federal de 1873, simétrico, con igual trato a todos los españoles, con impuestos progresivos a los territorios más ricos y con competencias educativas.

Editado en la edición de papel del día 9 de diciembre de 2017

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Sobre el autor Pedro Carasa
El Mirador de Clío está redactado por Pedro Carasa, un historiador que tratará de observar el presente desde la historia. Se evoca a Clío porque es la musa griega de la historia y de la poesía heroica, hija de Zeus y Mnemósine, personificación de la memoria. El nombre de mirador indica que la historia es una atalaya desde la que proyecta sus ojos el historiador, como un busto bifronte de Jano, que contempla con su doble mirada el pasado desde el presente y el presente desde el pasado.