Publicado en El Norte de Castilla el 1 de febrero de 2007
Nos venden que Alcorcón se ha convertido en una vulgar película de Spike Lee, en una especie de West Side Story donde las bandas rivales se buscan para matarse. Los caballos del odio que se han encendido sin apenas darnos cuenta y las navajas que brillan en la oscuridad. La llama de una cerilla que amenaza con convertirse en una mala imitación del Windsor. El color de la piel que se transforma en un Mississippi sin puentes de plata. Todo comenzó con una estúpida pelea. A raíz de ella, tres chicos resultaron heridos y siete fueron detenidos. En la monumental trifulca la policía incautó bates de béisbol, calcetines con bolas de billar dentro, machetes, ladrillos y una pistola simulada. Días después, un ‘latin king’ vomita por la boca cosas tan edificantes como «la mejor defensa es un ataque. Si el contrario puede morir, mucho mejor todavía». Los jóvenes de Alcorcón se unen a la fiesta y comienzan a mandarse sms: «Manifa anti latin kings. Se recomienda ir ‘preparado’ por si hay movidas. Gente del barrio está muriendo y Alcorcón unido jamás será vencido». A un reportero de la tele le tiran piedras, le abuchean, intentan agredirle. Un mozuelo con acné y sin cerebro grita: «Esto es la guerra del barrio contra los que vienen de fuera a invadirnos». Otro se queja de que los inmigrantes tienen trato de favor porque les quitan sus trabajos y les dan viviendas de protección oficial (no quiero decir yo lo que ocurre en otros sitios). Al fondo se escucha: «Vamos a por ellos, vamos a matarlos». Un sociólogo comenta que aunque la pelea inicial no es racista, luego siempre llegan las manifestaciones xenófobas. Los medios de comunicación, mientras tanto, aprovechan para entrar en su particular guerra y no se ponen de acuerdo a la hora de valorar los hechos. Para unos es un claro caso de racismo ya que la falta de integración propicia el desarrollo de estas bandas. Para los otros tan solo se trata de delincuencia y les resulta muy preocupante que, con el fin de suplir la ineptitud del Gobierno, el ciudadano tenga que transformarse en el justiciero Charles Bronson. Unos imaginan detrás de todo este tinglado a una emergente extrema derecha violenta y otros no se cortan a la hora de aportar soluciones. El ejemplar ciudadano César Vidal, desde su incendiario micrófono, defiende la idea de la deportación: «Se les sube a un avión y se vuelven a su país, ellos y sus familias». En el extremo contrario, otro humorista como Wyoming desaprueba dicha solución, aunque solo sea por cuestión práctica: «Si deportamos a los familiares de todos los que comenten un delito, ¿qué hacemos? ¿Despoblamos Marbella? ¿O a las familias de los españoles delincuentes no se les aplica esta medida?». En fin, ojalá que en Alcorcón pase lo mismo que en Aravaca hace unos años, donde se produjeron gravísimos incidentes, con asesinato de una dominicana incluido, y al final los ánimos se calmaron. Que hay tres millones de extranjeros legales en España y el 99% solo vienen a trabajar, a tratar de vivir dignamente y a mandar dinero a sus países (como hicimos nosotros no hace mucho). Y de paso alguno muere en los andamios o en el ‘parking’ de Barajas. Que no sobran ellos, que los que sobran son los violentos, los racistas y los provocadores de ambos lados.