En la N 601, nueve kilómetros antes de llegar a Berlai, existe un desvío que enlaza con la Autopista del Norte, conocido como la encrucijada del murciélago . Se trata de un cruce peligroso, precedido por una curva muy cerrada a la que se suele llegar a gran velocidad. El doctor Barreto regresaba de una cena familiar y escuchaba el segundo Concierto de Brandemburgo levemente excitado. Era cerca de la medianoche, había una niebla cerrada y los búhos bailaban danzas memorables. Al llegar a la encrucijada del murciélago, redujo sensiblemente la velocidad, bajó el volumen del radio-casete y puso los cinco sentidos en una carretera cada vez más ahogada por la niebla. De repente, delante de su coche, justo en la curva, vio a una chica de no más de veinte años, rubia, guapa, con expresión de estar aterida de frío, vestida con un traje largo de fiesta y llevando de la mano un pequeño bolso blanco que hacía juego con el vestido. El doctor Barreto frenó con brusquedad y abrió la puerta a la joven. Ella se acercó y, con un hilillo de voz apenas perceptible, tan sólo dijo: “Por favor, lléveme a casa. Vivo en Rodrigo de Triana, 5, a las afueras de Berlai, junto al muelle 3333 de la Cuarzita”. El doctor asintió, dio más volumen a Bach y se puso en marcha de inmediato. Durante unos minutos intentó entablar conversación con la extraña joven pero ella, nada más subir al auto, se había recostado sobre la ventanilla quedándose dormida de inmediato. El doctor Barreto, desconcertado, siguió el camino y no tardó en llegar a la dirección que le había indicado la joven y extraña rubia. En la calle, no muy larga, había una hilera de casas molineras que daban al río. Miró de reojo y vio que la joven, ya despierta, buscaba con ansiedad su casa. De repente, dio un pequeño grito: “Ya hemos llegado, es ésa”. El doctor Barreto detuvo el coche y, durante unos segundos, se quedó mirando la casa. Su aspecto resultaba deplorable: parecía semi-abandonada, con todas las persianas bajadas, y el pequeño jardín de la entrada lleno de hierbajos. Entonces, se giró y observó que la joven había desaparecido, dejando el pequeño bolso en el asiento. La puerta del coche no se había abierto en ningún momento, aun así, miró en todas las direcciones. “Es imposible”, repitió el doctor como un autómata unas cuantas veces. Por fin, tomó entre sus manos el bolso blanco y se acercó a la tenebrosa casa. Llamó al timbre y no obtuvo respuesta. Repitió la llamada unas cuantas veces y, por fin, alguien abrió la puerta. Era un hombre mayor, con el pelo blanco, aspecto cansado y la mirada gastada y triste. “No sé va a creer lo que me ha ocurrido”, le dijo el doctor Barreto. “He traído a una chica que me ha dado esta dirección y….”. El hombre abrió la puerta y le mostró una estantería, que estaba junto a la entrada, repleta de bolsos idénticos al que el doctor Barreto llevaba en la mano. “Puede dejarlo ahí”, se limitó a susurrar. “No, no entiendo…”, exclamó el doctor. “No es la primera vez –acertó a decir aquel pobre hombre-. Todos los sábados por la noche, desde hace dos años, ocurre lo mismo. Esa chica, señor, era mi hija y murió hace dos años en la encrucijada del murciélago. Regresaba de una fiesta y el coche en el que viajaba se estrelló en la misma curva donde usted la ha encontrado esta noche….”.