El Norte de Castilla
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Categoría: la sombra del ciprés
Luces y sombras de una joven escritora

El segundo volumen del diario de Laura Freixas revela su pasión por llegar a ser una autora reconocida

¿Qué hace de un diario una obra narrativa lo suficientemente atractiva como para que el lector quede enganchado en ella y avance sobre sus páginas como por una novela de intriga, aunque lo que se cuente en él no sean grandes hazañas ni aparezcan personalidades de las que marcan la historia de una colectividad? ¿Basta una vida azarosa o sorprendente para que el relato pormenorizado de sus ‘acontecimientos’ dé lugar a una narración literariamente competente? La segunda pregunta es fácil de responder. No. Un diario necesita algo más que episodios relevantes para convertirse en una narración poderosa. La primera pregunta sin embargo es más difícil de contestar. Solo la experiencia nos demuestra cómo una vida aparentemente corriente puede derivar en un relato apasionante. Será cuando el autor conecte con ese fondo vital que a todos nos alienta, y a través de sus experiencias consiga que el lector considere que está hablando de él mismo, aunque sus trayectorias vitales nada tengan que ver. Cuando un diario toca esa verdad, lo de menos ya es el género, la obra se convierte en valiosa.portada-todos-llevan-mascara-web-350x537

Me hacía estas reflexiones mientras avanzaba velozmente por el segundo tomo del diario de Laura Freixas, ‘Todos llevan máscara’ que ha publicado, al igual que el anterior, el sello Errata Naturae. Freixas es una especialista en literatura diarística. Lleva años estudiando diarios ajenos, tradujo el de Virginia Woolf y en 1996 coordinó la antología de diarios españoles que apareció en el número dedicado a este género en la ‘Revista de Occidente’. En él publicó además un artículo, ‘Auge del diario ¿íntimo? en España’, en el que entre otras cosas trataba de establecer la frontera entre un dietario y un diario íntimo y en el que al final lamentaba la actitud de la mayoría de los escritores españoles que era la de “un pudor desmedido, adusto y envarado, la de un repliegue lejos del diario íntimo hacia el terreno, menos resbaladizo, del dietario, la de una huida hacia el helado Olimpo de la reflexión abstracta, la tercera persona, la especulación intemporal, el pronombre neuro”. “Corremos, así, el riesgo –concluía la autora— de desaprovechar un género literario que ofrece posibilidades inmensas”.

Como si hubiera querido aprovechar su propia lección, Laura Freixas sostiene en su diario la actitud contraria, mantiene a raya el pudor y hace gala de una gran sinceridad. En este segundo volumen, que abarca los años 1995 y 1996, Freixas no sólo avanza como escritora, sino que ese avance se refleja también en este tramo del diario, más potente y con más peso que el anterior. La escritora acaba de publicar su primera novela, su primera hija es todavía poco más que un bebé, y las relaciones con su pareja, aunque no exentas de discusiones, son satisfactorias. Pero su deseo de ser una escritora reconocida es fuente a menudo de ansiedad y, según confiesa sin rubor, de envidia hacia esos autores cuya obra sí ha alcanzado ya el aplauso general. El psicoanálisis ocupa también su espacio en estas páginas. Por otro lado, su apuesta por la literatura, que le ha hecho abandonar sus trabajos editoriales, es una apuesta arriesgada: no es fácil tener independencia económica cuando las colaboraciones no llegan o no se pagan y la falta de dinero es también una preocupación en estas páginas.

La vida de Freixas gira en torno a la literatura. Su actividad como crítica literaria le pone en contacto con sus iguales y es fuente de reflexiones. La autora de ‘Último domingo en Londres’ ha leído ese apasionante documento novelado de Elizabeth Smart que es ‘En Grand Central Station me senté y lloré’ y ha quedado fascinada por ella. De ahí su decepción cuando lee la segunda, ‘The Assumption of the Rogues and Rescals’, en la que cree que la escritora está quemada por las circunstancias de su vida y que ha perdido ese brillo generoso y arrebatado de su primera novela. Las reflexiones que deja acerca de esta lectura son suficientemente esclarecedoras de su relación con la escritura: “Mi conclusión egoísta y personal: escribir antes de que sea demasiado tarde, disfrutar de esa riqueza que bulle dentro de mí, darle salida antes de que la decepción, la sequedad, el temible aburrimiento, hagan mella en mí. Expresar, ahora que todavía –y no sé por cuántos años— la siento: esa riqueza: lo desaforado, lo misterioso, lo poético, incluso lo angustioso, que es su otra cara. Antes de que sea demasiado tarde, de que me haya vuelto demasiado adulta, de que me parezca que no hay gran cosa que temer ni que esperar”.

Estamos pues, ante un verdadero diario íntimo, valiente y sincero, cuya lectura es apta para quienes aprecien la buena escritura y sepan apreciar que un diario es en el fondo la ‘novela’ de una vida, pero que se vuelve especialmente recomendable a quienes comparten con ella la pasión por esas dos caras de una misma moneda que son la lectura y la escritura.

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Pequeño álbum fotográfico de Patricia Highsmith

A PROPÓSITO DE LA EDICIÓN DE SUS ‘RELATOS’ POR EL SELLO ANAGRAMA

 

Siempre me ha sorprendido –y producido un cierto rechazo, confieso— la expresión de dureza que transmite el rostro de Patricia Highsmith en la etapa de madurez de su vida. Las fotografías más difundidas de la escritora pertenecen a la década de los ochenta, cuando era ya una celebridad literaria, cuando Mr. Ripley, su personaje más popular, el amoral estafador y ocasional asesino había tomado ya la fisonomía del apuesto Alain Delon o del duro y carismático Dennis Hopper en sus adaptaciones a la gran pantalla. En una de esas fotografías, de 1988, la escritora icono de la novela negra del siglo XX muestra el rostro con el que prácticamente llegará al final de sus días: una media melena mal cortada con flequillo ladeado, estilo colegiala, contrasta con la dureza e implacabilidad de su mirada y la mueca de desprecio que desprende su boca. Tantos años de mirar al mal de frente en sus novelas y cuentos, haber estudiado el rostro de seres que bajo la apariencia de normalidad escondían un asesino en potencia, parecía haber hecho mella en su cara. ¿El mundo le parecía ese lugar inhóspito y despreciable que transmite su forma de mirarlo? Preguntas para un psicoanalista o para ella misma que adoptó esta posición en muchos de sus relatos pero que nunca dio suficientes pistas acerca de sí en las escasas entrevistas que concedió. Una buena colección de su narrativa breve sale a la luz ahora de la mano de Anagrama que ha recopilado en un volumen cinco de sus más celebrados libros de cuentos: ‘Once’, ‘Pequeños cuentos misóginos’, ‘Crímenes bestiales’, ‘A merced del viento’ y ‘La casa negra’.patricia-highsmith-foto

Pero el rostro de la autora de ‘El talento de Mr. Ripley’ también fue joven y de una rara belleza. En las imágenes de su primera juventud no hay huellas aparentes de una niñez marcada por las malas relaciones con su madre, quien no dudó en informarle de que había sido concebida por accidente, y del hecho de no haber conocido a su padre por el temprano divorcio de sus progenitores. La literatura suele ser el refugio de los niños solitarios y también en este caso se cumplió la norma. Y así fue para el resto de su solitaria vida lo que le valió que a menudo calificativos como misógina y misántropa aparezcan pegados a la información sobre sus obras. Prefería la soledad en la que germinaban sus historias, eso parece un hecho comprobable, y lo cierto es que, fruto o no de esa obsesión por la escritura, sus relaciones más íntimas fueron siempre cortas. Suiza fue el refugio que eligió para escribir sin ser molestada esta mujer que había nacido en Texas en 1921 pero que se crio en Nueva York, ciudad que nunca desapareció de sus relatos.

Nada de una vida entregada a la solitaria misión de relatarnos el mal, plagada de otros avatares como el alcoholismo que le acompañó también durante una gran parte de su biografía, aparece en esas fotografías de una Highsmith veinteañera o en el comienzo de la treintena de mirada casi soñadora. Pero incluso en estas atractivas instantáneas, ya parece advertirnos con una pizca de ironía en su sonrisa y otra de intención en los ojos de que las apariencias engañan. Fue ella quien mejor nos enseñó que no siempre el mal y la locura tienen el aspecto de indeseables delincuentes o inquietantes perturbados. ¿Acaso no era agradable la señora Afton, la pacífica y gordita señora Afton que da nombre a uno de sus extraordinarios relatos de ‘Once’? ¿Acaso no son extraordinariamente amables los amigos neoyorkinos de ‘La Red’ (en ‘A merced del viento)?  Y, sin embargo, ¿no tememos todo el tiempo que tras su asfixiante deseo de ayudar se esconda, si no una mala intención, un comportamiento insano que dé lugar a una catástrofe?portada-highsmith

Por cierto, que en este relato se cumple de forma magistral la visión que otro grande como Graham Greene tenía de su literatura y que se recoge en el prólogo a esta reciente edición de sus relatos: “Highsmith –dice Greene— es una poeta de la aprensión más que del miedo. Al cabo de un tiempo, como aprendimos todos durante el Blitz, el miedo es narcótico, puede causar que uno se duerma de cansancio, pero la aprensión carcome los nervios suave e ineludiblemente”.

MISTERIOS

Pero ¿a qué viene tanta insistencia con las fotografías de una de las escritoras que más veces ha sido adaptada al cine? ¿Por qué usurpar el oficio de analista de la mente humana que tantas veces ejerció desde su literatura desplegándolo página a página y sin dejar que sus desquiciados protagonistas desvelaran antes de tiempo sus intenciones? En parte al acierto, casual para este fin o no, de la fotografía que la editorial ha elegido para la portada de este volumen de relatos, por cierto, también muy conocida. En ella la escritora, todavía joven, sostiene en brazos a uno de sus adorados gatos, sin duda una compañía que prefirió a la de sus congéneres. Ella no mira a cámara. Sus ojos se desvían hacia su izquierda quién sabe si detenidos en alguna persona que el fotógrafo no recogió o ‘vislumbrando’ algún potencial personaje de sus historias. El que mira de frente es el gato y eso sí que parece una amenaza. El gato, en primer plano, como la barrera que ella siempre estableció frente al mundo. El gato asumiendo toda esa carga de misterio que los humanos atribuyeron a su especie y que rodeó a la escritora. Todo el que ha convivido con un felino presuntamente doméstico sabe que en el fondo nunca se puede estar seguro de sus intenciones. Exactamente igual que con los aparentemente inocentes protagonistas de sus obras. A veces, muchachas solitarias que solo buscan un lugar agradable y anodino desde el que mirar el mundo con confianza, aunque al final tengan que sacar la botella de cloroformo y utilizarla de forma espuria para conseguir su objetivo, como le sucede a Geraldine, la protagonista de ‘Cuando la flota estuvo en Mobile’. No, a veces el mal se disfraza de buenas intenciones incluso para sus sorprendidos portadores que solo quieren demostrarle al mundo lo mejor de que son capaces, como le ocurre a Lucille, ‘La heroína’. (También, como el anterior, en ‘Once’).

Cualquier excusa es buena para volver sobre la obra de Highsmith. Recientemente el cine nos recordó lo extraordinario de su literatura con la versión de ‘Carol’, aunque para muchos pasara desapercibido que el filme de Todd Haynes que protagonizaron Cate Blanchett y Rooney Mara y que obtuvo varias nominaciones a los Oscars estaba la novela ‘El precio de la sal’, que Highsmith publicó en 1952 escondiéndose tras el seudónimo Claire Morgan para esconder asimismo su propia homosexualidad. La autora la recuperó treinta años después publicándola con el título de ‘Carol’ y desvelando en el prólogo el porqué del seudónimo inicial.

Ahora es esta nueva edición de los relatos la que nos invita a volver sobre su extraordinaria capacidad de contar.

SI BREVE…

Todo escritor tiene en la brevedad un buen parámetro en el que medirse. Puede que para muchos esta afirmación resulte excesiva pero aquí está uno de los exámenes que prueban la capacidad de un narrador. Patricia Highsmith ha pasado a la historia como la ‘madre’ de Mr. Ripley, como la autora original de ‘Extraños en un tren’ que inmortalizara Hitchcock con el poder del cine, es decir, por sus novelas, pero en mi opinión lo mejor de su literatura está contenido en sus cuentos, absoluta escuela para cultivadores del género y no solo aquellos más afectos al color negro del relato policiaco o el gris del thriller psicológico.

La colección que acaba de publicar Anagrama incluye sus famosos ‘Cuentos misóginos’ donde la brevedad los acerca a los microrrelatos. En apenas una página y media, la autora de ‘La casa negra’ mantiene la tensión, nos dibuja un personaje, nos informa de sus intenciones y nos suelta un bofetón en el rostro para que no nos durmamos en nuestras convicciones.

Pero, aun reconociendo su valor, me quedo con esos relatos un poco más extensos poblados por grupos de seres unidos por su propia extrañeza y en los que brilla la maestría de reflejar en unas pocas líneas personalidades distintas que confluyen en lo más oscuro y banal de la existencia como en ‘Nunca fue uno de los nuestros’.

Vuelvo a mirar sus fotografías, esa mirada que nos interpela como si fuéramos culpables de algo indefinido, como si nos quisiera meter en una de sus inquietantes historias… Y no me quedo tranquila.

 

(Artículo publicado en ‘La sombra del ciprés’ de El Norte de Castilla el 24 de marzo de 2018)

 

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Francesa Woodman, por sí misma

Una exposición en el Patio Herreriano muestra la radicalidad  y originalidad de la fotógrafa norteamericana

 

Para apreciar las fotografías de Francesca Woodman (Denver, Colorado, 1958-Nueva York, 1981) hay que acercarse mucho a ellas. Física y mentalmente. Lo primero es cuestión de tamaño: sus fotografías son todas de pequeño formato y están llenas de detalles que se escapan no solo en la distancia sino en una mirada superficial. Lo segundo requiere una mayor explicación: sobre el significado de sus imágenes, misteriosas, oscuras, dotadas de una a veces inexplicable belleza  se ha especulado mucho. Están hechas por una mujer muy joven, que se suicidó a los 22 años, que dejó unas 800 fotografías y poco testimonios escritos sobre su arte.

Uno de los aciertos de la exposición que estos días ofrece el Patio Herreriano en Valladolid es advertir al espectador de que intente no mirar estas obras a la luz de la biografía de su autora y de su trágico final. Porque aunque es fácil vincular la soledad, incluso el dolor soterrado que transmiten algunas de las imágenes que forman parte de la exposición y, en general, de su legado, a lo que sabemos de su depresión y de su final lo cierto es que si no se supiera el dato de cómo decidió abandonar este mundo, sería más fácil analizarlas en toda su complejidad, abordando los muchos caminos que propone la artista.

Woodman se fotografió de forma obsesiva a lo largo de su corta carrera. El cuerpo femenino es asunto capital en su obra y el suyo era el que estaba siempre disponible. El cuerpo que no el rostro, que a menudo tapaba, difuminaba o escondía sobre todo en las imágenes en que aparece desnuda. La interpretación feminista de su trabajo ha sido motivo de debate. Hay quienes conectan sus planteamientos con los movimientos feministas de los setenta, pero también quien afirma que no existía la menor relación en su trabajo con cuestiones de género. Con todo, es difícil no hallar elementos reivindicativos en esas imágenes en las que la mujer desnuda no tiene rostro, que a menudo aparece vestida o desnuda en un lugar incómodo (¿incómodo o inestable como la situación de la mujer en la sociedad de su tiempo?), sucio, en las esquinas de habitaciones vacías, o en situaciones inquietantes. ‘Noviembre ha sido un barroco ligeramente incómodo’ es uno de sus misteriosos títulos en sus igualmente misteriosas composiciones. Imposible no hacer interpretaciones de género en un planteamiento que rompe con muchos estereotipos sobre la mirada al cuerpo femenino y que lo hace como en otras artistas de características opuestas pero que partieron de la misma autorreferencialidad (el caso de los autorretratos de Frida Kahlo, sin ir más lejos) desde la afirmación del yo. Aunque en su caso, haya un juego de exposición y ocultación en el mismo acto fotográfico.

Otros dos elementos tienen una especial significación en sus fotografías, por un lado las manos, como una seña de identidad, y, por otro, los espejos que establecen diálogos, consigo misma o con la imagen que de la mujer se forman los hombres: ‘Nadie puede verme como me veo yo’ o ‘Una mujer es un espejo para un hombre’ son otros dos de sus escasos títulos.

Drama

Lo que es innegable es el carácter dramático de sus exposiciones. Woodman ‘construía’ espacios inquietantes, oscuros, decadentes, en algún sentido, góticos. Una puesta en escena que le acerca a un arte conceptual y que la situaría en la vanguardia de este movimiento y que la conectarían con otras artistas que como la española Esther Ferrer, han hecho de su cuerpo un discurso fotográfico, aunque en este caso el planteamiento feminista es innegable. También son evidentes en la obra de Woodman las huellas del surrealismo. La poderosa serie ‘Sobre ser un ángel’ tiene fotografías que remiten a obras como ‘Ser andrógino’ de Remedios Varo.

Fotografías cuyo mejor destino es un libro, como vehículo para su mejor ‘degustación’. Ella era consciente e intentó que alguna editorial corriera el riesgo pero apenas consiguió una publicación en vida, y es una carencia que aún no ha sido suficientemente satisfecha. La exposición del Patio Herreriano merece más de una visita. Y sí, hay que hacer caso de la advertencia inicial. En este caso el suicidio solo nos hace preguntarnos cómo hubiera evolucionado la obra de una  artista con un mundo tan original y con tantas cosas que decir.

 

Artículo publicado en el suplemento cultural de El Norte de Castilla, La Sombra del Ciprés, el sábado 18 de marzo de 2017.

Las fotografías que lo acompañan pertenecen a la muestra del Patio Herreriano

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Píldoras de mitología

MENOSCUARTO PUBLICA ‘DESPUÉS DE TROYA’, ANTOLOGÍA DEL RASTRO DE LA CULTURA CLÁSICA EN EL MICRORRELATO ESPAÑOL

 

Un libro puede ser atractivo por muchos motivos, y estos pueden verse reducidos a dos, como los mandamientos de la Santa Madre Iglesia: el tema y el autor. Dos motivos que pueden extenderse en ramificaciones como el estilo, la oportunidad, la perspectiva, la relación con sus contemporáneos… El libro que hoy protagoniza nuestra portada tiene 45 puntos de interés si nos fiamos en el segundo de los motivos explicitados. Pues 45 son los autores que reúne la antología ‘Después de Troya’, que acaba de llegar a las librerías de la mano de Menoscuarto. Y no son autores cualquiera, pues en la nómina encontramos a esos nombres que ya han alcanzado el Parnaso (por utilizar una terminología acorde al caso) como Julio Cortázar, Jorge Luis Borges, Federico García Lorca, Ramón Gómez de la Serna o Augusto Monterroso, junto a otros cuya calidad literaria no es ya indiscutible sino que está avalada por prestigiosos premios (José Jiménez Lozano, Margo Glantz, José María Merino, Javier Tomeo, José Emilio Pacheco, Juan Eduardo Zúñiga, Cristina Peri Rossi, Gustavo Martín Garzo, Luisa Valenzuela o Juan José Millás) sin olvidar a los que teniendo aún por delante una prometedora carrera la iniciaron con el viento a favor de sus logros (Andrés Neuman, Ángel Olgoso, Ana María Shua, Manuel Moyano…)

¿Qué une a autores de tiempos, edades y estilos tan diferentes en el libro que comentamos? El rastro de la cultura clásica en su obra, la pervivencia de los mitos y temas del origen de nuestra cultura en sus microrrelatos, pues de microrrelatos en los que la tradición greco latina pervive de forma evidente va el asunto.

El antólogo, el responsable de haber citado en apenas 230 páginas a tan selecto grupo de escritores es Antonio Serrano Cueto (Cádiz, 1965) poeta y narrador, que se estrena como antólogo en este libro. A él se debe también el interesante prólogo que enmarca la selección y sus razones. Serrano Cueto explica la fascinación que el mundo clásico pervivió en los escritores durante toda la Edad Media y llegó a su punto culminante en el Renacimiento; cómo Lope de Vega o Garcilaso deben a Teócrito y Virgilio, cómo parte de la obra de escritores dispares como Gide, Rilke o Pound no se entendería sin esa huella, o lo que los dramas de Shakespeare deben al ambiente de las obras clásicas. No olvida el paradigma de la obra cumbre de nuestra literatura. Serrano Cueto señala cómo “desde los comienzos de las literaturas romances la recuperación de esta herencia se canaliza especialmente a través de la traducción e imitación de los autores venerados y se ajusta a todos los géneros y moldes literarios”, así cuando Cervantes describe la conversación entre Don Quijote y un traductor de la lengua toscana sale a relucir esa fascinación: “Pues, con todo esto, me parece que el traducir de una lengua en otra, como no sea de las reinas de las lenguas, griega y latina, es como quien mira los tapices flamencos por el revés (Don Quijote II, 62)”.

Desmitificación

El mundo clásico se aleja de nuestros días a pasos agigantados, entre otros motivos por la torpeza y la errática condición de los planes educativos, y, sin embargo, la cultura clásica y en especial su mitología tienen aún la fuerza suficiente para atravesar la barrera de un mundo que vive de espaldas a ellos. Y esa fuerza se muestra con especial interés en la literatura. En la narrativa breve tiene además características particulares. La intertextualidad que le es propia al género aporta aspectos sorprendentes casi siempre por el lado de la ‘desmitificación’, valga la paradoja.

De todo el caudal de la literatura clásica, los relatos homéricos se llevan la palma a la hora de buscar las preferencias de los escritores contemporáneos. Pero a menudo la mirada que arroja sobre ella el autor o autora del microrrelato es paródica, “pues satiriza y subvierte dicho legado mediante el recurso de la reescritura”, advierte el antólogo.

Sin ir más lejos, Homero, el padre de la Humanidad en algunas obras artísticas, es visto por dichos autores como un escritor “melindroso”, urdidor de historias que necesitan una revisión. El humor la ironía, también señas de identidad del género, son recursos especialmente útiles para a revisión de otros mitos y leyendas como la Guerra de Troya (como en el cuento ‘La guerra interminable’, de José Jiménez Lozano), la historia de Narciso o el canto de las sirenas, también perteneciente al ciclo homérico.

Es precisamente el mito de las sirenas otro de los preferidos por los escritores presentes en la antología, a menudo estas sirenas han aceptado acomodarse a un mundo que le es ajeno y para el que no están preparadas, como en las piezas de Lilian Elphick, David Lagmanovich o Millás, en el que estos seres intentan adaptarse a las incomodidades de la urbe.

También el descenso a los infiernos, el “viaje al inframundo de Odiseo, y, sobre todo de Eneas” que tiene uno de sus mayores logros en la obra de Dante, llega hasta nuestros días lleno de inteligentes revisiones. (No olvida mencionar Serrano Cueto la interpretación de este descenso que hace Woody Allen en ‘Desmontando a Harry’, sin duda uno de los momentos más hilarantes del filme). En este caso resulta paradigmático el relato ‘El cancerbero’, de René Avilés Fabila.

El legado de Esopo y el mundo de los animales tna querido también en la narrativa breve, los monstruos tienen también su lugar de honor. En definitiv,a el Minotauro y Poseidón, Jasón y Perseo, Príamo y Tisbe, Hércules y Penélope, Perseo y la Medusa, Electra y Antífona, Andrómeda y Eurídice, Acteón y Diana se pasean por esta antología más o menos disfrazados para la función. En total, 125 pequeños cuentos, historias que se han organizado en torno a temas y protagonistas que han dado lugar a los capítulos: ‘La ruta homérica’, ‘Las pruebas del héroe’, ‘Amores insólitos’, ‘El poder de los dioses’, ‘Geografía mítica’, ‘Animalario’ y ‘Logos’. Estructura que permite al lector hacer recorridos diversos por sus páginas, ya sea en busca de sus autores favoritos o comparando el tratamiento de un mismo mito en autores diversos.

El viaje no puede ser más atractivo, sea el lector afecto a las leyendas clásicas o no. Y en este caso tampoco es desdeñable el aspecto pedagógico que, sin pretenderlo y sin que en absoluto lastre la gracia de los textos elegidos, subyace en las páginas. Como ocurre con las lecturas que nos tocan de cerca, estas páginas llevan adheridas la llamada a buscar los orígenes de tan aparentemente remotos personajes, para comprobar, como ocurre cuando estas revisiones las encontramos en otros géneros como el teatro o la pintura, que siguen hablando de nosotros, tan escasamente cambiantes a pesar de las apariencias y la tecnología.

Advierte Antonio Serrano al final de su introducción que “a la sociedad europea actual, desmemoriada y cautiva de un sinfín de cantos mendaces, hay que recordarle de vez en cuando que es hija de Grecia y Roma, y que la herencia clásica –como el legado del cristianismo y, en el caso de España, del mundo árabe– es sustrato vívido de buena parte de nuestra cultura”. Este es uno de los valores de un libro importante que sale a la calle con al discreción que caracteriza a la editorial que lo avala.

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Vitaminas literarias

LA EDITORIAL COMBA RESCATA LAS CARTAS QUE DURANTE UNA DÉCADA SE ESCRIBIERON ROSA CHACEL Y ANA MARÍA MOIX

Año 1965. Septiembre. Una joven Ana María Moix (Barcelona 1947-2014) escribe a Rosa Chacel (Valladolid, 1898-Madrid, 1994) que entonces permanecía en su exilio de Río de Janeiro. Tiene pocas esperanzas de que la carta llegue a su destino, es casi un mensaje en una botella que lanza al mar que las separa físicamente. Pero necesita decirle que acaba de leer ‘Teresa’ y que está deslumbrada. La novela se la ha prestado otro joven aspirante a escritor como ella, Pere Gimferrer (Pedro en esta correspondencia). Ella quiere aprender, necesita decirle cuánto se identifica con la escritura de quien ya era un personaje con peso en la literatura, aunque su país la ninguneara, y manifestarle su extrañeza por que sea tan poco conocida en España, de que se hable tan poco de ella.

La carta afortunadamente llega a las manos de la autora de ‘Memorias de Leticia Valle’. No solo eso. Llega a las manos de una persona necesitada de encontrar interlocutores en su propio país, del que efectivamente se encuentra aislada y no precisamente porque medie un océano de distancia. Le estimula además el hecho de encontrar corresponsales jóvenes (al río de cartas se sumará Gimferrer el ‘culpable’ de que se haya iniciado lo que será una verdadera amistad).

Las cartas que ambas escritoras se envían durante diez años se editan ahora de la mano del sello barcelonés ‘Comba’ y al cuidado de Ana Rodríguez Fischer, gran conocedora de la obra de Chacel. No es una correspondencia más entre una escritora en plena madurez creadora, llena de proyectos –entre ellos ‘Barrio de Maravillas’ que sería una de sus obras más celebradas, pero que ya tiene en su haber ‘Memorias de Leticia Valle’ y una novela importantísima y nunca suficientemente valorada como ‘La sinrazón’, y en este punto comparto el entusiasmo de Moix que en un momento afirma que es «la mejor novela que se ha escrito en España»– y una joven que ha tanteado ya el mundo de la poesía y de la narrativa breve, que tiene algún proyecto de novela, pero sobre todo que empieza a vislumbrar, inconscientemente aún, aunque Chacel se lo hará ver claramente, que la literatura es su destino. No, el libro es mucho más, más incluso que el impagable testimonio de una época por la que desfilan otros escritores pero también cineastas (Gonzalo Suárez aquí más en su faceta de escritor) o músicos, a través de las opiniones de las corresponsales. Es la posibilidad de asomarse a la teoría chaceliana sobre la novela. Ya en la segunda carta, Ana María Moix le pregunta casi a bocajarro que es más importante a la hora de plantear una novela: si el argumento, el personaje o el estilo. La pregunta encuentra campo abonado. Rosa Chacel es una corresponsal generosa. Lo es desde su primera respuesta a Moix. Cualquiera que se haya asomado, no ya a sus novelas, sino a sus diarios sabrá que ella no sabía escribir ligero. Que su escritura lleva siempre una carga de profundidad, una intensidad de pensamiento que paradójica y desgraciadamente ha podido ser un freno en el reconocimiento que merece. Ella no sabía escribir en corto ni superficialmente y al tiempo exigía a sus corresponsales que hicieran lo mismo.

Además, se trata de la correspondencia entre dos mujeres que desnudan su alma con facilidad, que encuentran la una en la otra el espacio de intimidad necesario para hacerlo cómodamente. También este aspecto surge rápido en el epistolario. Ana María le confiesa en seguida que suele tener periodos de desánimo y encontrará en su amiga siempre un aliento para seguir adelante. Quizá por eso, Moix se asusta cuando es Rosa la que le confiesa en una de sus cartas de 1966 que se encuentra ‘panne’ (expresión francesa que equivale a sentirse parada):

«Habrás pensado mil cosas a causa de mi silencio; la explicación que puedo darte es ésta: mi vida está en ‘panne’. No sé si volverá a echar a andar alguna vez. Por el momento el horizonte es negro…». La respuesta de Ana María no se hace esperar: «Si tú no vuelves a andar (como dices) me sentiré engañada; solo me dejo poner alas por un par de personas y una de ellas eres tú. Tienes la obligación de recuperarte para que yo pueda ver que todo era verdad, y yo me tomo el derecho de recordártelo y asegurarte que lo era. ¿Vale la pena?».

El cine es también un tema de ‘conversación’ y resultan curiosos los comentarios, pues a pesar de ser a vuela pluma, siempre dan pistas en torno a sus planteamientos estéticos. Escribe Rosa Chacel: «El cine me gusta sobre todas las cosas. Estoy por decirle que es lo que me ayuda a soportar el exilio: voy casi a diario. Prefiero, ante todo, a Antonioni, Fellini y –hace un tiempo, pues ha caído pronto– De Sica. Bergman no me gusta siempre; es demasiado artístico para mí.Kazan me gusta mucho y también algunos franceses que no recuerdo en este momento. ¿Ha visto usted ‘Les parapluies de Cherbourg’? Es un absurdo maravilloso. No le pregunto si ha visto ‘I compagni’ porque supongo que en España no se habrá dado. Es uno de los films más perfectos, más poéticos, más emocionantes que he visto. Tema social pero tratado con la máxima elevación estética…» [Rosa Chacel se refiere a la película de Mario Monicelli de 1963, que estuvo nominada al Oscar en la categoría de mejor guión original].

Otras veces los comentarios no son tan amables, como en este fragmento de una larga carta fechada en 1966:

«En los días que pasé en Valença me regalaron el Proust de la ‘Nouvelle Revue Française’ (…) y lo estoy releyendo con deleite y con parsimonia por tercera vez. No recuerdo cuándo fue la primera, pero sí que hace unos años, en Buenos Aires, me dejaron la traducción de Salinas, diciéndome que era magnífica. La leí y me pareció abominable. Correcta es, naturalmente, pero de la gracia la ligereza y la elegancia proustiana, ni sombra. Un lenguaje viejo, encorsetado, de señor respetable. Necesitaba volver a leerlo en su salsa para borrar el mal gusto que me dejó la traducción».

Como una novela

Dice Ana Rodríguez Fischer que este epistolario se puede leer como una novela. Ocurre con aquellas correspondencias en las que sus autores se muestran generosos de cabeza y de espíritu, o en aquellos en los que la amistad ha de mantenerse viva a pesar de las separaciones forzosas (estoy pensando en las cartas entre Pedro Salinas y Jorge Guillén sin ir más lejos). Esta ‘novela’ engancha desde el primer momento y no defrauda en ninguno. Pero lo mejor del epistolario son sin duda, o al menos para quien comparta el gusto por la escritura o la admiración por la obra de ambas, los pasajes destinados a comentar la marcha de sus respectivos trabajos o las dudas que los atravesaban mientras estaban en ‘la cocina’. Impresiona saber cómo Rosa Chacel tenía presente a aquellos lectores que eran importantes para su vida. Vida y obra enlazadas:

«… Puedes tener la absoluta seguridad de que en todo lo que hago cuento con vosotros; pienso, en relación con todo lo que escribo, que vosotros vais a leerlo, que mi vida –porque mi obra es mi verdadera vida, es decir porque mi vida y mi obra son la misma cosa– va a incorporarse a la vuestra, va a añadirse a vuestro panorama, mi paisaje va a imprimirse o entremezclarse con el vuestro y pocas cosas habrá que puedan significar más plenamente lo que deseé siempre con un empeño loco».

El libro, más que una correspondencia es pura vitamina literaria.

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Nuevas noticias sobre Virginia y Leonard Woolf

Bastó su genialidad para elevar un barrio de Londres a la categoría de mito. Y no porque en el grupo no hubiera  más talento literario o más cabezas pensantes. Pero nadie puede dudar a estas alturas que es ella, Virginia Woolf, el núcleo alrededor del cual gira la influencia del Grupo de Bloomsbury, el motor de la fascinación que aún hoy ejerce en lectores y aledaños. Una atracción que no solo sigue viva sino que, en goteo constante, aporta novedades editoriales en todo el mundo, no solo en el ámbito anglosajón donde la autora es venerada y estudiada (lo que equivale a decir, realmente leída), sino también en nuestro país. Otra cosa sería preguntarse si la ‘popularidad’ de su nombre en determinados círculos, incluso de su imagen, o la repercusión que en su momento tuvo una película como ‘Las horas’ de Stephen Daldry, basada en la novela homónima con la que Michael Cunninghan ganó el Pulitzer, se corresponden con un conocimiento real de su literatura.
El ‘problema’ de leer a Virginia Woolf, si es que puede decirse así, es que no admite medias tintas, ni aproximaciones someras, no hay manera de especular con un libro como ‘Las olas’, con su magistral dominio del monólogo interior; es imposible una lectura superficial de ‘Al faro’, como no se debe entrar inocentemente en la presunta venialidad de ‘La señora Dalloway’ donde, por ejemplo, un pasaje estremecedor da cuenta del horror de las guerras en la figura de un viejo combatiente de la primera Guerra Mundial. De la misma manera, no se puede salir indemne de la lectura de sus diarios, compleja novela en sí mismos, donde encontramos, como también en su ingente correspondencia, las claves de su escritura, que, en su caso como en pocos escritores, son las claves de su vida y la lucha que mantuvo por escribir sin pisar jamás los caminos trillados a pesar de las pruebas a las que le sometía su enfermedad mental.
La inagotable Virginia y sus alrededores son de nuevo noticia editorial. En primer lugar por la publicación en Taurus de la primera biografía en castellano de la autora de ‘Una habitación propia’, empresa llevada a puerto por la escritora y periodista argentina Irene Chikiar Bauer.
A solas con las palabras
La monumental obra de Chikiar Bauer (más de 800 páginas sin contar las notas bibliográficas) se resolvió en siete años de trabajo, durante los cuales la autora procuró manejar el mar de documentación que suponen no solo su correspondencia y sus diarios sino los cientos de estudios sobre la escritora «sin naufragar en él». Solventó también las dificultades para traducir ese caudal de trabajos que «dan por sentados saberes que no son tales por parte de los hispanohablantes». Al contrario de otras biografías temáticas que avanzan en el relato por temas (infancia, psicología, obra etc.) o de los estudios que eligen perspectivas determinadas (la cuestión de género, la enfermedad mental), la autora de esta biografía encaró el reto de atravesar su vida y su obra para captar su «peculiar individualidad» y hacerlo, como en la biografía escrita por su sobrino Quentin Bell, desde la perspectiva cronológica.
Asistimos así a los antecedentes familiares de la escritora y a ese momento crucial (enero de 1905) que supone la mudanza de los hermanos al número 46 de Gordon Square, en el barrio de Bloomsbury, en los prolegómenos de la constitución del legendario grupo, hecho sobre el que se atreve a dar una fecha: «Puede considerarse que el 16 de febrero de 1905, día de la inauguración de las Veladas de los Jueves, fue el punto de partida de lo que se llamó el Grupo de Bloomsbury». Desde ese momento y hasta la muerte de Virginia desfilan por sus páginas, su hermanos Thoby (prematuramente fallecido) y Vanessa, el maridos y amante de ésta, Lytton Strachey y Dora Carrington, Maynard Keynes y Russell, Duncan Grant y Vita Sackville-West, personaje fundamental en la vida de Virginia, pero sobre todo su proncipal sostén vital, su marido Leonard.
Con todo lo detallado de este estudio, lo más interesante son los episodios en los que acudimos en directo al germen de sus novelas. Así, en las páginas dedicadas a los inicios de ‘Al faro’ leemos un fragmento de una carta a Gerald Brenan: «Tengo que crear cada vez para mí toda la cosa desde cero. Probablemente todos los escritores están ahora en el mismo bote. Es la multa que pagamos por romper con la tradición, y la soledad hace a la escritura más excitante. […] Uno debería hundirse e el fondo del mar y vivir a solas con las propias palabras».
Recuerdo de Ceylán
Asistimos también a los comienzos de su relación con Leonard Woolf, cuando este era funcionario del Gobierno británico destinado en Ceylán donde pasó unos años. Esos años son precisamente los que rememora su novela ‘Una aldea en la jungla’, felizmente  rescatada (con el cuidado y buen gusto que caracteriza a este sello) por Ediciones del Viento. En el prólogo ‘Traducir a Leonard Woolf’, la encargada de verter al castellano la obra, Beatriz Iglesias Lamas, resume en una frase la causa del olvido en el que vive la obra del escritor y editor. «Leonard Woolf es sin duda uno de los pocos hombres de letras que han vivido a la sombra de una mujer».
‘La aldea en la jungla’ fue la primera novela de un autor del que sí se conocen en España los ensayos , en particular el excelente libro dedicado a los últimos días de su mujer publicado en España con el título ‘La muerte de Virginia’. Esas mismas dotes están en su narrativa. El volumen de Ediciones del Viento recoge además de la novela tres relatos ambientados también en la colonia: ‘Un cuento a la luz de la luna’, ‘Los dos brahmanes’ y ‘De perlas y cerdos’.
Por lo que se refiere a la novela, publicada en 1913, fue una de las primeras, si no la primera, que narra desde la perspectiva indígena. En palabras de su traductora es «pionera, subversiva y profundamente antiimperialista en plena época colonial», aunque para ella lo más destacable es «la maestría con la que engarza su propia experiencia vital de la muerte y la justicia en la realidad de los habitantes nativos de la isla, estrechamente vinculada al folklore a través de memorables leyendas y supersticiones».
Al dar voz a los indígenas se adelanta a George Orwell y sus ‘Días en Birmania’ y al también miembro del grupo de Bloomsbury y amigo del autor Edward Morgan Forster y su célebre ‘Paisaje a la India’.
Dos muestras de que Bloomsbury sigue editorialmente vivo.

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Sobre el autor Angélica Tanarro
Más que un oficio, el periodismo cultural es una forma de vida. La llevo ejerciendo desde que terminé la carrera. Hace de eso algún tiempo. Me recuerdo leyendo y escribiendo desde que tengo uso de razón. La lectura es mi vocación; la escritura, una necesidad. La Cultura, una forma de estar en el mundo. Dejo poemas a medio escribir en el bolso y en todos los armarios.