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Categoría: la sombra del ciprés
Francesa Woodman, por sí misma

Una exposición en el Patio Herreriano muestra la radicalidad  y originalidad de la fotógrafa norteamericana

 

Para apreciar las fotografías de Francesca Woodman (Denver, Colorado, 1958-Nueva York, 1981) hay que acercarse mucho a ellas. Física y mentalmente. Lo primero es cuestión de tamaño: sus fotografías son todas de pequeño formato y están llenas de detalles que se escapan no solo en la distancia sino en una mirada superficial. Lo segundo requiere una mayor explicación: sobre el significado de sus imágenes, misteriosas, oscuras, dotadas de una a veces inexplicable belleza  se ha especulado mucho. Están hechas por una mujer muy joven, que se suicidó a los 22 años, que dejó unas 800 fotografías y poco testimonios escritos sobre su arte.

Uno de los aciertos de la exposición que estos días ofrece el Patio Herreriano en Valladolid es advertir al espectador de que intente no mirar estas obras a la luz de la biografía de su autora y de su trágico final. Porque aunque es fácil vincular la soledad, incluso el dolor soterrado que transmiten algunas de las imágenes que forman parte de la exposición y, en general, de su legado, a lo que sabemos de su depresión y de su final lo cierto es que si no se supiera el dato de cómo decidió abandonar este mundo, sería más fácil analizarlas en toda su complejidad, abordando los muchos caminos que propone la artista.

Woodman se fotografió de forma obsesiva a lo largo de su corta carrera. El cuerpo femenino es asunto capital en su obra y el suyo era el que estaba siempre disponible. El cuerpo que no el rostro, que a menudo tapaba, difuminaba o escondía sobre todo en las imágenes en que aparece desnuda. La interpretación feminista de su trabajo ha sido motivo de debate. Hay quienes conectan sus planteamientos con los movimientos feministas de los setenta, pero también quien afirma que no existía la menor relación en su trabajo con cuestiones de género. Con todo, es difícil no hallar elementos reivindicativos en esas imágenes en las que la mujer desnuda no tiene rostro, que a menudo aparece vestida o desnuda en un lugar incómodo (¿incómodo o inestable como la situación de la mujer en la sociedad de su tiempo?), sucio, en las esquinas de habitaciones vacías, o en situaciones inquietantes. ‘Noviembre ha sido un barroco ligeramente incómodo’ es uno de sus misteriosos títulos en sus igualmente misteriosas composiciones. Imposible no hacer interpretaciones de género en un planteamiento que rompe con muchos estereotipos sobre la mirada al cuerpo femenino y que lo hace como en otras artistas de características opuestas pero que partieron de la misma autorreferencialidad (el caso de los autorretratos de Frida Kahlo, sin ir más lejos) desde la afirmación del yo. Aunque en su caso, haya un juego de exposición y ocultación en el mismo acto fotográfico.

Otros dos elementos tienen una especial significación en sus fotografías, por un lado las manos, como una seña de identidad, y, por otro, los espejos que establecen diálogos, consigo misma o con la imagen que de la mujer se forman los hombres: ‘Nadie puede verme como me veo yo’ o ‘Una mujer es un espejo para un hombre’ son otros dos de sus escasos títulos.

Drama

Lo que es innegable es el carácter dramático de sus exposiciones. Woodman ‘construía’ espacios inquietantes, oscuros, decadentes, en algún sentido, góticos. Una puesta en escena que le acerca a un arte conceptual y que la situaría en la vanguardia de este movimiento y que la conectarían con otras artistas que como la española Esther Ferrer, han hecho de su cuerpo un discurso fotográfico, aunque en este caso el planteamiento feminista es innegable. También son evidentes en la obra de Woodman las huellas del surrealismo. La poderosa serie ‘Sobre ser un ángel’ tiene fotografías que remiten a obras como ‘Ser andrógino’ de Remedios Varo.

Fotografías cuyo mejor destino es un libro, como vehículo para su mejor ‘degustación’. Ella era consciente e intentó que alguna editorial corriera el riesgo pero apenas consiguió una publicación en vida, y es una carencia que aún no ha sido suficientemente satisfecha. La exposición del Patio Herreriano merece más de una visita. Y sí, hay que hacer caso de la advertencia inicial. En este caso el suicidio solo nos hace preguntarnos cómo hubiera evolucionado la obra de una  artista con un mundo tan original y con tantas cosas que decir.

 

Artículo publicado en el suplemento cultural de El Norte de Castilla, La Sombra del Ciprés, el sábado 18 de marzo de 2017.

Las fotografías que lo acompañan pertenecen a la muestra del Patio Herreriano

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Píldoras de mitología

MENOSCUARTO PUBLICA ‘DESPUÉS DE TROYA’, ANTOLOGÍA DEL RASTRO DE LA CULTURA CLÁSICA EN EL MICRORRELATO ESPAÑOL

 

Un libro puede ser atractivo por muchos motivos, y estos pueden verse reducidos a dos, como los mandamientos de la Santa Madre Iglesia: el tema y el autor. Dos motivos que pueden extenderse en ramificaciones como el estilo, la oportunidad, la perspectiva, la relación con sus contemporáneos… El libro que hoy protagoniza nuestra portada tiene 45 puntos de interés si nos fiamos en el segundo de los motivos explicitados. Pues 45 son los autores que reúne la antología ‘Después de Troya’, que acaba de llegar a las librerías de la mano de Menoscuarto. Y no son autores cualquiera, pues en la nómina encontramos a esos nombres que ya han alcanzado el Parnaso (por utilizar una terminología acorde al caso) como Julio Cortázar, Jorge Luis Borges, Federico García Lorca, Ramón Gómez de la Serna o Augusto Monterroso, junto a otros cuya calidad literaria no es ya indiscutible sino que está avalada por prestigiosos premios (José Jiménez Lozano, Margo Glantz, José María Merino, Javier Tomeo, José Emilio Pacheco, Juan Eduardo Zúñiga, Cristina Peri Rossi, Gustavo Martín Garzo, Luisa Valenzuela o Juan José Millás) sin olvidar a los que teniendo aún por delante una prometedora carrera la iniciaron con el viento a favor de sus logros (Andrés Neuman, Ángel Olgoso, Ana María Shua, Manuel Moyano…)

¿Qué une a autores de tiempos, edades y estilos tan diferentes en el libro que comentamos? El rastro de la cultura clásica en su obra, la pervivencia de los mitos y temas del origen de nuestra cultura en sus microrrelatos, pues de microrrelatos en los que la tradición greco latina pervive de forma evidente va el asunto.

El antólogo, el responsable de haber citado en apenas 230 páginas a tan selecto grupo de escritores es Antonio Serrano Cueto (Cádiz, 1965) poeta y narrador, que se estrena como antólogo en este libro. A él se debe también el interesante prólogo que enmarca la selección y sus razones. Serrano Cueto explica la fascinación que el mundo clásico pervivió en los escritores durante toda la Edad Media y llegó a su punto culminante en el Renacimiento; cómo Lope de Vega o Garcilaso deben a Teócrito y Virgilio, cómo parte de la obra de escritores dispares como Gide, Rilke o Pound no se entendería sin esa huella, o lo que los dramas de Shakespeare deben al ambiente de las obras clásicas. No olvida el paradigma de la obra cumbre de nuestra literatura. Serrano Cueto señala cómo “desde los comienzos de las literaturas romances la recuperación de esta herencia se canaliza especialmente a través de la traducción e imitación de los autores venerados y se ajusta a todos los géneros y moldes literarios”, así cuando Cervantes describe la conversación entre Don Quijote y un traductor de la lengua toscana sale a relucir esa fascinación: “Pues, con todo esto, me parece que el traducir de una lengua en otra, como no sea de las reinas de las lenguas, griega y latina, es como quien mira los tapices flamencos por el revés (Don Quijote II, 62)”.

Desmitificación

El mundo clásico se aleja de nuestros días a pasos agigantados, entre otros motivos por la torpeza y la errática condición de los planes educativos, y, sin embargo, la cultura clásica y en especial su mitología tienen aún la fuerza suficiente para atravesar la barrera de un mundo que vive de espaldas a ellos. Y esa fuerza se muestra con especial interés en la literatura. En la narrativa breve tiene además características particulares. La intertextualidad que le es propia al género aporta aspectos sorprendentes casi siempre por el lado de la ‘desmitificación’, valga la paradoja.

De todo el caudal de la literatura clásica, los relatos homéricos se llevan la palma a la hora de buscar las preferencias de los escritores contemporáneos. Pero a menudo la mirada que arroja sobre ella el autor o autora del microrrelato es paródica, “pues satiriza y subvierte dicho legado mediante el recurso de la reescritura”, advierte el antólogo.

Sin ir más lejos, Homero, el padre de la Humanidad en algunas obras artísticas, es visto por dichos autores como un escritor “melindroso”, urdidor de historias que necesitan una revisión. El humor la ironía, también señas de identidad del género, son recursos especialmente útiles para a revisión de otros mitos y leyendas como la Guerra de Troya (como en el cuento ‘La guerra interminable’, de José Jiménez Lozano), la historia de Narciso o el canto de las sirenas, también perteneciente al ciclo homérico.

Es precisamente el mito de las sirenas otro de los preferidos por los escritores presentes en la antología, a menudo estas sirenas han aceptado acomodarse a un mundo que le es ajeno y para el que no están preparadas, como en las piezas de Lilian Elphick, David Lagmanovich o Millás, en el que estos seres intentan adaptarse a las incomodidades de la urbe.

También el descenso a los infiernos, el “viaje al inframundo de Odiseo, y, sobre todo de Eneas” que tiene uno de sus mayores logros en la obra de Dante, llega hasta nuestros días lleno de inteligentes revisiones. (No olvida mencionar Serrano Cueto la interpretación de este descenso que hace Woody Allen en ‘Desmontando a Harry’, sin duda uno de los momentos más hilarantes del filme). En este caso resulta paradigmático el relato ‘El cancerbero’, de René Avilés Fabila.

El legado de Esopo y el mundo de los animales tna querido también en la narrativa breve, los monstruos tienen también su lugar de honor. En definitiv,a el Minotauro y Poseidón, Jasón y Perseo, Príamo y Tisbe, Hércules y Penélope, Perseo y la Medusa, Electra y Antífona, Andrómeda y Eurídice, Acteón y Diana se pasean por esta antología más o menos disfrazados para la función. En total, 125 pequeños cuentos, historias que se han organizado en torno a temas y protagonistas que han dado lugar a los capítulos: ‘La ruta homérica’, ‘Las pruebas del héroe’, ‘Amores insólitos’, ‘El poder de los dioses’, ‘Geografía mítica’, ‘Animalario’ y ‘Logos’. Estructura que permite al lector hacer recorridos diversos por sus páginas, ya sea en busca de sus autores favoritos o comparando el tratamiento de un mismo mito en autores diversos.

El viaje no puede ser más atractivo, sea el lector afecto a las leyendas clásicas o no. Y en este caso tampoco es desdeñable el aspecto pedagógico que, sin pretenderlo y sin que en absoluto lastre la gracia de los textos elegidos, subyace en las páginas. Como ocurre con las lecturas que nos tocan de cerca, estas páginas llevan adheridas la llamada a buscar los orígenes de tan aparentemente remotos personajes, para comprobar, como ocurre cuando estas revisiones las encontramos en otros géneros como el teatro o la pintura, que siguen hablando de nosotros, tan escasamente cambiantes a pesar de las apariencias y la tecnología.

Advierte Antonio Serrano al final de su introducción que “a la sociedad europea actual, desmemoriada y cautiva de un sinfín de cantos mendaces, hay que recordarle de vez en cuando que es hija de Grecia y Roma, y que la herencia clásica –como el legado del cristianismo y, en el caso de España, del mundo árabe– es sustrato vívido de buena parte de nuestra cultura”. Este es uno de los valores de un libro importante que sale a la calle con al discreción que caracteriza a la editorial que lo avala.

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Vitaminas literarias

LA EDITORIAL COMBA RESCATA LAS CARTAS QUE DURANTE UNA DÉCADA SE ESCRIBIERON ROSA CHACEL Y ANA MARÍA MOIX

Año 1965. Septiembre. Una joven Ana María Moix (Barcelona 1947-2014) escribe a Rosa Chacel (Valladolid, 1898-Madrid, 1994) que entonces permanecía en su exilio de Río de Janeiro. Tiene pocas esperanzas de que la carta llegue a su destino, es casi un mensaje en una botella que lanza al mar que las separa físicamente. Pero necesita decirle que acaba de leer ‘Teresa’ y que está deslumbrada. La novela se la ha prestado otro joven aspirante a escritor como ella, Pere Gimferrer (Pedro en esta correspondencia). Ella quiere aprender, necesita decirle cuánto se identifica con la escritura de quien ya era un personaje con peso en la literatura, aunque su país la ninguneara, y manifestarle su extrañeza por que sea tan poco conocida en España, de que se hable tan poco de ella.

La carta afortunadamente llega a las manos de la autora de ‘Memorias de Leticia Valle’. No solo eso. Llega a las manos de una persona necesitada de encontrar interlocutores en su propio país, del que efectivamente se encuentra aislada y no precisamente porque medie un océano de distancia. Le estimula además el hecho de encontrar corresponsales jóvenes (al río de cartas se sumará Gimferrer el ‘culpable’ de que se haya iniciado lo que será una verdadera amistad).

Las cartas que ambas escritoras se envían durante diez años se editan ahora de la mano del sello barcelonés ‘Comba’ y al cuidado de Ana Rodríguez Fischer, gran conocedora de la obra de Chacel. No es una correspondencia más entre una escritora en plena madurez creadora, llena de proyectos –entre ellos ‘Barrio de Maravillas’ que sería una de sus obras más celebradas, pero que ya tiene en su haber ‘Memorias de Leticia Valle’ y una novela importantísima y nunca suficientemente valorada como ‘La sinrazón’, y en este punto comparto el entusiasmo de Moix que en un momento afirma que es «la mejor novela que se ha escrito en España»– y una joven que ha tanteado ya el mundo de la poesía y de la narrativa breve, que tiene algún proyecto de novela, pero sobre todo que empieza a vislumbrar, inconscientemente aún, aunque Chacel se lo hará ver claramente, que la literatura es su destino. No, el libro es mucho más, más incluso que el impagable testimonio de una época por la que desfilan otros escritores pero también cineastas (Gonzalo Suárez aquí más en su faceta de escritor) o músicos, a través de las opiniones de las corresponsales. Es la posibilidad de asomarse a la teoría chaceliana sobre la novela. Ya en la segunda carta, Ana María Moix le pregunta casi a bocajarro que es más importante a la hora de plantear una novela: si el argumento, el personaje o el estilo. La pregunta encuentra campo abonado. Rosa Chacel es una corresponsal generosa. Lo es desde su primera respuesta a Moix. Cualquiera que se haya asomado, no ya a sus novelas, sino a sus diarios sabrá que ella no sabía escribir ligero. Que su escritura lleva siempre una carga de profundidad, una intensidad de pensamiento que paradójica y desgraciadamente ha podido ser un freno en el reconocimiento que merece. Ella no sabía escribir en corto ni superficialmente y al tiempo exigía a sus corresponsales que hicieran lo mismo.

Además, se trata de la correspondencia entre dos mujeres que desnudan su alma con facilidad, que encuentran la una en la otra el espacio de intimidad necesario para hacerlo cómodamente. También este aspecto surge rápido en el epistolario. Ana María le confiesa en seguida que suele tener periodos de desánimo y encontrará en su amiga siempre un aliento para seguir adelante. Quizá por eso, Moix se asusta cuando es Rosa la que le confiesa en una de sus cartas de 1966 que se encuentra ‘panne’ (expresión francesa que equivale a sentirse parada):

«Habrás pensado mil cosas a causa de mi silencio; la explicación que puedo darte es ésta: mi vida está en ‘panne’. No sé si volverá a echar a andar alguna vez. Por el momento el horizonte es negro…». La respuesta de Ana María no se hace esperar: «Si tú no vuelves a andar (como dices) me sentiré engañada; solo me dejo poner alas por un par de personas y una de ellas eres tú. Tienes la obligación de recuperarte para que yo pueda ver que todo era verdad, y yo me tomo el derecho de recordártelo y asegurarte que lo era. ¿Vale la pena?».

El cine es también un tema de ‘conversación’ y resultan curiosos los comentarios, pues a pesar de ser a vuela pluma, siempre dan pistas en torno a sus planteamientos estéticos. Escribe Rosa Chacel: «El cine me gusta sobre todas las cosas. Estoy por decirle que es lo que me ayuda a soportar el exilio: voy casi a diario. Prefiero, ante todo, a Antonioni, Fellini y –hace un tiempo, pues ha caído pronto– De Sica. Bergman no me gusta siempre; es demasiado artístico para mí.Kazan me gusta mucho y también algunos franceses que no recuerdo en este momento. ¿Ha visto usted ‘Les parapluies de Cherbourg’? Es un absurdo maravilloso. No le pregunto si ha visto ‘I compagni’ porque supongo que en España no se habrá dado. Es uno de los films más perfectos, más poéticos, más emocionantes que he visto. Tema social pero tratado con la máxima elevación estética…» [Rosa Chacel se refiere a la película de Mario Monicelli de 1963, que estuvo nominada al Oscar en la categoría de mejor guión original].

Otras veces los comentarios no son tan amables, como en este fragmento de una larga carta fechada en 1966:

«En los días que pasé en Valença me regalaron el Proust de la ‘Nouvelle Revue Française’ (…) y lo estoy releyendo con deleite y con parsimonia por tercera vez. No recuerdo cuándo fue la primera, pero sí que hace unos años, en Buenos Aires, me dejaron la traducción de Salinas, diciéndome que era magnífica. La leí y me pareció abominable. Correcta es, naturalmente, pero de la gracia la ligereza y la elegancia proustiana, ni sombra. Un lenguaje viejo, encorsetado, de señor respetable. Necesitaba volver a leerlo en su salsa para borrar el mal gusto que me dejó la traducción».

Como una novela

Dice Ana Rodríguez Fischer que este epistolario se puede leer como una novela. Ocurre con aquellas correspondencias en las que sus autores se muestran generosos de cabeza y de espíritu, o en aquellos en los que la amistad ha de mantenerse viva a pesar de las separaciones forzosas (estoy pensando en las cartas entre Pedro Salinas y Jorge Guillén sin ir más lejos). Esta ‘novela’ engancha desde el primer momento y no defrauda en ninguno. Pero lo mejor del epistolario son sin duda, o al menos para quien comparta el gusto por la escritura o la admiración por la obra de ambas, los pasajes destinados a comentar la marcha de sus respectivos trabajos o las dudas que los atravesaban mientras estaban en ‘la cocina’. Impresiona saber cómo Rosa Chacel tenía presente a aquellos lectores que eran importantes para su vida. Vida y obra enlazadas:

«… Puedes tener la absoluta seguridad de que en todo lo que hago cuento con vosotros; pienso, en relación con todo lo que escribo, que vosotros vais a leerlo, que mi vida –porque mi obra es mi verdadera vida, es decir porque mi vida y mi obra son la misma cosa– va a incorporarse a la vuestra, va a añadirse a vuestro panorama, mi paisaje va a imprimirse o entremezclarse con el vuestro y pocas cosas habrá que puedan significar más plenamente lo que deseé siempre con un empeño loco».

El libro, más que una correspondencia es pura vitamina literaria.

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Nuevas noticias sobre Virginia y Leonard Woolf

Bastó su genialidad para elevar un barrio de Londres a la categoría de mito. Y no porque en el grupo no hubiera  más talento literario o más cabezas pensantes. Pero nadie puede dudar a estas alturas que es ella, Virginia Woolf, el núcleo alrededor del cual gira la influencia del Grupo de Bloomsbury, el motor de la fascinación que aún hoy ejerce en lectores y aledaños. Una atracción que no solo sigue viva sino que, en goteo constante, aporta novedades editoriales en todo el mundo, no solo en el ámbito anglosajón donde la autora es venerada y estudiada (lo que equivale a decir, realmente leída), sino también en nuestro país. Otra cosa sería preguntarse si la ‘popularidad’ de su nombre en determinados círculos, incluso de su imagen, o la repercusión que en su momento tuvo una película como ‘Las horas’ de Stephen Daldry, basada en la novela homónima con la que Michael Cunninghan ganó el Pulitzer, se corresponden con un conocimiento real de su literatura.
El ‘problema’ de leer a Virginia Woolf, si es que puede decirse así, es que no admite medias tintas, ni aproximaciones someras, no hay manera de especular con un libro como ‘Las olas’, con su magistral dominio del monólogo interior; es imposible una lectura superficial de ‘Al faro’, como no se debe entrar inocentemente en la presunta venialidad de ‘La señora Dalloway’ donde, por ejemplo, un pasaje estremecedor da cuenta del horror de las guerras en la figura de un viejo combatiente de la primera Guerra Mundial. De la misma manera, no se puede salir indemne de la lectura de sus diarios, compleja novela en sí mismos, donde encontramos, como también en su ingente correspondencia, las claves de su escritura, que, en su caso como en pocos escritores, son las claves de su vida y la lucha que mantuvo por escribir sin pisar jamás los caminos trillados a pesar de las pruebas a las que le sometía su enfermedad mental.
La inagotable Virginia y sus alrededores son de nuevo noticia editorial. En primer lugar por la publicación en Taurus de la primera biografía en castellano de la autora de ‘Una habitación propia’, empresa llevada a puerto por la escritora y periodista argentina Irene Chikiar Bauer.
A solas con las palabras
La monumental obra de Chikiar Bauer (más de 800 páginas sin contar las notas bibliográficas) se resolvió en siete años de trabajo, durante los cuales la autora procuró manejar el mar de documentación que suponen no solo su correspondencia y sus diarios sino los cientos de estudios sobre la escritora «sin naufragar en él». Solventó también las dificultades para traducir ese caudal de trabajos que «dan por sentados saberes que no son tales por parte de los hispanohablantes». Al contrario de otras biografías temáticas que avanzan en el relato por temas (infancia, psicología, obra etc.) o de los estudios que eligen perspectivas determinadas (la cuestión de género, la enfermedad mental), la autora de esta biografía encaró el reto de atravesar su vida y su obra para captar su «peculiar individualidad» y hacerlo, como en la biografía escrita por su sobrino Quentin Bell, desde la perspectiva cronológica.
Asistimos así a los antecedentes familiares de la escritora y a ese momento crucial (enero de 1905) que supone la mudanza de los hermanos al número 46 de Gordon Square, en el barrio de Bloomsbury, en los prolegómenos de la constitución del legendario grupo, hecho sobre el que se atreve a dar una fecha: «Puede considerarse que el 16 de febrero de 1905, día de la inauguración de las Veladas de los Jueves, fue el punto de partida de lo que se llamó el Grupo de Bloomsbury». Desde ese momento y hasta la muerte de Virginia desfilan por sus páginas, su hermanos Thoby (prematuramente fallecido) y Vanessa, el maridos y amante de ésta, Lytton Strachey y Dora Carrington, Maynard Keynes y Russell, Duncan Grant y Vita Sackville-West, personaje fundamental en la vida de Virginia, pero sobre todo su proncipal sostén vital, su marido Leonard.
Con todo lo detallado de este estudio, lo más interesante son los episodios en los que acudimos en directo al germen de sus novelas. Así, en las páginas dedicadas a los inicios de ‘Al faro’ leemos un fragmento de una carta a Gerald Brenan: «Tengo que crear cada vez para mí toda la cosa desde cero. Probablemente todos los escritores están ahora en el mismo bote. Es la multa que pagamos por romper con la tradición, y la soledad hace a la escritura más excitante. [...]Uno debería hundirse e el fondo del mar y vivir a solas con las propias palabras».
Recuerdo de Ceylán
Asistimos también a los comienzos de su relación con Leonard Woolf, cuando este era funcionario del Gobierno británico destinado en Ceylán donde pasó unos años. Esos años son precisamente los que rememora su novela ‘Una aldea en la jungla’, felizmente  rescatada (con el cuidado y buen gusto que caracteriza a este sello) por Ediciones del Viento. En el prólogo ‘Traducir a Leonard Woolf’, la encargada de verter al castellano la obra, Beatriz Iglesias Lamas, resume en una frase la causa del olvido en el que vive la obra del escritor y editor. «Leonard Woolf es sin duda uno de los pocos hombres de letras que han vivido a la sombra de una mujer».
‘La aldea en la jungla’ fue la primera novela de un autor del que sí se conocen en España los ensayos , en particular el excelente libro dedicado a los últimos días de su mujer publicado en España con el título ‘La muerte de Virginia’. Esas mismas dotes están en su narrativa. El volumen de Ediciones del Viento recoge además de la novela tres relatos ambientados también en la colonia: ‘Un cuento a la luz de la luna’, ‘Los dos brahmanes’ y ‘De perlas y cerdos’.
Por lo que se refiere a la novela, publicada en 1913, fue una de las primeras, si no la primera, que narra desde la perspectiva indígena. En palabras de su traductora es «pionera, subversiva y profundamente antiimperialista en plena época colonial», aunque para ella lo más destacable es «la maestría con la que engarza su propia experiencia vital de la muerte y la justicia en la realidad de los habitantes nativos de la isla, estrechamente vinculada al folklore a través de memorables leyendas y supersticiones».
Al dar voz a los indígenas se adelanta a George Orwell y sus ‘Días en Birmania’ y al también miembro del grupo de Bloomsbury y amigo del autor Edward Morgan Forster y su célebre ‘Paisaje a la India’.
Dos muestras de que Bloomsbury sigue editorialmente vivo.

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André Kertész, fiel a sus emociones

La Sala San Benito de Valladolid acoge un recorrido por la obra del fotógrafo húngaro, pionero, autodidacta y radicalmente original

 

“He descubierto que para mí lasmejores fotografías son las que me dejan con más preguntas que respuestas». La frase es de André Kertész, uno de los fotógrafos más importantes que dio el siglo XX y un artista cuya intuición le hizo ser pionero en el nacimiento de la fotografía moderna. Aplicada la sentencia a su propia obra, podemos empezar a vislumbrar alguna de sus claves. Las fotografías de André Kertész no son solo aquello que el ojo atento, el ojo entrenado, puede ver.Van más allá, también plantean muchas preguntas en el espectador. Kertész protagoniza la primera exposición del año en la sala San Benito deValladolid. 

La muestra, titulada ‘André Kertész. El doble de una vida’ viene con el aval del prestigioso centro parisino Jeu de Paume y supone un completo recorrido por la obra del fotógrafo nacido en Budapest en 1894 y fallecido en Nueva York en 1985. La obra de este artista autodidacta que participó de la eclosión de losmovimientos de vanguardia del siglo XX, como el surrealismo o el constructivismo, no cabe sin embargo en los cánones de ninguno de ellos aunque pueda relacionarse con la mayoría.Mantuvo siempre su exquisita individualidad, su radical modo de mirar ligado a sus propias emociones, algo que jamás negó. Quizá la única manera de acercarse a su obra con afán de establecer etapas sea biográfica, atendiendo a los lugares a los que le llevó la vida. En este sentido la muestra que ofrece San Benito no puede ser más completa ya que abarca desde las primeras fotografías realizadas en su Hungría natal hasta imágenes tomadas en el mismo año de su muerte en Nueva York. Incluye, por ejemplo, ‘Joven adormecido’, fechada en Budapest en 1912, su primera fotografía conocida. Una imagen que ya apunta el estilo que será la firma Kertész en el futuro. Como las que hizo en el frente una vezmovilizado en las filas del Imperio Austro Húngaro durante la Primera Guerra Mundial. Son estas fotografías las que apuntan al fotógrafo que será, el que nunca pretendió documentar sino interpretar. Para él, la fotografía era eso: una manera de interpretar lo que sentía en un momento dado. «Mi fotografía es realmente un diario visual –dijo– es lo más parecido a un instrumento que sirve para expresar y describir mi vida, de la misma manera que los poetas o los escritores describen sus experiencias vitales. Es una manera de proyectarlas cosas que vivo».

Terminada la guerra, la vida le lleva a París. En 1925 se instala en Montparnasse y entra en los círculos de los principales artistas del momento como Mondrian (alguna de las famosas fotos que hizo en su estudio también están presentes en la muestra), Chagall, Foujita o Colette. Llegan sus primeras exposiciones y sus primeros éxitos. Publica junto a fotógrafos tan destacados como Germaine Krull, Man Ray, Frnçois Kollar o Brassaï (a quien Kertész había introducido en el mundo de la fotografía).

En París realiza alguna de sus obras maestras como la serie ‘Distorsiones’ en la que dos de sus modelos posan ante espejos deformantes cuyo reflejo fotografía, con un resultadoque le vale comparaciones con la obra de Picasso o Jean Arp. Quizá el germen de esta serie esté en ‘Nadador bajo el agua’, de 1917, que tambiénha viajado a Valladolid para la exposición.

Más difícil es su relación con los EstadosUnidos, adonde llega en 1936, cuando ya era un fotógrafo reconocido y un hombre pegado a una Leica (su relación comenzó en 1928 y también fue pionero en el uso de la mítica cámara). Kertész se instala en Nueva York con un contrato para la mayor agencia fotográfica del momento: Keystone. Pero la relación apenas dura un año. Sus fotografías se publican en las principales revistas y en 1945 elArt Institute of Chicago le dedica una exposición. Con todo, se considera incomprendido por lo que en 1962 pone fina su carrera profesional. Curiosamente, un año después y tras el hallazgo de sus negativos del periodo húngaro y francés que se consideraban perdidos y tras la presentación de su obra en la Biblioteca Nacional Francesa, comienza su reconocimiento internacional.

En 1964 su obra se expone en el MoMA de Nueva York y a partir de este momento se suceden los homenajes y las exposiciones de Tokio a Helsinki. En los cincuenta abandona progresivamente la calle para fotografiar desde la ventana de su apartamento con vistas a Washington Square. También empieza a fotografíar en color, aunque desde planteamientos formales muy sencillos. Y aún tuvo tiempo de familiarizarse con la Polaroid. Fue en 1977 y a raíz del vacío que le produjo la muerte de Elizabeth, su segunda esposa. El resultado fue un libro de homenaje a ella titulado ‘From my window’.

Hablaban demasiado

Sí. Sus obras también provocan más preguntas que respuestas. Puede que ahí residiera parte del desencuentro con algunas editoriales americanas en un momento en que el fotoperiodismo (aunque también se le cita como pionero del género, sus planteamientos eran diferentes) primaba por encima de otras vías. La editorial Life, por ejemplo, llegó a decir que sus fotos «hablaban demasiado».

Hablan sí. Sus ‘Distorsiones’, por ejemplo, nos hablan del artista que fue. De hecho, el resultado no tiene nada que ver con otros experimentos de espejos deformantes. Como toda obra de arte produce un suspenso temporal en el que mira. Kertész no abandonó jamás la profundidad e intensidad con que abordaba su trabajo, que acercaba los resultados más a la poesía que al reportaje. Si acaso, el género periodístico que más podría acercársele sería la crónica.

Su trabajo fue una crónica vital regida por la emoción. Y esta se caracteriza por la libertad. Unida a la calidad, rompe todas las barreras.

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“La política llega a la poesía cuando es cuestión de vida o muerte”, afirma la poeta Ana Blandiana

LA ESCRITORA RUMANA PRESENTA ESTOS DÍAS EN ESPAÑA EL LIBRO ‘MI PATRIA A4′

“La realidad política llega a la poesía cuando se ha convertido en una cuestión de vida o muerte». La frase puede parecer muy dramática pero si la dice Ana Blandiana (Timisoara, Rumanía, 1942) no suena tan terrible. Porque nada en su mirada, o en su gestualidad o en su lenguaje corporal traduce la dureza que le tocó vivir bajo el régimen comunista de Ceaucescu, cuando sus libros se prohibieron, o cuando el teléfono intervenido y la vigilancia a la puerta de su casa eran las coordenadas vitales cotidianas. Por el contrario, su sonrisa, sus ademanes, la amabilidad que transmiten sus ojos o sus manos hablan de cualquier cosa menos de rencor o de dolores no resueltos.
Blandiana está en España para presentar su último libro de poemas, ‘Mi Patria A4’, en una mini gira que la lleva de Pamplona a Salamanca y de ahí a Madrid. En el primer tramo de su viaje hace un alto en Valladolid para esta entrevista, en un día típico vallisoletano nublado aunque todavía no frío, que permite la charla al aire libre rodeada, como está, de maletas y de flores.
Blandiana es además de una poeta reconocida un referente ético en la literatura de su país. Escribe su traductora Viorica Patea (que ha trabajado en este libro junto a Antonio Colinas) en la introducción del poemario, que ella, como Ajmátova para la literatura rusa o Václav Havel en la checa, encarna «el arquetipo de escritor cuya obra y vida asumen el destino colectivo». Y menciona otros ejemplos como el de Nadejda Mandelstam, Iván Chmeliov o Alexander Soljenitsyn como autores conscientes «con su deber para con el presente» y cuyo testimonio los convierte en un legado para las generaciones futuras.
Pero cuando la autora de ‘Proyectos de pasado’ se refiere a ese periodo difícil de su vida es como si todo hubiera sido fácil. «Par mí, las cosas eran simples. Yo sabía que tenía que escribir lo que pensaba, el problema lo tenía después para poder publicarlo y , si finalmente lo conseguía, el problema era la represión posterior: estar todo el día vigilada, pero cuanto más visible era la represión me iban convirtiendo en una persona cada vez más importante. Pero al mismo tiempo fue un periodo de tranquilidad que me permitió escribir una novela. Sabía que solo tenía que procurar estar tranquila y transformar en literatura  todo ese material». Así surgió ‘El cajón de los aplausos’ que se publicó en Alemania y que según afirma «me salvó la vida. De no haber sido por la escritura me habría vuelto local. Luego fue distinto, llegó la libertad y la vida se llenó de ruido».
A ella misma le parece que dicho así puede resultar extraño y matiza. «No quiero que suene frívolo. Fueron tiempos muy duros por los amigos desaparecidos y por el aislamiento. Cuando alguien se atrevía a visitarte siempre te quedabas con la duda de si venía porque era muy valiente o si en el fondo su misión era sacarte información. Ahora puede parecer absurdo pero vivíamos como si aquello no fuera a acabarse nunca. Yo  era más joven que Ceaucescu y sin embargo siempre creí que ‘El cajón de los aplausos’ sería un libro póstumo». Y recuerda una ocasión en el que viajando con su marido por carretera tuvieron un extraño accidente que no debió de ser tal. «Probablemente solo querían asustarnos».
El más personal
Pero lo que le ha traído aquí es su último libro, el poemario que establece las fronteras de un folio en blanco como la patria de la escritura. De todos sus libros, es «el más íntimamente relacionado conmigo. El más personal. Porque no habla tanto del sufrimiento de un pueblo como del mío propio. De la sensación de estar sometida al paso del tiempo  y de la necesidad de descubrir aquello que continúa y no se acaba en este mundo. Aquello que, dentro de lo que existe en la tierra, tiene un sentido eterno».
Y se refiere a un poema, ‘Panales’ en el que se pregunta «si solo somos tristes formas, vacías y de las que ha desaparecido la miel de la eternidad, la intensidad de la fe en la eternidad».
Un libro marcado también por la muerte de su madre, que ocurrió mientras lo escribía. «Me sentí que había perdido la relación con mis raíces, como si me hubiera quedado suspendida entre la vida de aquí y un cielo cuya existencia es cada vez más problemática». («No me dejes / Caer en el futuro,/ Y deshacerme en el tiempo venidero…») ‘Mi patria A4’ se convierte así en un diálogo con la divinidad un tanto herético, «porque más que una oración es una protesta». («Me gustaría saber qué has sentido/ cuando has establecido las proporciones/ De los venenos, colores y perfumes,/ Cuando en un pico pusiste el canto / Y en otro el cacareo,/ En un alma el crimen y en otra el éxtasis/ Daría cualquier cosa por saber / Si tuviste remordimientos/ Porque a unos los hiciste víctimas y a otros verdugos…»)
Y como si hablara consigo misma, añade: «Es como si el mero hecho de hablar con Dios fuera un intuición de que existe. Esto lo comparo con Goya y con el hecho de que en su tumba haya unos ángeles representados. ¿Por qué? ¿Porque él pensaba en ellos, porque para él no eran una frivolidad o una abstracción? ¿Espera pensando en ellos tener de esa manera alguien con quien hablar?»
La referencia a Goya es un hilo tendido para preguntarle por su conocimiento de la poesía española, por si hay algún poeta en español entre sus referentes y por estos en general. «Escribo desde antes de saber escribir y está claro que lo que cuenta en la formación de una persona son los escritores que leyó en la adolescencia. Bajo el régimen comunista lo que se traducía en Rumanía era Lorca y yo me enamoré de él» y fue como un ‘primer estadio’ de su ser poeta. Ahora se siente cercana a dos poetas «que no tienen nada que ver entre sí, como son Rilke y Emily Dickinson, pero con los que yo me siento en relación al unísono».
El rastro de Dickinson está  evidentemente en esa forma de utilizar lo cotidiano para hablar de lo trascendente. (Algo se enciende en el corazón de las hojas/ Que no entienden qué sucede/ Y no dan crédito a lo que está pasando./ Perciben una luz/ Que sin querer engendran/ Como vírgenes asustadas por el Niño…»)
Ana Blandiana, tras una larga relación con las palabras, descubrió «que en un mundo en el que se habla y se escribe tanto, el significado del poema consiste en restablecer el silencio».

 

Publicado en La Sombra del Ciprés del 29 de noviembre del 2012

La foto de Ana Blandiana en Valladolid es de Wellington Dos Santos

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Sobre el autor Angélica Tanarro
Soy jefa de Cultura en El Norte de Castilla. En mis ratos libres (pocos) solía escribir y hasta encontraba editor. Ahora he cambiado los versos (libres o no) por alumnos de Periodismo. Mi verdadera vocación es la lectura.