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Categoría: Actualidad
El humo eterno

Ni Marlon Brando, ni Cary Grant, ni Gary Cooper ni John Wayne: tampoco Charles Chaplin. Cuando en 1999 el American Film Institute —no precisamente una entidad sospechosa de parcialismo o ignorancia— catalogó a las cincuenta mayores leyendas de la pantalla que ha dado el cine americano, el elegido para ocupar la primera plaza masculina no fue otro que un tipo que sale perdiendo en la comparación con muchas estrellas en el plano físico y con otras tantas en el interpretativo. Esa plaza la sigue manteniendo a día de hoy. Esa plaza casi nadie la discute. Seis décadas después de su muerte, el aura de Humphrey Bogart no ha dejado de crecer.

¿Quién podría imaginar que aquel peón rebotado de Broadway y encasillado en roles secundarios de niño pijo y hasta amanerado llegaría a simbolizar el cine clásico en el imaginario colectivo del público y la crítica? Bogart pasó de tomar el té en tazas de porcelana sobre las tablas de un escenario a whisky solo en vaso bajo en la pantalla, y con el cambio de bebida llegó el cambio del destino. A veces no hace falta otra cosa que cambiar de bebida para cambiar de destino. El de Bogart, como el de todos, fue en gran medida producto del azar, solo que además Bogart llevó hasta el extremo la simple y ardua recomendación de Hemingway: hay que jugar los naipes que nos han entrado. El crack del 29 —azar histórico— redujo casi a cenizas el número de producciones teatrales que se levantaban en Nueva York, y muchos de los actores cuyo nombre sonaba, aun sin ocupar las mayúsculas más grandes de los carteles ni pudiendo el público ponerles cara, emprendieron la conquista del Oeste y se largaron a Hollywood, la mayoría de las veces solo para tener que volverse tras plantar la pica, quedándose en una suerte de limbo de ida y vuelta que más que conseguirles papeles les conseguía frustraciones y/o adicciones. Pero Bogart, frustración y alcohol mediante, no dejó de empeñarse, de jugar los naipes pese a contar con escasos triunfos en la mano, y uno de esos empeños le hizo ganar esa primera baza sin la cual una carrera en cine no despega; baza que no basta para mantenerse, y muchos se quedan en ella, pero es que Bogart nunca encajó en términos como ‘muchos’, ‘masa’, ‘montón’ y similares.

Aquella primera baza, versión fílmica del petardazo en Broadway que él había interpretado, fue El bosque petrificado, vehículo a mayor gloria de Bette Davis y Leslie Howard —quien se plantó ante nada menos que Jack Warner con el ultimátum de que sin Bogey, su pareja teatral, ella no estaría—, donde Bogart cambia la raqueta de tenis por la pistola de gatillo engrasado. Lo cual le valió elogios y un contrato con Warner —Howard tenía razón y Bogart lo reconoció toda su vida: no encajar en, no plegarse a la masa no significa indiferencia, egoísmo o ventajismo—, pero también una sujeción esclava a papeles del mismo corte: gánsteres de verbo escaso y puño suelto cuya función principal era la de ser abatidos por Edward G. Robinson o James Cagney. Por aquellos años —segunda mitad de los 30— la jerarquía en el sistema de estudios, no solo entre los oficios detrás de la cámara, presentaba una inmovilidad victoriana, y era ella la que determinaba el orden de los ofrecimientos. Pero Bogart resistió y al final ganó: El último refugio (1941) supuso el título/inflexión de su carrera: el primer principal con sustancia y el último gánster, y —más importante— la conexión, profesional pero sobre todo vital, con el hombre que le proporcionaría algunos de sus papeles más celebrados y con el que compartiría muchos de sus mejores tragos.

Gracias a John Huston Humphrey Bogart encarnaría ese mismo año a Sam Spade en El halcón maltés, acabando de asentar los rasgos de su yo fílmico que al año siguiente Casablanca terminaría de pulir, con la que el personaje Bogart entraría en el panteón reservado a los mitos, y con la entrada el comienzo de una hermosa amistad con el séptimo arte: Tener y no tener, El sueño eterno, Cayo Largo, El tesoro de Sierra Madre, En un lugar solitario —su mejor interpretación, y acaso la mejor película en que intervino—… y otro puñado de notables hasta La condesa descalza, que aunque no el último título sí su canto del cisne: la tragedia de la enfermedad se inscribía indisimulable ya en su cara, y la fotografía en color era a la vez una radiografía cruel y la constatación definitiva de un cambio de ciclo.

Y es que Bogart, el Bogart/Bogart, el Bogart que le llevaba al personaje de Woody Allen en Sueños de un seductor a replicar, ante la incomprensión de aquel por la falta de decisión de este para abordar a las mujeres, <<Para ti es fácil decirlo, tú eres Bogart>>, es en blanco y negro. El blanco y negro es al cine clásico lo que Bogart al blanco y negro, y esta es una de las razones que explica la primera plaza en la lista de la AFI.

Pero no la determinante. La determinante es el estilo. Que tiene que ver con, pero no se reduce a, la gabardina cruzada, el borsalino ladeado y el cigarrillo a medias colgando de la comisura o entre los dedos. Que tiene que ver con pero tampoco se reduce a las cejas caídas, a la cicatriz labial, ni siquiera con esa voz lastrada de humo y whisky. El estilo es la personalidad. Una personalidad cuyo único molde y punto de referencia es ella misma: acéptame como soy o déjame, pero no intentes cambiarme porque será tiempo perdido. El estoicismo cansado, no vencido; los dardos de ironía, de los que a veces era también su propio blanco; la certeza de la soledad esencial del hombre, de los amores truncos y el destino contrariado, de que el bien y el mal son solo dos gamas del gris pero no intercambiables, pues al final, si quieres mirarte en el espejo sin volver la cara, en algo hay que creer. Hablamos de un actor al que le tuvieron que poner calzas para ponerse a la altura de su partenaire femenina en la despedida de Casablanca, pero que sin embargo logró enamorar fuera de la pantalla a una mujer veinticinco años más joven —de diecinueve— no menos imponente, y a varios millones más. De un actor que apenas vocalizaba, cuyo registro de voz ha dado nombre a un síndrome. De un actor que jamás tomó otra clase que las que le proporcionaron las tablas o los platós, con una gama de registros parca. Un actor no especialmente guapo, ni con un rostro especialmente singular, ni al que se le pudieran pedir grandes alardes en el plano físico. Y sin embargo con este fardo de carencias logró ahormar un icono inmortal, tan imitado como inimitable. Porque si en ocasiones faltaban matices interpretativos, lo que no faltaba nunca era verdad: el actor era ante todo el hombre, y un hombre sin arnés. Se considera por lo común a Steve McQueen el epítome del ‘cool’; Bogart fue ‘cool’ veinte años antes, y sin pretenderlo.

Hace unos años una cuadrilla de justicieros sociales formalizó una petición para borrarle digitalmente de la pantalla el cigarrillo a Bogart. ¿Qué sería hoy de él? ¿Tendría cabida en el equipo de cuerpos anabolizados y sonrisas profidén que constituye el firmamento/Hollywood? ¿Ha habido alguien que haya logrado colarse en ese firmamento que pueda considerarse su heredero? Solo veo a uno que presente una idiosincrasia genuina y del mismo corte, aunque posea un caudal interpretativo más hondo: Robert Downey Jr. Pero el más íntimo heredero de Bogart quedó —y queda todavía— de este lado del Atlántico; capaz igualmente de hacer de sus limitaciones virtudes con un magnetismo extraño e irresistible, de sacarle partido a su fragilidad y a su casi vulgaridad física, de no tener en realidad otro método interpretativo que el de permanecer fiel a sí mismo. Este heredero es Jean-Pierre Léaud. Léaud es al cine europeo de los 60/70 lo que Bogart fue al americano de los 40/50, con la fortuna de que a Léaud el cáncer lo ha respetado y así podido rendir décadas de dignidad yacente y lenta, una llama que se va agotando pero no deja, todavía, de emitir destellos. A Bogart no lo respetó y se lo llevó con 57, al compás del siglo. Desde entonces nos tenemos que conformar con los recuerdos reales o inventados y el humo eterno de su imagen.

(La sombra del ciprés, 25/3/2017)

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¡Atención!

Un reciente estudio ha determinado que el periodo de atención que el hombre presta de media a un estímulo visual es de ocho segundos. Hace diez años, cuando el primer iPhone vio la luz pública —y gracias al cual tantos creyeron ver La Luz—, este periodo era de doce; puede parecer una merma no muy sustancial, pero en el ámbito de la atención, en función de los parámetros que este estudio y otros previos manejan, un segundo es mucho más que el paso de tic a tac. Con el añadido de que la merma ha situado al hombre por debajo del pez. Sí, de ese pez naranja, modesto y vulgar con el que los niños se encaprichan al cumplir los cinco o seis años y que termina resignado en un rincón de la cocina. La memoria de los peces es fugaz como el chasquido de dos dedos; sin embargo, si al pez se le planta un papel con letras al otro lado del cristal es más probable que mantenga los ojos fijos en él durante más tiempo que un hombre. Acaso se deba a que el pez no se entera ni entiende nada, pero tal supondría que el hombre no quiere entender ni enterarse. No se sabe pues qué es más preocupante, si no prestamos atención porque hemos reducido nuestra capacidad de prestarla a base de pasar el índice por la pantalla del móvil o de hacer clic-clic-clic en el ratón, en una suerte de somatización genética, o porque ya nada nos la llama.

No es algo trivial que desde hace unos años la narrativa audiovisual haya tendido a reducir el tiempo de exposición del plano: el intercambio internauta, con las redes como motor y ejemplo máximo, modificaron la mirada —y los oídos— del espectador, despertando una necesidad insaciable de sinapsis como  flashes, y la industria audiovisual no hizo sino adoptar el modelo, contribuyendo a su vez a ahondar —agravar— el fenómeno. ¿Y qué viene después? Junto a la atención va unida la reflexión, y al disminuir también esta aumenta la aceptación sin crítica. Lo que viene después —ya está aquí— es la indefensión ante el poder.

(El Norte de Castilla, 23/3/2017)

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Elige todo

El operador dominante de telefonía fija, móvil y tele por suscripción en España ha adoptado como anzuelo publicitario el eslogan que intitula esta columna, más un mandato que una sugerencia: <<Elige todo>>. Nada menos. El fútbol y la liga Endesa y la NBA y el tenis y el golf, y no hemos salido del abanico deportivo; añádase el abanico de series, el de cine, el de programas de cocina y de cotilleo y de viajes y de noticias y de vocación infantil. Parece un eco del monólogo de apertura de Trainspotting: elige una tele grande que te cagas, elige lavadoras, equipos de música, elige una hipoteca y un piso piloto, elige… Y ante la negativa a elegir todo eso —<<la vida>>— porque con la heroína basta y no hay razones, cabría darle la vuelta a la réplica y decir: <<¿Quién necesita heroína teniendo Movistar?>>.

Incluso aunque uno logre acotar su interés a un solo abanico, la oferta resulta tan abrumadora que paraliza. Disponemos de todo y por tanto lo queremos todo —la propia oferta genera el deseo—, y al quererlo todo, y todo ya, no nos decidimos por nada. Como en el soneto Vida —otra vez la vida— de José Hierro, <<… después de todo / supe que todo no era más que nada>>. Doscientos canales de emisión continua no suponen una conquista de la  autonomía sino una hoguera de ansiedad. El espectador no se sacude la sensación de que en otro canal, en ese mismo momento, están pasando un programa imprescindible, y en efecto, no solo uno: diez, doce, y los pone a grabar todos, y su lista de deseos crece y crece, y ya supera las tres páginas, y entonces decide ver algo de lo más antiguo pero… ¿Por qué grabó eso? Al final, entre el par de vueltas a la rueda de canales y las grabaciones no le queda tiempo para ver algo completo, así que deja que el pulgar decida por él y se pose donde le venga en gana y ahí se queda, sea la enésima revisión del Holocausto o el último caso de periodismo <<de investigación>>, que si no es la nada se le parece mucho.

(El Norte de Castilla, 17/3/2017)

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Justicia comunitaria

Ni la intercesión canónica llamando a la serenidad del pueblo y a la acción gubernamental —con la ayuda de Dios— ha obtenido otro resultado, ante los linchamientos y demás atrocidades sufridas en Bolivia al calor de la llamada justicia comunitaria, que la perpetuación de la justicia. El último caso ha sido la muerte adolescente de un chico de 16 años, por el juanadearconiano y efectivo método de pegarle fuego, sospechoso de violar y asesinar a una de siete, en pleno remolino de la celebración del Carnaval. Otro carnavalesco método empleado por los justicieros es el de atar a un árbol al supuesto culpable y rociarlo con hambrientas hormigas venenosas, sin dejar de lado el no por ordinario menos fiable balazo en la nuca. ¿Y qué hace el Ministerio de Justicia? El Ministerio de Justicia investiga. Investiga y condena. Investiga <<profundamente>> y condena <<sin paliativos>>. Y los linchamientos populares continúan. Porque la propia Constitución ampara, si no los métodos sí el concepto, y qué otro sentido puede tener el concepto de justicia comunitaria que el de que la comunidad haga justicia, o sea la que le parezca, y esto lo saben tanto el ministro como el obispo, se pongan como se pongan.

Qué barbaridad. Desde luego la falta de educación es una lacra social que urge erradicar cuanto antes. Alguien debería instruir a estos labriegos indígenas en las bondades —y no solo bondades: necesidades— de una democracia bien construida, la importancia que tiene el disponer de instituciones fuertes, articuladas. Por ejemplo el Tribunal del Jurado, con el que el pueblo puede hacer justicia como corresponde, ya sea el caso de homicidio o de malversación de caudales públicos, y si uno no termina de comprender los matices del todo no ha de preocuparse, con prestar atención y un poco de sentido común la opinión se forma sola, cristalina, y puede emitir su veredicto con toda la seguridad de haber honrado a la democracia. Educación, eso hace falta.

(El Norte de Castilla, 9/3/2017)

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‘Moonlight’

El error al anunciar el Oscar a mejor película tiene el carácter de esos lapsus freudianos que revelan una verdad mayor que lo voluntariamente expresado. En este caso, del inconsciente colectivo de la Academia, y aun de la sociedad en su conjunto.

En cuanto que cine, anteponer Moonlight a La La Land —y a otra docena de títulos— es como anteponer el retrato escolar que un niño pinta de su mamá con un bidé de Antonio López. El niño ha podido meter mucho cariño, pero ha metido poca pintura. Moonlight es una sucesión infatigable de elecciones rutinarias (plano medio, medio-corto o primer plano para subrayar de menos a más la  <<emoción>> de lo que dice el personaje) junto a  ocasionales efectismos, como el plano-abejorro de la primera escena o el secuencia sobre la nuca del protagonista adolescente. Narrativamente, ¿qué sentido tiene recurrir a las elipsis si lo que en ellas acontece se explicita acto seguido en el diálogo? Y la conversación central en la cafetería entre el abusón y el objeto de deseo del protagonista es un pegote tan forzado como inverosímil, solo para justificar lo que viene después (pegotes hay varios).

Pero es en la intención —que la forma esbozada apuntala— donde más avergüenza. ¿Alguien puede creer que ningún hombre —periodo en la cárcel incluido— haya vuelto a tocar al protagonista en quince años desde que de adolescente le hicieran el trabajillo manual en la playa? Como si la necesidad de afecto estuviera reñida con la expresión sexual. Claro que los gais son más sensibles, y el gay negro se siente especialmente oprimido, pues en su impío mundo no se le permite mostrar debilidad.

De una obra artística se puede desprender una enseñanza moral, por supuesto; lo malo es que la enseñanza condicione la realización de la obra. Moonlight es un síntoma atronador de la tendencia abrumadora de evaluar el arte por sus intenciones aleccionadoras y no por sus valores estéticos —que por cierto son morales también—.

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Trump, censor

La (pen)última de Trump se ha repetido que pone en peligro a la libertad de expresión y la democracia: <<Han de mantener la boca cerrada>>, ha dicho de los periodistas, <<es la gente más deshonesta que existe>>. Este eructo no pone en peligro la democracia más que una invasión de marcianos verdes. Trump puede que no tenga las maneras de un lord inglés ni el verbo sosegado de un consejero matrimonial, pero no carece de inteligencia política en un sentido maquiavélico pueril, meramente rentable. No es que Trump crea de verdad que tiene derecho de mordaza sobre los periodistas; con su condena, lo que consigue es apuntalar su imagen de hombre de acción, de privilegiar los hechos a las palabras, y así confirmarse ante sus fieles y rebañar un puñado del otro lado, pues que el de hombre de acción es un perfil muy valorado, casi se diría congénito, en el imaginario americano, sea el votante del color que sea. Y más hoy.

Hoy en Estados Unidos el término <<intelectual>> ha adquirido en el léxico popular un estatus similar al que en los años de la Guerra Fría tenía el de <<comunista>>: un término al que no hace falta dotar de contenido, acotar sus límites, cuya sola atribución hace que recaiga la sombra de la sospecha sobre el señalado. Que la conexión periodista-intelectual parezca de entrada cuando menos nebulosa no importa: en la supuesta patria de la libertad —insistimos: no solo en el reino de Trumplandia— cualquier eco que pueda evocar cierta densidad teórica, reflexiva, siquiera lejanamente, es visto como esnobismo, como alarde de superioridad. Y al fin y al cabo los periodistas tienen todavía en la palabra, con todo lo castigada y malbaratada que esta está, su herramienta principal, lo que no deja de ser indicio de subversión. Hay pues en el eructo un propósito, pero no una amenaza. Aunque el que haya conseguido plantar la duda debería despertar, en otro plano, las alarmas: ¿tan achacosa está la democracia como para tomarlo en serio?

(El Norte de Castilla, 23/2/2017)

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Sobre el autor Eduardo Roldán
Columnas, reseñas, apuntes a vuelamáquina... El autor cree en el derecho al silencio y al sueño profundo.