El Norte de Castilla
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Categoría: Panteón de plata
Síntesis de la doble K

Nos encontramos ante el film que más frontalmente —lo que en Kieślowski significa siempre oblicuamente— bebe de su experiencia; no el más personal per se, pues tan personal puede ser una fábula fantástica como un documental sobre el barrio donde uno creció, sino aquel en el que pueden rastrearse más paralelismos entre lo narrado en pantalla y lo a él acontecido, y el que mejor sintetiza una filmografía que a lo largo de un cuarto de siglo dio a luz, entre cortometrajes, documentales, películas para televisión y largos de ficción, casi medio centenar de títulos.

el-aficionado-1La lineal y sencilla peripecia y la sobria y naturalista puesta en escena acaso disfracen la tupida red de conexiones y ecos que presenta El aficionado. Ubicada a finales de los 70, al comienzo el héroe, Filip Mosz (Jerzy Stuhr), es un producto ejemplar, por lo anodino, del sistema comunista; criado en un orfanato, ha recibido la formación necesaria para trabajar en una fábrica, tiene mujer y un pequeño apartamento y espera una hija, la primera de la pareja. Disfruta pues de ese espacio rutinario y confortable que el régimen polaco, más práctico que otros estados del Telón de Acero convencidos de la necesidad de no aflojar el guante de hierro para evitar posibles brotes rebeldes, permitió en la segunda mitad de la década: no conseguirá nunca grandes lujos pero tiene seguridad y una cierta autonomía. Filip Mosz es, pues, un hombre sin atributos.

el-aficionado-2Hasta que adquiere una cámara Super-8 para registrar el nacimiento de su hija, los primeros pasos, el primer ‘ma’ y el primer ‘pa’. La cámara lo distingue de la masa, lo cualifica sin separarlo de ella, y le abre un mundo —un destino— que jamás habría sospechado para él. (La cámara no es solo el motor que enciende el drama sino en buena medida el coprotagonista del mismo.) Al conocer de su reciente adquisición, uno de los directores de la fábrica le <<pide>> que documente las celebraciones por el 25 aniversario de la apertura. Filip se siente honrado y desbordado, pero sobre todo se siente eufórico: filma con la pasión incansable del explorador en tierra extraña, a impulsos, todo aquello que despierta su atención y considera digno de ser conservado; no irreflexivamente pero sin el corsé de la duda paralizante que un exceso de bagaje académico a veces ocasiona. Filip se educa en las técnicas de filmación a la vez que la cámara lo va educando, descubriéndole nuevas posibilades, sugiriéndole nuevos caminos (el apero hace al artista tanto o más que la inspiración, y por esto muchos escritores solo pueden escribir con un bolígrafo de tinta verde de una marca específica o sobre un mazo de folios rayados concreto); poco a poco, como el vaso que se llena lento pero inexorable, la cámara va tomando posesión de Filip, y el resto de las caras del poliedro que conforman su vida se desvaen, pierden interés hasta disolverse, incluidas las más preciadas, su mujer y su hija. Cuando ella lo abandona con la niña, Filip, inmutable, acota con los dos pulgares y los dos índices un rectángulo que semeja el visor de la cámara, y es a través de esta <<lente>> que prefiere ver el abandono: la realidad es ahora para él realidad filmada, lo filmado más real, en el sentido de más verdadero, que la propia realidad. Escena célebre, hay otra sin embargo que plasma esta posesión de manera más abisal. Pasado el tiempo y con los conocimientos asentados, Filip está montando una serie de imágenes domésticas de su hija, e instruye a su montador: ahí —le indica— está tomada en plano-secuencia, y cuando a un plano-secuencia lo sigue un primer plano, la figura filmada ha de mirar hacia el mismo lado, que no lo olvide a la hora de empalmar. Su hija se ha transformado así en un elemento más del trabajo fílmico, con la misma relevancia que la elección del punto de vista o de las tomas a descartar para el montaje final: los documentales que rueda Filip es lo que da sentido único a su vida, y por ello trata de que articulen sus ideas de la manera más ajustada posible.

Estas tramas de obsesión y abandono apuntan algunas de las cuestiones que plantea El aficionado: el desgarro que ocasiona el ejercicio de la propia vocación y la necesidad de elegir con qué quedarse —Filip no es un autómata, el rostro le tiembla un momento cuando el montador, tras escuchar las indicaciones, le dice lo bonita que es su hija—; el tránsito del amateurismo al profesionalismo, aun a un profesionalismo sin carné, y cómo la forja de una conciencia autoral no ha de aplastar el instinto y la curiosidad de los comienzos, ni la adquisición de técnica despeñar el trabajo manual en automatismo…

kieslowski La otra gran cuestión, relacionada, es la de la censura. El director de la fábrica que le encarga a Filip grabar los fastos del aniversario desea suprimir algunas imágenes: ¿para qué demonios ha incluido Filip ese par de palomas comiendo, o a los dirigentes conversando en la pausa del cigarrillo? Filip se encoge de hombros: simplemente le parecía que las imágenes debían ir ahí, como parte de la realidad de la fábrica. (El paralelismo entre la élite de la burocracia comunista y el estamento director de la fábrica es claro, como el simbolismo paloma/libertad.) Las imágenes señaladas no hacen el montaje mostrado a la dirección, pero sí el que Filip presenta a un concurso de aficionados: son justamente estas imágenes fuera de los cánones oficiales las que el jurado celebra y por las que Filip recibe una mención; así, gracias al empuje del premio y al apoyo que recibe, entre otros, del director Krzysztof Zanussi —que se interpreta a sí mismo, en un metajuego realidad/ficción—, Filip consigue que la televisión emita un documental suyo sobre el día a día de Wawrzyniec, un enano que trabaja en la fábrica. La elección del sujeto, por la posible lectura que pueda dar el público —el enano como el ciudadano impedido que produce el sistema comunista—, desquicia al director/censor: ¿por qué, de entre toda la plantilla, tuvo que elegir precisamente a Wawrzyniec? La irónica paradoja radica en que Filip lo eligió para mostrar cómo el socialismo es capaz de habilitar un espacio para todo el mundo, sean cuales sean sus condiciones, y que gracias a ello cualquiera puede contribuir y sentirse realizado. Este momento señala la pérdida de la ingenuidad de Filip, el nacimiento de la conciencia de que la cámara es algo más que un pasatiempo y que lo filmado acarrea una responsabilidad moral, lo cual conlleva la aparición de otra censura, según Kieślowski mucho más severa que las injerencias externas: la que se impone el propio creador por miedo a la reacción a su trabajo.

Y señala también el origen del enigmático y poderosísimo plano final, que sintetiza las cuestiones aludidas y a la vez hace que el espectador se las replantee, un cierre abierto no menos sugestivo que la melodía callejera en Azul o el personaje sin voz de el Decálogo.

(La sombra del ciprés, 17/3/2018)

@enfaserem

 

Ficha del film

Título: Amator (‘El aficionado’)

Año: 1979

Dir: Krzysztof Kieślowski

Int: Jerzy Stuhr, Malgorzata Zabkowska, Ewa Pokas

Color, drama, 117 mins.

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Un San Valentín sin fin

<<La de hoy [día de San Valentín] es una fiesta inventada por las compañías de tarjetas de felicitación para hacer que la gente se sienta como una mierda>>.

La afirmación precedente, dicha sin asomo de ironía o humorismo, pertenece a una comedia: es que comedia y amargura no son necesariamente excluyentes. Fusionarlas sin que se noten las costuras supone una tarea tan intimidante como complicada, pero cuando se da el raro milagro, el film resulta casi siempre memorable. Ninguno de tan escueta familia lo es como este, que tiene —es la música del azar— en la memoria la materia fundamental desde la que se construye.

eternal-sunshineLa premisa —o más bien el eje sobre el que se articulan los distintos arcos narrativos— se comprende con rapidez y se acepta con naturalidad, pese al componente de ciencia-ficción que presenta (o que presentaba, según sabemos por los más recientes hallazgos neurológicos): una compañía, Lacuna Inc. —’lacuna’: falta, hueco, espacio en blanco en un manuscrito—, oferta la posibilidad de borrar los recuerdos que el cliente señale: recuerdos que lo atormentan, quistes mentales que se resisten al goteo del tiempo y que lo impiden funcionar con normalidad porque lo han hundido en la melancolía o la indiferencia. Un borrado no solo de la imagen mental, sino de toda impresión sensorial implicada en el recuerdo (olores, sabores, texturas). El protagonista, Joel (Jim Carrey), quiere deshacerse, en reciprocidad vengativa, de la memoria de su ex Clementine (Kate Winslet), al enterarse de que ella se ha sometido al procedimiento para olvidarlo a él. Un movimiento torpe, como casi todos los nacidos del rencor, pues mientras está siendo intervenido, Joel se arrepiente y desea interrumpir el proceso: de pronto se ha dado cuenta de que los buenos momentos pasados en los dos años de relación merecen conservarse, aun con la presencia de los quistes. En vano. Las angustias de su yo mental, una figura minúscula dentro de su cerebro que huye de la marea blanca del borrado, no pueden ser oídas por los operarios de la intervención, y los buenos momentos se despeñan por el sumidero del olvido con la irreversibilidad del tiempo perdido.

¿Pero fueron tan buenos, realmente? El tema central del film es la fidelidad de la memoria. La memoria es siempre memoria barnizada. Hay quien dice que, con el paso del tiempo, se terminan solo recordando los buenos momentos. Discrepo. La memoria va a su aire, y rescata tanto buenos como malos; ocurre que no los recordamos como fueron, y en un estado psicológico normal embellecemos unos y otros por una suerte de mecanismo natural de supervivencia, de forma que el dolor de los malos —acaso rescatados incluso con mayor frecuencia— se nos aparece como un reflejo del real entonces sentido, y además nos alivia el haberlos sobrevivido y seguir aquí, una segunda capa de barniz que reduce el dolor, la densidad de lo sentido, todavía más.

charlie-kaufmanLa premisa expuesta arriba quizá induzca al lector a creer que la peripecia no puede dar para mucho, y que ¡Olvídate de mí! tiene toda la pinta de ser una de esas cintas detestables por artificialmente alargadas. Muy al contrario. Si hay un mérito que señalar de los muchos con que cuenta, es el de la ingeniería del guion, de Charlie Kaufman, capaz de asumir retornos temporales con variaciones mínimas —los distintos colores del pelo de Clementine, indicio para la ubicación del espectador—, espejos, flashbacks dentro de flashbacks, escenarios insólitos —la cabeza de Joel—, repeticiones sonoras distorsionadas… no solo con eficacia sino con naturalidad. Todos ellos son concreciones del rasgo más inmediatamente evidente en la escritura de Kaufman, la dislocación cronológica. Que en él, a diferencia de la gran mayoría de propuestas que alcanzan las pantallas, no se trata de una argucia gratuita, un truco de oropel que lo único que pretende es, bien marear al espectador, bien dejar claro lo inteligente que es el autor, bien las dos cosas, pero que nada sustancial aporta; en Kaufman la quiebra de la flecha del tiempo, todo el ir y venir del presente al pasado al futuro al presente, es una herramienta imprescindible, y no solo una herramienta sino el corazón mismo del film, igual que puede predicarse de los de Atom Egoyan, si bien en los antípodas estéticas de las propuestas de Kaufman. Hablar de <<antípodas estéticas>> al referirse a un guionista —no se incide aquí en su faceta de director, que por otro lado solo ha materializado con guiones propios— puede parecer una indulgencia de fanático, pero basta leer los libretos que ha firmado para constatar que lo que aparece en pantalla estaba ya, si no en su forma final, sí en una muy cercana, si no con todos los pliegues y bordados, sí con la forma, la caída y el color figurados por él —un film es una empresa colaborativa, y firme quien firme el libreto, es en última instancia el director (o el productor acomplejado y/o soberbio y/o ignorante) quien decide la posición del encuadre, la elección de una canción o el descarte de la toma 5 en favor de la 7—. Cómo ser John Malkovich, la infravalorada Human Nature o El ladrón de orquídeas destacan de entrada por la arquitectura narrativa, que insisto no ha de reducirse a la inventiva o la extrañeza de la forma elegida, sino tenerla en cuenta en un sentido orgánico, un elemento del film tan material e imprescindible como la elección y las interpretaciones de los actores, el diálogo o la paleta cromática.

michel-gondry ¿Supone lo dicho un menoscabo de los otros elementos? En modo alguno. Michel Gondry, acaso el cineasta —Kaufman aparte— que mejor visualiza los guiones de Kaufman, hace de la melancolía que empapa el film algo casi tangible, gracias en gran medida a un uso originalísimo de los efectos especiales —que trata de manera artesanal, de modo que lo que parece un efecto especial es <<solo>> un decorado gigante filmado con una lente deformante—; de una banda sonora, a cargo de Jon Brion, capaz de conmover a un sordo —pero no tanto como los silencios o el sonido ambiente de las olas, a los que nunca somete—; y sobre todo de la química que irradia la pareja protagonista, en un arco emocional de trescientos sesenta grados que, de paso, nos recuerda el inmenso actor que es Jim Carrey, y cómo una de las más pesadas condenas para un intérprete es alcanzar el éxito con un determinado tipo de personaje: escapar de esa casilla resulta más arduo que de Alcatraz.

¡Olvídate de mí! solo tiene como pega su título en español. El original, un verso del poeta inglés Alexander Pope —al que por cierto se alude en un gag del film, que al doblarse queda cojo—, hace justicia a la que no es imposible sea la película más genuinamente romántica de este siglo. Cabe verterlo como: <<Eterno sol de la mente sin mácula>>.

(La sombra del ciprés, 24/2/2018)

@enfaserem

 

Ficha del film

Tít: ¡Olvídate de mí!Eternal Sunshine of the Spotless Mind

Año: 2004

Dir: Michel Gondry

Int: Jim Carrey, Kate Winslet, Tom Wilkinson

108 mins., color

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Escuelas de vida

takeshi-kitanoLlega un momento en la carrera de ciertos cineastas —con el factor común de que escriben los guiones que dirigen— en que sus impulsos creativos se fellinizan y acometen su versión de, bien Amarcord, bien de 8 y ½, bien —así Woody Allen, con Días de radio y Stardust Memories— de ambos. A algunos les gana el impulso un poco antes —Charlie Kaufman, acaso temiendo que no iba a tener otra oportunidad de colocarse tras la cámara, debutó con la más deslumbrante e idiosincrática versión de 8 y ½ filmada hasta hoy, Synecdoche, New York—, a otros un poco después —el crepuscular Kurosawa de Sueños, que bebe de ambas fuentes—; lo más común es que ocurra cuando la silueta de la muerte se recorta contra el futuro inmediato del realizador; es el caso de Nanni Moretti y Caro Diario —que es Amarcord en presente— o el de la cinta de Takeshi Kitano que nos ocupa. Al cineasta japonés no se le recortó en forma de cáncer sino de accidente —<<intento inconsciente de suicidio>>— de moto, que aparte de dejarle gravísimas secuelas físicas lo sacudió de la espiral autodestructiva en que se encontraba y lo llevó, por un lado, a internarse en el territorio de la pintura, y, por otro, a hacer la más naturalista, y al tiempo insólita —incluida ese otro suicidio (artístico) que es Getting Any? — película de su filmografía.

Kids Return se articula como un largo flashback que rememora ese periodo de incertidumbre a mediados-finales de la adolescencia en que brota un ‘angst’ vital que hace que el adolescente se plantee romper con la realidad que siente impuesta y salirse —¿con qué destino?: lo desconoce— del sendero programado para él. Solo los más osados o inconscientes se atreven al final, y con frecuencia terminan regresando al sendero prefijado, pero aunque reculen o insistan sin llegar a ese lugar que intuían, al menos habrán arrancado a la vida experiencias que de otro modo no hubieran, y podrán decir que el fracaso que han ganado se lo han ganado ellos solos.

kids-return-1Kitano arma este clásico relato de maduración no como una sucesión de estampas más o menos hiladas sino como una narrativa con arco dramático —si bien tiene la delicadeza de no puntuar las distintas fases con hitos abruptos, según exigen los cánones occidentales de escritura de guion—, y sin identificarse con ninguno de los personajes: él —sus recuerdos— no es ninguno de los dos protagonistas, ni Masaru (Ken Kaneko) ni Shinji (Masanobu Andô); tampoco el correveidile del yakuza, ni el joven tímido y enamorado del café ni ninguna de las mitades del par de jóvenes cómicos, ni aun otro(s): es todos ellos, una suerte de yo colectivo cuyas partes resultan, sin embargo, perfectamente autónomas. A través de este recurso, Kitano ofrece al espectador un relato de doble faz, a la vez fiel —con el margen que hay que concederle a todo recuerdo: por mucha fidelidad que se le quiera rendir, la memoria nunca es un calco del pasado— y deformado: cuando en una escena coinciden más de un <<Kitano>>, lo que vemos no pudo acontecer de la manera en que se muestra; Kitano pudo actuar o ser testigo de lo que vemos, pero solo de una forma, solo desde el punto de vista de uno de los personajes. Y al mismo tiempo, lo que se nos muestra sí le ocurrió, sí fue testigo o actor. Por esta vía sintética consigue levantar un universo suficiente, completo, más coherente desde el plano narrativo y más verdadero con el corazón del recuerdo, que es en definitiva lo que le interesa (como era lo que, por una vía más barroca y onírica, interesaba a Fellini).

kids-return-2Rojos y sobre todo azules, atravesados aquí y allá por grises pastel, dominan la paleta cromática del film, en especial en las localizaciones exteriores, y contribuyen, junto con el diálogo cotidiano —se trata de una de las películas más dialogadas de Kitano, sin serlo especialmente—, al naturalismo mencionado, y le otorga además una pátina de melancolía que sugiere la lentitud con que los cambios acontecen, que el hombre, aun con empeño, solo puede acelerar hasta cierto punto. Esta conciencia, esta suerte de fatalismo japonés, se aprecia en el film tanto en los comentarios de los profesores en la mesa del claustro como en los nocturnos de los yakuza en la del drugstore. Y se aprecia también en la asunción de la jerarquía como principio rector de las relaciones grupales. Los dos protagonistas forjan su carácter en tres escuelas de vida fundamentales: la del instituto, inamovible y repetitiva como una pelota contra un muro; la del gimnasio de boxeo donde comienzan juntos a entrenar, que recompensa el sacrificio incluso aunque en ocasiones te niegue la victoria; y la escuela de los yakuza, cuya recompensa es mucho más vertiginosa y jugosa, y peligrosa por ello. Pero en cualquier ámbito la jerarquía rige el funcionamiento, y a uno solo le queda acatarla o escapar. De los dos amigos es Masaru el que tira de la pareja; Shinji se deja llevar —primero fuera de la escuela, luego dentro del gimnasio—, y cuando el ring los separa y Masaru se interna en el submundo de los yakuza, presenciamos el desarrollo paralelo de ambos senderos y una enseñanza central del filme: los códigos y las reglas, que el maestro, sea el entrenador, sea el kumicho del clan, conocen y que han tenido que observar en el pasado (esa observación rigorosa es, de hecho, la que los ha colocado donde están), resultan cruelmente justas, de una certeza gravitatoria: si no se respetan, te harán caer. Y ambos caen por sus debilidades personales —Shinji por no saber decir no, Masaru por decir sí sin reflexión—, y entonces es la expulsión, la casilla de salida y volver a empezar en otro ámbito (un trabajo que es el espejo gregario del instituto) mientras la vida, esa bañera que cada día se desagua, no deja de pasar.

Con todo este fatalismo, que la extraordinaria banda sonora del versatilísimo Joe Hisaishi enriquece sin aplastar, Kids Return es un film que advoca por la esperanza y la posibilidad de cambio. Es en la última frase y el último plano, que remite en bicicleta a la carrera de Jean-Pierre Léaud/Antoine Doinel en Los 400 golpes, donde se reafirma que ambos, pese a los golpes recibidos, van a seguir buscando, van a seguir intentándolo, que no todo está escrito de antemano. Lo cual, dicho por el quizá más fatalista de los cineastas, multiplica su poder conmovedor.

(La sombra del ciprés, 27/1/2018)

 

Ficha del film

Título: Kizzu ritân (Kids Return)

Año 1996, 103 mins, drama, color

Dir.: Takeshi Kitano

Int.: Ken Kaneko; Masanobu Andô; Leo Morimoto

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El otro tango de Bertolucci

bernardo-bertolucciEl sexo ha recorrido la filmografía de ficción de Bernardo Bertolucci desde que debutase, hace cincuenta y cinco años, en el largo con La commare secca; acaso solo en Pequeño Buda no se dé. Sexo que se adscribe a los principios clásicos del freudismo —privilegiando unos u otros según el film— y que suele adoptar la forma del triángulo (el tres es el número freudiano por excelencia, como el jungiano es el cuatro). Así, el triángulo de tintes incestuosos de Soñadores, el edípico de La Luna o el infiel de El cielo protector. Pero si hay un título en el que el sexo desempeñe una función motora-narrativa es, por descontado, El último tango en París. Donde hay no uno sino tres triángulos: el triángulo actual que componen el viudo, la joven y el novio de la joven; un segundo con un vértice fantasma (la esposa muerta, el viudo y la joven), y un tercero con tres fantasmas por vértices (la esposa muerta, el vecino que fue su amante y el viudo), aun cuando dos de los fantasmas sigan vivos. Asediada se ubica entre la primera y la segunda variante; los tres personajes viven, pero uno de ellos se halla encarcelado: es pues un fantasma que solo recuperará su condición de vértice pleno con la libertad.

A Bertolucci le bastan cuatro pinceladas al comienzo para, en un ejercicio de cine no verbal digno de Flaherty, conozcamos las premisas esenciales: el secuestro del hombre, profesor en un país africano innombrado, por una milicia golpista; la obligada migración de la esposa que, bañada en lágrimas y orín, presencia el secuestro; su nueva condición de asistenta en una villa romana, propiedad de un pianista y compositor inglés. Ya tenemos pues los dos vértices agentes; ella, Shandurai (Thandie Newton, en la interpretación más hermosa que haya ofrecido), varada en una cultura que le es ajena y a la que ha de adaptarse sin ni siquiera poder plantearse cómo, esclava del reloj y el agotamiento como vive —con el trabajo de asistenta se paga los estudios de medicina—; y en el otro extremo él, el señor Kinsky (un David Thewlis que solo ha estado más memorable en Naked). Este se envuelve en el silencio estancado de las cuatro plantas de la villa o en el sonido que brota de su piano, (casi) ajeno en cualquier caso al ir y venir de la mujer, con la que parece jugar, inconsciente, al gato y al ratón.

asediada-1 No hay pues aquí rastro del tango volcánico, carnal y abisal que desde el arranque arrastra al viudo y a la joven en El último…, y cuyo único fin, inalcanzable —o solo alcanzable con la muerte—, es el olvido. (La escena capital del mítico film no es la violación anal lubricada con mantequilla, ni siquiera el monólogo del viudo ante el féretro de la esposa muerta; la escena capital es en la que el viudo responde a gritos furiosos la inocente pregunta de la joven de cómo se llama: <<¡Sin nombres! ¡Sin nombres!>>.) La relación en Asediada, por contra, se va construyendo grano a grano, como los ritmos africanos pop que escucha Shandurai y que se van filtrando a través de techos y puertas en las piezas de música clásica occidental que obsesivamente practica Mr. Kinsky y que a ella desquician: <<¡Es que no entiendo esa música!>>, en un eco del comentado grito del viudo. Al cabo, Kinsky incorpora alguno de esos exotismos al concierto que está componiendo, para sorpresa de Shandurai: se ha convertido en su musa, pero una musa tangible, corporal, un objeto ideal/real que le ha despertado el amor. Y es que, inéditamente en BB, en Asediada el amor brota previo al sexo, es el amor el motor y no la pulsión sexual. Kinsky, ciego como todo enamorado, se descompone al conocer la realidad familiar africana de Shandurai tras confesarle su amor y proponerle matrimonio; esta, incrédula y airada, lo somete a una prueba hercúlea: saque a mi marido de la cárcel y tráigalo. <<No existe el amor, solo las pruebas de amor>>, dijo Cocteau, y la prueba supondrá para Kinsky un ejercicio progresivo de renuncia material y de cambio psicológico: a medida que vende sus obras de arte se abre al mundo, escapa de su solipsismo, hasta el punto final de desprenderse del objeto más valioso, su piano; valioso por lo que cuesta en liras y lo que tiene de él: con el piano Kinsky entrega su alma en pos de la felicidad de Shandurai, sin tener la certeza de que será correspondido.

asediada-2Las acciones de Paul (Marlon Brando) y Jeanne (Maria Schneider) en El último… se dirigen en cambio solo hacia ellos mismos: el contacto carnal es continuo, el apartamento un útero de una planta, pero entre ellos se encuentran a millas de distancia; el otro es un instrumento, un vehículo y no un fin. Entre Shandurai y Kinsky parece haber una membrana infranqueable espesada por la desconfianza de Shandurai —en gran medida cultural, abismo que no separa a Paul y Jeanne—. La superación de la prueba deshace la membrana, pero abre un nuevo abismo: ahora Shandurai tendrá que hacer frente a la interrogación del pentagrama: ¿con qué amor quedarse? Es la condena de la elección que, como expuso Sartre, lleva consigo la libertad.

De contar con la mayor estrella del mundo en el cartel, con el saxo chorreante de Gato Barbieri y la fotografía luctuosamente cálida de Vittorio Storaro, Asediada supuso el reencuentro de BB con sus orígenes, en un cine casi guerrilla: 28 días de rodaje, hora y media escasa de metraje, parco presupuesto, localizaciones naturales y un guion como una escultura de Giacometti: solo los elementos medulares para poder armar el relato. Se trata de un cine óseo, depurado, un poema breve y cotidiano y de una intensidad conmovedora, muy alejado pues del <<preciosismo>> que con frecuencia se le ha reprochado, injustamente, al cineasta de Parma. Quien por otro lado no renuncia a la sensualidad sinuosa y exquisita de su cámara —rizos en picado, trávelin laterales, acercamientos como en puntillas de gato— para filmar un musical muy peculiar: la música tiene peso narrativo, no decorativo solo; y por otro lado es un musical mudo, donde los silencios hacen hablar a las miradas y a los objetos. Hasta la aspiradora dialoga con el piano, y al final, la última palabra la tiene el timbre, insistente, de la calle, muy lejos del disparo fetal y fatal que recibe Brando.

(La sombra del ciprés, 16/12/2017)

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Ficha del film

Tít: Besieged (Asediada)

Año: 1998

Dir: Bernardo Bertolucci

Int: David Thewlis, Thandie Newton

93 mins., color

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El sentido de un remake

 

¿Qué sentido tiene el hacer una nueva versión [remake: rehacer] de una obra de mérito? ¿Explica la sola ambición por superar el original el impulso del adaptador? ¿Lo explica la haraganería, el que el camino de la creación ya esté abierto y señalizado? ¿O acaso la codicia, el deseo de sacar rédito —si no artístico, al menos monetario— de un producto que se ha probado rentable? Sea cual sea la razón, el ejercicio del remake, en cine, genera de entrada un rechazo casi de naturaleza visceral que no se da en el ámbito que con diferencia más lo practica, el musical pop (en sentido amplio: pop, rock, rap, reggae), donde, si es que con alguno, se admite la enésima versión de ‘Knockin’ on Heaven’s Door’ con escasos reparos, casi alegría, por muy ratonera o rutinaria que suene. El cine en cambio, por su propia naturaleza híbrida y sintética, por manejar unos códigos expresivos más numerosos —y por incluirse entre ellos el narrativo—, presenta un campo mucho más fecundo para el ejercicio y el análisis del remake; el mero cotejo con el original permite una exploración más honda de esos códigos, de esos elementos que constituyen un film, y de cuál es la plasticidad funcional que tienen. Incluso un remake tan polémico, tan a priori condenable como el que realizó Gus Van Sant de ‘Psicosis’ ofrece considerable material para la reflexión y el debate. Pero estos rara vez se dan, y aun sin ver el remake, es tachado de mierda o similar.

chan-wook parkEs lo que le ocurrió a Spike Lee cuando en 2013 tuvo la osadía de versionar el film surcoreano ‘Oldboy’, título de culto acérrimo que dirigiera Chan-wook Park y gracias al cual Occidente se enteró de la existencia de este cineasta impar. Lee llevaba más de diez años en que solo había firmado un largo a su altura —‘Plan oculto’—, y el anuncio se recibió en ciertas familias de la comunidad cinéfila con una furia que solo algunas declaraciones raciales del director de Atlanta habían alcanzado antes. Injusto. Como prueba, sugiero ver antes la versión de Lee, lo que permitiría juzgarla con mucha mayor autonomía (por cierto que la original surcoreana tampoco lo es tanto, pues que es la adaptación de un manga).

spike-leeAmbas cintas mantienen, en lo esencial, la peripecia narrativa. Baste decir que en ella se conjugan el misterio, el engaño, sobre todo la venganza. A riesgo de cometer herejía —erejía— diré que la estructura narrativa —disposición de los hechos de la trama— del remake es preferible, sobre todo en lo que respecta al cierre, más orgánico e inevitable con lo acontecido que el de ‘Oldboy (2003)’. Que presenta además un truco de guion irritante, el de recurrir a la hipnosis como señuelo motor del protagonista. Y sin embargo, no puede negarse que se trata de un film superior. Más allá de la yuxtaposición de los pares en el mismo rol (Choi Min-sik/Josh Brolin como protagonista; Kang Hye-jung/Elizabeth Olsen como la chica ayudante; Yoo Ji-tae/Sharlto Copley como el villano), que no obstante entraña un elemento radical del cine, y uno de sus grandes atractivos, la observación fenomenológica del cuerpo —cómo mira un actor, cómo entona y escucha, cómo se mueve—, lo que cualifica al film de Chan-wook Park por sobre el de Lee es el tono y el ritmo, es decir los dos pilares fundamentales que constituyen la puesta en escena; o, lo que es lo mismo, el trabajo de dirección.

oldboy-2003Puesta en escena que en el film surcoreano raya lo milagroso. Maneja un saco inagotable de recursos estilísticos: el flashback —a veces en tono sepia, con el que acontece en el puente entre los dos hermanos como epítome—; el encuadre subjetivo —especialmente oportuno en los momentos de resistencia agónica de algún personaje—; la panorámica; el inserto como signo de exclamación; el plano-secuencia —así el con toda justicia célebre de la huida uno-contra-todos, con una coreografía de la violencia no indigna del Tarantino de ‘Kill Bill’—… Pero el milagro no se da tanto por la profundidad y variedad de elementos como por su finísima imbricación, de un equilibrio que la (c)rudeza de algunas imágenes podría hacer pasar por alto; no se trata de un popurrí deslavazado, de una sucesión de recursos sin más fin que el recurso mismo, como una serie de carteles pegados en una tapia al azar, sino que Park, alquimista de sombras, consigue armar un todo que congenia los extremos más distantes en una nueva fuerza expresiva común y más potente que, sin embargo, no ha descompuesto las fuerzas originales de los extremos en el proceso, perceptibles asimismo en el producto final. Es operística en el sentido más wagneriano, omnicomprensivo del término, mientras que la de Lee lo es en un sentido mucho más hollywoodiense, efectista. Contemporánea y oriental, y orgullosa de su pertenencia al gueto de un subgénero de la serie B (el de venganza), destila sin embargo unas resonancias míticas que la emparentan con la tragedia griega, el género occidental por excelencia, y el en teoría más alto (lo que por otro lado demuestra la falsedad de las alturas en los géneros, así como la de las fronteras en cuanto a arte se refiere). Sin renegar de su origen de cómic japonés, cuya estética expresionista y excesiva en gran medida adopta, muestra no obstante hechuras de clasicismo. Privilegia la narración no lineal pero esto no disminuye el deseo del espectador de seguir adelante, con una ordenación ejemplar del montaje.

oldboy-2013Pero la gran diferencia entre una y otra es la fuerza simbólica que chorrea la cinta surcoreana, como el pulpo palpitante que engulle en un restaurante el protagonista al ser puesto en libertad, escena que la americana omite: tras década y media sin contacto alguno con un ser vivo más allá de una rata o un insecto ocasional, el hombre necesita llenarse de vida, no le basta un muerto, por muy exquisitamente cocinado que esté. Quiere decirse que, siendo menos verosímil, la original resulta más verdadera.

E insisto en que la versión de Lee (o la versión que los productores de Lee, pirañas del metraje, nos han hecho llegar) no es en absoluto desdeñable. Ante la pregunta que planteábamos al principio solo cabe una respuesta: el remake tiene sentido cuando aporta algo original al original, sin menoscabar el resto. Y este requisito ‘Oldboy (2013)’ lo cumple con holgura.

(La sombra del ciprés, 25/11/2017)

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Fichas de los filmes

Tít: Oldboy

Año: 2003; 2013

Dir: Chan-wook Park; Spike Lee

Int: Choi Min-sik, Kang Hye-jung, Yoo Ji-tae; Josh Brolin, Elizabeth Olsen, Sharlto Copley

120 mins., color; 104 mins., color

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Honesta traición

Los comienzos de David Cronenberg fueron literarios, y la pasión literaria jamás lo ha abandonado, sobre todo por la novela; que ha llegado incluso a culminar —culminación fallida, aunque hay en ella trazas indudables de novelista— con la publicación de Consumidos, hace un par de años.

david cronenbergDesde que se diera a conocer, Cronenberg no ha dejado de citar las mismas dos (p)referencias literarias cuando preguntado: Vladimir Nabokov y William S. Burroughs, síntoma transparente de mentalidad sin aduanas (uno se imagina la reacción de Nabokov ante un texto de Burroughs: aun más virulenta que ante uno de Freud). Esta doble paternidad literaria supuso una losa que obligó al Rey del Horror Venéreo a renunciar a la pluma y abrazar la cámara. Pero no a renunciar a la escritura. La primera media docena de títulos —y otros posteriores— son guiones originales, si bien luego ha preferido, progresivamente, partir de material ajeno. <<Partir>> es la palabra clave aquí, pues el director canadiense siempre ha defendido la necesidad de traicionar el libro en el trasvase a la pantalla; no por comodidad o egomanía, sino para conseguir la versión fílmica más fiel al original. Lo que hay que tratar de transferir no es la letra sino el espíritu, ese residuo en gran medida inasible, el aroma que deja el libro una vez cerrado. Lo cual es mucho más exigente —y quizá por ello infrecuente—, pero también, si se logra, mucho más gratificante desde la perspectiva del espectador y, cabe suponer, desde la del realizador.

El rasgo más singular e interesante de varias de las adaptaciones de Cronenberg, y que se manifiesta sobre todo cuando de novelas se trata, es el de verter relatos que por su experimentalismo formal, sea por la ausencia de trama —no digamos ya trama lineal— y/o por basarse en recursos novelísticos que solo se pueden remedar en el medio cinematográfico de manera insuficiente (el monólogo interior, el uso de la metáfora u otros tropos, la escritura automática), nadie diría de entrada que pueden llevarse a la pantalla. Crash, Spider o Cosmópolis son ejemplos de sobra ilustrativos, y no obstante, cualquiera de esta tríada supuestamente infilmable parecería un puzle para niños al lado del título más memorable —vilipendiado y aclamado con igual virulencia— del más radical escritor asociado a la generación beat.

naked-lunchCronenberg, con guion propio, materializó la imposible empresa tras rumiarla más de una década, y con una valentía cercana a la temeridad: bebiendo del resto de la bibliografía y de la biografía de Burroughs, sin ceñirse a las páginas estrictas de El almuerzo desnudo. El riesgo de alumbrar un popurrí desmadejado que tal enfoque comporta lo sortea Cronenberg con una sutileza asombrosa; en realidad, el relato se adhiere a la narrativa clásica y presenta una lógica sin fisuras que no exige otro requisito que el que se le exige a cualquier film, sobre todo si le precede el sambenito de <<difícil>>: dejar los prejuicios a un lado y abandonarse a las imágenes. No se trata, por tanto, de la filmación sobre la imposibilidad de filmar un texto, a la manera del Tristram Shandy de Winterbottom —que es la manera de solventar el problema de la adaptación sin afrontarlo—, sino de una versión orgánica que cualquier espectador que desconozca el origen literario puede aceptar como una película de ciencia-ficción ambientada en el pasado.

El almuerzo… es ante todo una carta de amor de Cronenberg a Burroughs. Y como carta de amor, expresa en ella su universo más íntimo, sombras y fantasmas incluidos, parte de los cuales comparte con el destinatario (una de las razones por las que lo ama). Lo cual no quiere decir que en este caso renuncie a la traición, que Cronenberg busque ante todo la bendición del padre/ídolo, sino que justamente por la admiración que le profesa, el enfoque se mantiene igual de inflexible, y de hecho es la traición, si comparamos el material original con el resultado en pantalla, más acusada de las perpetradas por el cineasta.

naked-lunch-maquina-de-escribirLa producción contó con un presupuesto inédito, pero sobre todo bien empleado: la Interzona (trasunto mental de Tánger), incluido un desierto con más de 700 toneladas de arena, se recreó en estudio; el vestuario, peinados y logos años 50; el saxofón de Ornette Coleman en la banda sonora, con el matiz justo de arabismo y acidez… Pero lo más relevante es que Cronenberg pudo por primera vez exprimir sin diques el fecundo venero de su imaginería —máquinas de escribir con teclados como fauces babeantes y anos parlantes, aliens borrachos de ojos saltones y piel viscosa, insectos como carros de combate…— y obtener una apariencia de efectos especiales “artesanales” con los que consigue una plasticidad, fisicidad casi, que no volvería a alcanzar hasta Promesas del Este. Y que le permitió también disponer de un magnífico elenco, que se diría salido de un cuadro de Hopper, por la sensación de extrañamiento con el entorno y a la vez aceptación de este que emanan; destaca el anonadante Peter Weller en el papel protagonista, capaz de pasar de la melancolía al fatalismo a la ataraxia del recién drogado sin que el espectador se percate del tránsito. Por último, la fotografía otoñal de Peter Suschitzky optimiza decorados y figuras al punto de que las imágenes no desmerecen de las de, pongamos, El conformista.

Pero todo estos elementos quedarían en muy poco si no se integrasen con la visceralidad, en el sentido de necesidad, con que lo hacen, gracias al magistral guion. Es muy difícil hallar otra película en que los planos literal y metafórico de la peripecia narrativa y de los temas se den tan simultáneamente constantes y bien imbricados. La madeja de la trama unifica el tema central del film, que es el autocontrol y el sometimiento, que los motivos secundarios, más visibles —la drogadicción como motor creativo, la prostitución en cascada, la paranoia, la frontera entre realidad y alucinación— refieren en distintos aspectos.

El resultado es una bizarra obra maestra que supuso el mayor descalabro financiero en la carrera de Cronenberg; se habló mucho de ella, pero se habló de oídas, y así, como tantas veces, los estigmas facilones impideron disfrutar del almuerzo.

(La sombra del ciprés, 14/10/2017)

@enfaserem

 

Ficha del film:

Título: The Naked Lunch (El almuerzo desnudo)

Año: 1991

Dir: David Cronenberg

Int.: Peter Weller, Judy Davis, Ian Holm

Ciencia-ficción, color, 115 mins.

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